jueves, 18 de febrero de 2021

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Hace un mes y una semana que no cuelgo nada en mi blog (https://historiasnoleidas.blogspot.com), pues quería ver si tenía lectores que me lo reclamaran, pero en vista de que nadie se ha interesado por mi silencio literario, obvio la indiferencia hacia mis textos y  (aunque no me lean) vuelvo a la carga, pues en algo tengo que entretenerme en este aislamiento pandémico.

En breve comenzaré a publicar, capítulo a capítulo, como las novelas por entrega del siglo XIX, los de Brizna al viento. Esta la considero mi obra maestra, pero hasta ahora ha sido rechazada por todas las editoriales cubanas, cuyas devaluaciones se han basado fundamentalmente en cuestiones “extra literarias”. La he enviado a varios concursos fuera de Cuba, y no me la han premiado, pues reconozco que es una novela poco convencional, escrita como a mí me dio la gana, con lo cual la pasé bien haciéndola, y confío que si logro al menos un lector, le va a gradar leerla.

¿Serás tú ese lector?

Saludos,

Luis Cabrera Delgado

 

lunes, 11 de enero de 2021

HACERTE HOMBRE

¿Hijo, de quien es esa imagen reflejada en el espejo del baño con la cara embadurnada con crema de afeitar? ¿Es la mía, la de mi padre o la tuya?  Debes estar jugando a ser hombre, pues no puedo creer que el tiempo haya pasado tan rápido, y te siga viendo como el pequeñuelo que logró sostenerse en sus piernitas para que yo lo sostuviera en los primeros pasos por la vida.

   En un momento de mi infancia, pensé que si mi hermano mayor, mis primos y sus amigos se divertían patinando, por qué no lo podría hacer yo; y sin pensarlo dos veces me calcé con ruedas y, tambaleándome como tú, cuando querías comenzar a caminar sin que yo te sostuviera, fui a dar al suelo, con un golpe tan fuerte que me fracturé el peroné de la pierna izquierda. Cuarenta días tuve que permanecer con una bota de yeso, sin caminar y mucho menos patinar. Cuando ello ocurrió, mi padre me sentenció que las cosas se hacen en su debido momento, ni antes ni después.

   ¿Ya te brotó el vellón de la cara que anuncia tu maduración para la adultez o es un simple juego que haces para parecerte a mí?

    Mi padre fumó cuando se hizo hombre; yo fumé para hacerme hombre, pero de nuevo la sentencia de mi padre que las cosas se hacen en su debido momento, y que antes de ponerme a inhalar hubo, debía ser capaz de ganar dinero para comprar los cigarrillos. Ello, junto con su tos, me hizo alejarme del vicio. Y entonces, él fue quien me imitó a mí, porque también, a veces, los padres podemos imitar a los hijos. Tú no vas a fumar, porque te tengo prometido una gran recompensa para cuando para cumplas veinte años y no te hayas dejado tentar, como yo, creyendo que fumando sin que fuera el momento, me haría un ser adulto.

    Mejor que fumar, es que te embadurnes la cara con crema de afeitar antes de tiempo y te sueñes hombre, o ¿es en realidad que ya te está saliendo la pelusa de la adolescencia, y yo te sigo viendo pequeño, como cuando te enseñé a patinar?

     Mi padre me enseñó a nadar en una alberca que construyó en un arroyuelo en la finca de su padre. Los viajes hasta ella eran el evento que más anhelaba en esa etapa de mi vida; y esperaba ansioso la llegada del fin de semana, cuando el calor del verano se hacía más intenso, pues en cualquier momento mi padre me decía que buscara el traje de baño y me alistara para partir. En su jeep, convertido en el más especial de los vehículos del Universo, íbamos hasta un sitio cercano a donde, rodeado de bambú, se encontraba el remanso para el baño y la diversión, pero había que subir a la línea del ferrocarril, caminar por sobre un puente de traviesas y raíles, desde donde se divisaba el salto del estanque por donde salía el agua para seguir su ruta hasta el lejano mar. Y ya entonces era mi gozo el que saltaba y corría hasta la represa.

    ─Ahora tú eres agua del arroyuelo ─me decía mi padre─, pero algún día serás mar.    

    ─En su debido momento ─ le puntualizaba yo con picardía.

    Y juntos nos metíamos en la alberca que él construyó para enseñarme a nadar.

    A ti te enseñé a nadar en una piscina, pero los tiempos cambian. Yo monté por primera vez en un avión cuando ya era un hombre adulto y hacía muchos años que me tenía que afeitar. Tú te estrenaste como viajero aéreo, cuando ni siquiera pensabas mudar los dientes de leche. Nunca me has dicho qué sentiste al abordar la nave ni cuando esta aceleró los motores para, salir a una velocidad a la que nunca antes habías ido, despegar; pero sí recuerdo que cuando el vuelo tomo la altura necesaria para estabilizar su marcha, comentaste a toda voz, y a manera de queja, una frase que ha quedado registrada en los anales de la familia:

    ─¡Esta carretilla no camina!

    Y aburrido por no percibir el avance de la nave, decidiste aprovechar el ronroneo de los motores y dormir plácidamente sobre mis piernas hasta el final del vuelo.

    Yo nunca he viajado en una nave cósmica, y creo que nunca lo voy a hacer, pero no dudo que tu hijo te lleves a ti en un vehículo interplanetario para que me envíes una postal de Marte o me traigas un suvenir de una de las lunas de Júpiter.

    Todo se hace en su debido momento.

    ¿Y ha llegado ya el momento en que debes afeitarte?

    No quiero ni pensar que haya pasado el tiempo de tu infancia. Claro que seguiremos siempre unidos, aunque andes por los linderos del sistema solar, pues el lazo invisible con que el Hada del Amor nos unió, está hecho del más fuerte de los aceros, con la aleación de los metales más resistentes que existen, y cocinado en los hornos de un alquimista, mago todo poderoso, llamado Paternidad. Pero me gustaría que esa cara embadurnada de crema de afeitar sea aún un juego, y no porque llegó el momento en que debes comenzar a rasurarte.

    Quiero pensar que, como mi padre lo aprovechó conmigo, yo haya sabido ocupar tu infancia en dejarte la herencia que se les debe dejar a los hijos. No son cataratas, montañas o países, ni siquiera es oro; no son propiedades, autos, aviones, yates... Es sencillamente que seas capaz de todas las mañanas poderte lavar la cara con agua clara después de haberte afeitado, mirarte en el espejo y sentirte orgulloso de ser el hombre que siempre quise que fueras.

    El padre de mi padre, quizás el padre de su padre, en el bosque de los justos, sembró un árbol que mi padre cuido para mí. Yo, cuando sea el momento, te lo voy a entregar para cuando tú seas el padre de tu hijo, y yo quede como el padre del padre de tu hijo, lo cuides para él. Desde la raíz, el tronco, sus ramas, las hojas y los más tiernos retoños que brotarán cada primavera, correrá la savia de los hombres que son de luz.

     No lo olvides, hijo.

 

 

martes, 29 de diciembre de 2020

La enfermedad

Hijo, no hagamos bulla, pues mi padre se siente enfermo. Ojalá tuviera yo sus sanadoras manos para aliviarle el malestar. Suplamos con su tisana favorita, y nuestro amor, la carencia del milagro de sus dedos para quitar la fiebre, ahuyentar el dolor y componer el ánimo.

    Las manos de mi padre huelen a yerba buena y alcanfor. Son bálsamo de aceites extraídos de flores milagrosas de la India, jarabe fabricado con secretos aborígenes, pócima de albahaca, manzanilla y mejorana que te penetra por la piel cuando, enfermo, él te acaricia: barniz curativo que te protege del mal; salvia y romero, aloe, eucalipto, ajo y tomillo.

    En la ocasión que una gitana de paso, por unas pocas monedas de caridad, le vio la palma de la mano a mi padre, no descubrió entre sus surcos la historia de pasado presente, y futuro  que el destino le trazara, sino que descifró, en los jeroglíficos del templo de Anubis, la formula con que cada mañana el dios egipcio reconstruía el cuerpo desmembrado de Osiris; interpretó la caligrafía árabe en la que aparecían los salmos curativos del califato de Córdoba y leyó las oraciones de Santa Lucía y San Luis Gonzaga.

    Siempre que he estado enfermo, ha sido mi padre quien ha velado junto a mi lecho, pendiente de mis fiebres y de mis medicinas. Su beso era mayor anestesia que el espray de éter que inventó para sustituir la desinfección del alcohol y no me dolieran las inyecciones: medico, enfermero, chaman, boticario, farmacéutico, santo milagroso.

    Yo lo imité cuando hubo que ingresarte en el hospital. La epidemia hacía estragos, y los cuidados preventivos no fueron efectivos. La orden del facultativo conllevaba extraerte sangre para los análisis, y fuiste la admiración de todos, cuando pusiste tu bracito, a sabiendas de que te iba a doler, pero no lo suficiente para doblegar el estoicismo de un monje budista, ni doblegar el plante de un Guardia Suizo, con su traje a rayas tricolor, como tu pijama, ni mermar la valentía de un primer cosmonauta al subir al satélite artificial en la punta del cohete propulsor; y fueron mis palabras quienes te convencieron de ser valiente, como fue mi voz en tu oído todo el tiempo asegurándote que pronto ibas a estar bien, y prometiéndote las más entretenidas excursiones, los más emocionantes campeonatos de béisbol nunca antes jugados y los más divertidos baños de mar, tejiendo con los pies, la espuma de las olas; coleccionando nácares de rizadas estructuras, y mirando la procesión de delfines que en tu honor, y para saludar tu restablecimiento, saltarían durante tres horas seguidas en el horizonte del mar.

 

 

lunes, 14 de diciembre de 2020

LA ESTRELLA POLAR

¿Recuerdas la noche que, acostados sobre la yerba cuando hicimos la excursión a la montaña, mirábamos sobre nosotros la bóveda celeste y vimos los cientos de estrella que nos cobijaban y que normalmente no vemos desde la ciudad? Te maravillaste de aquel prodigio; y yo te expliqué, aunque ya tú lo sabías, que esos puntos luminosos y centellantes van cambiando, durante el año, en la medida que la Tierra gira alrededor del sol, tal y como se modificarán las situaciones por las que transcurrirá tu vida.

    Pero del cúmulo de estrellas en el firmamento, hay una que permanece fija y señala siempre al polo norte magnético del planeta. De ella se valieron los navegantes, las caravanas de comerciantes y los aventureros para no perder el rumbo de sus destinos. En el hemisferio sur, otras estrellas fueron las guías de los marinos, mercaderes y exploradores.

     Dentro de ti, hay también dos estrellas que con frecuencia te pedirán que las sigas. Una está en tu cabeza y se llama razón; la otra tiene por nombre afecto y anida en centro del pecho. Cuando ambas te indiquen una misma ruta, no habrá duda, pues, como el agua del río, sólo deberás dejarte llevar para llegar al mar. Pero si señalan polos diferentes: norte sur, blanco negro, cielo o tierra, entonces deberás decidir a cuál obedecer. 

    No es tarea sencilla y a veces resulta dolorosa. En esos casos, no dejes que nadie decida por ti. Sólo un consejo me atrevo a ofrecerte. Escoge la que les indica a los cosmonautas cómo llegar al centro de la galaxia.

 

 

martes, 1 de diciembre de 2020

El trabajo

La miel, hijo, no creas que es solo trabajo del colmenero que cuida el panal. La miel es un regalo de las flores, pero son las abejas las que recogen el néctar, lo llevan a la colmena y, gota a gota, le dan color, sabor y consistencia  para que, dulce y nutritiva,  como a mi padre y a ti les gusta, untársela al pan del desayuno.

   Cuando volamos en la alfombra de los aromas hasta la panadería del barrio, basta un “ábrete, Sésamo” para que traspasemos al maravilloso mundo de vidrio donde viven los más disimiles familias de panes: el que una vez, cuando eras más pequeño, soplaste para oír el sonido de la flauta; el hallulla, parecido a los cachetes, redondos, tersos y dorados, de la señora que los vende; el francés, a quien para complacerte, siempre saludo con un “comme ça, vous, monsieur?”; y el holgaza, la marroqueta, el dulce, el de Pascua, el de muertos, el de molde, el integral, el casabe…

   ¡Cuántos, cuántos tipos distintos de panes que se deben amasar y hornear para que nos deleitemos al verlos, olerlos y saborearlos! Pero los panes, hijo, no varían solo por la forma de barras, aros, bolas o trenzas, con que van al horno, sino también de acuerdo al cereal de donde proceda la harina con que se confeccionen, y los hay de trigo, maíz, centeno, cebada, arroz, soja, yuca, papa, amaranthus …; se les puede agregar, para darle sabores desiguales, grasas de diferentes tipos: tocino de cerdo o de vaca, mantequilla, aceite de oliva; azúcar, especies; frutas secas, como  pasas, nueces, castañas, avellanas, cacahuates y cacao; verduras o semillas, y aromatizarlos con azafrán, canela o esencias de las más disimiles flores. De ahí el calidoscopio de colores y sabores que nos avisa estar en el palacio del pan.  

   Las espigas de trigo se mecen como las olas del mar, y las mazorcas de maíz, cuando las despajamos, siempre nos sonríen; pero antes de que tales privilegios nos lleguen, hay que en la tierra esculpir mullidas cunas, para, después de haber  besado las semillas con un gota de sudor, depositarlas en el surco, y pueda ocurrir el milagro de la vida. Cuando las plantitas salen a rendirle pleitesía a su padre el sol, santiguarlas con el agua bendita del rio para que crezcan lozanas; y, como hago yo contigo, eliminarle de su alrededor las alimañas y malas yerbas que puedan dañarlas. Después recoger los granos y tocarlos uno a uno con la varita mágica del trabajo para que se conviertan en harina; casar a esta con el agua, bendecir el matrimonio con levadura y sal para que se formen las familias de panes que tantos nos gusta admirar y saborear.

      Hay panes que se confeccionan mezclando su masa con huevos.

   Desde pequeño gustaste de ayudar a mi padre a alimentar las aves que se crían en el traspatio de la casa, en el fondo de lo que te parecía inmenso campo, y donde hoy pateas los goles del próximo Mundial de Fútbol, cuidando de no dañar a los pollitos, azorar a las gallinas, ni asustar al gallo preferido de mi padre.

   También te ofreciste cuando decidí aprovechar una porción de la tierra para hacer un cultivo de ajíes: juntos eliminamos los abrojos, cavamos el suelo, trasplantamos el vivero, vimos crecer las plantas, y compartimos con risas y besos la inmensa alegría de ver brotar los frutos de nuestro trabajo. Pero la malquerencia existe y, sin saber de dónde procedía el mal, nuestro cultivo comenzó a languidecer, y a marchitarse la roja fructificación en sus ramas.

   Cual las huestes de un castillo acechado por un desconocido enemigo, amurallamos el pequeño vergel para impedir que pavos y patos lo invadieron. Buscamos la ayuda de un experimentado espantapájaros de viejo pantalón y raído sombrero, por si el ataque procedía desde el vuelo de los pájaros. Pero no: el daño avanzaba oculto y sigiloso, en avasallador silencio, lento y pegajoso, hasta que tu vigilia y tu afán descubrieron  la causa del estrago. Entonces fueron los agentes del orden, convertidos en frascos de insecticidas, quienes desde la base de operaciones de nuestras manos, permitieron replegar al enemigo hasta derrotarlo totalmente e iniciar la etapa  de la esforzada reconstrucción de lo devastado, pues no podíamos permitir que nada ni nadie nos quitara lo ganado por nuestro trabajo; y fuimos ricos y dichosos cuando llenamos con ajíes de nuestro sembrado, el cesto que tejieron tus dedos y los míos.  

 

 

miércoles, 18 de noviembre de 2020

EL CABALLERO

Hijo, hoy especialmente me siento un hombre feliz: a tu accionar debo mi contento. Estabas, en no sé qué cosmos lúdico, correteando por laberintos fantásticos del parquecito junto al edificio donde vivimos. Yo te observaba vital y sonriente, con tu pelo dorado, como el viento al atardecer, y tu sonrisa, con los dientes que marcaron la madurez de tu infancia. De pronto, una señora en el tránsito a su hogar, dio un traspiés, y al suelo fueron las bolsas que cargaba con las compras del mercado. La viste y, cabalgando tu Rocinante de hierro, como siempre hicieron los caballeros medievales cuando una dama debía ser socorrida, corriste en su auxilio, No les importaba a ellos, ni mucho menos a ti, dragones de vuelo rasante y vaho de fuego; nigromantes de emponzoñadas pociones y arteros hechizos; mañosos enemigos feudales; mares embravecidos, fosos repletos de hambrientas tarántulas, murallas ni altas torres.

    ─A sus pies, señora mía ─decían─, mi brazo, mi honor y mi vida.

    A ti te bastó un simple: "la ayudo", y raudo recogiste latas y verduras, bolsa de pan y jabones. Y para que no quedara duda de la integridad de tu valor y tu fuerza física, cargaste con su morral hasta el lindero del bosque de tus juegos, donde la anciana, quien en realidad era la emperatriz de las hadas de los cuentos, te premió con la condición de príncipe, sin saber que ya lo eras desde el día que, recién nacido, besé por primera vez tu frente.

    Más que un principado, otro fue el regalo que tú mismo te hiciste al entrar en las huestes de las personas que hacen del bien ajeno, evangelio y faro. Adquiriste, con tu acción de niño bueno, la condición de rayo de luz, y, desde ahora, el tamborileo y las cornetas que anuncian a los colosos precederán tu paso por la vida.

     No te engañes. La envidia y la malevolencia, la antipatía y el encono se pregonan, se anuncian y se divulgan en titulares luminosos, pues quieren hacernos creer que son los dueños del universo. Pero los hombres buenos somos más, y estamos agrupados en huestes de oloroso incienso.

     ¿Te acuerdas cuando me ausenté durante unos meses, y tú preguntabas dónde estaba ese país lejano al que yo había ido a trabajar? Si a mi regreso, para cruzar el océano, tomaba el avión en el punto mismo de partida, me perdía la oportunidad de, al menos, desde la ventanilla de un vehículo de fierro, ver trigales, ríos, viñedos, lagos, castillos y ciudades; imaginar las aventuras que vivieron los caballeros medievales, las disímiles historias que por aquellas bastas planicies ocurrieron; y percibir los olores de las estaciones donde nos detuviéramos, escuchando el sonido de lenguas extrañas para mi oído y disfrutar de sonidos guturales y cadencias verbales que, como música producida por instrumentos del medioevo europeo, yo no hubiese oído antes,

      Creí que reposado cómodamente en el asiento de un tren llegaría a mi destino final: el aeropuerto donde tomaría el avión en el que sobrevolaría el mar, pero muchas fueron las peripecias que debí vivir; dificultades, inconvenientes y contratiempos que superar; problemas, trabas y acertijos que resolver en la travesía por tierras europeas. Viajaba con más bultos que una recua de llamas bajando por Los Andes y sólo dos manos para mover tal equipaje, y si logré no ir dejando un rastro de ropa, regalos, equipos eléctricos, maletas y maletines fue porque a mi camino concurrieron duendes daneses, hadas teutónicas, magos belgas de la más rancia estirpe de socorristas, elfos franceses, gomos neerlandeses y algún que otro alpinista suizo criador de perros San Bernardo que me protegieron en ferris, trenes y trolebuses, en la estación de ferrocarriles de Copenhague, en el puerto de Puttgarden, por las calles de Hamburgo y Colonia, en el paso fronterizo de Acheen, por la ciudad de Bruselas y en el lindero de Lille, hasta llegar hasta al abrazo de un amigo en París que me permitió unos días de respiro para seguir después hasta el país de Finis Terra, desde donde, como un Cristóbal Colón aéreo, salir a atravesar el Atlántico y descubrir el hijo más hermoso que ojos humanos hayan visto y que esperaba por mí: tú, el caballero de la corte del rey Arturo que con su estandarte albo, su armadura de platino y zafiros y su lanza de oro se presentará en cuanta lid, torneo u olimpiada se convoque para ganar la corona de laurel del servicio desinteresado y solidario a los menesterosos, necesitados, humildes y sufridos ante las circunstancias de sus vida.

 

 

sábado, 7 de noviembre de 2020

ALERTA

Hijo, fue Bill Gate quien le explicó a Juana la Loca, Reina de Castilla,  que todo el sistema computacional se basa en la alternancia del 1 y del 0, y desde entonces ese es el gran dilema de la Humanidad: ser o no ser; de él se han desprendido grandes descubrimientos como el de los polos positivos y negativos de los imanes; lo que Iván Petrovich Pavlov, un eminente criador de perros rusos, utilizó para adiestrar a sus animales a reaccionar solo en dos procesos mentales: excitación e inhibición; y por lo que  la infeliz Julieta estaba indecisa si tomar o no el veneno que le suministró su confesor, pero como París bien vale una misa, al final Gengis Kan se decidió por morder la manzana que María Curie, la descubridora del radio, le ofrecía, y por ello fue a descansar en un urna de cristal en medio del bosque, antes de que, Alejandro Magno, cabalgando el caballo de Atila, llevara sus tropas a asediar a Roma, y el Papa ­­­­León I lo detuviera con la famosa frase de Abraham Lincoln cuando salió del Teatro Ford y dijo que como no le gustaría ser esclavo, estaba en contra de la esclavitud, y por cuanto y por tanto enviaría al ejército norteño a pelear contra los Estados Confederados con la orden de no regresar hasta liberar a Europa del flagelo del cólera. Dispuesto a cumplir la encomienda de su presidente, Hernán Cortez quemó sus naves para que no pudiera haber vuelta atrás; y como el quien persevera, siempre triunfa, ya sin barco para navegar, el noruego Rosald Armundsen se montó en un trineo tirado por perros esquimales, traídos especialmente para la ocasión desde la Antártida, y no paró hasta llegar al Polo Norte, plantó la bandera de la ONU para después salir desnudo de una tina gritando eureka. Quizás tú hayas oído decir que esto lo exclamó Marco Polo al llegar a China, pero en realidad quien primero lo vociferó a los cuatro vientos, fue Vasco Núñez de Balboa cuando divisó el Océano Pacífico. La frase se ha hecho manida por la repetición constante de cuanto turista llega a las playas de Machu Picchu, pero en realidad quien la hizo famosa fue Yuri Gagarin, cuando a bordo del Apolo 13 la dijo en vivo, a través de la cadena de televisión de todo el planeta, aunque como habló en japonés, su idioma natal, la gente creyó que estaba saludando a Mao tse Tum, el más famoso de los samuráis de toda la historia de China y primer hombre en escalar el Monte Everest, en el Himalaya.

     Hijo, no vayas a confundir Himalaya con la malaria. El Himalaya queda en Asia, mientras que la malaria es originaria de Malasia, territorio del antiguo Imperio Austro Húngaro, donde George Washington  fundara la ciudad de Chicago, célebre no sólo por el gran incendio que en ella ocurrió, sino también porque allí Leonardo da Vinci dirigió la orquesta en el estreno mundial de la ópera “Don Giovanni” del compositor hindú Kurasawua, representación en la que el tenor John Lennon salió del teatro con el vestuario del personaje que representaba: Radamés, cuando unos terroristas vascos hicieron detonar un petardo en la calle donde las floristas de Alcalá vendían nardos, azucenas, incienso de Nepal, y Agua de Colonia.

     Cuando tú eras pequeño, una vez te regalaron un pomo Agua de Colonia, pero yo me negué a que te perfumaran con él, pues en esa ciudad, Mussolini, el nazi más terrible que ha parido madre polaca alguna, construyó el campo de concentración de Auschwitz y se lo obsequió a su compadre Adolfo Hitler para que pusiera una fábrica de jabones elaborada con grasa humana, por lo que el Aga Kham, y para evitar que lo llevaran a la cámara de gas,  tuvo que buscar asilo político en Nepal, país desértico de América del Sur, donde se convirtió en guía espiritual de todos los luteranos del mundo y director de la una de las siete maravillas de la antigüedad: la Biblioteca de Alejandría. Y ya que aprendiste a leer, y te menciono la palabra biblioteca, no puedo desaprovechar la ocasión para recomendarte que, si quieres ser un hombre al que no le pasen gato por liebre, como ahora yo he intentado hacer contigo, bebas la sabiduría de los libros.

    Mi discurso, lleno de absurdos e imprecisiones, pero adornado con nombre y hechos exactos y veraces, no ha sido sólo para bromear con el juego de las mentiras y el truco de las verdades, sino para advertirte que ese es el recurso con que los timadores, bribones y trúhanes usan para engañar a los ignorantes. Aunque yo aspiro a que tú no lo seas, nunca está de más que te alerte.