jueves, 12 de agosto de 2021

Brotan los conflictos

―Tío, llévanos en máquina al río ―le pidió Guillermo el bizco a tío Baltasar.

    Guillermo en realidad no era bizco, pero como los gruesos cristales que debía usar para corregir su miopía no les permitían a sus ojos parecer derechos, se le apodó así. Quizás por este aparente defecto, Guillermo el bizco era el sobrino de tío Baltasar, y por ello se había decidido que fuera él quien le hiciera la solicitud al propietario del Pontiac más lujoso que había entrado a Jarahueca.

    ―¿Y por qué no? Estamos de fiesta ―dijo sonriente y se empinó una cerveza Hatuey, para de dos buchadas, como era su costumbre, tomarse la mitad―. Vayan a ponerse los shorts ―agregó.

    ―Ya los tenemos puestos ―dijeron los primos a una sola voz.

    ―Pues quítense la ropa.

    ―Yo no.

     Describir la mirada que tío Baltasar le echó a Luis, exigiría cientos de frases y miles de palabras para expresar las más disímiles intenciones que se expresaban en cada músculo de su cara.

 

        ―Yo lo resumiría con una palabra.

        ―¿Cuál?

        ―Tiene que ver con el apodo que te decía.

        ―¡Bah!

 

    Autosuficiente, sobrevalorado, orgulloso, optimista y bien parecido, ese era tío Baltasar. Si alguno de los hijos de Manita García era afortunado, ese era él. 

    ―Viene de pie ―dijo preocupada la improvisada comadrona sin saber que aquella forma de nacer era solo una señal de lo que sería la vida de quien ella recibía.

    Quizás el deseo acumulado por Segundo el difunto durante su ausencia, quizás la felicidad de Manita García por la noticia de que tendría un sitio estable donde vivió, o quizás las dos cosas juntas, determinaron genéticamente la buenaventura con que siempre vivió tío Baltasar.

    Once años necesitó la cuadrilla de hacheros para desmontar las tierras del General. Once años moviéndose paulatinamente, abriendo brechas, tumbando palos, árboles centenarios, palmas reales retoños esperanzados de ver el sol; limpiando palmo a palmo el paisaje que dejara en sus retinas el último siboney; y cuando ya los bohíos iban quedando demasiados lejos, levantarlos de nuevo un poco más allá.

    Al estar el lindero a la vista, se les liquidó el trabajo y se le concedió un mes para que buscaran dónde vivir. Fue entonces cuando Segundo el difunto, como el dinero ahorrado y una recomendación de su ex oficial, compró hacia el sur de Meneses una caballería y media de tierra para dedicarla al cultivo de frutos menores.  

    ―Tendremos que trabajar duro. Manita.

   En una carreta tirada por bueyes montaron los muebles y las pertenencias de su humilde hogar y, dos días después, no lejos de un limpio arroyo afluente cercando del Caunao, pero aún sin nombre, Manita García y sus hijos entraron al bohío que su marido había levantado.

    ―¿Te gusta?

    ―Todo lo que es mío, me gusta.

    El cada vez más abultado vientre de Manita García no fue impedimento para que además de atender la casa y comentar la cría, ayudara a Segundo el difunto con los sembrados, Y a pesar de que los resultados no se correspondían con el esfuerzo y el sudor que dedicaban, el matrimonio nunca se desalentó. Una fuerza desconocida, creciente e inexplicable para ellos, los mantenía animosos y esperanzados.

    Al fin una mañana, Manita García se reconoció de parto, y su marido, no habiendo comadrona cerca, buscó una mujer que recién había venido a vivir a la zona para que ayudara. La criatura, contrario a los vaticinios de su presentación de pie, nació rápido y, para asombro de todos, en vez de llorar, le rio a la vida. Junto a la placenta, salió después un pequeño feto momificado.

    Con la llegada al mundo de este niño, las gallinas comenzaron a poner huevos desaforadamente, las puercas a parir incontables lechones, y la arboleda a dar frutos antes de tiempo, No se volvieron a ver calabazas, mazorcas de maíz, ni hojas de tabaco como las de aquella época. Llovía cuando hacía falta y escampaba cuando era suficiente el agua. El recién nacido trajo la prosperidad, por eso, cuando hubo que ponerle nombre, Manita García no dudo en que este hijo debía llamarse Baltasar.

    ―Como el Rey Mago ―dijo.

    A pesar de nombre tan devoto, Baltasar no fue cristiano hasta los seis años. Fue una curandera quien al ser consultada por la enfermedad que comenzaba a padecer Segundo el difunto, ordenó que el muchacho dejara de ser judío. Y una vez más más se hizo patente la suerte que lo acompañaría durante toda su vida.

    La noche antes del bautizo, un hachero de la cuadrilla de su padre que iba a ser el padrino, se ahorcó en una mata de ateje perdida en una hondonada de Itabo, e inútilmente lo esperaron en la iglesia hasta media hora después de lo previsto.

    ―Yo puedo ser el padrino ―ofreció don Baltasar Izaguirre, de casualidad en ese momento en la parroquia―, en definitiva, se va a llamar como yo.

    Cuando al fin, unos años después murió Segundo el difunto, el propietario de Los Almacenes de Meneses propuso traer consigo al ahijado para que se adiestrara desde pequeño en el comercio y fuera a la escuela.

    Diez años más tarde, y cuando ya también tío Baltasar era dependiente, el único hijo de don Baltasar Izaguirre, despachando a una cliente, se cayó de la escalera de la peletería y se partió el cráneo, A partir de entonces el ahijado pasó, si no a llenar totalmente el espacio del hijo muerto, por lo menos a compensar un poco el vacío creado en el afecto y en la atención de los negocios del padrino. Fue por ello que, cuando don Baltasar Izaguirre, después de tantos años fuera, decidieran visitar la aldea de España, tío Baltasar se quedó al frente del establecimiento. Sin embargo, este viaje acrecentó la tristeza del matrimonio con nuevas nostalgias, depresiones e indiferencias ante la vida e hizo que, sin padecer enfermedad conocida, los ancianos murieran en breve, no sin antes favorecer al ahijado en el testamento.

    Tío Baltasar, temiendo que alguno de sus hermanos, hermanas o cuñados se decidieran pedirle dinero, y conocedor de que solo en la capital podría satisfacer sus deseos de hacerse verdaderamente rico, se fue a La Habana. Llevaba una dirección: la del taller de confecciones de ropa de vestir que les surtía, y el nombre de los dueños.

   Uno de los patrones acaba de morir ametrallado accidentalmente por la policía, y el taller no era la fábrica que imaginó, pero puesto en conversación con el otro propietario, aceptó invertir allí su dinero y pasar a ser socio de la firma.

    ―Pero con una condición―

   ―¿Cuál?

    ―Cambiar la línea de producción.

    Tío Baltasar sabía que la ropa de vestir que confeccionaban no competía con la mercancía que estaba entrando al país procedente de los Estados Unidos y, dada la gran demanda insatisfecha de ropa de trabajo que existía, Fayad y Hermanos comenzó a producir y vender pantalones de mezclilla, camisas de caqui y calzoncillos de lienzo.

    En poco tiempo, el taller que amenazaba con quebrar, se convirtió en un floreciente negocio que duplicó en breve el capital de sus dueños.

    Tía Baltasar demoró en casarse. En espera de que la muerte de alguien viniera a favorecerlo en su matrimonio, no lo hizo hasta casi quince años después de su llegada a La Habana y cuando ya tenía treinta y cinco años.

 

    ―Y Emilia veinte.

    ―Cuando se tomó esta foto, tío Baltasar estaba casado con Coca.

    ―¿Cuál es Coca?

    ―Esta.

   ―¿Y este señor canoso es tío Baltasar?

   ―Sí. Coca era muy católica y muy moral.

    ―¿A qué viene eso? ¿Me estás buscando la lengua?

    ―¿Yo…? ¡Oye, fíjate bien!

    ―Tú eres quien me estás sugiriendo comparaciones con Emilia.

    ―Yo solo comenté que Coca era muy católica.

    ―Y moral.

    ―Es verdad.

    ―Su moralidad y tu curiosidad provocaron el incidente con Fabián.

    ―¿Te acuerdas?

    ―Cuéntalo.

  

    Como tío Baltasar hacía dicho que los llevaría al río, los muchachos corrieron una vez más a la casa para quedarse en trusa y no perder tiempo cuando llegaran al agua. En la cocina, las hijas y mueras, pues ya era hora para ello, ponían a la candela el arroz, los frijoles negros y las yucas, mientras que Manita García dirigía la elaboración de los buñuelos de malanga, que con su salsa especial -única y secreta―, todos tendrían la oportunidad de probar y el cuidado de elogiar prolíferamente en el tradicional almuerzo.

    Temerosos de que con la irrupción en la casa volviera a desencadenarse otro conflicto que pusiera en peligro el tan desea paseo en máquina y baño en el río, los primos tuvieron a bien refrenar la carrera que llevaban y acallar el bullicio. En silencio y sin atropello llegaron al portal, entraron a la sala y, sin que nadie se percatar de sus presencias, penetraron en el primer cuarto a la izquierda y allí comenzaron a quitarse la ropa. Como el short de Luis esta aún dentro de la jaba, en el cuarto donde dormitaban en camas separadas tía Elena y Labrada, el muchacho fue hasta allí y tomó de un rincón lo que creyó su equipaje.

    ―Ese es el maletín de Fabián ―dijo uno de los primos cuando vio llegar al dormitorio donde ya la mayoría de ellos doblaban la ropa y guardaban los zapatos.

    Luis intentó regresar para colocar en su sitio y tomar en verdad su bolsa, pero lo detuvo el pensamiento colectivo que brotó coincidentemente en todos.

    No se piense en este acto como mera curiosidad infantil. Detrás del deseo de conocer el contenido de aquella valija, estaban los comentarios a media voz que siempre habían oído entre las tías acerca de cierta mercancía que Fabián le suministraba a los hombres, principalmente jóvenes y solteros, y a la que ellas se referían con picardía y maliciosas sonrisas.

    Estar allí sin haberse hecho sentir, tentados por el misterioso equipaje de Fabián, que sabían venían directamente de Santa Clara, sitio donde se comentaba estaba la fuente de la que se surtía, era ocasión para no desperdiciar, y unas cuantas tiernas manos de niños abrieron el maletín.

 

   La madre de Emilia siempre aspiró para su hija un buen matrimonio. Cuando creyó que su profesión de modista alejaba a los mejores pretendientes, arregló la sala y cambió la máquina de coser para el último cuarto de la casa; allí podría, y sin que nadie se enterara, ganarse unos pesos cosiendo ropa al por mayor para algún taller de confecciones.

    En Fayad y Hermanos tomó de prueba una docena de pantalones, y aunque le aprobaron el trabajo y la iban a contratar, ella no lo aceptó y fue a proponerse a otro taller.

    Después de haber conocido a estudiantes de Medicina y de Derecho sin que ninguno se interesar seriamente por su hija, un hombre como tío Baltasar, joven aún, propietario, buen mozo y sin la maldad del capitalino, le convenía más para yerno que para patrón. Matrona de elegantes artimañas, se las agenció para que a los quince días de haberlo conocido casualmente en el taller donde fue a llevar los pantalones ya cosidos, tío Baltasar la visitara en la casa, conociera a Emili y prometiera volver al domingo siguiente.

    Como el noviazgo se alargaba más de lo prudencial, y temiendo que tío Baltasar no acaba de decidirse, cuatro años después de férreo chaperoneo, la suegra tuvo a bien comenzar a propiciar situaciones que obligaran a la boda, y comenzó a dormirse en su sillón, mientras que los novios conversaban. Al principio eran simples cabezazos y repelones, pero con el tiempo el sueño fue tan profundo que ni aún las crisis de tos de tío Baltasar ni el ruido que producían las tijeras del bordado al caerse al suelo, la despertaba.

   El jugueteo amoroso no fue más que eso: ciertas intimas caricias para el desahogo, aunque sin desfloración de deshonra, pero lo que la madre de Emilio vio, fue suficiente para exigir una reparación. Por ello, y sin que mediara la muerte de alguien para la buenaventura, tío Baltasar tuvo que contraer nupcias con su prometida.

 

    Coca siempre se creyó con principios morales más sólidos que los rígidos patrones de la familia de su marido, los de este eran intuitivos y tradicionales, mientras que los de ella, aunque más flexibles y modernos, tenían de basamento la Teología Cristiana.

    ―¡Jesús me ampare! ¿Qué es esto? ―gritó Coca con las manos en la cabeza.

   Coca, al ir en busca de alguna de las cremas que traía para suavizar la piel y quitarse el olor a cebolla de las uñas, había ido hasta el primer cuarto de la casa, y se encontró a un grupo de muchachos de diferentes edades que leían y miraban las fotos de una misma novelita de relajo: Una viuda caliente, repetida en montones de ejemplares que se salían del maletín de Fabián.

    Cogidos in fraganti, no tuvieron tiempo de ocultar lo que hacían y, temiendo represalias físicas, escaparon de allí, dejado al descubierto. Encima de la cama, cerca de las patas del escaparate, sobre la cómoda, debajo de la comadrita y junto a pantalones, camisas y zapatos, las más disímiles fotos pornográficas que aparecían en dicho librito.

 

    Yo no sé cómo ese día al fin lograron que estuviera el almuerzo.

   ―No me interrumpas. Déjame seguir.

    ―Estás inspirado, ¿eh?

 

    Aquella exclamación de Coca hizo que hombre y mujeres de la casa corrieran al cuarto. Pensando alguna desgracia mayor, lo que vieron no escandalizó a nadie; en definitiva Manita García no tenía ni una sola nieta y, según el criterio de todos los presentes, era bueno que los muchachos fueran viendo cómo era la vida para que no hubiera en ellos, cuando hombres, desviaciones que lamentar.

    Manita García y las tías se retiraron oportunamente después de haber comprobado de qué se trataba, y los hombres, encabezados por Fabián, se pusieron a recoger la mercancía, pero ninguno de los argumentos expuestos convenció a Coca. Aquella era, según su criterio, una inmoralidad. Fabián un depravado y aquella, una casa de perdición.

   La calificación del hecho se le interpretó como histerismo. La acusación al concuño solo despertó en este un cáustico comentario, pero la ofensa al hogar de Manita García provocó en sus hijos una reacción comparable a la erupción de un volcán. Ti Baltasar fue impelido por los hermanos a poner freno a la soez lengua de su mujer, pero no satisfechos con el "cállate, Coca" que le dijo, lo acusaron de flojo, pusilánime y excesivamente complaciente.

    ―Por menos que eso, le parto la boca a mi mujer ―dijo Fabián.

    Y como hacía tiempo les había llegado el comentario, tío Baltasar creyó oportuno focalizar el conflicto hacia ese tema y acusó a Fabián de pegarle a tía Lucrecia.

   ―Antes de que me los pegue, le pego yo.

    Pero aquella insinuación era demasiado ofensiva para su hermano, y tío Ramiro se creyó en el deber de exigir una explicación a Fabián.

    ―El problema aquí, ahora, es la ofensa que Coca le ha hecho a nuestra madre ―exclamó Ángel exigiendo una reparación.

    Y la mano de galletas de tío Baltasar a Coca, la gritería de esta, así como la piñacera entre tío Ramiro y Fabián parecía inevitable cuando, por suerte, apareció en la habitación Manita García.

   ―¡Basta ya!

 

    Quizás la época más feliz en la vida de Manita García fue el tiempo que vivió con su marido en el sitio de Jarahueca. Ni aún cuando años más tarde se hizo rica de la noche a la mañana con la urbanización de su tierra, la existencia le fue tan grata. Por aquel entonces tuvo la satisfacción, nunca antes sentida, de trabajar lo suyo, de saberse dueña, de poder decidir hasta en la Naturaleza misma.

    ―Vamos a tumbar ese cedro.

    ―Te voy a curar ese impétigo.

    ―La yegua no se pude dejar cargar.

    ―Represen el arroyo.

    Y con la madurez se fue acentuando en ella ese don de mano y autoridad que le dio brillo a los ojos en su vejez. Mujer al fin y al cabo, siempre debió obediencia a su marido, pero cuando unos años más tarde, Segundo el difunto se murió a consecuencia de la caída que se había dado precisamente el día que embarazó por séptima vea a su mujer, Manita García no volvió a conocer otro deseo ni otra voluntad que no fuera la suya.

    A media tarde, y cuando el sol se había calmado del implacable mediodía, Segundo el difunto fue a guardar el ternero, y en esos menesteres estaba cuando resbaló y se cayó de espalda sobre el cabo de una guataca. Golpe tal, solo podía arrancar una maldición en la boca del guajiro, quizás un "me cago en Dios", y aquí no ha pasado nada, pues los animales y los cultivos no podían esperar. Esa noche, antes de apagarse la última chismosa en el bohío, Manita García le frotó un poco de cebo de carnero en la espada a su marido, a quien el roce de las manos de su mujer sobre la piel, le despertó el deseo; a ella, la consistencia firme y dura de los músculos del hombre no le habían sido indiferentes, pero temiendo que su marido no le propondría la cópula por estar embarazada, trató de no mirar el ensortijado pelo negro sobre la nuca ni percibir la excitante combinación de olores que resultaba de macho y cebo.

    ―Pero si no puedes moverte ―le dijo cuando Segundo el difunto se viró boca arriba y se enseñó.

    ―Súbete tú.

    A vejación semejante nunca había sido sometida, por lo que, junto a las lágrimas de la obediencia, se tragó los suspiros de placer que inesperadamente y, a pesar de la repulsión que sentía por tener que comportarse como una mujer de la vida, quisieron ahogarle la garganta.

 

    ―Basta ya ―repitió Manita García, y sus hijos, nueras y yerno acataron la orden―. Yo he creado una familia bien llevada. Somos ejemplo. En mi hogar reina el entendimiento y la compresión.

 

   Tía Elena vino para las tierras que después serían el poblado de Jarahueca cuando ya era una polloncita. En la zona, junto a algunos sitios de Meneses, comenzaron a asentarse isleños recién llegados de Canarias. Bajetones, fuertes y resistentes, más que seres humanos, parecían animales de trabajo; brutos como mulos, pero mansos y cariñosos; dedicados en cuerpo y alma a las labores agrícolas, tal parecía que eran ajenos al rigor del sol, al castigo de la lluvia, a la voracidad de los muerdihuye, al escozor de laos picapica…

   ―¿Manita, usted se pone brava si le digo una cosa?

    ―Tolo lo que le pase, es a su madre a quien tiene que decírselo.

    ―Por eso se lo quiero decir

    ―Arree.

    ―Cuando fui a llevarle el café a los hombres que vinieron a desmocharle a Papaíto, Alfredo, el de los Correa, me piropeó.

    ―¿Y usted que hizo?

    ―Me dio gracia, pero bajé la cabeza para que o me viera la sonrisa, Cuando estiré la mano para recoger la jícara, me tocó los dedos y me dijo que yo quería, el venía el domingo a pedirme.

   ―¡Fresco!

    A todas horas se les veía debajo de sus sombreros de yarey, encorvados sobre la tabla de arroz escardándola o, como un buey más, detrás del arado empujando el hierro por entre los secos terrones de tierra. Honrados, económicos y reservados, aunque gustaban de las canturías y la fiesta sana, parecía que les bastaba con comer y desahogar los apetitos de hombre, por eso, olvidados del regreso, los solteros aspiraban a casarse en Cuba y no volvían a mencionar a la Madre Patria.

    ―Juan de Dios es el hombre que te conviene.

    ―¿Ese viejo, Manita?

    ―Juan de Dios es mayor que tú, pero no es ningún viejo.

 

    Y como en la familia siempre se aceptó y respetó su voluntad, se olvidaron de la ira, las ofensas y los recelos. Tío Ramiro ayudó a Fabián a poner el maletín en un lugar en el que no causara problemas. Tío Segundo y Ángel fueron a abrir cervezas para todos, mientras que Manita García les pidió a Coca y a tío Baltasar que la siguieran hasta su cuarto.

 

    ―Ahí nada más que se entraba para recibir, como se le entrega a los animales amaestrados y a los buenos ciudadanos, el premio por haber obedecido.

    ―¡Qué cosas se te ocurren!

    ―Dime si no es verdad.

    ―Es que en fondo a Manita no debe haberle molestado el sainete de Coca.

   ―¡La nuera incólume y mora…! Manita debió haber sido presidente de la República.

    ―Hace un rato dijiste que hubiera dado un buen dictador, ahora que presidenta. ¿Quién te entiende?

    ―Todo el que quiera.

    ―Voy a seguir.

    ―Todavía no había llegado la hora de entregar los regalos, ¿eh?

    ―Ese año se adelantó la ceremonia, ¿no te acuerdas?

     ―Ja, ja, ja.

 

    A la derecha de la casa había también dos cuartos separados por un baño. El primero estaba destinado a las visitas y el segundo era el de Manita García, y hacia este se dirigió ella con su hijo y nuera, pues quería mostrarse amable y cariñosa, y usar con Coca una atención especial.

    ―A ver, séquese esas lágrimas ―le dijo, y ella misma le secó las aún tersas mejillas con un pañuelito que extrajo de su escaparate.

    ―¡Qué buena es usted! ―expresó Coca y fue a devolverle el pañuelito, pero Manita García le rechazó el gesto.

    ―No. Quédate con él, para cuando y me muera, tengas un recuerdo mío.

   Y ahí mismo se formó de nuevo la llantería. El matrimonio se abrazó a Manita García. Coca le pidió mil perdones y le dio cientos de besos. Y aunque tío Baltasar todavía no estaba borracho, se le saltaron las lágrimas y le rogó a la madre que nunca se muriera.

    ―Ya, ya. Ya está bien ―les dijo la anciana y les dio palmaditas en la cara.

    Entonces fue que tío Baltasar le pidió permiso para entregarle el regalo que le traían por el Día de las Madres.

    ―Está bien. Si ello te complace, hazlo ―dijo mientras tío Baltasar iba hacia el cuarto de las visitas en busca del ventilador que le habían comprado―. Yo lo único que quiero es que mis hijos sean felices.

    Tía Elena se casó a los dieciocho años y se mantuvo señorita durante trece meses después de la boda, circunstancia a la que se llegó, no porque a Juan de Dios las mujeres le fueran indiferentes ni porque tía Elena no lo apeteciera, muchísimo menos porque él fuera incapaz de reaccionar como era debido. Al contrario, quizás la exacerbación de estos tres factores fue la causa de tan penosa situación.

    Juan de Dios vino de Islas Canarias sin haber estado nunca con una mujer, por ello, no hizo más que poner un pie en La Habana y prefirió gastarse con una prostituta de los muelles el poco dinero que traía, a comer caliente durante el viaje que hizo hasta la casa del hermano en los montes, al sur de Meneses. Si hasta entonces su abstinencia le mortificaba la carne, la experiencia sexual con una mulata curra hizo que las masturbaciones y los actos de zoofilia a los que debía recurrir durante los años que estuvo soltero en Cuba, le provocaran grandes y constantes frustraciones; si condenado a la soledad de aquellos parajes, con su cuñada como única visión femenina, en más de una ocasión pensó en el suicidio, la llegada de tía Elena a la zona, le dio otra razón a su vida.

   Cuando aquello, tía Elena era tan solo una chiquilla de doce años, pero su visión despertó en Juan de Dios el más ardoroso amor sentido por hombre alguno; y la muchacha no lo defraudó, pues quizás la imagen de buena hembra con que el isleño la veía en sueños, reforzó y apuró en ella la configuración de mujer.

    La enfermedad de Segundo el difunto y la necesidad que de ella se desprendía, hizo que Juan de Dios agregara un cuarto en el bohío de la novia, se casa con la joven depositaria de su amor y fuera a trabajar en el sito de los suegros.

    La primera noche de casado, Juan de Dios trató de disimular las ansias que le devoraba y temiendo descubrir ante la familia su desespero, inventó oír el ladrido de unos perros jíbaros y salió con el machete en la mano a revisar el corral de los carneros. Manita García aprovecho el momento y acostó temprano a los muchachos; ella y Segundo el difunto también se fueron pronto a la cama. Cuando Juan de Dios regresó de caminar toda la finca, ya no había nadie levantado; pudo entonces, sin la presión de saberse observado, meterse en su cuarto, quedarse en camiseta y calzoncillos y buscó el calor de la muchacha escondida debajo de la sábana, mas unas pocas caricias fueron suficiente para que sin tiempo siquiera e intentar la penetración, alcanzar el clímax del placer sexual.

     Ante aquella primera experiencia, la ingenuidad de tía Elena le hizo creer que se había consumado su matrimonio, pero en el fondo se sintió defraudad de la forma en que lo hacían los seres humanos.

    Juan de dios, isleño al fin y al cabo, prefería dejarse matar antes que hablar con alguien, ni siquiera con su esposa, la frustración de cada noche; y como asunto tal no era tema de conversación con una hija, Manita García nunca supo que tía Elena continuaba tan virgen como cuando la parió.

    Casi un año después, consultado a la curandera que atendía a Segundo el difunto y dado el estado crítico en que ya se encontraba el enfermo, esta, en pleno trance espiritual, se refirió a Juan de Dios e indicó que durante un tiempo debía andar con un caracol con babosa en cada uno de los bolsillos delanteros del pantalón. Dos meses más tarde, junto a los quejidos de Manita García en el parto de los trillizos, en el luctuoso hogar se oyó el grito desgarrador de tía Elena, por lo que creyeron tristeza ante la reciente muerte del padre.

 

    Cuando el incidente con Coca, los muchachos salieron corriendo de la casa y fueron a meterse en el Pontiac de tío Baltasar, pues estando en trusas y sentados allí, creían asegurar el viaje hasta el río.

 

    ―Tú no te habías cambiado todavía.

   ―Lo iba a aclarar ahora.

    ―Sí, pero es que hay una cosa que me preocupa.

    ―¿Qué?

    ―Con los regalos también hubo problemas.

    ―Sí. Tú sabes cómo fue.

   ―¿Y otra vez la misma historia de que entraste al cuarto y que como estaba en penumbra, te equivocaste?

    ―Así fue, ¿no?

    ―Vas a aburrir a los lectores de tu novela planteando una y otra vez la misma situación.

    ―Pero en la realidad…

    ―En la realidad ocurrió así por tu entretenimiento, pero precisamente eso no lo justifica. En Ningún momento explicas la bobería innata conque vivías y ni siquiera te gustó que yo dijera tu sobrenombre.

    ―Todavía no he decidido si en esta novela voy a hablar de los primos. En casi de hacerlo, trataré de explicar las características principales de cada uno. Entonces hablaría de mi ensoñación, de la fantasía que acompañaba a todos mis actos, de…

    ―No, no, por favor. No vamos a discutir de nuevo lo que tantas veces hemos analizado ya. Para mí siempre has tenido una fuerte veta de come catibía, pero no es el asunto. Estoy tratando de alertarte en cuanto a la repetición que estás haciendo del mismo recurso argumental.

    ―Y una vez más te digo que así fue como ocurrió. La realidad.

    ―La realidad es una cosa y la Literatura, otra; no lo olvides.

    ―Estoy contando una historia tal y como ocurrió.

    ―Si vas a hacer fiel a la verdad, no me pierdo cuando comiences a hablar lo que fue de los primos cuando crecieron. Ya para entonces había triunfado…

    ―Te dije que no lo he decidido aún.

    ―Bueno, haz lo quieras. En definitiva, el escritor eres tú.

 

 

sábado, 31 de julio de 2021

HISTORIA DE MANITA GARCIA

    Manita García se casó ya comenzada la Guerra de Independencia y fue con su marido a vivir al sitio de los Martínez, pero poco le duró la luna de miel, por la contienda bélica, la situación para los campesinos se tornaba cada vez más difícil, pues tanto los españoles como los mambises constantemente les exigían a los hombres aptos que se incorporaran a la lucha. Segundo el difunto, como cubano, al fin y al cabo, se decidió por el ejército en la manigua.

    Al quedarse sola, Manita García junto a las demás mujeres de la familia, tuvo que hacerse cargo de los sembrados y los animales del patrimonio, y, como nunca antes, la joven se vio sometida a un intenso régimen de trabajo.

    El resultado del esfuerzo de las pobres mujeres les alcanzaba malamente para no morir de hambre, no porque con ellas las cosechas fueran menos productivas o los animales infértiles, sino porque, además de tener que alimentar a sus hombres en la guerra, eran saqueada frecuentemente por las patrullas españolas, Y fue una de estas misiones, persiguiendo el rastro de un mambí, la que llegó un día al batey de los Martínez y la apresó.

    ― ¿Dónde está su marido? ―le preguntó el oficial español.

    Manita García, desde la elevación donde se encontraba su caja, fijo una mirada perdida hacia la llanura que se abría a sus pies. Y creyó distinguir, como en los días claros, el mar en el horizonte.

    ―Si no hablas, azoro al caballo.

   Fue entonces cuando la joven sintió el escozor que le producía la soga en el cuello y la impaciencia de la bestia sobre la cual la habían sentado.

    ―Mejor los la violamos primero, teniente ―dijo un soldado asturiano, y aquellas palabras, como un latigazo, hicieron que Manita García, a voluntad, clavara talones en los ijares y se viera suspendida en el aire.

    Cuando creyó que todo terminaba, el teniendo, habiéndose dado cuenta de lo que iba a ocurrir, se lanzó y abrazándola por las piernas cuando caía de las ancas del caballo, impidió que se ahorcara.

    ―No sea bruta, mujer.

    Aquellos robustos brazos rodeándole fuertemente los muslos, los latidos del corazón del oficial en sus rodillas, la cabeza del hombre sobre su cadera y el vaho de la respiración encima de su mismo sexo, hicieron que Manita García recordara algunos momentos vividos esporádicamente hacía ya demasiado tiempo, Y para librarse del peligro de la flaqueza, forcejeó.

    ―Desátenla ―mandó el oficial―. No va a hablar.

    Unos días después de aquel hecho, Valeriano Weyler ordenó la reconcentración de los campesinos, pero ya para entonces Manita García, junto a las demás mujeres de la familia de su marido, no sin antes haber puesto su escaparate a buen resguardo de dentro de una cueva, había dejado atrás las cenizas calientes de lo que fue su hogar y se encontraba escondida en el monte.

 

    ―Detrás de tía Lucrecia hay una persona de pie…

    ―Deja ver. Es Fabián, La botella de cerveza le tapa la cara.

    ―Redacta bien: él se tapó la cara con la botella de cerveza.

    ―¿Por qué dices eso?

    ―Tú sabes bien que Fabián, ladino y socarró, como era, nunca se enseñó del todo.

 

    Un buen día se apareció en Iguará un sujeto que dijo venir de La Habana, aunque después se supo que había llegado en el tren de Morón, su pasaje era hasta Jarahueca, pero en Iguará vio subir a una persona con quien no quería encontrarse, y sigilosamente se bajó.

    A Fabián Belarmino de Jesús Arochemena y Morales, si en realidad esos eran sus nombres y apellidos, le daba lo mismo Jarahueca que Iguará, aunque objetivo y práctico, y con eso olfato fino de animal perseguido, no demoró en comprender que este poblado, sin el bollicio efervescente de Jarahueca, resultaba más seguro para invertir capital.

    Jarahueca era para quienes debían jugarse el todo por el todo, y él no estaba en ese caso. Jarahueca era tierra de proyectos y sueños, morada del azar, carta de triunfo de bancarrota; mientras que en Iguará, apacible y segura, se mantenían enraizados, como el tronco de los álamos de sus calles, los capitales de varias familias pudientes.

    Trata de definir el negocio que Fabián estableció, sería violentar conceptos o vocablos comerciales. En la esquina de una de las calles secundaria del pueblo, en una casa con un gran solar yermo por patio, este enigmático sujeto compraba y vendía, cedía y contrataba, cambiaba y traficaba con todo lo que le diera dinero.

    A Manita García la conoció a los tres años de estar en la zona. Juan de Dios acababa de morir. Y tío Ramiro fue el encargado de liquidar los bienes que le quedaron a su hermana. Con el fin de aprovechar los beneficios que tan transacción pudiera representarle, Fabián fue hasta Jarahueca y visitó la casa de la matrona. Cuando aquello Tía Caridad con veinte años, bonita, hacendosa y recatada, era el ideal para cualquier hombre que quisiera casarse. Y por ello, a Manita García no le extrañó que Fabián la visitara de nuevo el siguiente domingo. Respetuoso y formal, acorde a las costumbres de la época, el comerciante estuvo varias veces más en casa de su pretendida antes de decidirse hablar con la madre.

    ―Señora, sin que usted lo considere una falta de respeto, quisiera trata el tema sin mucho preámbulo.

    ―Usted dirá.

    ―Quiero casarme con su hija.

    Manita García ya había valorado la situación y, convencida de que
Fabián era un buen partido, después de manejar algunos tópicos prácticos del asunto, no demoró en dar su consentimiento y, para comunicarle el compromiso, llamó a la muchacha.

    ―Caridad.

    ―Perdón ―dijo Fabián―, quizás no haya hablado con toda la claridad que debía, pero con quiero casarme es con Lucrecia, no con Caridad.

    ―¿Con Lucrecia?

    ―Sí.

    ―Pero si es mayor que usted.

    ―Sabrá cuidarme más.

    ―Lucrecia no es bonita.

    ―Tendré que cuidarla menos.

    ―Y es medio sorda.

    ―Mientras menos oiga una mujer, mejor.

    Manita García se sonrió como hacía años, y con la misma disposición de un hombre, le dio la mano a su futuro yerno.

    ―Usted y yo nos vamos a entender muy bien ―le dijo.

 

    Fabián llegó precisamente cuando Cristo el guardia estaba en plena lucha de motivos con respecto a la conveniencia o no de llevarse presa a Manita García, dama pudiente y respetable, amén de las más importantes veterana de Guerra que tenían en el pueblo, quien hacía cuatro meses había develado el busto de Martí por su centenario, pero responsable de habérsele vejado, con una espumosa y aún tibia meada, la gorra de su uniforme.

    ―Tienen unas caras que ni le fueran a dar candela al Morro ―fue el saludo inicial de Fabián, quien puesto inmediatamente al tanto de lo que ocurría, medio en la solución del problema―. Yo tengo gorras y uniformes de reglamento, cabo ―dijo, y tomando a Cristo el guardia por un brazo, hizo un breve aparte con él.

    Los presentes no oyeron lo que los dos hombres hablaron, pero vieron cómo el militar asintió con la cabeza antes de incorporarse de nuevo al grupo.

    ―Mañana pase por mi establecimiento.

    Sin embargo, resultó que la gorra del cabo estaba forrad de nailon y el orine no había mojado la tela; ceso en su función de tibor, y mientras los hombres se tomaban unas cervezas ya frías, tía Lucrecia la limpiaba y la ponía al sol. Por su parte, Manita García, satisfecha de sus relaciones y de su poder, guardó de nuevo el sudario tricolor.

 

 

sábado, 17 de julio de 2021

LA VISITA DEL GUARDIA RURAL

Jarahueca, recién se había fundado como estación del ferrocarril de la Línea Norte de Cuba, y partir del paso del primer tren, el 15 de diciembre de 1927, aquel sitio se fu definiendo como un estratégico lugar para la entrada y salida de mercancías y pasajeros de una amplísima zona geográfica, y el pueblo fue creciendo.

    ―Yo no tengo dinero para establecerme por mi cuenta ―le contestó Ángel a la sugerencia de Aida.

    ―Compra el quince mil quinientos ochenta y cinco.

       Ángel, por primera vez en su vida, le pidió unos días de permiso a su patrón y recorrió todos los pueblos de la zona en busca de aquel billete de la lotería, y solo en Chambas, a pocas horas antes del sorteo, lo encontró y compró los dos pedacitos que le quedaban al billetero.

 

    ―No vayas a hacer ahora una disertación sobre la influencia económica y la historia de la lotería en Cuba.

    ―No. Despreocúpate.

  

Con dos mil pesos en aquella época se podía comprar hasta un ala del Capitolio Nacional, pero de todas formas, Ángel necesito una carta de recomendación del doctor Soler para que le sirviera de crédito operativo en la droguería Sarrá, y ahí fue cuando el farmacéutico le ofreció villas y castillas al joven, pero Aida se mantuvo firme en sus trances proféticos.

    ―Jarahueca, Jarahueca, Jarahueca…

    En pocos años, Jarahueca fue el centro social y económico más importante de la zona, razón por la cual Manita García, quien inicialmente se dedicó a vender solares, de los terrenos de su propiedad, y después a fabricar y alquilar casa, se convirtió en pocos años en una mujer rica, Pero el vertiginoso progreso inicial del pueblo, no tuvo comparación con el sufrido a mediados de la década del cincuenta cuando los norteamericanos descubrieron que en su cercanía había petróleo.

 

    ―Yo te recomiendo que no cuentes esa parte.

    ―¿Por qué?

    ―Se parecería mucho a la llegada de la compañía bananera a Macondo, y te acusarían de plagiar Cien años de soledad.

    ―Pero es que mi historia es cierta.

    ―Está bien, pero ya García Márquez la explotó.

    ―A mí me parece…

    ―¡Haz lo que te dé la gana! Después no te quejes.

 

    En Jarahueca, Ángel se hizo de una sólida posición económica y su capital se vio aumentado a mediados de la década del cincuenta por ciertos negocios que estableció en el giro de los combustibles. Él y Aida se llevaron bien y se quisieron, pero no por eso Ángel le podía permitir a su esposa que, en contra de la voluntad de Manita García y de la suya propia, fuera a buscar al cabo de la guardia rural. Por eso, a la hora del almuerzo, no se sentó junto a ella.

    ―¡Aída! ― le gritó Ángel por tercera vez cuando su mujer salió a la calle casi corriendo.

    ―Déjala ―ordenó Manita García―, cuando Cristo el guardia llegue, ya habremos lavado la afrenta.

    Y la recia matrona: enfermera mambisa y viuda incólume fue, seguida de sus hijos, hasta el cuarto donde supuestamente cohabitaban los cuñados. Sin embargo, allí, en una cama, la infeliz tía Elena totalmente alucinada por tantas pastillas que le dieron para calmar el ataque, e inocente del peligro que sobre ella se cernía, disfrutaba de su eterna y única ensoñación.

    ―Juan de dios… despacito, Juan de Dios.

    Y en lecho aparte, el pobre chofer y ex barbero de Perea deliraba con la fiebre.

    ―El pellejito de la punta nada más, por favor. El pellejito de la punta.

    Manita García respiró tranquila y detuvo la comitiva.

    ―Fue un malentendido de los muchachos ―dijo en susurro para no molestar a los enfermos y ordenó la retirada.

    Mas, los golpes que se sintieron en la aldaba por poco despiertan al mismo Juan de Dios de su sueño eterno dentro del maletero de la máquina de tío Baltasar.

    ―¡En nombre de la ley, abran la puerta!

    Manita García fue hasta la sala seguida por el grupo de sus familiares y allí recibió a Cristo el guardia.

    ―Adelante, señor cabo ―le dijo y tomándolo del brazo, lo hizo entrar―. Lo estaba esperando ―entonces se dirigió a la nuera que, más pálida que una vela de cera, permanecía detrás de la autoridad militar del pueblo―. Gracias, Aida.

    Los camaleones tienen fama de transformarse según el ambiente en que se encuentran, pero estoy seguro de que ninguno de ellos lo hace con la rapidez que lo podía hacer Manita García. Un segundo le bastó para volver a ser la ancianita olorosa a Agua de Violeta Rusa, dulce y frágil, como generalmente se manifestaba.

    Venga. En el comedor estaremos más cómodos.

    Cristo el guardia, confundido por aquel recibimiento, comenzó a sospechar que había entendido mal la razón por la que Aida le había pedido que fuera con urgencia a casa de la suegra.

    ―Voy a abrir el botellón de vino y, como lo prometido es ley, usted y yo seremos los primeros en probarlo.

    Llegaron hasta el comedor y, junto a la celosía que daba al cobertizo donde Manita García tenía sembradas sus flores predilectas y plantas medicinales, se detuvieron. Ella se sentó en una comadrita y con un gesto de su huesuda mano le indicó al cabo un cómodo sillón de cedro y pajilla.

    "¿Vino prometido?" ―pensó el oficial mientras chocaba los tacones de las botas antes de hacer una leve inclinación de cabeza a la anfitriona―: "¡Qué mala memoria tengo!" ―dijo para su interior y se sentó.

    ―Hildelisa, por favor.

    A la indicación de su madre, tía Hildelisa fue hasta el cabo y le pidió la gorra que este se había puesto sobre las piernas y la colocó en una mesita auxiliar.

 

    ―Ahora me acordé de un chiste. ¿Quieres que te lo haga?

   ―No.

   ―Tiene que ver con una gorra puesta sobre…

 

   A tía Caridad, Manita García le ordenó las copas y a Ángel las botellas de vino.

    ―Parece que se trata de una ceremonia como la de las vendimias europeas ―especuló Cristo el guardia.

    "Vendimia no, venganza" ―le dijo Aida mentalmente, pero como el hombre no tenía desarrollado a plenitud su potencial psíquico, no recibió el mensaje y se mantuvo tranquilo y sereno.

   A su alrededor, la familia permanecía de pie contemplando plácidamente la escena. Manita García, para dar tiempo a que los hijos cumplieran su encargo, se interesó mientras tanto en conocer del estado cívico-moral de la población, y entonces Cristo el guardia no tuvo dudas de que todo había sido un malentendido.

   El padre, el abuelo y posiblemente hasta el tatarabuelo de Manita García, habían sido capataces de una de las fincas del patrimonio de los Delgado, y como habitaron un bohío no lejos de la casona de los dueños, junto a los rígidos patrones morales de la época, recibieron alguna que otra refinada costumbre de la gente rica.

 

 

 

Manita García, de niño, debió servirle de compañía a María Isabel cuando la familia venía de temporada a La Fortuna; con ella supo cómo era el mar, pues aunque muchas veces había oído esta palabra, a las personas mayores no le podía estar preguntando. De María Isabel uso batas y botines que no le servían a ninguna de las dos, y con su patrona aprendió algunas letras.

    Manita García recuerda siempre el día que embulló a María Isabel para ir a ver el nido de cotorras que había descubierto y tenía marcado.

    ―Tenemos que esperar que saquen, entonces una será para ti y la otra para mí.

    Pero como se entretuvieron comiendo ciruelas y viento los patos de la Florida, que ya regresaban de su migración anual, y cuando llegaron al batey se encontraron con que estaban preparando una partida con perros, armas y negros de confianza para buscarlas. María Isabel venía con la ropa sucia y los cachetes demasiados rojos por el sol, pero con un collar de picualas y una mariposa azul y verde en la mano.

    Don Segundo recriminó a su capataz, y este fue a pegarle a Manita García, pero María Isabel lo impidió y se echó la culpa. Ese día se separaron y nunca más volvieron a verse, pues en las dos semanas más que la familia permaneció allí, las amiguitas estuvieron castigadas y no se pudieron encontrar. Como María Isabel iba para el colegio de monjas, esa fue su última temporada en la finca. Solo el día de la partida, Manita García se puso la mejor bata que venía en el bulto de esa vez y, sin permiso ni autorización, corrió hasta el portón de la alameda de palmas para decirle adiós a su amiga y prometerle que cuidaría de su cotorra. Cuando llegó, la comitiva de caballos y el coche iban lejos, Entonces volvió has la casona vacía y se vio en un espejo con una bata de cintas y encajes; fue cuando comprendió que aquella imagen en la luna de un escaparate de caoba labras podía ser ella misma y no su amiga. Y lloró por no ser rica.

 

    ―Me has conmovido.

 

    Fue a partir de entonces que en Manita García se despertó el odio a la injusticia a la desigualdad.

 

   ―Espera, espera.

    ―¿Qué pasa?

    ―Que le estás dando una tónica al personaje que no es verdadera. Ahora vas a contar de la participación de Manita García en la guerra, y cuando vengas a ver, estás haciendo de esta señora un prócer de la independencia de Cuba.

    ―No sería la primera vez que ocurra algo por el estilo.

    ―Me alegro que lo reconozcas, pero ahora al menos yo puedo evitarlo. Manita García le tuvo tremenda envidia a la tal María Isabel, y por eso toda la vida luchó para alcanzar ella y sus hijos, y nadie más, una buena posición económica.

    ―Y lo logró.

    ―Dichosa que se puso.

    ―Suerte, sí; pero también con inteligencia y esfuerzo.

    ―Yo no le quito su mérito, pero no me la quieras pintar como la rebelde que entregó toda su vida a luchar por el bienestar de los demás.

    ―Al menos peleó en la Guerra de Independencia…

    ―Peleó, no: curó heridos. Pelear, peleó Bonachea, Serafín Sánchez, Maceo, Moncada. Todos muertos en combate. ¿tú no sabes que yo siempre he sospechado de los jefes que sobreviven?

   ―Manita no fue jefa de nada.

    ―Fue enfermera, Por eso después se falsea la Historia, porque quienes la cuentan, son los que quedaron vivos.

 

    ―La situación no está nada bien, doña

    ―¿Qué me cuenta, cabo?

   Y quizás Cristo el guardia le hubiera contado a Manita García lo que ella y todos los presentes en aquel salón de la situación del país, pero por suerte no lo hizo. Ese día, era día de fiesta y de regocijo familiar, Como todos los años, cuarenta días antes de la fecha, Manita García ponía a fermentar un botellón de jugo de frutas para hacer vino. El día de la fiesta, a media mañana, para que fuera sirviendo de aperitivo, se probaba y se comenzaba a tomar.

    Cuando el pundonoroso militar íbase a quejar de la proximidad de la guerra, Ángel y tía Caridad regresaron las copas y botellas, Sirvieron y le entregaron una copa a Manita García y otra a Cristo el guardia. A una indicación de la anciana, el militar olió el vino, tomó entre los labios un pequeño sorbo y lo mantuvo en la boca durante unos segundos para catarlo; solo cuando estuvo convencido de su sabor, lo tragó y afirmó:

   ―Exquisito,

    Por su parte, Manita García se lo apuró como un trago de aguardiente, pero acostumbraba a tomar así el vino, le percibió el sabor y estuvo conforme con el resultado.

   ―Ahora brindemos.

    Para entonces, tía Lucrecia y Naná traían vasos para todos, y entre Ángel y tío Ramiro lo sirvieron.

    Manita García se fue a poner de pie, pero Cristo el guardia se le adelantó y le ofreció la mano para ayudarla. A tanta cortesía, la anfitriona le pidió, con un gesto, que hiciera el brindis, y el militar alzó su copa y dijo:

    ―Por la democracia.

   ―Sea ― agregó Manita García y con la suya tocó la copa de aquel singular guardia rural, quien no solo se llamaba Cristo, sino que también era caballeroso y honorable, Después del brindis, el militar se fue a retirar y Manita García lo acompañó hasta la sala, pero allí lo detuvo un momento, pues quería enseñarle algo.

   ―Hildelisa.

    La entonación del nombre fue suficiente para que la hija supiera de qué se trataba. Fue hasta el cuarto de Manita García y no demoró en regresar con una caja en las manos, Dentro, meticulosamente doblada y con bolitas de naftalina para evitar que las cucarachas, había una bandera cubana.

    ―Yo la cosí en plena manigua y quiero que cuando muera, me cubran con ella.

 

    ―Ahora hay que contar lo de la gorra.

   ―Nadie sabe quién se la llevó.

   ―Yo lo sé.

    ―Le echaron la culpa a Salvito.

    ―Y tú, con el silencio, te hiciste cómplice de la injusticia.

    ―A Salvito, como era chiquito, no le hicieron nada.

    ―También tuvo a su favor el incidente ocurrido con tía Caridad por el pescozón que tío Segundo le sonó.

    ―¡Qué tiempos aquellos!

   ―No, por favor. No te pongas melancólico de nuevo, mira que me lo estoy disfrutando muchísimo, y lo que viene ahora es bien divertido.

 

    Cuando los muchachos vieron que con la llegada de Cristo el guardia no iba a ocurrir nada, se aburrieron de expiar hacia el interior de la casa y optaron por irse de nuevo a jugar a la calle, Así daban tiempo a ver si por fin los llevaban al río.

    Como Luis, en la incursión que hizo al cuarto donde dormían tía Elena y Labrada, no recogió su short, decidió volver para buscarlo, Entro por el fondo de la casa, con mucho cuidado para no encontrarse con alguna de las personas mayores. En ese momento, en la sala, toda la familia despedía al cabo de Jarahueca, mientras que en el comedor, regados por todas partes y como testigos del brindis, reposaban los vasos y la gorra del uniforme de la guardia rural.

    Quizás los psicoanalistas lo interpreten como una conducta propia del Complejo de Edipo no resuelto, pero Luis, al ver la gorra militar sintió un impulso irrefrenable de ponérsela. Sentir aquella gorra en su cabeza y estar en la gloria, fue lo mismo. ¡Qué importante era!; y no solo por el hecho de verse adulto y con poder, sino también por el placer que produce realizar acciones prohibidas. ¡Cuánto hubiera dado por la familia -madre, padre, tíos y abuela- estuvieran presente! Lo que no podía permitir que ocurriera era que lo vieran, y eso era precisamente lo que aumentaría hasta el infinito su gozo.

    Como quien se masturba, disfrutó a dolas de su alegría, pero la felicidad, según dice el refrán, dura poco en casa del pobre. Luis no demoró en sentir que la comitiva de parientes que habían acabado de despedir a Cristo el guardia, volvía. Apresuradamente entró al cuarto en el momento mismo en que Manita García, quien encabezaba el grupo, llegaba al comedor. Ni aún en la penumbra del dormitorio cabía prolongar un segundo más el disfrute de usar aquella gorra, pues además de que lo podían ver desde la habitación que acababa de abandonar, tía Elena comenzó a moverse en el lecho con la clara intención de levantarse.

    Luis no perdió tiempo, metió la gorra debajo de la cama, junto a las chinelas de la tía, atravesó el cuarto, cruzó frente al baño, pasó al siguiente dormitorio, llegó a la sala, y a espaldas de tío Ramiro, que cerraba el grupo que iba rumbo al comedor, salió a la calle sin que nadie lo viera, ni aún sus primos, pues se encontraban desperdigados jugando a los escondidos.

    La semi vigilia que quería brotar en tía Elena no se debió ni a las voces del brindis ni a los pasos de la despedida y ni siguiera a la entrada de Luis al cuarto, sino que producto de los innumerables cocimientos que tuvo que tomar para tragarse las pastillas cuando el ataque, hacía comenzad, aún dormida, a sentir los deseos de orinar.

    Tía Lucrecio nación cuando tía Elena, presta a cumplir dos años, ya había dejado de orinarse en la cama, pero su llegada al mundo hizo que la hermana mayor, con menos atención ahora de la madre, perdiera el control nocturno de su esfínter vesical. Manita García hizo cuanto remedio conocía y tomó una serie de medidas que lejos de evitar que tía Elena se orinase en la cama, hicieron que, si no tan atendida por su madre como antes, por los menos se sintiera un poco más valiosa que su recién nacida hermana.

    Manita García, cansada de lavar doble bulto de pañales y culeros, una noche, y sobre un charco de orine, le dio dos señoras nalgadas y le ordenó con tanta firmeza que nunca más volviera a orinarse acostada, que si estando muerta, a tía Elena ele entraran deseos de desahogar la vejiga, de seguro se levantaba de su ataúd.

    Más dormida que despierta se puso de pie junto al lecho. Por debajo de la bata de casa se bajó el blúmer hasta los tobillos, metió la mano debajo de la cama, cogió lo que supuso era el asa del orinal y se lo puso entre los muslos para echar una orinada que llenó hasta el mismo borde de la gorra del cabo de Jarahueca.

    Cuando el guardia rural se percató, antes de llegar a la esquina, de que había dejado la gorra de servicio, volvió a casa de Manita García, fueron precisamente aquellos golpes en la aldaba los que hicieron que tía Elena, en vez de volverse a acostar, y creyendo que había amanecido, decidiera ir a botar el contenido del recipiente que sostenía en la mano, En vez de ir hacia el baño, como esta no era su casa, continuó camino y salió a la sala dando traspiés por lo del blúmer en los tobillos.

    Cristo el guardia, después de ver el panorama, se la quería llevar presa, pero los hombres de la casa se lo impidieron, y las mujeres comenzaron a dar gritos. El militar amenazó con acusarlos de desacato a la autoridad, y la discusión fue tomando, primero, un matiz de escándalo, después de problema política y por último, de guerra civil. Por suerte, la voz de Manita García retumbó enérgica y tajante por sobre todas las demás.

    ―¡Basta ya!

    Y todos los presentes, a ritmo de cámara lenta, se detuvieron, Solo Manita García se movió. Cogió la caja de la bandera que se había quedado en la sala y rasgó el celofán de la tapa.

    ―Yo soy responsable de la vejación que ha sufrido su uniforme.

    Tomó la ensaña nacional y envolviéndose en ella, le ofreció sus muñecas al cabo para que la esposara, mientras afirmaba:

    ―Llevadme prese, no importa. La historia me absolverá.

 

 

miércoles, 7 de julio de 2021

Ángel y Aida

   Después del conflicto que tuvieron en medio de la calle, tío Segundo tomó a su esposa fuertemente por un brazo, e insultándose regresaron a casa de Manita García. Fueron hasta su cuarto y, aunque comenzaron dándose de golpes, como ocurría veinticinco o treinta veces a la semana, terminaron haciéndose el amor.

 

    ―Y ahí fue cuando tú entraste.

 

    Creyendo que les darían permiso para irse a bañar al río antes del almuerzo, Luis se dirigió hacia el interior de los cuartos, donde había dejado la jaba con el short y la muda de ropa limpia que se pondría para sentarse a la mesa en el almuerzo.

    ―No hagas bulla que Labrada y tía Elena están acostado ―le advirtió Manita García cuando el muchacho fue a entrar.

 

    ―Perdona que te interrumpa.

    ―¿Qué quieres?

    ―No te vayas a poner con finuras: escríbelo como lo dijiste aquella vez.

    ―¿No será demasiado grosero?

    ―Si pones otro término en voz de un niño, va a resultar afecto y no creíble.

   ― Quizás pudiera sustituirlo por…

   ―No, no. ¡Como lo dijiste!

   

    Luis salió de la casa para reunirse con sus primos. Venía pálido y asustado, aunque en el fondo orgulloso de haber sido él quien lo viera. Antes de que le pudieran preguntar por qué no traía el short, extendió los brazos, y todos, sabiendo que era confidencial, se enlazaron en un círculo y bajaron las cabezas para impedir que lo que allí se hablaría pudiera salir a oídos censores y punitivos,

    ―¡Labrada y tía Elena están singando!

    La inocencia infantil no midió las consecuencias sociales y familiares de aquella afirmación, y corrieron para ver el acto tantas veces imaginado, pero al que solo unos pocos, los más atrevidos y en turnos de breves segundo, se habían acercado a través de las rendijas del fondo del establecimiento de Goyita. Ahora, nada más que con correr desaforadamente los pocos metros que les separaban de casa de Manita García, disfrutarían del ya aburrido y cotidiano acople de gallo y gallina, de la divertida penetración del verraco o de la impactante monta del caballo, pero esta vez entre hombre y mujer. Y hacia allá salieron, pero en la puerta del cuarto, Naná y tío Segundo los detuvieron.

    ―¿Y esa carrera de locos? ―indagó tío Segundo, quien abotonándose la portañuela, salía de aquella habitación.

    Los muchachos comprendieron que habían perdido la más maravillosa oportunidad de sus vidas hasta aquel momento. La aparición de tío Segundo echaba por tierra sus planes, e imaginando lo que les podría ocurrir, trataron de disimular, pero Salvito, en la ingenuidad de sus pocos años y con la ansiedad por saber cómo era que se hacía, creyó en la complicidad del tío y habló.

    ―Vamos a ver chingar.

   El pescozón voló, y Salvito se puso a llorar aún antes de recibirlo, como las mujeres, también intrigadas por la carrera de los muchachos, venían detrás, tía Caridad gritó desesperada.

    ―¡Oye, no le des, que ese no es hijo tuyo!

    ―¿Tú no oíste lo que dijo tu hijo?

    ―Sí, lo oí, pero el que no tiene que ponerse a hacer indecencias a plena mañana eres tú.

    Salvito ya se encontraba refugiado entre los pliegues de la saya de la madre, y de allí sacó la cabeza para decir lo que pensó que lo salvaría.

    ―Son Labrada y tía Elena los que están haciendo indecencias.

    El grito de tía Hildelisa hizo saltar los cuadros de las paredes, encendió la luz fría del techo y corrió de su sitio los muñequitos de loza de la repisa, algunos de los cuales cayeron al suelo y se rompieron. Fue entonces tía Caridad la que le cayó a galletas al pobre Salvito; Naná comenzó a insultarse con Coca, pues esta acusó a la primera de tener fuego uterino; Ángel y Aida sostenían el desmayo de tía Hildelisa; tía Lucrecia, sorda al fin y al cabo, habló más alto que los demás y dijo que eran los grandes quienes tenían la culpa; entonces, con la intención de ejemplarizar, los tíos se zafaron los cintos y las tías cogieron un zapato en la mano, mas la voz de Manita García detuvo la masacre infantil.

    ―Déjenlos que vayan para el río.

    ―Manita, solos es un peligro.

    ―Es para que no vean lo que aquí va a ocurrir.

    ―Que Ángel vaya con ellos.

    ―¡No! Necesito los brazos de mis cuatros hijos.

    ―¡Aquí están! ¡Ordene!

    ―Si Elena se está acostando con Labrada, deben morir.

    ―¡Morirán!

    ―¿Pero, ustedes, están locos?

    ―¡Cállate, Aida!

    ―Salvito se puede ahogar en el río,

    ―Necesito los brazos de mis cuatro hijos.

    ―Salvito…

    ―¡Que se ahogue!

    ―¡Ay!

    ―Si están mancillando mi nombre, deben morir.

    ―¡Morirán!

    ―¡Cállate, Hildelisa!

    ―Si han deshonrado mi nombre…

    ―¡Morirán!

    ―Voy a buscar a Cristo, el guardia,

    ―¡Aida…!

    ―¡Ay….!

    Ángel no fue el primogénito, Nació cuando ya había tres hermanos. Tampoco dio la alegría de ser el primer varón. Ese mérito lo tuvo tío Ramiro, Ni siguiera fue concebido en un acto de amor, como tía Elena, o tan siguiera de deseo, como el mismo tío Ramiro, Su venido al mundo estuvo solo motivada por el hecho de que había que aprovechar la racha de los machos.

    Cuando, después de la Guerra de Independencia, Segundo el difunto fue contratado por su general para el desmonte de las tierras que con la libertad el oficial se había asignado, Manita García decidió seguir a su marido y se contrató como cocinera de la cuadrilla de hacheros. Ello le permitió cohabitar regularmente con su esposo y entonces, después de cuatro años de casa, salir en estado. Primero nació tía Elena; dos años después, tía Lucrecia.

     ―¿Nada más daré rajas? ―se preguntó Manita García, y preocupada trató de esperar un tiempo para dejarse volver a preñar, pues un hombre solo para alimentar un rebaño de mujeres no era suficiente y siempre ocurría que al cabo de los años, alguna de las hijas, cansada de pasar hambre, miseria y trabajo, se metí a putas.

    ―Y en mi familia, ni putas ni maricones.

    Consultó las fases de la luna y tomó de cuanto cocimiento sabía. Durante las menstruaciones, más que paños higiénicos, uso cataplasmas de papayo macho, y nunca perdió la oportunidad de pararse con las piernas abiertas encima del orine de caballos enteros.

    En eso estaba, cuando Segundo el difunto, cansado de salpicarle los muslos de semen, no cedió al empujó que Manita García le dio una noche en el momento oportuno; se sostuvo con las manos prendidas en los hombros de ella y afianzó las rodillas en la colchoneta; concentró en la región pélvica toda su fuerza de hombre, de mambí y de hachero, y se mantuvo clavado en su sitio. Los movimientos de rechazo de Manita García solo sirvieron para ayudarlo a alcanzar con más placer el clímax, y la fecundó.

   ―Después no me culpes ―le dijo Manita García mientras, sentada en el borde de la cama, se recogía de nuevo el pelo.

   No creyéndose aun adecuadamente preparada, vivía convencida de que pariría otra hembra, aunque nueve meses después, nació tía Ramiro.

    ―¡Mira qué huevos más prietos tiene! ―exclamó jubiloso Segundo el difunto cuando la comadrona se lo enseñó.

    ―Entonces ya estoy en la racha de los machos.

    Y para no desaprovecharla, al día siguiente de haber cumplido la cuarentena, se lavó la cabeza y esa noche se dejó embarazar de nuevo. Fue cuando nación Ángel, predestinado por esta razón a no ser, quizás, el hijo más querido, pero sí el más útil, pues fue a quien le tocó siempre resolver los problemas de la familia.

    Cuando nueves años después, su padre murió, Manita García un día lo vistió de limpio, se puso su mejor ropa de luto. Y juntos partieron para el pueblo.

    ―Como no tengo dinero para pagarle la deuda de las medicinas, traigo al muchacho para que le trabaje hasta que uste se sienta compensado y, de paso, me lo enseña.

    Veinte años estuvo Ángel trabajando con el doctor Soler, primero de limpia pomos, mandadero, herbolario, dependiente, boticario y, por último, administrador de la farmacia, pero solo, cuando ya hombre, Ángel le dijo que se iba, le propuso pagarle un sueldo.

 

   ―¿Este es Ángel?

   ―No. Ese es tío Ramiro.

   ―¿No era siempre tío Ramiro quien se sentaba a la derecha, al lado de Manita?

   ―Ese año no. Ángel no quiso sentarse al lado de Aida, y cambiaron.

   ―Entonces están Ángel, tío Ramio, Pura María y Aida.

   ―Sí.

 

       Aida fue clarividente desde niña. Cuando a Meneses llegó la noticia de que a la abuela rica que, viaja por los Estados Unidos, le habían tenido que amputar el dedo chiquito de un pie, congelado mientras miraba las cataratas del Niágara, hacía tres meses que Aida lo había dicho. Siempre que la castigaban porque decía que estaba jugando con Marí Eloísa, inocentemente protestaba y alegaba que era la primita muerta quien venía a invitarla, Por eso, cuando dijo que se iba a casa con el hombre a quien ese día se la zafara la suela del zapato, nadie se extrañó.

    Para saber quién sería su esposo, fue hasta casa del zapatero, pero la visita no duró mucho.

   ―¡Ah!, eres tú.

   Ángel mantenía compromiso amoroso oficial y formal con Guillermina Espinosa, por eso ninguna de las familias involucradas, por consanguinidad o amistad, y eran todas las del pueblo, vieron con agrado que Ángel y Aida se hicieron novios.

    ―Vámonos de Meneses y compras la farmacia de Jarahueca ―le propuso Aida cuando se casaron.