martes, 29 de diciembre de 2020

La enfermedad

Hijo, no hagamos bulla, pues mi padre se siente enfermo. Ojalá tuviera yo sus sanadoras manos para aliviarle el malestar. Suplamos con su tisana favorita, y nuestro amor, la carencia del milagro de sus dedos para quitar la fiebre, ahuyentar el dolor y componer el ánimo.

    Las manos de mi padre huelen a yerba buena y alcanfor. Son bálsamo de aceites extraídos de flores milagrosas de la India, jarabe fabricado con secretos aborígenes, pócima de albahaca, manzanilla y mejorana que te penetra por la piel cuando, enfermo, él te acaricia: barniz curativo que te protege del mal; salvia y romero, aloe, eucalipto, ajo y tomillo.

    En la ocasión que una gitana de paso, por unas pocas monedas de caridad, le vio la palma de la mano a mi padre, no descubrió entre sus surcos la historia de pasado presente, y futuro  que el destino le trazara, sino que descifró, en los jeroglíficos del templo de Anubis, la formula con que cada mañana el dios egipcio reconstruía el cuerpo desmembrado de Osiris; interpretó la caligrafía árabe en la que aparecían los salmos curativos del califato de Córdoba y leyó las oraciones de Santa Lucía y San Luis Gonzaga.

    Siempre que he estado enfermo, ha sido mi padre quien ha velado junto a mi lecho, pendiente de mis fiebres y de mis medicinas. Su beso era mayor anestesia que el espray de éter que inventó para sustituir la desinfección del alcohol y no me dolieran las inyecciones: medico, enfermero, chaman, boticario, farmacéutico, santo milagroso.

    Yo lo imité cuando hubo que ingresarte en el hospital. La epidemia hacía estragos, y los cuidados preventivos no fueron efectivos. La orden del facultativo conllevaba extraerte sangre para los análisis, y fuiste la admiración de todos, cuando pusiste tu bracito, a sabiendas de que te iba a doler, pero no lo suficiente para doblegar el estoicismo de un monje budista, ni doblegar el plante de un Guardia Suizo, con su traje a rayas tricolor, como tu pijama, ni mermar la valentía de un primer cosmonauta al subir al satélite artificial en la punta del cohete propulsor; y fueron mis palabras quienes te convencieron de ser valiente, como fue mi voz en tu oído todo el tiempo asegurándote que pronto ibas a estar bien, y prometiéndote las más entretenidas excursiones, los más emocionantes campeonatos de béisbol nunca antes jugados y los más divertidos baños de mar, tejiendo con los pies, la espuma de las olas; coleccionando nácares de rizadas estructuras, y mirando la procesión de delfines que en tu honor, y para saludar tu restablecimiento, saltarían durante tres horas seguidas en el horizonte del mar.

 

 

lunes, 14 de diciembre de 2020

LA ESTRELLA POLAR

¿Recuerdas la noche que, acostados sobre la yerba cuando hicimos la excursión a la montaña, mirábamos sobre nosotros la bóveda celeste y vimos los cientos de estrella que nos cobijaban y que normalmente no vemos desde la ciudad? Te maravillaste de aquel prodigio; y yo te expliqué, aunque ya tú lo sabías, que esos puntos luminosos y centellantes van cambiando, durante el año, en la medida que la Tierra gira alrededor del sol, tal y como se modificarán las situaciones por las que transcurrirá tu vida.

    Pero del cúmulo de estrellas en el firmamento, hay una que permanece fija y señala siempre al polo norte magnético del planeta. De ella se valieron los navegantes, las caravanas de comerciantes y los aventureros para no perder el rumbo de sus destinos. En el hemisferio sur, otras estrellas fueron las guías de los marinos, mercaderes y exploradores.

     Dentro de ti, hay también dos estrellas que con frecuencia te pedirán que las sigas. Una está en tu cabeza y se llama razón; la otra tiene por nombre afecto y anida en centro del pecho. Cuando ambas te indiquen una misma ruta, no habrá duda, pues, como el agua del río, sólo deberás dejarte llevar para llegar al mar. Pero si señalan polos diferentes: norte sur, blanco negro, cielo o tierra, entonces deberás decidir a cuál obedecer. 

    No es tarea sencilla y a veces resulta dolorosa. En esos casos, no dejes que nadie decida por ti. Sólo un consejo me atrevo a ofrecerte. Escoge la que les indica a los cosmonautas cómo llegar al centro de la galaxia.

 

 

martes, 1 de diciembre de 2020

El trabajo

La miel, hijo, no creas que es solo trabajo del colmenero que cuida el panal. La miel es un regalo de las flores, pero son las abejas las que recogen el néctar, lo llevan a la colmena y, gota a gota, le dan color, sabor y consistencia  para que, dulce y nutritiva,  como a mi padre y a ti les gusta, untársela al pan del desayuno.

   Cuando volamos en la alfombra de los aromas hasta la panadería del barrio, basta un “ábrete, Sésamo” para que traspasemos al maravilloso mundo de vidrio donde viven los más disimiles familias de panes: el que una vez, cuando eras más pequeño, soplaste para oír el sonido de la flauta; el hallulla, parecido a los cachetes, redondos, tersos y dorados, de la señora que los vende; el francés, a quien para complacerte, siempre saludo con un “comme ça, vous, monsieur?”; y el holgaza, la marroqueta, el dulce, el de Pascua, el de muertos, el de molde, el integral, el casabe…

   ¡Cuántos, cuántos tipos distintos de panes que se deben amasar y hornear para que nos deleitemos al verlos, olerlos y saborearlos! Pero los panes, hijo, no varían solo por la forma de barras, aros, bolas o trenzas, con que van al horno, sino también de acuerdo al cereal de donde proceda la harina con que se confeccionen, y los hay de trigo, maíz, centeno, cebada, arroz, soja, yuca, papa, amaranthus …; se les puede agregar, para darle sabores desiguales, grasas de diferentes tipos: tocino de cerdo o de vaca, mantequilla, aceite de oliva; azúcar, especies; frutas secas, como  pasas, nueces, castañas, avellanas, cacahuates y cacao; verduras o semillas, y aromatizarlos con azafrán, canela o esencias de las más disimiles flores. De ahí el calidoscopio de colores y sabores que nos avisa estar en el palacio del pan.  

   Las espigas de trigo se mecen como las olas del mar, y las mazorcas de maíz, cuando las despajamos, siempre nos sonríen; pero antes de que tales privilegios nos lleguen, hay que en la tierra esculpir mullidas cunas, para, después de haber  besado las semillas con un gota de sudor, depositarlas en el surco, y pueda ocurrir el milagro de la vida. Cuando las plantitas salen a rendirle pleitesía a su padre el sol, santiguarlas con el agua bendita del rio para que crezcan lozanas; y, como hago yo contigo, eliminarle de su alrededor las alimañas y malas yerbas que puedan dañarlas. Después recoger los granos y tocarlos uno a uno con la varita mágica del trabajo para que se conviertan en harina; casar a esta con el agua, bendecir el matrimonio con levadura y sal para que se formen las familias de panes que tantos nos gusta admirar y saborear.

      Hay panes que se confeccionan mezclando su masa con huevos.

   Desde pequeño gustaste de ayudar a mi padre a alimentar las aves que se crían en el traspatio de la casa, en el fondo de lo que te parecía inmenso campo, y donde hoy pateas los goles del próximo Mundial de Fútbol, cuidando de no dañar a los pollitos, azorar a las gallinas, ni asustar al gallo preferido de mi padre.

   También te ofreciste cuando decidí aprovechar una porción de la tierra para hacer un cultivo de ajíes: juntos eliminamos los abrojos, cavamos el suelo, trasplantamos el vivero, vimos crecer las plantas, y compartimos con risas y besos la inmensa alegría de ver brotar los frutos de nuestro trabajo. Pero la malquerencia existe y, sin saber de dónde procedía el mal, nuestro cultivo comenzó a languidecer, y a marchitarse la roja fructificación en sus ramas.

   Cual las huestes de un castillo acechado por un desconocido enemigo, amurallamos el pequeño vergel para impedir que pavos y patos lo invadieron. Buscamos la ayuda de un experimentado espantapájaros de viejo pantalón y raído sombrero, por si el ataque procedía desde el vuelo de los pájaros. Pero no: el daño avanzaba oculto y sigiloso, en avasallador silencio, lento y pegajoso, hasta que tu vigilia y tu afán descubrieron  la causa del estrago. Entonces fueron los agentes del orden, convertidos en frascos de insecticidas, quienes desde la base de operaciones de nuestras manos, permitieron replegar al enemigo hasta derrotarlo totalmente e iniciar la etapa  de la esforzada reconstrucción de lo devastado, pues no podíamos permitir que nada ni nadie nos quitara lo ganado por nuestro trabajo; y fuimos ricos y dichosos cuando llenamos con ajíes de nuestro sembrado, el cesto que tejieron tus dedos y los míos.  

 

 

miércoles, 18 de noviembre de 2020

EL CABALLERO

Hijo, hoy especialmente me siento un hombre feliz: a tu accionar debo mi contento. Estabas, en no sé qué cosmos lúdico, correteando por laberintos fantásticos del parquecito junto al edificio donde vivimos. Yo te observaba vital y sonriente, con tu pelo dorado, como el viento al atardecer, y tu sonrisa, con los dientes que marcaron la madurez de tu infancia. De pronto, una señora en el tránsito a su hogar, dio un traspiés, y al suelo fueron las bolsas que cargaba con las compras del mercado. La viste y, cabalgando tu Rocinante de hierro, como siempre hicieron los caballeros medievales cuando una dama debía ser socorrida, corriste en su auxilio, No les importaba a ellos, ni mucho menos a ti, dragones de vuelo rasante y vaho de fuego; nigromantes de emponzoñadas pociones y arteros hechizos; mañosos enemigos feudales; mares embravecidos, fosos repletos de hambrientas tarántulas, murallas ni altas torres.

    ─A sus pies, señora mía ─decían─, mi brazo, mi honor y mi vida.

    A ti te bastó un simple: "la ayudo", y raudo recogiste latas y verduras, bolsa de pan y jabones. Y para que no quedara duda de la integridad de tu valor y tu fuerza física, cargaste con su morral hasta el lindero del bosque de tus juegos, donde la anciana, quien en realidad era la emperatriz de las hadas de los cuentos, te premió con la condición de príncipe, sin saber que ya lo eras desde el día que, recién nacido, besé por primera vez tu frente.

    Más que un principado, otro fue el regalo que tú mismo te hiciste al entrar en las huestes de las personas que hacen del bien ajeno, evangelio y faro. Adquiriste, con tu acción de niño bueno, la condición de rayo de luz, y, desde ahora, el tamborileo y las cornetas que anuncian a los colosos precederán tu paso por la vida.

     No te engañes. La envidia y la malevolencia, la antipatía y el encono se pregonan, se anuncian y se divulgan en titulares luminosos, pues quieren hacernos creer que son los dueños del universo. Pero los hombres buenos somos más, y estamos agrupados en huestes de oloroso incienso.

     ¿Te acuerdas cuando me ausenté durante unos meses, y tú preguntabas dónde estaba ese país lejano al que yo había ido a trabajar? Si a mi regreso, para cruzar el océano, tomaba el avión en el punto mismo de partida, me perdía la oportunidad de, al menos, desde la ventanilla de un vehículo de fierro, ver trigales, ríos, viñedos, lagos, castillos y ciudades; imaginar las aventuras que vivieron los caballeros medievales, las disímiles historias que por aquellas bastas planicies ocurrieron; y percibir los olores de las estaciones donde nos detuviéramos, escuchando el sonido de lenguas extrañas para mi oído y disfrutar de sonidos guturales y cadencias verbales que, como música producida por instrumentos del medioevo europeo, yo no hubiese oído antes,

      Creí que reposado cómodamente en el asiento de un tren llegaría a mi destino final: el aeropuerto donde tomaría el avión en el que sobrevolaría el mar, pero muchas fueron las peripecias que debí vivir; dificultades, inconvenientes y contratiempos que superar; problemas, trabas y acertijos que resolver en la travesía por tierras europeas. Viajaba con más bultos que una recua de llamas bajando por Los Andes y sólo dos manos para mover tal equipaje, y si logré no ir dejando un rastro de ropa, regalos, equipos eléctricos, maletas y maletines fue porque a mi camino concurrieron duendes daneses, hadas teutónicas, magos belgas de la más rancia estirpe de socorristas, elfos franceses, gomos neerlandeses y algún que otro alpinista suizo criador de perros San Bernardo que me protegieron en ferris, trenes y trolebuses, en la estación de ferrocarriles de Copenhague, en el puerto de Puttgarden, por las calles de Hamburgo y Colonia, en el paso fronterizo de Acheen, por la ciudad de Bruselas y en el lindero de Lille, hasta llegar hasta al abrazo de un amigo en París que me permitió unos días de respiro para seguir después hasta el país de Finis Terra, desde donde, como un Cristóbal Colón aéreo, salir a atravesar el Atlántico y descubrir el hijo más hermoso que ojos humanos hayan visto y que esperaba por mí: tú, el caballero de la corte del rey Arturo que con su estandarte albo, su armadura de platino y zafiros y su lanza de oro se presentará en cuanta lid, torneo u olimpiada se convoque para ganar la corona de laurel del servicio desinteresado y solidario a los menesterosos, necesitados, humildes y sufridos ante las circunstancias de sus vida.

 

 

sábado, 7 de noviembre de 2020

ALERTA

Hijo, fue Bill Gate quien le explicó a Juana la Loca, Reina de Castilla,  que todo el sistema computacional se basa en la alternancia del 1 y del 0, y desde entonces ese es el gran dilema de la Humanidad: ser o no ser; de él se han desprendido grandes descubrimientos como el de los polos positivos y negativos de los imanes; lo que Iván Petrovich Pavlov, un eminente criador de perros rusos, utilizó para adiestrar a sus animales a reaccionar solo en dos procesos mentales: excitación e inhibición; y por lo que  la infeliz Julieta estaba indecisa si tomar o no el veneno que le suministró su confesor, pero como París bien vale una misa, al final Gengis Kan se decidió por morder la manzana que María Curie, la descubridora del radio, le ofrecía, y por ello fue a descansar en un urna de cristal en medio del bosque, antes de que, Alejandro Magno, cabalgando el caballo de Atila, llevara sus tropas a asediar a Roma, y el Papa ­­­­León I lo detuviera con la famosa frase de Abraham Lincoln cuando salió del Teatro Ford y dijo que como no le gustaría ser esclavo, estaba en contra de la esclavitud, y por cuanto y por tanto enviaría al ejército norteño a pelear contra los Estados Confederados con la orden de no regresar hasta liberar a Europa del flagelo del cólera. Dispuesto a cumplir la encomienda de su presidente, Hernán Cortez quemó sus naves para que no pudiera haber vuelta atrás; y como el quien persevera, siempre triunfa, ya sin barco para navegar, el noruego Rosald Armundsen se montó en un trineo tirado por perros esquimales, traídos especialmente para la ocasión desde la Antártida, y no paró hasta llegar al Polo Norte, plantó la bandera de la ONU para después salir desnudo de una tina gritando eureka. Quizás tú hayas oído decir que esto lo exclamó Marco Polo al llegar a China, pero en realidad quien primero lo vociferó a los cuatro vientos, fue Vasco Núñez de Balboa cuando divisó el Océano Pacífico. La frase se ha hecho manida por la repetición constante de cuanto turista llega a las playas de Machu Picchu, pero en realidad quien la hizo famosa fue Yuri Gagarin, cuando a bordo del Apolo 13 la dijo en vivo, a través de la cadena de televisión de todo el planeta, aunque como habló en japonés, su idioma natal, la gente creyó que estaba saludando a Mao tse Tum, el más famoso de los samuráis de toda la historia de China y primer hombre en escalar el Monte Everest, en el Himalaya.

     Hijo, no vayas a confundir Himalaya con la malaria. El Himalaya queda en Asia, mientras que la malaria es originaria de Malasia, territorio del antiguo Imperio Austro Húngaro, donde George Washington  fundara la ciudad de Chicago, célebre no sólo por el gran incendio que en ella ocurrió, sino también porque allí Leonardo da Vinci dirigió la orquesta en el estreno mundial de la ópera “Don Giovanni” del compositor hindú Kurasawua, representación en la que el tenor John Lennon salió del teatro con el vestuario del personaje que representaba: Radamés, cuando unos terroristas vascos hicieron detonar un petardo en la calle donde las floristas de Alcalá vendían nardos, azucenas, incienso de Nepal, y Agua de Colonia.

     Cuando tú eras pequeño, una vez te regalaron un pomo Agua de Colonia, pero yo me negué a que te perfumaran con él, pues en esa ciudad, Mussolini, el nazi más terrible que ha parido madre polaca alguna, construyó el campo de concentración de Auschwitz y se lo obsequió a su compadre Adolfo Hitler para que pusiera una fábrica de jabones elaborada con grasa humana, por lo que el Aga Kham, y para evitar que lo llevaran a la cámara de gas,  tuvo que buscar asilo político en Nepal, país desértico de América del Sur, donde se convirtió en guía espiritual de todos los luteranos del mundo y director de la una de las siete maravillas de la antigüedad: la Biblioteca de Alejandría. Y ya que aprendiste a leer, y te menciono la palabra biblioteca, no puedo desaprovechar la ocasión para recomendarte que, si quieres ser un hombre al que no le pasen gato por liebre, como ahora yo he intentado hacer contigo, bebas la sabiduría de los libros.

    Mi discurso, lleno de absurdos e imprecisiones, pero adornado con nombre y hechos exactos y veraces, no ha sido sólo para bromear con el juego de las mentiras y el truco de las verdades, sino para advertirte que ese es el recurso con que los timadores, bribones y trúhanes usan para engañar a los ignorantes. Aunque yo aspiro a que tú no lo seas, nunca está de más que te alerte.

 

 

sábado, 31 de octubre de 2020

La competencia

Touche ─sentenció el juez, y tu contrincante bajó el florete.

    La premiación no se iba hacer esperar, y en un momento, se oiría tu nombre por los amplificadores del salón, recinto lleno de la luz del sol que llegaba a través de los grandes ventanales de cristales del, momentáneo, palacio de deporte donde se efectuaba la competencia de los mejores esgrimistas de las diferentes academias de la provincia.

       Recuerdo tu contentura cuando te comunicaron que participarías representando a tu escuela, y la firmeza y temeridad con que manifestaste que ganarías la medalla de oro. Tenías la técnica necesaria para ello, pero debías esforzaste en tu preparación física durante el tiempo que faltaba para el torneo, mas te sobraba decisión para enfrentar el esfuerzo que conllevaba el adiestramiento de tus músculos, el avivamiento de tus reflejos y la capacidad de concentración necesaria para saber cómo coordinar los movimientos de ataque y defensa. El florete tenía que convertirse en extensión de tu brazo, y a pesar del dolor y el cansancio que ello te podía causar, te esforzaste día a día por lograr tu meta. Y junto con el avivamiento de tu cuerpo: ojos, músculos y cerebro, se fortaleció tu voluntad.

     El nombre que yo te escogí cuando naciste, acompañado del apellido del padre de mi padre, y el mío, que te identificaba como de la estirpe de una familia de bien, se oyó y continuación el resultado obtenido. La medalla de plata te fue colocada sobre el pecho, y tuve que esperar que, al igual que hacían a los otros dos ganadores, la levantaras en alto para la foto. Y entonces ya descendiste del estrado de la premiación. Viniste, con el mundo cayéndote encima, caminando a donde yo te esperaba. Una vez más te estreché en mis brazos, y si mi piel no era suficiente para transmitirte mi alegría y satisfacción te di un beso y te felicité.

    ─No gané la de oro ─dijiste en un leve susurro para que la voz no te abriera al llanto.

     Recuerdo que te cogí la cara con las dos manos, y te la apreté para evitar que fueran a brotar las lágrimas que amenazaban con saltar de tus ojos. Mi sonrisa no tenía nada que ver con el color de tu medalla: era el orgullo de tener un hijo luchador, como el más valiente cacique incaico, que enfrentaba con su pecho de plumas las alabardas de los conquistadores españoles; un verdadero samuari, bravo sarraceno, humo aventurero dispuesto a conquistar el mundo, a pesar del calor, el frío, la sed y el hambre.

     ─El mérito no está en el logro, sino en el empeño con que se luche.

     Fernando de Magallanes, el valiente navegante portugués, se planteó circunvalar por primera vez el planeta a bordo de un navío. Debió enfrentar conjuras e intrigas palaciegas, conspiraciones de timoratos y la insidia de envidiosos; e insistir y convencer al monarca que lo apoyó en su propósito. Tuvo que imponerse al motín del miedo de sus marineros, racionar el agua potable, comer cuero y aserrín; luchar con la furia del mar, vencer a la confusión de las estrellas, la cólera de los vientos, la desidia y las enfermedades.

    Magallanes no pudo completar su viaje, quedó inconcluso su sueño, pero la humanidad no lo juzga por haber muerto en una tonta escaramuza ante unos infelices nativos de una isla interpuesta en su ruta. El intrépido marino es reconocido por su esfuerzo y entereza, por su valor y persistencia, aunque no hubiese podido subir al estrado a obtener una medalla de oro.

 

sábado, 24 de octubre de 2020

El reloj

El padre de mi padre, hijo, sabía del paso de las horas del día, como el hombre primitivo,  por la posición del sol en su recorrido por el cielo o por la sombra de los árboles que los rayos de su luz provocaban en el suelo. Conocía así, cuándo debía guardar los animales, mojar el sudor de sus bestias o salir del surco abrazador. Pero en el refugio de su casa, sin la ayuda del astro rey, eran las campanadas de su reloj de pared quien le avisaba del paso de las horas; o cuando, entregado al sueño, en las madrugadas lo despertaban para oír el mugido de las vacas en el corral, deseosas de que se les ordeñara y poder alimentar después a sus crías.

    Es el mismo reloj de pared que tuvo mi padre como legado del suyo. Y el mismo que un día llegó a mi hogar con la noticia de que yo entonces sería su dueño: ese reloj que desde pequeño oyes tocar las horas y con cuyo sonido, en más de una ocasión, yo te ayudé a aprender a contar. Para que reconocieras los números, debiste esforzarte en la escuela, pues no eran los mismos que primero te enseñaron, sino otros que parecían letras; pero el conocimiento es basto.

    Es un hermoso reloj: con dos piezas de madera en forma de cisne a ambos lados de su caja, como soporte heráldico, custodiándolo. Su cristal, para proteger el lento recorrido de sus manecillas y el rítmico balanceo del péndulo, está adornado de nevados arabescos, en los que dos titanes sostienen sobre sus cabezas sendas cestillas de flores. En la parte superior del cedro de su caja, un semi círculo tallado, como un haz de cañas, sirve de sostén al capitel de tres óvalos, de mayor a menor, semejante a la cúpula de una pagoda japonesa, que lo corona, y en cuya base, presente, pero confundida entre tantos adornos, el rostro de la que pudiera ser la cara de una vigilante efigie egipcia, o el semblante austero de una patricia romana, quien inmutable observa a los que vienen a mirar el paso del tiempo. Y como este viejo reloj, hijo, algún día será tuyo, debo hacerte partícipe de un secreto oculto entre las ruedas dentadas del mecanismo detrás de su esfera, por donde se ve el paso del tiempo.

    La pequeña cara de mujer que ya te describí, es el hábitat y vocera de dos deidades de la mitología griega: Carpo y Talo: Horas del otoño y la primavera, respectivamente, quienes ante la conjunción de una serie de acontecimientos y la formulación de un sortilegio críptico, conceden los bienes de las cuales son propietarias: el tiempo y la abundancia.

     Debe ser en noche de luna nueva, en el momento exacto en que el minutero y el horario se confunden en una sola aguja sobre el número doce; con la palma de la mano izquierda sobre la cabeza, y el dorso de la derecha debajo de la mandíbula se debe decir, como en un susurro: "levita el panal, destila la miel, se abate el polen, al umbral final. Al umbral final, se abate el polen, destila la miel, levita el panal". Entonces se oirá desde el eco del Olimpo, dos voces alternativas de mujer, una cantarina; mesurada y grave la otra, que preguntarán:

    ─¿La bolsa?

    ─¿O la vida?

   No para exigirte una u otra, sino para ofrecerte riqueza y tiempo.

   Contole al padre de mi padre, el anticuario que le vendió el reloj, que recién fabricado este, tuvo un dueño al que las Horas le concedieron ambas cosas. Al verse de pronto joven y rico, el hombre comenzó una vida disipada en la que, pródigo con amigos en juergas de ocasión y diversiones, a manos llenas dilapidaba su dinero. Para él, la noche era día, y el día no tenía fin entre las más finas sedas de su vestuario, el vino y la música. Como únicos vestigios de su andar por la vida, sólo costosos sombreros de fieltro dejaba abandonados por los sitios que cruzaba.

    Mas llegó el tiempo en que la bolsa languideció y deshizo sus hilos. No se había ocupado el hombre de cosechar el oro ni la plata, pero propietario aún del reloj que hoy descansa sobre la pared de mi hogar, volvió a él con el conjuro de reclamo a las Horas dadivosas.

    ─La bolsa ─pidió esa vez, y de nuevo otra y otra, pues le era fácil y placentera la vida.

    El dinero, como las hojas de los árboles, puede volver en cada primavera, y para el hombre de la historia del viejo anticuario, los otoños no eran más que sólo épocas transitorias. Un día, sin embargo, con la talega recién repleta de dinero, le llegó el aviso de la Parca para partir, pues se había terminado el tiempo de su vida.

    Presuroso aprovechó los pocos minutos que le quedaban y corrió ante el reloj de las campanadas, que tanto te gusta oír y con el que aprendiste a contar, para pedirle esta vez a Carpo, que lo dotara de más tiempo de supervivencia. Pero, ¡oh, pobre infeliz!, no sabía que este don, no como el del dinero que puede ir y volver, es ofrecido por una sola vez; y cuando se acaba, la vida llega a su fin.

    No malgastes, hijo, tu tiempo. El tiempo es oro, dicen los interesados, pues no conocen otra cuantía de medida, pero el tiempo, tu tiempo, es más valioso que el más valioso de los tesoros que puedas imaginar.

    ─¿Más que un cofre de pirata? ─me podrás preguntar en la ingenuidad de tu imaginación, y yo te responderé:

    ─Más que todos los cofres juntos de todos los piratas del mundo. Tu tiempo, hijo, es tu vida. Aprovéchala.