lunes, 28 de septiembre de 2020

carta de amor

Hijo, entre los bienes que me dejó mi padre en su herencia, el documento más valioso, el cual conservo con celo y resguardo de ladrones de oficio y cleptómanos, es la carta con la que enamoró a tu abuela. Déjame leértela para, bebiendo en el manantial de la virtud varonil, sepas de ansias y amor, anhelo y ternura, esperanza y espera. El cumplimiento de la palabra prometida siempre produce satisfacción, más cuando de amor se trata; por eso, casi sesenta años no fueron suficientes para estar juntos, y mi padre siguió a mi madre poco tiempo después de ella fallecer.

 

LA CARTA

Meneses, 14 de agosto de 1934

Srta. Aida Delgado.

Localidad.

Mi distinguida y querida Aida:

                                                      Vuelvo hoy por otra vez a molestarte y ya con estas feas líneas es la tercera que me dirijo a ti sin tener la buena suerte de recibir una letra tuya. Yo no me explico que te ocurre, puede ser que yo no sea merecedor que tú te molestes y me hagas con tus delicadas manos y tu noble corazón unas líneas dedicadas a mis, puede que sea esta la causa, pero yo no me lo explico, pues no encuentro otra que no sea esta. Tú sabes que te quiero con todo mi corazón que te estoy brindando un cariño inmensamente grande, tan grade como el que puedo tenerle a mi querida madre y por ella te juro que te quiero. Aida, te pido que me atiendas, creo ser un caballero, y no pretendo hacer perder tu tiempo ni tampoco engañarte, solamente te estoy ofreciendo un cariño muy grande y que yo tengo la seguridad que de ser aceptado por ti, sería nuestra felicidad. Solo necesito obtener de tu noble corazón un sí de amor para poderme nombrar el hombre más feliz del mundo, y entonces preparar nuestro nido de amor y de felicidad que yo supongo sería de ambos. El domingo me dijiste que esto era para perder el tiempo y que tú no estabas dispuesta a pasar tu dulce vida en vano, yo te lo juro, Aida, en nuestras relaciones tú no vas a perder tu tiempo, bueno, esto es siempre que tú veas en mí el hombre de tu felicidad, es decir, si yo soy el hombre que a ti te guste y que tenga las cualidades que tu deseas para tu futuro esposo. Yo en ti encuentro todas las buenas cualidades que puede buscar un hombre para su esposa, para la que va a ser su compañera de toda la vida, por lo tanto desearía que tú lo fueras y para ello necesito como primer paso en el amor, ser correspondido, lo cual espero de tu noble corazón. Aida, como supongo que tú contestarás esta carta, te ruego me digas si puedo ir a tu casa a verte, por ejemplo, el jueves, para que tú veas que esta es de carácter formal y que yo quiero que tenga la seriedad necesaria. Bueno, vieja, esta ya es un periódico, perdona la lata, pero sucede que cada vez tengo más deseos de escribirte y de demostrarte que te quiero.

                                               Recibe un saludo cariñoso de este que te quiere con toda su vida y te jura ser tuyo mientras viva,

Ángel Cabrera

PD:

Contéstame, no sea malita, mira que estoy loquito por recibir una cartica tuya y, más que por eso, poder nombrarme dueño de tu corazón.

 

 

sábado, 19 de septiembre de 2020

EL HIJO

   Mi historia de médium es totalmente diferente a la de mi madre y se limita a una sola predicción, también relacionado con la muerte.

   Cuando comencé a estudiar en la Universidad, coincidí con una compañera de un año superior al mío, con la que de seguro, y los hechos así se lo demostraron, tuve o tenía ‑ no sé qué tiempo verbal es el idóneo para traducir vínculos fuera del medio témporo‑espacial en el que nos movemos, pero, al parecer, preexistentes a nuestro encuentro terrenal durante el siglo XX.

   Los alumnos que iniciaban su segundo curso se interesaron en conocer a los que comenzábamos nuestro primer año en la licenciatura de Psicología, y en la primera oportunidad que tuvieron, vinieron a mi aula para darnos la bienvenida. Cuando esta condiscípula me vio, expresó admirada:

    ―¡Cómo te pareces a mi hijo mayor!

    Tiempo después le llevé fotos mías de cuando tenía la edad de su hijo, y en realidad era sorprendente el parecido que teníamos.

    ―Pero no me achaques la paternidad ―bromeé.

      De la época de estudiantes, no hubo ningún hecho significativo entre nosotros, sólo empatía y una amistad sincera, pero cuando, ya graduados, coincidimos en la misma ubicación laboral, descubrimos que podíamos comunicarnos telepáticamente

    Primero fueron chispazos breves y poco nítidos, coincidencias más bien surgidas en la mecánica del trabajo, y cuando levantábamos la vista, por el brillo de los ojos o por un ligerísimo movimiento de los músculos de la cara, imperceptible para los demás, descubríamos que estábamos pensando lo mismo. Después fueron palabras, imágenes y hasta pensamientos que más que transmitirse, eran que se producían al unísono en nuestras respectivas cabezas.

   En el trabajo no siempre nos ubicaban en las mismas tareas, y a veces pasaban días sin vernos, y como el teléfono era más efectivo que la telepatía para largas conversaciones a distancia, teníamos la costumbre de llamarnos por las noches.

   En una de estas ocasiones, enseguida que mi amiga me respondió al teléfono, le dije:

   ─Acabo de conocer a la mujer con la que me voy a casar ─y entonces vino la pregunta fatal─. ¿Quieres ser testigo de mi boda?

   En efecto, yo había acabado de hablar con una joven de la que me prendí apasionadamente y, después de haber recibido la confirmación de mi amiga de que iba a testificar el matrimonio, enamoré preguntándole si aceptaba casarse conmigo.  

    Los preparativos de la boda no se hicieron esperar, y mi amiga seleccionó un modelo para su vestido al que su la mamá le modificó el escote, pues, según el criterio de esta señora, iba a resultar demasiado provocativo para el sacerdote oficiante en la ceremonia religiosa: así era mi amiga de alegre. De su vestido siempre me habló, pero ni siguiera me dejó ver la tela para la sorpresa cuando entrara a la iglesia. Si es de mala suerte que el novio vea el vestido de boda de la novia, suponía que tampoco debía ver el de la testigo principal.

    Por su embullo con la boda, cuarenta días antes de la fecha, todas las mañanas cuando nos encontrábamos en la oficina, comenzó a saludarme anunciándome, en una cuenta regresiva, los días en que aún permanecería soltero, sin saber que se estaba contando el tiempo que le quedaba de vida:

    ꟷTreinta y dos días… Veinticuatro… Dos semanas…

   En ese medio tiempo fue que tuve el sueño premonitorio.

   Me vi caminando por una calle desierta y al pasar por delante de una puerta, una anciana que allí había, me detuvo y me dijo:

   ─Un testigo de tu boda se va a morir.

   Supe que quien fuera, estaba en aquella casa y apartando a la mujer, entré a la semi penumbra de una sala des­provista de muebles. Al fondo, dos arcos típicos de la vi­vienda villaclareña comunicaban con una saleta en la que sólo había una mesa sobre la cual se hallaba un cuerpo cubierto por una sábana. Me acerqué para ver de quién se trataba y entonces exclamé con amargura:

   ─¡Eres tú!

   ─Sí ─me respondió mi amiga con gran resignación─, soy yo. Me tengo que morir.

   Dos días antes de la boda, me sentí mal, y el diagnóstico de una infección infantil no se hizo esperar: ¡varicela! Con el novio en cama hubo que posponerlo todo, con excepción de la firma del contrato nupcial, pues como este trámite civil dependía de la burocracia de la época en una instancia estatal, no era aconsejable perder la fecha asignada para tal efecto. MI suegro consiguió que el notario fuera a mi casa y, prácticamente en artículus mortem, estampé mi nombre en el acta del convenio de matrimonio establecido con la ciudadana que aceptaba ser mi esposa, documento en el que también mi amiga firmó como testigo del hecho. Hubo un sencillo brindis antes de que yo volviera al lecho de enfermo, pero mi amiga había reservado su tan anunciado vestido para estrenárselo en la boda religiosa.

   Una semana después, al amanecer del día fijado para esta ceremonia, a mi casa se apareció un mensajero para darme la noticia. La noche antes, mi amiga al regresar de una visita de trabajo a Sancti Spíritus había tenido un accidente de carretera y se encontraba muy grave en el hospital.  Corrí a su lado y, aunque inconsciente, la vi viva entre las sábanas, no de una mesa como en el sueño, pero sí del lecho en que unas horas después moriría. El vestido que con tanta ilusión se había mandado a hacer para el matrimonio, y que nunca llegué a ver, le sirvió de mortaja.

   Esgrimiendo el deseo de mi amiga, su mamá me hizo prometerle que no volvería a posponer la boda; y aunque no hubo fiesta, esa noche fui a la iglesia para contestar de manera afirmativa a la pregunta del sacerdote de si me quería casar, mientras que mi amiga, cumplido su ciclo, partía una vez más de la vida terrenal.

 

 

 

martes, 8 de septiembre de 2020

nueva oferta en mi blog

He pensado que si bien, en las últimas ofertas que he colgado en mi blog (https://historiasnoleidas.blogspot.com) he transcrito algunas de las historias familiares que me relató mi madre, bien pudiera dedicar una sección para hablar de ella, pues además de una excelente narradora, sus poderes supra sensoriales fueron notables; así que les presento este contándole de sus experiencias. Espero que la disfruten. Un saludo afectuoso,

Luis Cabrera Delgado

 

Mi madre

  Contaba mi madre que de niña, frecuentemente se le aparecía una mujer que sólo ella y ninguna de sus hermanas o primas con las que jugara en ese momento, veía. Esto le ocasionó más de una burla:    

   ─Aida, bobita, habla solita.

   La madre nunca pudo definir quién era aquella visión, si santa Bárbara o quizás la Virgen; sólo, decía, se trataba de alguien que le transmitía una infinita paz

    ─Vestía de blanco con los hombros cubiertos con una capa roja. El pelo negro, sedoso y largo hasta la cintura.

   Si su progenitora, o sea, mi abuela, no hubiera sido una persona tan práctica como lo era en el sentido de simplificar al máximo la vida, hubie­ra llevado aquel hecho hasta el conocimiento mismo del obispo de La Habana y quién sabe si hoy en día tendríamos de Patrona  Nacional, no a la Virgen de la Caridad del Cobre, sino a la  Virgen de la Paz de Meneses; quizás entonces hubieran metido a monja a la pobre muchacha, y el hijo (entiéndase: yo) no hubiera nacido, pero como las cosas en esta vida dependen del azar, mi abuela se limitó a prohibirle a su hija que hablara de aquella mujer, después le dio una monda por desobedecerla y, ante la terquedad, terminó llevándola a una espiritista que le rezó un poco sobre la cabeza y le indicó que la bañara con agua de flores blancas restregándole bien detrás de las orejas.[1]

    A medida que la madre fue creciendo, las apariciones de  aquella visión fueron distanciándose cada vez más hasta  desaparecer totalmente. La última vez, contaba, ocurrió el día antes de tener ella su menarquia, y fue que con aquel sangramiento entre las piernas, perdió el candor y la inocencia de la infancia o que la Virgen comprendió que no había hecho una buena selección del mortal con el que preten­dió transmitir a los hombres su mensaje de paz; pero es que mi abuela no estaba para complicarse la vida con una hija vidente como se les debe haber complicado a las mamás de los tres pastorcillos de Fátima, que hasta dos de ellos murieron siendo niños.

   Unos cuantos años después, a mi madre se le comenzó a aparecer el espíritu de su, también virgen, prima María Dolores.

   Coincidentemente con que esta joven debía coser su ajuar de bodas, mi madre, después de haber sido pedida en matrimonio, tal y como era la costumbre de la época, trabajaba en el suyo, mas perteneciendo María Dolores a la rama ricos de la familia, y con el objetivo de hacerle menos pesada la tarea, mandaron a buscar a la prima pobre para que cumplieran juntas con aquel ritual.

   ─Tía María está comentando ─dice mi madre que le dijo a su prima María Dolores cuando se quedaron solas─ que no te ve nada  entusiasmada con tus sábanas.

   ─Es que sé que no me voy a casar ─dice que le contestó.

   Para cerciorarse de que nadie las oiría, mi madre miró  hacia el interior de la casa por encima de una de las arecas del portal, se sentó en el borde del sillón de mimbre en el que bordaba e inclinándose hacia delante, susurró la pregunta:

   ─¿No te gusta tu novio?

   ─No es eso ─le contestó después de terminar la puntada─. Es que tengo el presentimiento de que me voy a morir antes.

   Mi madre sintió abrirse la mampara que daba al comedor y vio venir a la tía con una bandeja con dos vasos de agua de coco fría, le indicó a la prima hacer silencio y se puso a tararear una canción de moda:

   ─Y mientras todos dormían

      llenos de un dulce sopor,

      los espiaba la muerte,

      que andando silente,

      iba en el vapor.[2]

Una semana antes de la boda y cuando después de terminar con el último fundón, María Dolores guardaba los hilos en el costurero, un ratón cruzó velozmente por debajo de este.

   ─¡Ay! ─gritó la joven y con el susto tumbó al suelo la mesita con la caja, desparramando carreteles y agujas sobre el rastro dejado por el roedor.

   Mi madre se agachó para, entre risas y bromas, ayudar a la  prima a recoger botones, broches, madejas y dedales regados por todo el piso, y cuenta que al ir a levantar una aguja, María Dolores se pinchó un dedo que enseguida se llevó a la boca para limpiar la gota de sangre.

   El día de la boda, la novia amaneció con dolores musculares y fiebre; a la hora en que debía haber salido vestida de blanco para la iglesia, no pudo levantarse de la cama, esa noche perdió el conocimiento y dos días después murió.

   Por el luto y los escasos recursos del novio, aún dependiente de una farmacia ajena, el casorio de mis padres no tuvo ni la centésima parte de la fastuosidad que iba a tener la celebración del de la novia muerta. Mi padre se trasladó con el juez y los testigos en una máquina de alquiler hasta la casa del suegro, allí firmaron el acta y se abrieron unas cidras españolas para brindar. Mi madre se cambió el senci­llo vestido de novia por un traje de chaqueta de guinga azul y se dispuso a partir con su amado hasta cinco cuadras más allá donde estaba la casa que habían acondicionado con los muebles vendidos baratos por  un guardia rural a quien la esposa le había sido infiel. Todos los presentes besaron a la novia deseándole la felicidad, y le dejaron caer en la cabeza un puñado del arroz que atraería la abundancia para la pareja.

   Mi padre pensó que la demora de la esposa en el baño era por el pudor que como buena recién casada pudiera sentir para venir a la cama, cuando en realidad mi madre escuchaba al espíritu de María Dolores, pues esta se le apareció para hacer votos por su felicidad en el momento que  se sacudía el arroz del pelo, granos que la prima le aconsejó recoger y guardar para que su promisión pudiera ser efectiva. 

   Mi madre le agradeció sus buenas intenciones y por su parte le deseo que descansara en paz, pero la muerta no se retiraba y le dio largas a la conversación en la que poco a poco fueron surgiendo sus verdaderos sentimientos de inconformidad por haber fallecido y envidia por el matrimonio de la prima pobre.

   ─Tú nunca fuiste así, María Dolores ─le reprimió mi madre.

   ─Hablas de esa manera, porque estás viva y ahora vas a disfrutar de un hombre ─le dijo con rabia y cogió la navaja del que sería mi padre, que estaba encima del lavamanos, y se la enseñó a mi madre─, pero si te suicidas, te irías ahora conmigo para otra dimensión y seríamos felices por siempre. ¡Vamos, mátate!

   Como ni aún en ese momento, mi madre le tuvo miedo al espíritu de ningún difunto, fue a trazar en el aire una cruz con la mano para alejar a la muerta, cuando los toques del esposo en la puerta del baño la desvanecieron.

   ─¿China, te ocurre algo?  

   Quince días después, se le volvió a aparecer para pedirle  perdón y llorar por su suerte, pero terminó recriminándole a mi madre su felicidad de recién casada. Y así, con frecuencias irregulares y cuando menos se esperaba, repitió sus visitas durante varios años. Siempre fingiendo humildad y arrepentimiento, imitando al ser apacible y bondadoso que fue en vida, cuando en realidad la inquina y la malevolencia eran quienes le guiaban en la muerte. La madre siempre le pidió que la dejara y se fuera a descansar, le deseaba la luz necesaria y rogaba por la paz de su alma.

   Después de algunos años sin aparecer, lo hizo por última vez a los pocos días de yo  haber nacido. Cuenta mi madre que una tarde la vio a los pies de la cama.

   ─Supe que pariste y vengo a ver a tu hijo ─caminó hasta la cuna y le fue a abrir el mosquitero.

   ─Con el niño si es verdad que no ─le gritó mi madre y se levantó del lecho, cogió de sobre la mesita de noche un frasco que casualmente le habían traído de regalo y la roció con agua bendita─. Aléjate, espíritu maligno. Este no es ya tu mundo. En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, descansa en paz.

   El perder contacto con seres del más allá, hizo que mi madre tensara no sé qué cuerda sensible y misteriosa que le permitía conocer los acontecimientos antes de que estos ocurrieran, sobre todos de aquellos relacionados con la muerte.

   ─Va a fallecer un amigo.  

   Las defunciones las tenía catalogadas según el grado de relación con la familia. Podía ser un miembro de esta, una persona amiga o sencillamente un conocido. Por otra parte, las causas de muerte, siempre repentinas, ya que los fallecimientos esperados por un padecimiento o enfermedad, no tenían gracia alguna, se clasificaban en naturales o accidentales, y estas últimas las anunciaba en las categorías de con o sin sangre y por los motivos de fuego, agua o golpe.

   En una ocasión la madre pronosticó la muerte drástica de un conocido por esta última causa,  y se estuvo discutiendo si debía abrir un nuevo acápite, pues la persona en cuestión, de quien no recuerdo el nombre, murió a consecuencia de un rayo que le cayó en medio del campo, pero la madre defendió el criterio de que quien tiene la desgracia de servir de pararrayo, lo que siente es como un golpe muy fuerte en la cabeza y nunca llega a percibir la electricidad.

   Ahora bien, la consagración de sus dotes ocurrió un día del año cincuenta y ocho.

   Mi padre tenía la costumbre de levantarse temprano para, por el traspatio, ir abrir la farmacia, que ya era suya, recibir a los empleados y distribuirles el trabajo, y sólo pasadas las ocho, volvía a la casa a desayu­nar; sin embargo, el día de lo acontecido, mi madre se le apareció en bata de casa llorando junto al mostrador del dispensario donde preparaba unas pomadas, pues según ella, acababa de ocurrir una desgracia. Un hombre cortaba un árbol, y este cayó sobre él y su hijo que permanecía cerca, aplastándolos a los dos; el niño ya estaba muerto, pero el padre no, y pedía ayuda. El relato de su visión fue tan convincente que allí mismo se movilizó a medio pueblo y se organizaron las cuadrillas de búsqueda sin saber exactamente hacia dónde dirigirse, pero no demoró en saberse que alguien había visto temprano a Ismael Jerónimo, hacha al hombro y acom­pañado de su hijo, dirigirse hacia los montes de Ajinjibral, y hacia allá fueron a buscar. A las diez de la mañana ya estaban de regreso con los dos cadáveres. El niño, en efecto estaba muerto, pero Ismael tuvo vida para explicar lo sucedido tal y como mi madre lo había descrito. Cuentan que ya de camino al pueblo, y sin que le hubieran dicho por qué habían salido a buscarlo, el pobre hombre antes de morir, pidió que le  dieran las gracias a la mujer del boticario por haberles avisa­do.

   Más de un espiritista vino a ver a mi madre, unos, antes de  establecerse en la zona para conocer si ella pensaba abrir  consulta, y otros, los que se iban, para aconsejarle que se  ocupara de trabajar y desarrollar su gracia, pero a mi madre no le interesaba y en más de una ocasión le rogó a Dios que la librara de aquellas premoniciones, pedido que le fue complacido poco a poco y en la medida que se fue poniendo vieja; sólo para su muerte, el túnel comunicante entre los dos estados conocidos por ahora para el hombre, se abrió para ella, y por él regresaron sus muertos para acompañarla en el momento de la partida.

   A mi madre se le diagnosticó una tumoración cancerosa en  abril de mil novecientos noventa y cinco, y en diciembre de ese año, cayó definitivamente en cama.

    Yo, que era quién la atendía, dejé de ser yo, y me convertí indistintamente en Eloísa o Armando, los hermanos muertos de mi madre, pues a ellos llamaba o agradecía el servicio que le brindara.

   Una mañana llegó la enfermera y le puso la nueva inyección indicada por el médico de cabecera; inmediatamente mi madre tuvo un paro respiratorio que hizo pensar que ya terminaba. Sin posibilidad alguna de recupera­ción de su enfermedad y atendiendo a su deseo tantas veces expresado, se esperó pacientemente a su lado cuando, para sorpresa de todos, su respiración se fue restableciendo, volvió a tomar conciencia de sí y pudo hablar de nuevo para muy ingenuamente explicar:   

   ─Vino una mujer a buscarme, pero cómo me iba a ir con ella, si yo no la conozco.

   Además, ya mi madre había dicho la fecha de su fallecimiento, y ese no era el día.

 

 



[1] Como la progenitora no podía bañar ella misma a sus ocho hijos, los mayores bañaban a los más pequeños, los del medio se bañaban solos y, aunque no quedaran siempre del todo limpios, problema resuelto. Así, y sin ser presbiteriana, era de  práctica mi abuela.

[2] Se trata del corrido del puertorriqueño Leopoldo González El desastre del Morro Castle inspirado por el lamentable incendio en el barco de ese nombre que cubría la ruta La Habana‑Nueva York el día 7 de septiembre de 1934 y en el que murieron ciento treinta y dos personas, entre ellas, varios recién casados.

 

Mi madre

    Contaba mi madre que de niña, frecuentemente se le aparecía una mujer que sólo ella y ninguna de sus hermanas o primas con las que jugara en ese momento, veía. Esto le ocasionó más de una burla:    

   ─Aida, bobita, habla solita.

   La madre nunca pudo definir quién era aquella visión, si santa Bárbara o quizás la Virgen; sólo, decía, se trataba de alguien que le transmitía una infinita paz

    ─Vestía de blanco con los hombros cubiertos con una capa roja. El pelo negro, sedoso y largo hasta la cintura.

   Si su progenitora, o sea, mi abuela, no hubiera sido una persona tan práctica como lo era en el sentido de simplificar al máximo la vida, hubie­ra llevado aquel hecho hasta el conocimiento mismo del obispo de La Habana y quién sabe si hoy en día tendríamos de Patrona  Nacional, no a la Virgen de la Caridad del Cobre, sino a la  Virgen de la Paz de Meneses; quizás entonces hubieran metido a monja a la pobre muchacha, y el hijo (entiéndase: yo) no hubiera nacido, pero como las cosas en esta vida dependen del azar, mi abuela se limitó a prohibirle a su hija que hablara de aquella mujer, después le dio una monda por desobedecerla y, ante la terquedad, terminó llevándola a una espiritista que le rezó un poco sobre la cabeza y le indicó que la bañara con agua de flores blancas restregándole bien detrás de las orejas.[1]

    A medida que la madre fue creciendo, las apariciones de  aquella visión fueron distanciándose cada vez más hasta  desaparecer totalmente. La última vez, contaba, ocurrió el día antes de tener ella su menarquia, y fue que con aquel sangramiento entre las piernas, perdió el candor y la inocencia de la infancia o que la Virgen comprendió que no había hecho una buena selección del mortal con el que preten­dió transmitir a los hombres su mensaje de paz; pero es que mi abuela no estaba para complicarse la vida con una hija vidente como se les debe haber complicado a las mamás de los tres pastorcillos de Fátima, que hasta dos de ellos murieron siendo niños.

   Unos cuantos años después, a mi madre se le comenzó a aparecer el espíritu de su, también virgen, prima María Dolores.

   Coincidentemente con que esta joven debía coser su ajuar de bodas, mi madre, después de haber sido pedida en matrimonio, tal y como era la costumbre de la época, trabajaba en el suyo, mas perteneciendo María Dolores a la rama ricos de la familia, y con el objetivo de hacerle menos pesada la tarea, mandaron a buscar a la prima pobre para que cumplieran juntas con aquel ritual.

   ─Tía María está comentando ─dice mi madre que le dijo a su prima María Dolores cuando se quedaron solas─ que no te ve nada  entusiasmada con tus sábanas.

   ─Es que sé que no me voy a casar ─dice que le contestó.

   Para cerciorarse de que nadie las oiría, mi madre miró  hacia el interior de la casa por encima de una de las arecas del portal, se sentó en el borde del sillón de mimbre en el que bordaba e inclinándose hacia delante, susurró la pregunta:

   ─¿No te gusta tu novio?

   ─No es eso ─le contestó después de terminar la puntada─. Es que tengo el presentimiento de que me voy a morir antes.

   Mi madre sintió abrirse la mampara que daba al comedor y vio venir a la tía con una bandeja con dos vasos de agua de coco fría, le indicó a la prima hacer silencio y se puso a tararear una canción de moda:

   ─Y mientras todos dormían

      llenos de un dulce sopor,

      los espiaba la muerte,

      que andando silente,

      iba en el vapor.[2]

Una semana antes de la boda y cuando después de terminar con el último fundón, María Dolores guardaba los hilos en el costurero, un ratón cruzó velozmente por debajo de este.

   ─¡Ay! ─gritó la joven y con el susto tumbó al suelo la mesita con la caja, desparramando carreteles y agujas sobre el rastro dejado por el roedor.

   Mi madre se agachó para, entre risas y bromas, ayudar a la  prima a recoger botones, broches, madejas y dedales regados por todo el piso, y cuenta que al ir a levantar una aguja, María Dolores se pinchó un dedo que enseguida se llevó a la boca para limpiar la gota de sangre.

   El día de la boda, la novia amaneció con dolores musculares y fiebre; a la hora en que debía haber salido vestida de blanco para la iglesia, no pudo levantarse de la cama, esa noche perdió el conocimiento y dos días después murió.

   Por el luto y los escasos recursos del novio, aún dependiente de una farmacia ajena, el casorio de mis padres no tuvo ni la centésima parte de la fastuosidad que iba a tener la celebración del de la novia muerta. Mi padre se trasladó con el juez y los testigos en una máquina de alquiler hasta la casa del suegro, allí firmaron el acta y se abrieron unas cidras españolas para brindar. Mi madre se cambió el senci­llo vestido de novia por un traje de chaqueta de guinga azul y se dispuso a partir con su amado hasta cinco cuadras más allá donde estaba la casa que habían acondicionado con los muebles vendidos baratos por  un guardia rural a quien la esposa le había sido infiel. Todos los presentes besaron a la novia deseándole la felicidad, y le dejaron caer en la cabeza un puñado del arroz que atraería la abundancia para la pareja.

   Mi padre pensó que la demora de la esposa en el baño era por el pudor que como buena recién casada pudiera sentir para venir a la cama, cuando en realidad mi madre escuchaba al espíritu de María Dolores, pues esta se le apareció para hacer votos por su felicidad en el momento que  se sacudía el arroz del pelo, granos que la prima le aconsejó recoger y guardar para que su promisión pudiera ser efectiva. 

   Mi madre le agradeció sus buenas intenciones y por su parte le deseo que descansara en paz, pero la muerta no se retiraba y le dio largas a la conversación en la que poco a poco fueron surgiendo sus verdaderos sentimientos de inconformidad por haber fallecido y envidia por el matrimonio de la prima pobre.

   ─Tú nunca fuiste así, María Dolores ─le reprimió mi madre.

   ─Hablas de esa manera, porque estás viva y ahora vas a disfrutar de un hombre ─le dijo con rabia y cogió la navaja del que sería mi padre, que estaba encima del lavamanos, y se la enseñó a mi madre─, pero si te suicidas, te irías ahora conmigo para otra dimensión y seríamos felices por siempre. ¡Vamos, mátate!

   Como ni aún en ese momento, mi madre le tuvo miedo al espíritu de ningún difunto, fue a trazar en el aire una cruz con la mano para alejar a la muerta, cuando los toques del esposo en la puerta del baño la desvanecieron.

   ─¿China, te ocurre algo?  

   Quince días después, se le volvió a aparecer para pedirle  perdón y llorar por su suerte, pero terminó recriminándole a mi madre su felicidad de recién casada. Y así, con frecuencias irregulares y cuando menos se esperaba, repitió sus visitas durante varios años. Siempre fingiendo humildad y arrepentimiento, imitando al ser apacible y bondadoso que fue en vida, cuando en realidad la inquina y la malevolencia eran quienes le guiaban en la muerte. La madre siempre le pidió que la dejara y se fuera a descansar, le deseaba la luz necesaria y rogaba por la paz de su alma.

   Después de algunos años sin aparecer, lo hizo por última vez a los pocos días de yo  haber nacido. Cuenta mi madre que una tarde la vio a los pies de la cama.

   ─Supe que pariste y vengo a ver a tu hijo ─caminó hasta la cuna y le fue a abrir el mosquitero.

   ─Con el niño si es verdad que no ─le gritó mi madre y se levantó del lecho, cogió de sobre la mesita de noche un frasco que casualmente le habían traído de regalo y la roció con agua bendita─. Aléjate, espíritu maligno. Este no es ya tu mundo. En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, descansa en paz.

   El perder contacto con seres del más allá, hizo que mi madre tensara no sé qué cuerda sensible y misteriosa que le permitía conocer los acontecimientos antes de que estos ocurrieran, sobre todos de aquellos relacionados con la muerte.

   ─Va a fallecer un amigo.  

   Las defunciones las tenía catalogadas según el grado de relación con la familia. Podía ser un miembro de esta, una persona amiga o sencillamente un conocido. Por otra parte, las causas de muerte, siempre repentinas, ya que los fallecimientos esperados por un padecimiento o enfermedad, no tenían gracia alguna, se clasificaban en naturales o accidentales, y estas últimas las anunciaba en las categorías de con o sin sangre y por los motivos de fuego, agua o golpe.

   En una ocasión la madre pronosticó la muerte drástica de un conocido por esta última causa,  y se estuvo discutiendo si debía abrir un nuevo acápite, pues la persona en cuestión, de quien no recuerdo el nombre, murió a consecuencia de un rayo que le cayó en medio del campo, pero la madre defendió el criterio de que quien tiene la desgracia de servir de pararrayo, lo que siente es como un golpe muy fuerte en la cabeza y nunca llega a percibir la electricidad.

   Ahora bien, la consagración de sus dotes ocurrió un día del año cincuenta y ocho.

   Mi padre tenía la costumbre de levantarse temprano para, por el traspatio, ir abrir la farmacia, que ya era suya, recibir a los empleados y distribuirles el trabajo, y sólo pasadas las ocho, volvía a la casa a desayu­nar; sin embargo, el día de lo acontecido, mi madre se le apareció en bata de casa llorando junto al mostrador del dispensario donde preparaba unas pomadas, pues según ella, acababa de ocurrir una desgracia. Un hombre cortaba un árbol, y este cayó sobre él y su hijo que permanecía cerca, aplastándolos a los dos; el niño ya estaba muerto, pero el padre no, y pedía ayuda. El relato de su visión fue tan convincente que allí mismo se movilizó a medio pueblo y se organizaron las cuadrillas de búsqueda sin saber exactamente hacia dónde dirigirse, pero no demoró en saberse que alguien había visto temprano a Ismael Jerónimo, hacha al hombro y acom­pañado de su hijo, dirigirse hacia los montes de Ajinjibral, y hacia allá fueron a buscar. A las diez de la mañana ya estaban de regreso con los dos cadáveres. El niño, en efecto estaba muerto, pero Ismael tuvo vida para explicar lo sucedido tal y como mi madre lo había descrito. Cuentan que ya de camino al pueblo, y sin que le hubieran dicho por qué habían salido a buscarlo, el pobre hombre antes de morir, pidió que le  dieran las gracias a la mujer del boticario por haberles avisa­do.

   Más de un espiritista vino a ver a mi madre, unos, antes de  establecerse en la zona para conocer si ella pensaba abrir  consulta, y otros, los que se iban, para aconsejarle que se  ocupara de trabajar y desarrollar su gracia, pero a mi madre no le interesaba y en más de una ocasión le rogó a Dios que la librara de aquellas premoniciones, pedido que le fue complacido poco a poco y en la medida que se fue poniendo vieja; sólo para su muerte, el túnel comunicante entre los dos estados conocidos por ahora para el hombre, se abrió para ella, y por él regresaron sus muertos para acompañarla en el momento de la partida.

   A mi madre se le diagnosticó una tumoración cancerosa en  abril de mil novecientos noventa y cinco, y en diciembre de ese año, cayó definitivamente en cama.

    Yo, que era quién la atendía, dejé de ser yo, y me convertí indistintamente en Eloísa o Armando, los hermanos muertos de mi madre, pues a ellos llamaba o agradecía el servicio que le brindara.

   Una mañana llegó la enfermera y le puso la nueva inyección indicada por el médico de cabecera; inmediatamente mi madre tuvo un paro respiratorio que hizo pensar que ya terminaba. Sin posibilidad alguna de recupera­ción de su enfermedad y atendiendo a su deseo tantas veces expresado, se esperó pacientemente a su lado cuando, para sorpresa de todos, su respiración se fue restableciendo, volvió a tomar conciencia de sí y pudo hablar de nuevo para muy ingenuamente explicar:   

   ─Vino una mujer a buscarme, pero cómo me iba a ir con ella, si yo no la conozco.

   Además, ya mi madre había dicho la fecha de su fallecimiento, y ese no era el día.

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[1] Como la progenitora no podía bañar ella misma a sus ocho hijos, los mayores bañaban a los más pequeños, los del medio se bañaban solos y, aunque no quedaran siempre del todo limpios, problema resuelto. Así, y sin ser presbiteriana, era de  práctica mi abuela.

2 Se trata del corrido del puertorriqueño Leopoldo González El desastre del Morro Castle inspirado por el lamentable incendio en el barco de ese nombre que cubría la ruta La Habana‑Nueva York el día 7 de septiembre de 1934 y en el que murieron ciento treinta y dos personas, entre ellas, varios recién casados.

 



[1] Como la progenitora no podía bañar ella misma a sus ocho hijos, los mayores bañaban a los más pequeños, los del medio se bañaban solos y, aunque no quedaran siempre del todo limpios, problema resuelto. Así, y sin ser presbiteriana, era de  práctica mi abuela.

[2] Se trata del corrido del puertorriqueño Leopoldo González El desastre del Morro Castle inspirado por el lamentable incendio en el barco de ese nombre que cubría la ruta La Habana‑Nueva York el día 7 de septiembre de 1934 y en el que murieron ciento treinta y dos personas, entre ellas, varios recién casados.

 

sábado, 15 de agosto de 2020

ELIZABETH, ADRIANO Y SU ÚLTIMO HOMBRE DE CONFIANZA

Después de su segundo fracaso matrimonial, Adriano, según decía mi madre, debió comprender que no era hombre para estar casado, pues no volvió a intentar una relación amorosa de ese tipo, lo cual no disminuyó para nada su deseo e instinto paternal.

    Desde hacía años, con él trabaja en la finca del naranja, como hombre de confianza, el hijo de un isleño de apellido Bello. Nunca se supo si por gracia o porque en realidad era un varón bien hermoso, lo apodaban repitiéndole el apellido. Cuando Bello Bello se quiso casar, Adriano le construyó una pequeña vivienda dentro de la propiedad para que viviera allí; y al poco tiempo a la pareja le nació su primera hija.

    ꟷSe llamará Elizabeth Alexandra ꟷafirmó Adriano y, ante la cara de asombro de la madre, que había pensado otro nombre para su hija, el patrón sentencióꟷ: Como la nueva reina de Inglaterra, pues yo me ocuparé de que esta niña viva como una reina

     Desde antes de casarse, la esposa de Bello Bello era una de las empleadas doméstica en la casona y lo siguió siendo aún después de haber parido; fue por ello que, desde pequeñita la niña, se acostumbró a aquel espacio. Por la indicación de Adriano, allí Elizabeth tuvo una cuna y más tarde un corral con los juguetes que él mismo le compraba.

    ꟷYa es tiempo que le quites el pecho y comiences a darle puré ꟷle ordenó Adriano a la madre cuando consideró prudente el cambio de alimentación de la bebé.

    ꟷNo la cargues tanto.

    ꟷEsas fiebres son propias de la dentición ꟷdiagnóstico cuando la madre quiso llevarla al médico.

    ꟷHay que ponerla en el piso para que aprenda a caminar

    Y así, todo se fue haciendo como Adriano decía y decidía con la crianza de la niña.

  Durante su primer año, la madre se la llevaba de noche a dormir a su casa, hasta que Adriano decidió que pernoctaran con él. La mujer se quiso oponer, pero Bello Bello, y como había sido otras tantas veces, aún en cuestiones personales y matrimoniales, acató la voluntad del patrón.

    --Yo no sé por qué ese sometimiento tuyo con Adriano –decía mi madre que la mujer le recriminaba al esposo, sin siguiera conocer de la comidilla del pueblo, de que el patrón compartía el lecho matrimonial con ella y con su marido.

    Tanto le insistió en sus quejas, que logró que Bello Bello entendiera sus razones. Comenzaron las desavenencias entre el empleado y el dueño de la finca, hasta  que el empleado de confianza decidió abandonar su trabajo e irse a vivir a otra parte.

    --Haz lo que quieras –decía mi madre que Adriano le dijo--, pero a Elizabeth no te la podrás llevar.

    --Es mi hija –alegó Bello Bello.

    ꟷNo estés tan seguro –expresó con sorna Adriano.

    Sin siguiera haberlo consultado con los padres, Adriano la había inscrito como hija suya, y Elizabeth, durante muchos años y hasta que se casó con un norteamericano, tuvo, y al igual que el apodo de su padre biológico, el apellido Delgado por partida doble.

    A partir de entonces, la niña fue su juguete preferido. Separada de los padres, la crío a su gusto. Le puso manejadora, pero poco contacto tuvo con otros niños de su edad, por eso y, por sugerencia del médico ante el retraimiento de Elizabeth, cuando llegó a  la edad requerida, la matriculó en la escuelita de la vieja maestra del pueblo.

    ꟷ¡Nada más a mí se me ocurre! ꟷexclamó abofeteándose a sí mismo la tarde que Elizabeth regreso de sus clases con una picada de chinche en una piernita.

    Primero contrató a una joven que, habiendo graduado de Bachiller esperaba que abrieran la universidad de La Habana para iniciar sus estudios de Pedagogía. Recibía las clases en la casa, y Adriano se ocupaba personalmente de supervisar estas y evaluar el aprovechamiento de la niña. Cuando lo creyó oportuno, decidió internarla en un colegio de monjas. El más cercano, era el de las Siervas de San José, en Placetas, pero lo desechó, pues ahí le habían fomentado la vocación religiosa a la que fue su primera esposa, y se decidió por el de las Hermanas Ursulinas, recién abierto en Santa Clara.

    A pesar de haber tenido que pagar una suma considerable de dinero por una dispensa, ya que Elizabeth no era hija de un matrimonio religioso, a la semana de estar allí, discutió con la hermana directora y se llevó a la niña, pues las monjas le habían dicho que estar llorando todo el día era pecado mortal.

   A partir de ahí, Elizabeth deambuló por una serie de los mejores colegios religiosos que había, de los que por cualquier nadería lo sacaba y lo matriculaba en otro, a veces sin llegar a terminar un curso; razón por la cual, Elizabeth nunca logró establecer vínculos de amistad con otros niños, y desarrolló una personalidad tímida y melancólica.

    La piscina nunca más se llenó hasta el borde para que la niña la pudiera disfrutar sin peligro. La acompañaba la hija de la cocinera, que le servía de damita de compañía, y en ocasiones, cuando Adriano tenía a bien invitar a los hijos de la familia, entre los que encontrábamos mi hermano y yo, y algún que otro convidado especial, Elizabeth compartía con otros niños.

  En las vacaciones de verano, el padre la llevaba regularmente a los Estados Unidos y, como su cumpleaños coincidía con estas, las celebraciones fueron unas veces junto a las cataratas del Niágara, el último piso del Empire State o en las playas de la Florida. En esas oportunidades era él, y rara vez algún que otro niño, quien le cantara el happy birth-day.

    Sólo en una ocasión, cuando Elizabeth cumplió doce años, tuvo niños en su fiesta. Desconocidos y extraños, pero niños al fin y al cabo. La celebración no pudo ser en el Social Club de Jarahueca, como Adriano pretendió, pues allí no se permitiría la entrada a invitados que no fueron socios de dicho casino.

    En represalia, en la calle, frente a la entrada misma de la sede de dicha sociedad, Adriano levantó una carpa, y el cumpleaños se convirtió en una fiesta popular, en la que participó todo el que quiso.

   Vestida de princesa y sentada en el respaldar del asiento posterior del Buick convertible último modelo del padre, Elizabeth llegó al Paseo Martí para, en las dos vueltas que el auto le dio a este, recibir el aplauso del pueblo. Hubo cien cakes de chocolate traídos especialmente desde la Dulcería Wall de La Habana, dos enormes piñatas, una para varones y otra para las niñas, rifas y premios para juegos tradicionales, como el palo encebado, el gato en tinaja y el ensarte de la argolla a caballo. Fue una gran fiesta en que todos, y me incluyo, disfrutamos, aunque decía mi madre que a la homenajeada se le vio triste y asustada.

    Y como en el cuento de la Cenicienta, con las campanadas de la media noche del 31 de diciembre de 1958 todo aquello terminó. Había triunfado la Revolución y, sin siquiera esperar al 17 de mayo de 1959 para la aprobación de la Primera Ley de Reforma Agraria, el comandante Feliz Torres, que para algo se había alzado en las lomas de Bamburanao, se apropió de la finca del naranjal. Adriano tuvo que irse de allí solo con la ropa que tenía puesta, pues ni las tablas de su ataúd le permitieron llevarse.

   A la casona junto al arroyo vino a vivir un hermano del jefe rebelde, a la piscina se le dio un mejor uso en la cría de cerdos, el Ángel de la Resurrección desapareció y el rosal, sin jardinero que se ocupara de él, se marchitó. Era, decía mi madre, una nueva forma de la tea incendiaria mambisa.

    Adriano se acomodó provisionalmente en los garajes, ya sin autos de la casa de la madre en El Vedado, hasta tanto volara fuera del país; pero un infausto día de 1961, salía   en su moto del túnel de La Habana cuando un auto en sentido contrario lo embistió. Estuvo un año ingresado en el hospital Calixto García para recuperarse de las múltiples fracturas  que sufrió por todo el cuerpo. Allí fue Elizabeth una mañana a despedirse de su padre, pues por decisión de este, la entonces adolescente, bajo el cuidado de uno de los hermanos de Adriano, iba para los Estados Unidos hasta que en Cuba volviera a haber un gobierno democrático. Como le había ocurrido las veces anteriores, nunca más volvió a ver a la persona de su afecto, y ni siquiera supo directamente de ella, pues Elizabeth se negó a escribirle ni hablarle por teléfono.

     Decía mi madre que los médicos comentaron que sólo una voluntad tan férrea como la de Adriano le había permitido resistir el largo proceso de rehabilitación y volver a caminar, aunque cojo y con un brazo inutilizado, nunca fue él mismo de antes. La madre murió, los hermanos se fueron todos del país, y la casa de El Vedado quedó dividida entre sobrinas y criadas a las que la Revolución les daba derecho a parte de la vivienda; allí supo del fallecimiento de la que fue su primera esposa y pretendió infructuosamente entrar en la funeraria donde la velaban, pues el tío suegro y los primos cuñados se lo impidieron. Decía mi madre que solo por el lamentable estado físico en que se encontraba por entonces, tuvo que acatar no hacer su voluntad.

    En abril de 1964, Adriano le pidió al joven que por entonces tenía de ayudante que le comprara un pasaje para ir a visitar a unos familiares en Camagüey y el viernes de la partida le indicó que no era necesario que viniera ese fin de semana a echarle comida a la perra que tenía en aquel entonces, pues él le dejaría suficiente alimento para esos días. Viejo, solo y enfermo, muy cerca del convento de las monjas de El Vedado, donde vivía desde que la Reforma Agraria lo despojó de su finca y de las tablas de su ataúd, se colgó de una viga del garaje de la casona de su madre. El lunes, cuando el último hombre de confianza que tuvo abrió la puerta de la vivienda, vio el cadáver rodeado por un enjambre de moscas que el revoloteaban a su alrededor.

    Adriano dejó escrita una escueta nota en la que declaraba haberse suicidado; este documento sirvió para que el joven no tuviera dificultades con la justicia y pudiera heredar todo lo que le legó en su testamento: la casa del garaje, la moto, la perra, algunas joyas, ochenta y un mil pesos en una cuenta en el Banco Popular de Ahorro y veinte mil pesos más en efectivo que guardaba en una pequeña caja fuerte, cifra que para la época representaba una verdadera fortuna.

    Decía mi madre que Adriano era, no como el Rey Midas, que transformaba en oro todo lo que tocara, sino como un leproso que convertía en seres desdichados e infelices a quienes infestara con su afecto. Dos meses después de aquel suceso que transformó la vida del joven, este, propietario y rico, se fue con su esposa a veranear a Santa María del Mar. Siempre le había gustado bucear, y no perdió oportunidad para meterse en las profundidades de aquellas azules aguas de las que no salió con vida.

 

 

martes, 4 de agosto de 2020

Adriano y Aurora

Después de la ruptura de su matrimonio, cuando a los once días de casado, la esposa se refugió en el cuarto de la madre y se negara a regresar con él, Adriano estuvo un año sin volver por Jarahueca; y fue solo entonces que anunció que se había divorciado. Durante ese tiempo, su hermano Roberto se ocupó de administrarle el naranjal y contrató a un hombre para que atendiera y viviera en la finca.

    Decía mi madre que si la selección de su primo de una ex religiosa para su primer matrimonio fue algo anómalo, la escogida como segunda esposa, también constituyó una de las rarezas de Adriano.

    Un día que venía para Jarahueca en su auto, recogió en la carretera, cerca de la entrada del pueblo, a dos jovencitas que habían estado ayudando al padre en el acopiado de productos que cosechaba en el sitio que tenía arrendado y de donde sacaba el sustento para mantener a su familia. Aurora, recién había salido de la adolescencia, era menudita, pero con un rostro hermoso; en extremo tímida y asustada se limitó a bajar la cabeza ante las galanterías del hombre, y no supo qué decirle cuando la dejó frente a la modesta vivienda donde residía, y le prometió visitarla.

    Si bien, la madre de Adriano no vio con agrado aquella relación, conociendo la testarudez de su hijo, prefirió jugar el rol de cómplice y la aceptó. Fue la familia de la muchacha quien se opuso a las pretensiones de Adriano, pues sospechaban que las intenciones del ricachón no eran buenas ni honestas.

    Después de asegurarse de que el primo estaba verdaderamente enamorado y quería casarse con la muchacha, fue mi madre quien le sirvió de embajadora para sus pretensiones. Una de las hermanas mayores de Aurora le trabajaba como doméstica desde que casi era una niña, así que mi madre hizo venir al padre a la casa y se comprometió a ser ella la responsable y garante del noviazgo; trajo a la jovencita para mi casa y, como en la opereta Mi bella dama, se ocupó de educarla para el rol de esposa de un hombre rico.

    La boda se efectuó solo por lo civil, y si bien, el deslumbramiento de Aurora por la nueva vida hizo que fuera feliz por dos años, la conducta extravagante de su marido la decepcionó. Durante su vida de casada se vio obligada a dormir con una perra pastora alemana en medio de la cama. En La Habana, si iban al teatro, y a Adriano no le gustaba la obra, sin siguiera consultarle, en medio de la función la hacía pararse y salir. Era él quien la vestía y peinaba a su gusto. En una ocasión la llevó a la peluquería para que le hicieran un croquiñol de moda, mas cuando vino a recogerla, no le gustó como había quedado, discutió con la peluquera y la llevó a otro salón; hizo que la pelaran hasta quitarle todos aquellos rizos, por lo que la pobre mujer se quedó prácticamente con el pelo a ras del cuero cabelludo.

     Como Aurora era bien delgadita, y él, un hombrón grande y fuerte, en Jarahueca gustaba de sentársela en el hombro y salir así a hacer visitas o compras en el pueblo. En una ocasión, por gracia, la tiró a la piscina con ropa delante de un grupo de amigos que habían venido invitados a compartir una tarde de esparcimiento en la finca. A un visitante impertinente, hizo que le sirviera una amarga medicina en copa de vino, afirmando que era un licor especial, el rehusó tomar, pero ella tuvo que hacerlo sin las muestras de asco conque normalmente lo ingería.

    Si bien Adriano, inicialmente ayudó económicamente a la familia de Aurora, la separo de ellos, pues prohibió que la visitaran y rara vez la llevaba él, unos minutos, a ver a la madre. Sin nadie con quien siquiera confiarse, la infeliz mujer cayó en un lamentable estado depresivo; dejó de comer y, si en alguna ocasión, el marido la obligó a tragar apretándole la nariz, no podía evitar que después vomitara lo ingerido. Fue el médico de pueblo quien le recomendó llevarla a La Habana para ingresarla en un hospital.

    Cuando la suegra la vio, comprendió enseguida el sufrimiento de la muchacha y decidió tomar cartas en el asunto. La llevó a su cuarto, y solo fue necesario ofrecerle que se desahogara con ella, para que Aurora se echara llorando en sus brazos y le dijera que no quería seguir viviendo con su marido.

    Decía mi madre que únicamente su tía era capaz de enfrentársele al hijo, y así lo hizo. Le exigió que se marchara, pues ella se ocuparía de atender a la joven. Adriano, como había ocurrido con su primera esposa, sin siquiera poder volverá a ver a Aurora, tuvo que salir solo de aquella casa y regresar a la su paradisiaca finca del naranjal.