martes, 8 de septiembre de 2020

Mi madre

  Contaba mi madre que de niña, frecuentemente se le aparecía una mujer que sólo ella y ninguna de sus hermanas o primas con las que jugara en ese momento, veía. Esto le ocasionó más de una burla:    

   ─Aida, bobita, habla solita.

   La madre nunca pudo definir quién era aquella visión, si santa Bárbara o quizás la Virgen; sólo, decía, se trataba de alguien que le transmitía una infinita paz

    ─Vestía de blanco con los hombros cubiertos con una capa roja. El pelo negro, sedoso y largo hasta la cintura.

   Si su progenitora, o sea, mi abuela, no hubiera sido una persona tan práctica como lo era en el sentido de simplificar al máximo la vida, hubie­ra llevado aquel hecho hasta el conocimiento mismo del obispo de La Habana y quién sabe si hoy en día tendríamos de Patrona  Nacional, no a la Virgen de la Caridad del Cobre, sino a la  Virgen de la Paz de Meneses; quizás entonces hubieran metido a monja a la pobre muchacha, y el hijo (entiéndase: yo) no hubiera nacido, pero como las cosas en esta vida dependen del azar, mi abuela se limitó a prohibirle a su hija que hablara de aquella mujer, después le dio una monda por desobedecerla y, ante la terquedad, terminó llevándola a una espiritista que le rezó un poco sobre la cabeza y le indicó que la bañara con agua de flores blancas restregándole bien detrás de las orejas.[1]

    A medida que la madre fue creciendo, las apariciones de  aquella visión fueron distanciándose cada vez más hasta  desaparecer totalmente. La última vez, contaba, ocurrió el día antes de tener ella su menarquia, y fue que con aquel sangramiento entre las piernas, perdió el candor y la inocencia de la infancia o que la Virgen comprendió que no había hecho una buena selección del mortal con el que preten­dió transmitir a los hombres su mensaje de paz; pero es que mi abuela no estaba para complicarse la vida con una hija vidente como se les debe haber complicado a las mamás de los tres pastorcillos de Fátima, que hasta dos de ellos murieron siendo niños.

   Unos cuantos años después, a mi madre se le comenzó a aparecer el espíritu de su, también virgen, prima María Dolores.

   Coincidentemente con que esta joven debía coser su ajuar de bodas, mi madre, después de haber sido pedida en matrimonio, tal y como era la costumbre de la época, trabajaba en el suyo, mas perteneciendo María Dolores a la rama ricos de la familia, y con el objetivo de hacerle menos pesada la tarea, mandaron a buscar a la prima pobre para que cumplieran juntas con aquel ritual.

   ─Tía María está comentando ─dice mi madre que le dijo a su prima María Dolores cuando se quedaron solas─ que no te ve nada  entusiasmada con tus sábanas.

   ─Es que sé que no me voy a casar ─dice que le contestó.

   Para cerciorarse de que nadie las oiría, mi madre miró  hacia el interior de la casa por encima de una de las arecas del portal, se sentó en el borde del sillón de mimbre en el que bordaba e inclinándose hacia delante, susurró la pregunta:

   ─¿No te gusta tu novio?

   ─No es eso ─le contestó después de terminar la puntada─. Es que tengo el presentimiento de que me voy a morir antes.

   Mi madre sintió abrirse la mampara que daba al comedor y vio venir a la tía con una bandeja con dos vasos de agua de coco fría, le indicó a la prima hacer silencio y se puso a tararear una canción de moda:

   ─Y mientras todos dormían

      llenos de un dulce sopor,

      los espiaba la muerte,

      que andando silente,

      iba en el vapor.[2]

Una semana antes de la boda y cuando después de terminar con el último fundón, María Dolores guardaba los hilos en el costurero, un ratón cruzó velozmente por debajo de este.

   ─¡Ay! ─gritó la joven y con el susto tumbó al suelo la mesita con la caja, desparramando carreteles y agujas sobre el rastro dejado por el roedor.

   Mi madre se agachó para, entre risas y bromas, ayudar a la  prima a recoger botones, broches, madejas y dedales regados por todo el piso, y cuenta que al ir a levantar una aguja, María Dolores se pinchó un dedo que enseguida se llevó a la boca para limpiar la gota de sangre.

   El día de la boda, la novia amaneció con dolores musculares y fiebre; a la hora en que debía haber salido vestida de blanco para la iglesia, no pudo levantarse de la cama, esa noche perdió el conocimiento y dos días después murió.

   Por el luto y los escasos recursos del novio, aún dependiente de una farmacia ajena, el casorio de mis padres no tuvo ni la centésima parte de la fastuosidad que iba a tener la celebración del de la novia muerta. Mi padre se trasladó con el juez y los testigos en una máquina de alquiler hasta la casa del suegro, allí firmaron el acta y se abrieron unas cidras españolas para brindar. Mi madre se cambió el senci­llo vestido de novia por un traje de chaqueta de guinga azul y se dispuso a partir con su amado hasta cinco cuadras más allá donde estaba la casa que habían acondicionado con los muebles vendidos baratos por  un guardia rural a quien la esposa le había sido infiel. Todos los presentes besaron a la novia deseándole la felicidad, y le dejaron caer en la cabeza un puñado del arroz que atraería la abundancia para la pareja.

   Mi padre pensó que la demora de la esposa en el baño era por el pudor que como buena recién casada pudiera sentir para venir a la cama, cuando en realidad mi madre escuchaba al espíritu de María Dolores, pues esta se le apareció para hacer votos por su felicidad en el momento que  se sacudía el arroz del pelo, granos que la prima le aconsejó recoger y guardar para que su promisión pudiera ser efectiva. 

   Mi madre le agradeció sus buenas intenciones y por su parte le deseo que descansara en paz, pero la muerta no se retiraba y le dio largas a la conversación en la que poco a poco fueron surgiendo sus verdaderos sentimientos de inconformidad por haber fallecido y envidia por el matrimonio de la prima pobre.

   ─Tú nunca fuiste así, María Dolores ─le reprimió mi madre.

   ─Hablas de esa manera, porque estás viva y ahora vas a disfrutar de un hombre ─le dijo con rabia y cogió la navaja del que sería mi padre, que estaba encima del lavamanos, y se la enseñó a mi madre─, pero si te suicidas, te irías ahora conmigo para otra dimensión y seríamos felices por siempre. ¡Vamos, mátate!

   Como ni aún en ese momento, mi madre le tuvo miedo al espíritu de ningún difunto, fue a trazar en el aire una cruz con la mano para alejar a la muerta, cuando los toques del esposo en la puerta del baño la desvanecieron.

   ─¿China, te ocurre algo?  

   Quince días después, se le volvió a aparecer para pedirle  perdón y llorar por su suerte, pero terminó recriminándole a mi madre su felicidad de recién casada. Y así, con frecuencias irregulares y cuando menos se esperaba, repitió sus visitas durante varios años. Siempre fingiendo humildad y arrepentimiento, imitando al ser apacible y bondadoso que fue en vida, cuando en realidad la inquina y la malevolencia eran quienes le guiaban en la muerte. La madre siempre le pidió que la dejara y se fuera a descansar, le deseaba la luz necesaria y rogaba por la paz de su alma.

   Después de algunos años sin aparecer, lo hizo por última vez a los pocos días de yo  haber nacido. Cuenta mi madre que una tarde la vio a los pies de la cama.

   ─Supe que pariste y vengo a ver a tu hijo ─caminó hasta la cuna y le fue a abrir el mosquitero.

   ─Con el niño si es verdad que no ─le gritó mi madre y se levantó del lecho, cogió de sobre la mesita de noche un frasco que casualmente le habían traído de regalo y la roció con agua bendita─. Aléjate, espíritu maligno. Este no es ya tu mundo. En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, descansa en paz.

   El perder contacto con seres del más allá, hizo que mi madre tensara no sé qué cuerda sensible y misteriosa que le permitía conocer los acontecimientos antes de que estos ocurrieran, sobre todos de aquellos relacionados con la muerte.

   ─Va a fallecer un amigo.  

   Las defunciones las tenía catalogadas según el grado de relación con la familia. Podía ser un miembro de esta, una persona amiga o sencillamente un conocido. Por otra parte, las causas de muerte, siempre repentinas, ya que los fallecimientos esperados por un padecimiento o enfermedad, no tenían gracia alguna, se clasificaban en naturales o accidentales, y estas últimas las anunciaba en las categorías de con o sin sangre y por los motivos de fuego, agua o golpe.

   En una ocasión la madre pronosticó la muerte drástica de un conocido por esta última causa,  y se estuvo discutiendo si debía abrir un nuevo acápite, pues la persona en cuestión, de quien no recuerdo el nombre, murió a consecuencia de un rayo que le cayó en medio del campo, pero la madre defendió el criterio de que quien tiene la desgracia de servir de pararrayo, lo que siente es como un golpe muy fuerte en la cabeza y nunca llega a percibir la electricidad.

   Ahora bien, la consagración de sus dotes ocurrió un día del año cincuenta y ocho.

   Mi padre tenía la costumbre de levantarse temprano para, por el traspatio, ir abrir la farmacia, que ya era suya, recibir a los empleados y distribuirles el trabajo, y sólo pasadas las ocho, volvía a la casa a desayu­nar; sin embargo, el día de lo acontecido, mi madre se le apareció en bata de casa llorando junto al mostrador del dispensario donde preparaba unas pomadas, pues según ella, acababa de ocurrir una desgracia. Un hombre cortaba un árbol, y este cayó sobre él y su hijo que permanecía cerca, aplastándolos a los dos; el niño ya estaba muerto, pero el padre no, y pedía ayuda. El relato de su visión fue tan convincente que allí mismo se movilizó a medio pueblo y se organizaron las cuadrillas de búsqueda sin saber exactamente hacia dónde dirigirse, pero no demoró en saberse que alguien había visto temprano a Ismael Jerónimo, hacha al hombro y acom­pañado de su hijo, dirigirse hacia los montes de Ajinjibral, y hacia allá fueron a buscar. A las diez de la mañana ya estaban de regreso con los dos cadáveres. El niño, en efecto estaba muerto, pero Ismael tuvo vida para explicar lo sucedido tal y como mi madre lo había descrito. Cuentan que ya de camino al pueblo, y sin que le hubieran dicho por qué habían salido a buscarlo, el pobre hombre antes de morir, pidió que le  dieran las gracias a la mujer del boticario por haberles avisa­do.

   Más de un espiritista vino a ver a mi madre, unos, antes de  establecerse en la zona para conocer si ella pensaba abrir  consulta, y otros, los que se iban, para aconsejarle que se  ocupara de trabajar y desarrollar su gracia, pero a mi madre no le interesaba y en más de una ocasión le rogó a Dios que la librara de aquellas premoniciones, pedido que le fue complacido poco a poco y en la medida que se fue poniendo vieja; sólo para su muerte, el túnel comunicante entre los dos estados conocidos por ahora para el hombre, se abrió para ella, y por él regresaron sus muertos para acompañarla en el momento de la partida.

   A mi madre se le diagnosticó una tumoración cancerosa en  abril de mil novecientos noventa y cinco, y en diciembre de ese año, cayó definitivamente en cama.

    Yo, que era quién la atendía, dejé de ser yo, y me convertí indistintamente en Eloísa o Armando, los hermanos muertos de mi madre, pues a ellos llamaba o agradecía el servicio que le brindara.

   Una mañana llegó la enfermera y le puso la nueva inyección indicada por el médico de cabecera; inmediatamente mi madre tuvo un paro respiratorio que hizo pensar que ya terminaba. Sin posibilidad alguna de recupera­ción de su enfermedad y atendiendo a su deseo tantas veces expresado, se esperó pacientemente a su lado cuando, para sorpresa de todos, su respiración se fue restableciendo, volvió a tomar conciencia de sí y pudo hablar de nuevo para muy ingenuamente explicar:   

   ─Vino una mujer a buscarme, pero cómo me iba a ir con ella, si yo no la conozco.

   Además, ya mi madre había dicho la fecha de su fallecimiento, y ese no era el día.

 

 



[1] Como la progenitora no podía bañar ella misma a sus ocho hijos, los mayores bañaban a los más pequeños, los del medio se bañaban solos y, aunque no quedaran siempre del todo limpios, problema resuelto. Así, y sin ser presbiteriana, era de  práctica mi abuela.

[2] Se trata del corrido del puertorriqueño Leopoldo González El desastre del Morro Castle inspirado por el lamentable incendio en el barco de ese nombre que cubría la ruta La Habana‑Nueva York el día 7 de septiembre de 1934 y en el que murieron ciento treinta y dos personas, entre ellas, varios recién casados.

 

Mi madre

    Contaba mi madre que de niña, frecuentemente se le aparecía una mujer que sólo ella y ninguna de sus hermanas o primas con las que jugara en ese momento, veía. Esto le ocasionó más de una burla:    

   ─Aida, bobita, habla solita.

   La madre nunca pudo definir quién era aquella visión, si santa Bárbara o quizás la Virgen; sólo, decía, se trataba de alguien que le transmitía una infinita paz

    ─Vestía de blanco con los hombros cubiertos con una capa roja. El pelo negro, sedoso y largo hasta la cintura.

   Si su progenitora, o sea, mi abuela, no hubiera sido una persona tan práctica como lo era en el sentido de simplificar al máximo la vida, hubie­ra llevado aquel hecho hasta el conocimiento mismo del obispo de La Habana y quién sabe si hoy en día tendríamos de Patrona  Nacional, no a la Virgen de la Caridad del Cobre, sino a la  Virgen de la Paz de Meneses; quizás entonces hubieran metido a monja a la pobre muchacha, y el hijo (entiéndase: yo) no hubiera nacido, pero como las cosas en esta vida dependen del azar, mi abuela se limitó a prohibirle a su hija que hablara de aquella mujer, después le dio una monda por desobedecerla y, ante la terquedad, terminó llevándola a una espiritista que le rezó un poco sobre la cabeza y le indicó que la bañara con agua de flores blancas restregándole bien detrás de las orejas.[1]

    A medida que la madre fue creciendo, las apariciones de  aquella visión fueron distanciándose cada vez más hasta  desaparecer totalmente. La última vez, contaba, ocurrió el día antes de tener ella su menarquia, y fue que con aquel sangramiento entre las piernas, perdió el candor y la inocencia de la infancia o que la Virgen comprendió que no había hecho una buena selección del mortal con el que preten­dió transmitir a los hombres su mensaje de paz; pero es que mi abuela no estaba para complicarse la vida con una hija vidente como se les debe haber complicado a las mamás de los tres pastorcillos de Fátima, que hasta dos de ellos murieron siendo niños.

   Unos cuantos años después, a mi madre se le comenzó a aparecer el espíritu de su, también virgen, prima María Dolores.

   Coincidentemente con que esta joven debía coser su ajuar de bodas, mi madre, después de haber sido pedida en matrimonio, tal y como era la costumbre de la época, trabajaba en el suyo, mas perteneciendo María Dolores a la rama ricos de la familia, y con el objetivo de hacerle menos pesada la tarea, mandaron a buscar a la prima pobre para que cumplieran juntas con aquel ritual.

   ─Tía María está comentando ─dice mi madre que le dijo a su prima María Dolores cuando se quedaron solas─ que no te ve nada  entusiasmada con tus sábanas.

   ─Es que sé que no me voy a casar ─dice que le contestó.

   Para cerciorarse de que nadie las oiría, mi madre miró  hacia el interior de la casa por encima de una de las arecas del portal, se sentó en el borde del sillón de mimbre en el que bordaba e inclinándose hacia delante, susurró la pregunta:

   ─¿No te gusta tu novio?

   ─No es eso ─le contestó después de terminar la puntada─. Es que tengo el presentimiento de que me voy a morir antes.

   Mi madre sintió abrirse la mampara que daba al comedor y vio venir a la tía con una bandeja con dos vasos de agua de coco fría, le indicó a la prima hacer silencio y se puso a tararear una canción de moda:

   ─Y mientras todos dormían

      llenos de un dulce sopor,

      los espiaba la muerte,

      que andando silente,

      iba en el vapor.[2]

Una semana antes de la boda y cuando después de terminar con el último fundón, María Dolores guardaba los hilos en el costurero, un ratón cruzó velozmente por debajo de este.

   ─¡Ay! ─gritó la joven y con el susto tumbó al suelo la mesita con la caja, desparramando carreteles y agujas sobre el rastro dejado por el roedor.

   Mi madre se agachó para, entre risas y bromas, ayudar a la  prima a recoger botones, broches, madejas y dedales regados por todo el piso, y cuenta que al ir a levantar una aguja, María Dolores se pinchó un dedo que enseguida se llevó a la boca para limpiar la gota de sangre.

   El día de la boda, la novia amaneció con dolores musculares y fiebre; a la hora en que debía haber salido vestida de blanco para la iglesia, no pudo levantarse de la cama, esa noche perdió el conocimiento y dos días después murió.

   Por el luto y los escasos recursos del novio, aún dependiente de una farmacia ajena, el casorio de mis padres no tuvo ni la centésima parte de la fastuosidad que iba a tener la celebración del de la novia muerta. Mi padre se trasladó con el juez y los testigos en una máquina de alquiler hasta la casa del suegro, allí firmaron el acta y se abrieron unas cidras españolas para brindar. Mi madre se cambió el senci­llo vestido de novia por un traje de chaqueta de guinga azul y se dispuso a partir con su amado hasta cinco cuadras más allá donde estaba la casa que habían acondicionado con los muebles vendidos baratos por  un guardia rural a quien la esposa le había sido infiel. Todos los presentes besaron a la novia deseándole la felicidad, y le dejaron caer en la cabeza un puñado del arroz que atraería la abundancia para la pareja.

   Mi padre pensó que la demora de la esposa en el baño era por el pudor que como buena recién casada pudiera sentir para venir a la cama, cuando en realidad mi madre escuchaba al espíritu de María Dolores, pues esta se le apareció para hacer votos por su felicidad en el momento que  se sacudía el arroz del pelo, granos que la prima le aconsejó recoger y guardar para que su promisión pudiera ser efectiva. 

   Mi madre le agradeció sus buenas intenciones y por su parte le deseo que descansara en paz, pero la muerta no se retiraba y le dio largas a la conversación en la que poco a poco fueron surgiendo sus verdaderos sentimientos de inconformidad por haber fallecido y envidia por el matrimonio de la prima pobre.

   ─Tú nunca fuiste así, María Dolores ─le reprimió mi madre.

   ─Hablas de esa manera, porque estás viva y ahora vas a disfrutar de un hombre ─le dijo con rabia y cogió la navaja del que sería mi padre, que estaba encima del lavamanos, y se la enseñó a mi madre─, pero si te suicidas, te irías ahora conmigo para otra dimensión y seríamos felices por siempre. ¡Vamos, mátate!

   Como ni aún en ese momento, mi madre le tuvo miedo al espíritu de ningún difunto, fue a trazar en el aire una cruz con la mano para alejar a la muerta, cuando los toques del esposo en la puerta del baño la desvanecieron.

   ─¿China, te ocurre algo?  

   Quince días después, se le volvió a aparecer para pedirle  perdón y llorar por su suerte, pero terminó recriminándole a mi madre su felicidad de recién casada. Y así, con frecuencias irregulares y cuando menos se esperaba, repitió sus visitas durante varios años. Siempre fingiendo humildad y arrepentimiento, imitando al ser apacible y bondadoso que fue en vida, cuando en realidad la inquina y la malevolencia eran quienes le guiaban en la muerte. La madre siempre le pidió que la dejara y se fuera a descansar, le deseaba la luz necesaria y rogaba por la paz de su alma.

   Después de algunos años sin aparecer, lo hizo por última vez a los pocos días de yo  haber nacido. Cuenta mi madre que una tarde la vio a los pies de la cama.

   ─Supe que pariste y vengo a ver a tu hijo ─caminó hasta la cuna y le fue a abrir el mosquitero.

   ─Con el niño si es verdad que no ─le gritó mi madre y se levantó del lecho, cogió de sobre la mesita de noche un frasco que casualmente le habían traído de regalo y la roció con agua bendita─. Aléjate, espíritu maligno. Este no es ya tu mundo. En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, descansa en paz.

   El perder contacto con seres del más allá, hizo que mi madre tensara no sé qué cuerda sensible y misteriosa que le permitía conocer los acontecimientos antes de que estos ocurrieran, sobre todos de aquellos relacionados con la muerte.

   ─Va a fallecer un amigo.  

   Las defunciones las tenía catalogadas según el grado de relación con la familia. Podía ser un miembro de esta, una persona amiga o sencillamente un conocido. Por otra parte, las causas de muerte, siempre repentinas, ya que los fallecimientos esperados por un padecimiento o enfermedad, no tenían gracia alguna, se clasificaban en naturales o accidentales, y estas últimas las anunciaba en las categorías de con o sin sangre y por los motivos de fuego, agua o golpe.

   En una ocasión la madre pronosticó la muerte drástica de un conocido por esta última causa,  y se estuvo discutiendo si debía abrir un nuevo acápite, pues la persona en cuestión, de quien no recuerdo el nombre, murió a consecuencia de un rayo que le cayó en medio del campo, pero la madre defendió el criterio de que quien tiene la desgracia de servir de pararrayo, lo que siente es como un golpe muy fuerte en la cabeza y nunca llega a percibir la electricidad.

   Ahora bien, la consagración de sus dotes ocurrió un día del año cincuenta y ocho.

   Mi padre tenía la costumbre de levantarse temprano para, por el traspatio, ir abrir la farmacia, que ya era suya, recibir a los empleados y distribuirles el trabajo, y sólo pasadas las ocho, volvía a la casa a desayu­nar; sin embargo, el día de lo acontecido, mi madre se le apareció en bata de casa llorando junto al mostrador del dispensario donde preparaba unas pomadas, pues según ella, acababa de ocurrir una desgracia. Un hombre cortaba un árbol, y este cayó sobre él y su hijo que permanecía cerca, aplastándolos a los dos; el niño ya estaba muerto, pero el padre no, y pedía ayuda. El relato de su visión fue tan convincente que allí mismo se movilizó a medio pueblo y se organizaron las cuadrillas de búsqueda sin saber exactamente hacia dónde dirigirse, pero no demoró en saberse que alguien había visto temprano a Ismael Jerónimo, hacha al hombro y acom­pañado de su hijo, dirigirse hacia los montes de Ajinjibral, y hacia allá fueron a buscar. A las diez de la mañana ya estaban de regreso con los dos cadáveres. El niño, en efecto estaba muerto, pero Ismael tuvo vida para explicar lo sucedido tal y como mi madre lo había descrito. Cuentan que ya de camino al pueblo, y sin que le hubieran dicho por qué habían salido a buscarlo, el pobre hombre antes de morir, pidió que le  dieran las gracias a la mujer del boticario por haberles avisa­do.

   Más de un espiritista vino a ver a mi madre, unos, antes de  establecerse en la zona para conocer si ella pensaba abrir  consulta, y otros, los que se iban, para aconsejarle que se  ocupara de trabajar y desarrollar su gracia, pero a mi madre no le interesaba y en más de una ocasión le rogó a Dios que la librara de aquellas premoniciones, pedido que le fue complacido poco a poco y en la medida que se fue poniendo vieja; sólo para su muerte, el túnel comunicante entre los dos estados conocidos por ahora para el hombre, se abrió para ella, y por él regresaron sus muertos para acompañarla en el momento de la partida.

   A mi madre se le diagnosticó una tumoración cancerosa en  abril de mil novecientos noventa y cinco, y en diciembre de ese año, cayó definitivamente en cama.

    Yo, que era quién la atendía, dejé de ser yo, y me convertí indistintamente en Eloísa o Armando, los hermanos muertos de mi madre, pues a ellos llamaba o agradecía el servicio que le brindara.

   Una mañana llegó la enfermera y le puso la nueva inyección indicada por el médico de cabecera; inmediatamente mi madre tuvo un paro respiratorio que hizo pensar que ya terminaba. Sin posibilidad alguna de recupera­ción de su enfermedad y atendiendo a su deseo tantas veces expresado, se esperó pacientemente a su lado cuando, para sorpresa de todos, su respiración se fue restableciendo, volvió a tomar conciencia de sí y pudo hablar de nuevo para muy ingenuamente explicar:   

   ─Vino una mujer a buscarme, pero cómo me iba a ir con ella, si yo no la conozco.

   Además, ya mi madre había dicho la fecha de su fallecimiento, y ese no era el día.

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[1] Como la progenitora no podía bañar ella misma a sus ocho hijos, los mayores bañaban a los más pequeños, los del medio se bañaban solos y, aunque no quedaran siempre del todo limpios, problema resuelto. Así, y sin ser presbiteriana, era de  práctica mi abuela.

2 Se trata del corrido del puertorriqueño Leopoldo González El desastre del Morro Castle inspirado por el lamentable incendio en el barco de ese nombre que cubría la ruta La Habana‑Nueva York el día 7 de septiembre de 1934 y en el que murieron ciento treinta y dos personas, entre ellas, varios recién casados.

 



[1] Como la progenitora no podía bañar ella misma a sus ocho hijos, los mayores bañaban a los más pequeños, los del medio se bañaban solos y, aunque no quedaran siempre del todo limpios, problema resuelto. Así, y sin ser presbiteriana, era de  práctica mi abuela.

[2] Se trata del corrido del puertorriqueño Leopoldo González El desastre del Morro Castle inspirado por el lamentable incendio en el barco de ese nombre que cubría la ruta La Habana‑Nueva York el día 7 de septiembre de 1934 y en el que murieron ciento treinta y dos personas, entre ellas, varios recién casados.

 

sábado, 15 de agosto de 2020

ELIZABETH, ADRIANO Y SU ÚLTIMO HOMBRE DE CONFIANZA

Después de su segundo fracaso matrimonial, Adriano, según decía mi madre, debió comprender que no era hombre para estar casado, pues no volvió a intentar una relación amorosa de ese tipo, lo cual no disminuyó para nada su deseo e instinto paternal.

    Desde hacía años, con él trabaja en la finca del naranja, como hombre de confianza, el hijo de un isleño de apellido Bello. Nunca se supo si por gracia o porque en realidad era un varón bien hermoso, lo apodaban repitiéndole el apellido. Cuando Bello Bello se quiso casar, Adriano le construyó una pequeña vivienda dentro de la propiedad para que viviera allí; y al poco tiempo a la pareja le nació su primera hija.

    ꟷSe llamará Elizabeth Alexandra ꟷafirmó Adriano y, ante la cara de asombro de la madre, que había pensado otro nombre para su hija, el patrón sentencióꟷ: Como la nueva reina de Inglaterra, pues yo me ocuparé de que esta niña viva como una reina

     Desde antes de casarse, la esposa de Bello Bello era una de las empleadas doméstica en la casona y lo siguió siendo aún después de haber parido; fue por ello que, desde pequeñita la niña, se acostumbró a aquel espacio. Por la indicación de Adriano, allí Elizabeth tuvo una cuna y más tarde un corral con los juguetes que él mismo le compraba.

    ꟷYa es tiempo que le quites el pecho y comiences a darle puré ꟷle ordenó Adriano a la madre cuando consideró prudente el cambio de alimentación de la bebé.

    ꟷNo la cargues tanto.

    ꟷEsas fiebres son propias de la dentición ꟷdiagnóstico cuando la madre quiso llevarla al médico.

    ꟷHay que ponerla en el piso para que aprenda a caminar

    Y así, todo se fue haciendo como Adriano decía y decidía con la crianza de la niña.

  Durante su primer año, la madre se la llevaba de noche a dormir a su casa, hasta que Adriano decidió que pernoctaran con él. La mujer se quiso oponer, pero Bello Bello, y como había sido otras tantas veces, aún en cuestiones personales y matrimoniales, acató la voluntad del patrón.

    --Yo no sé por qué ese sometimiento tuyo con Adriano –decía mi madre que la mujer le recriminaba al esposo, sin siguiera conocer de la comidilla del pueblo, de que el patrón compartía el lecho matrimonial con ella y con su marido.

    Tanto le insistió en sus quejas, que logró que Bello Bello entendiera sus razones. Comenzaron las desavenencias entre el empleado y el dueño de la finca, hasta  que el empleado de confianza decidió abandonar su trabajo e irse a vivir a otra parte.

    --Haz lo que quieras –decía mi madre que Adriano le dijo--, pero a Elizabeth no te la podrás llevar.

    --Es mi hija –alegó Bello Bello.

    ꟷNo estés tan seguro –expresó con sorna Adriano.

    Sin siguiera haberlo consultado con los padres, Adriano la había inscrito como hija suya, y Elizabeth, durante muchos años y hasta que se casó con un norteamericano, tuvo, y al igual que el apodo de su padre biológico, el apellido Delgado por partida doble.

    A partir de entonces, la niña fue su juguete preferido. Separada de los padres, la crío a su gusto. Le puso manejadora, pero poco contacto tuvo con otros niños de su edad, por eso y, por sugerencia del médico ante el retraimiento de Elizabeth, cuando llegó a  la edad requerida, la matriculó en la escuelita de la vieja maestra del pueblo.

    ꟷ¡Nada más a mí se me ocurre! ꟷexclamó abofeteándose a sí mismo la tarde que Elizabeth regreso de sus clases con una picada de chinche en una piernita.

    Primero contrató a una joven que, habiendo graduado de Bachiller esperaba que abrieran la universidad de La Habana para iniciar sus estudios de Pedagogía. Recibía las clases en la casa, y Adriano se ocupaba personalmente de supervisar estas y evaluar el aprovechamiento de la niña. Cuando lo creyó oportuno, decidió internarla en un colegio de monjas. El más cercano, era el de las Siervas de San José, en Placetas, pero lo desechó, pues ahí le habían fomentado la vocación religiosa a la que fue su primera esposa, y se decidió por el de las Hermanas Ursulinas, recién abierto en Santa Clara.

    A pesar de haber tenido que pagar una suma considerable de dinero por una dispensa, ya que Elizabeth no era hija de un matrimonio religioso, a la semana de estar allí, discutió con la hermana directora y se llevó a la niña, pues las monjas le habían dicho que estar llorando todo el día era pecado mortal.

   A partir de ahí, Elizabeth deambuló por una serie de los mejores colegios religiosos que había, de los que por cualquier nadería lo sacaba y lo matriculaba en otro, a veces sin llegar a terminar un curso; razón por la cual, Elizabeth nunca logró establecer vínculos de amistad con otros niños, y desarrolló una personalidad tímida y melancólica.

    La piscina nunca más se llenó hasta el borde para que la niña la pudiera disfrutar sin peligro. La acompañaba la hija de la cocinera, que le servía de damita de compañía, y en ocasiones, cuando Adriano tenía a bien invitar a los hijos de la familia, entre los que encontrábamos mi hermano y yo, y algún que otro convidado especial, Elizabeth compartía con otros niños.

  En las vacaciones de verano, el padre la llevaba regularmente a los Estados Unidos y, como su cumpleaños coincidía con estas, las celebraciones fueron unas veces junto a las cataratas del Niágara, el último piso del Empire State o en las playas de la Florida. En esas oportunidades era él, y rara vez algún que otro niño, quien le cantara el happy birth-day.

    Sólo en una ocasión, cuando Elizabeth cumplió doce años, tuvo niños en su fiesta. Desconocidos y extraños, pero niños al fin y al cabo. La celebración no pudo ser en el Social Club de Jarahueca, como Adriano pretendió, pues allí no se permitiría la entrada a invitados que no fueron socios de dicho casino.

    En represalia, en la calle, frente a la entrada misma de la sede de dicha sociedad, Adriano levantó una carpa, y el cumpleaños se convirtió en una fiesta popular, en la que participó todo el que quiso.

   Vestida de princesa y sentada en el respaldar del asiento posterior del Buick convertible último modelo del padre, Elizabeth llegó al Paseo Martí para, en las dos vueltas que el auto le dio a este, recibir el aplauso del pueblo. Hubo cien cakes de chocolate traídos especialmente desde la Dulcería Wall de La Habana, dos enormes piñatas, una para varones y otra para las niñas, rifas y premios para juegos tradicionales, como el palo encebado, el gato en tinaja y el ensarte de la argolla a caballo. Fue una gran fiesta en que todos, y me incluyo, disfrutamos, aunque decía mi madre que a la homenajeada se le vio triste y asustada.

    Y como en el cuento de la Cenicienta, con las campanadas de la media noche del 31 de diciembre de 1958 todo aquello terminó. Había triunfado la Revolución y, sin siquiera esperar al 17 de mayo de 1959 para la aprobación de la Primera Ley de Reforma Agraria, el comandante Feliz Torres, que para algo se había alzado en las lomas de Bamburanao, se apropió de la finca del naranjal. Adriano tuvo que irse de allí solo con la ropa que tenía puesta, pues ni las tablas de su ataúd le permitieron llevarse.

   A la casona junto al arroyo vino a vivir un hermano del jefe rebelde, a la piscina se le dio un mejor uso en la cría de cerdos, el Ángel de la Resurrección desapareció y el rosal, sin jardinero que se ocupara de él, se marchitó. Era, decía mi madre, una nueva forma de la tea incendiaria mambisa.

    Adriano se acomodó provisionalmente en los garajes, ya sin autos de la casa de la madre en El Vedado, hasta tanto volara fuera del país; pero un infausto día de 1961, salía   en su moto del túnel de La Habana cuando un auto en sentido contrario lo embistió. Estuvo un año ingresado en el hospital Calixto García para recuperarse de las múltiples fracturas  que sufrió por todo el cuerpo. Allí fue Elizabeth una mañana a despedirse de su padre, pues por decisión de este, la entonces adolescente, bajo el cuidado de uno de los hermanos de Adriano, iba para los Estados Unidos hasta que en Cuba volviera a haber un gobierno democrático. Como le había ocurrido las veces anteriores, nunca más volvió a ver a la persona de su afecto, y ni siquiera supo directamente de ella, pues Elizabeth se negó a escribirle ni hablarle por teléfono.

     Decía mi madre que los médicos comentaron que sólo una voluntad tan férrea como la de Adriano le había permitido resistir el largo proceso de rehabilitación y volver a caminar, aunque cojo y con un brazo inutilizado, nunca fue él mismo de antes. La madre murió, los hermanos se fueron todos del país, y la casa de El Vedado quedó dividida entre sobrinas y criadas a las que la Revolución les daba derecho a parte de la vivienda; allí supo del fallecimiento de la que fue su primera esposa y pretendió infructuosamente entrar en la funeraria donde la velaban, pues el tío suegro y los primos cuñados se lo impidieron. Decía mi madre que solo por el lamentable estado físico en que se encontraba por entonces, tuvo que acatar no hacer su voluntad.

    En abril de 1964, Adriano le pidió al joven que por entonces tenía de ayudante que le comprara un pasaje para ir a visitar a unos familiares en Camagüey y el viernes de la partida le indicó que no era necesario que viniera ese fin de semana a echarle comida a la perra que tenía en aquel entonces, pues él le dejaría suficiente alimento para esos días. Viejo, solo y enfermo, muy cerca del convento de las monjas de El Vedado, donde vivía desde que la Reforma Agraria lo despojó de su finca y de las tablas de su ataúd, se colgó de una viga del garaje de la casona de su madre. El lunes, cuando el último hombre de confianza que tuvo abrió la puerta de la vivienda, vio el cadáver rodeado por un enjambre de moscas que el revoloteaban a su alrededor.

    Adriano dejó escrita una escueta nota en la que declaraba haberse suicidado; este documento sirvió para que el joven no tuviera dificultades con la justicia y pudiera heredar todo lo que le legó en su testamento: la casa del garaje, la moto, la perra, algunas joyas, ochenta y un mil pesos en una cuenta en el Banco Popular de Ahorro y veinte mil pesos más en efectivo que guardaba en una pequeña caja fuerte, cifra que para la época representaba una verdadera fortuna.

    Decía mi madre que Adriano era, no como el Rey Midas, que transformaba en oro todo lo que tocara, sino como un leproso que convertía en seres desdichados e infelices a quienes infestara con su afecto. Dos meses después de aquel suceso que transformó la vida del joven, este, propietario y rico, se fue con su esposa a veranear a Santa María del Mar. Siempre le había gustado bucear, y no perdió oportunidad para meterse en las profundidades de aquellas azules aguas de las que no salió con vida.

 

 

martes, 4 de agosto de 2020

Adriano y Aurora

Después de la ruptura de su matrimonio, cuando a los once días de casado, la esposa se refugió en el cuarto de la madre y se negara a regresar con él, Adriano estuvo un año sin volver por Jarahueca; y fue solo entonces que anunció que se había divorciado. Durante ese tiempo, su hermano Roberto se ocupó de administrarle el naranjal y contrató a un hombre para que atendiera y viviera en la finca.

    Decía mi madre que si la selección de su primo de una ex religiosa para su primer matrimonio fue algo anómalo, la escogida como segunda esposa, también constituyó una de las rarezas de Adriano.

    Un día que venía para Jarahueca en su auto, recogió en la carretera, cerca de la entrada del pueblo, a dos jovencitas que habían estado ayudando al padre en el acopiado de productos que cosechaba en el sitio que tenía arrendado y de donde sacaba el sustento para mantener a su familia. Aurora, recién había salido de la adolescencia, era menudita, pero con un rostro hermoso; en extremo tímida y asustada se limitó a bajar la cabeza ante las galanterías del hombre, y no supo qué decirle cuando la dejó frente a la modesta vivienda donde residía, y le prometió visitarla.

    Si bien, la madre de Adriano no vio con agrado aquella relación, conociendo la testarudez de su hijo, prefirió jugar el rol de cómplice y la aceptó. Fue la familia de la muchacha quien se opuso a las pretensiones de Adriano, pues sospechaban que las intenciones del ricachón no eran buenas ni honestas.

    Después de asegurarse de que el primo estaba verdaderamente enamorado y quería casarse con la muchacha, fue mi madre quien le sirvió de embajadora para sus pretensiones. Una de las hermanas mayores de Aurora le trabajaba como doméstica desde que casi era una niña, así que mi madre hizo venir al padre a la casa y se comprometió a ser ella la responsable y garante del noviazgo; trajo a la jovencita para mi casa y, como en la opereta Mi bella dama, se ocupó de educarla para el rol de esposa de un hombre rico.

    La boda se efectuó solo por lo civil, y si bien, el deslumbramiento de Aurora por la nueva vida hizo que fuera feliz por dos años, la conducta extravagante de su marido la decepcionó. Durante su vida de casada se vio obligada a dormir con una perra pastora alemana en medio de la cama. En La Habana, si iban al teatro, y a Adriano no le gustaba la obra, sin siguiera consultarle, en medio de la función la hacía pararse y salir. Era él quien la vestía y peinaba a su gusto. En una ocasión la llevó a la peluquería para que le hicieran un croquiñol de moda, mas cuando vino a recogerla, no le gustó como había quedado, discutió con la peluquera y la llevó a otro salón; hizo que la pelaran hasta quitarle todos aquellos rizos, por lo que la pobre mujer se quedó prácticamente con el pelo a ras del cuero cabelludo.

     Como Aurora era bien delgadita, y él, un hombrón grande y fuerte, en Jarahueca gustaba de sentársela en el hombro y salir así a hacer visitas o compras en el pueblo. En una ocasión, por gracia, la tiró a la piscina con ropa delante de un grupo de amigos que habían venido invitados a compartir una tarde de esparcimiento en la finca. A un visitante impertinente, hizo que le sirviera una amarga medicina en copa de vino, afirmando que era un licor especial, el rehusó tomar, pero ella tuvo que hacerlo sin las muestras de asco conque normalmente lo ingería.

    Si bien Adriano, inicialmente ayudó económicamente a la familia de Aurora, la separo de ellos, pues prohibió que la visitaran y rara vez la llevaba él, unos minutos, a ver a la madre. Sin nadie con quien siquiera confiarse, la infeliz mujer cayó en un lamentable estado depresivo; dejó de comer y, si en alguna ocasión, el marido la obligó a tragar apretándole la nariz, no podía evitar que después vomitara lo ingerido. Fue el médico de pueblo quien le recomendó llevarla a La Habana para ingresarla en un hospital.

    Cuando la suegra la vio, comprendió enseguida el sufrimiento de la muchacha y decidió tomar cartas en el asunto. La llevó a su cuarto, y solo fue necesario ofrecerle que se desahogara con ella, para que Aurora se echara llorando en sus brazos y le dijera que no quería seguir viviendo con su marido.

    Decía mi madre que únicamente su tía era capaz de enfrentársele al hijo, y así lo hizo. Le exigió que se marchara, pues ella se ocuparía de atender a la joven. Adriano, como había ocurrido con su primera esposa, sin siquiera poder volverá a ver a Aurora, tuvo que salir solo de aquella casa y regresar a la su paradisiaca finca del naranjal.

 

 

domingo, 26 de julio de 2020

Adriano y Elvira

Adriano fue el hijo del medio, quizás por eso, decía mi madre que en la familia se referían a él nombrándolo "palo de cañada". Y no es que fuera, como el del refrán popular, un individuo atravesado, si no, y más bien, un tipo medio raro.

   De pequeño, aislado y taciturno, no se dejaba tocar, porque decía que tenía lepra. Mucho lo castigaron por ello, y no fue hasta después de cumplir los siete años que anunció que el niño leproso que lo habitaba, se había marchado. Cambió entonces su forma de ser y se manifestó como siempre sería.

    Adrianito aprendió a leer y a escribir con el mismo maestro de todos los niños varones de familias pudientes de Meneses, y fue este experimentado pedagogo quien supo percibir las características especiales de su personalidad y lo describió como: inteligente, independiente, cariñoso, pero tozudo, trasgresor, voluntarioso, empecinado y caprichoso a más no poder. Le pronosticó las posibilidades de un futuro brillante y una dable sufrida adultez. El maestro con mucha diplomacia supo sugerirles al abuelo lo adecuado de matricular al niño en un rígido plantel religioso. Y con sólo ocho años fue internado en el Colegio Belén de Marianao, de los Padres Jesuitas.

     Fue allí donde Adriano comenzó a padecer de pesadillas.

    Decía mi madre que estas no eran verdaderas pesadillas, más bien sueños tormentosos que de forma recurrente le acompañaron gran parte de su vida.

    Cerca de Meneses no existía ninguna línea férrea, y, hasta el día que el padre, por orden del abuelo, lo llevó a Caibarién para abordar el que los llevaría a La Habana, Adriano no había visto un tren; y la locomotora, aquella mole de hierro detenida en la estación rodeada de la niebla producto del calor de su caldera de vapor y el frío de la madrugada, resoplando cada cierto tiempo chorros de humo, le cautivó, con una mezcla contradictoria de admiración y miedo. Sentado junto a la ventanilla de uno de los coches de primera clase, la sintió jadeando con fuerza para ponerse en marcha y arrastrar tras de sí la larga hilera de carros, e ir tomando velocidad hasta atravesar con ligereza vertiginosa campos y ciudades.

    Desde entonces aquel rugiente transporte simbolizó para Adriano la fuerza con que se debía enfrentar la vida; por eso la angustia que sentía en sus sueños cuando, por el peso del maletín del abuelo, no podía avanzar para alcanzar el tren; y sudoroso e impotente se despertaba.

    Su disciplina en el plantel no era la mejor. Con frecuencia transgredía las normas de conducta e incumplía los horarios, pero no por maldad expresa, sino porque su espíritu inquieto y afán de averiguar y saberlo todo lo llevaban a abandonar las hileras, a no acudir al comedor a tiempo y a aburrirse en la misa. A pesar de su bella voz, el director del coro lo amenazaba constantemente con expulsarlo, pues le gustaba marchar a un tempo diferente al exigido en cada salmo o cambiaba a su gusto las letras de los cantos litúrgicos.

    Decía mi madre que por sus buenas notas no fue declarado el peor alumno de su graduación del nivel primario, pero el cura director le comunicó a los padres que no lo aceptarían en el siguiente curso, cuando debía comenzar su enseñanza media, y les sugirió lo llevaran a una academia militar donde fuera sometido a un sistema disciplinario más severo aún que el religioso.

    Recientemente habían abierto la Havana Military Academy, y allí fue a dar Adriano, sometido a un régimen marcial, no para estudiar Bachillerato, sino el Junior School como aspirante a cadete del ejército norteamericano. Fue entonces cuando le comenzaron de nuevo los sueños tormentosos, ahora con un contenido diferente. La escena onírica siempre comenzaba bañándose junto a sus compañeros militares en la casa del abuelo; entonces venían fieras: leones, tigres o panteras, y él intentaba infructuosamente de cerrar puertas y ventanas para que no entraran hasta donde se encontrara. Decía mi madre que Adriano siempre quiso saber qué podía significar aquel sueño, pero nunca le encontró explicación.

    Al terminar aquel nivel de enseñanza, convenció al abuelo, quien seguía siendo el patriarca de la familia, de que a él no le gustaba la vida militar. Este decidió enviarlo a los Estados Unidos a cursar el High School, y en el otoño de 1926, el adolescente fue a dar a Boston, la ciudad donde estudiaron muchos de los hombres y algunas de las mujeres de la familia. Al año siguiente, como no le gustó la sociedad bosniana, se fue, por su cuenta y riesgo, a Washington, donde terminó su enseñanza media y matriculó en la universidad, decía mi madre que una extraña carrera que nadie supo de qué se trataba, pero que Adriano abandonó sin terminar ni el primer semestre.

   Nunca se supo qué hizo ni a qué se dedicó a partir de entonces durante el tiempo que permaneció en el extranjero, y sólo regresó cuando, fallecido el abuelo, le correspondió parte del patrimonio familiar.

     Decía mi madre que antes de salir para los Estados Unidos, Adriano sembró una postura de cedro junto a un arroyuelo cerca de Jarahueca, y en el reparto de la herencia, quiso que las tierras donde crecía el árbol, fueran de su propiedad.

    Veinte años después de plantar el cedro, lo taló y aserró sus maderas; con ellas mandó a construir un ataúd para ser enterrado el día que muriera, y guardó con celo las tablas que sólo debían ser ensambladas en el momento oportuno.

    Los Estados Unidos, después de finalizada la Primera Guerra Mundial, entró en una depresión económica que el presidente Roosevelt intentó superar y, en 1932, tomó toda una serie de disposiciones, entre ellas el Tratado de Reciprocidad Comercial con Cuba. Tal medida estimuló a los propietarios cubanos a sembrar caña para producir azúcar, y fueron varios los parientes y amigos que en tal sentido aconsejaron a Adriano para que ocupara sus tierras, pero este no era su propósito.:

     --Tiene que haber otros productos para que sean endulzados con el azúcar.

    Y la razón se la dio la comisión de la Foreing Policy Associaton que al año siguiente vino al país y en su informe final recomendó la diversificación de la producción agraria cubana.

    --Voy a cosechar naranjas –dijo Adriano y para ello dedicó sus tierras, en la que además construyó una estancia paradisíaca, a la que se accedía cruzando un portón de filigranas de hierro, imitación de la puerta del Parque de Verano de los zares rusos en San Petersburgo vista por Adriano en una exposición fotográfica en el Museo de Arte Contemporáneo de Nueva York,  con un bungaló de tabloncillos encima de una de las laderas del represado arroyo, al que se llegaba a través de puentes e islitas, entre plantas de flores acuáticas, helechos y el murmullo de las aguas saltando por entre las rocas. Completaban el lugar una piscina, un pabellón de madera, un rosal con un Ángel de la Resurrección en el medio, y bancos de granito diseminados por entre las casuarinas que rodeaban una planicie de césped.

    --Ahora debo casarme –se dijo cuando dio por terminado lo que sería la sede de su hogar, y después de repasar las primas casaderas, se decidió por Elvira.

  

    Elvira siempre fue una niña especial.

    De tez rosada, rubia y de ojos azules, desde pequeña hizo de angelito en las procesiones de San José, el patrón de Iguará. La vestían con una bata de tafetán blanco y le ponían unas alas de papel crepé rizado en las espaldas. Arrodillada sobre las andas y, oyendo los cantos de la ceremonia religiosa, entre flores y cirios, paseaba por las calles del pueblo junto a la imagen del santo. 

    En uno de aquellos 19 de marzo, cuando regresaron al templo y colocaron de nuevo la talla en el altar, decía mi madre que nadie se percató de que la niña había quedado en éxtasis. La vieron cuando fueron a cerrar la iglesia, pero las beatas, los feligreses ni los familiares sabían qué hacer, pues la niña no respondía a llamado alguno ni reaccionaba a los zarandeos que le hicieron. Con las manitos sobre el pecho en posición de oración y los ojos mirando al cielo se mantuvo hasta que a alguien se le ocurrió rociarla con agua bendita.

    ─San José me pidió que sea monja –dijo cuando volvió de su arrobamiento.

    Como era la usanza de la época para las niñas ricas, después de cursar los grados primarios con una maestra particular, Elvira, y dadas las ventajas que brindaba la recién inaugurada Línea Norte de Ferrocarriles de Cuba, fue enviada interna a un colegio de monjas abierto en Placetas por la congregación Siervas de San José.

    Si bien la familia no le dio importancia a lo expresado por Elvira el día de la procesión con respecto a su vocación religiosa, las profesoras del plantel lo interpretaron como un milagro de su santo patrón y se ocuparon de estimularle la disposición para el supuesto matrimonio con Dios. Orientada por la superiora del colegio, esperó cumplir dieciséis años para manifestar su deseo de ingresar en el noviciado de la orden.

   Decía mi madre que la negativa del padre fue rotunda, y dijo que si era necesario, como hizo el progenitor de Santa Bárbara, la encerraría en el desván de la casa. La madre le reclamó obediencia a su padre, los hermanos se rieron de ella y las hermanas le hablaron de novios, pero Elvira se mantuvo decidida a llevar a adelante su propósito.

    Una mañana, cuando la sirvienta que la atendía fue a ayudarla a vestirse para que bajara a desayunar, se la encontró semi muerta en la cama. Estaba rígida, con los ojos en blanco y fría, pero la supieron viva por la tenue respiración que mantenía.

    ─Es castigo de Dios por no dejarla meter a monja –se atrevió la madre recriminarle al esposo.

    ─Es un estado catatónico severo –diagnóstico el médico después de un exhaustivo análisis de la joven. Y ante la mirada interrogante y angustiosa de los padres, agregó─: Pero su vida no corre peligro.

   Si bien era cierto que su vida no corría peligro, el diagnóstico del joven facultativo estuvo errado, pues en realidad se trataba de una conversión histérica; pero eso no tuvo mucha importancia, dado que el tratamiento indicado era eficaz para ambas patologías: baños de agua helada, así que, no más la madre, ayudada por las criadas de la casa, metió a Elvira en una tina de agua con hielo, esta volvió en sí.

    ─El nuevo doctor te salvó la vida –le dijo el padre─, así que como en los cuentos de antes –agregó enfático─, te voy a casar con él.

    ─Voy a ser monja –insistió Elvira.

    Fue entonces el padre quien enfermó de unas fiebres que lo hacían convulsionar tres veces al día. Decía mi madre que ni la junta de doctores que hicieron el joven médico de Iguará, el de Meneses, y otro más, venido especialmente desde Santa Clara para el caso; ni la cadena que armaron los tres más renombrados espiritistas de la zona ni mucho menos la consulta de un famoso babalao a los orichas africanos, dieron pie con bola con lo que le ocurría al enfermo.

    ─Hay que darle los Santos Óleos para que muera en paz –sugirieron las beatas del pueblo.

   ─Si quiere vivir –manifestó Elvira al salir de otro de sus éxtasis histéricos─, lo que tiene que hacer es autorizarme a entrar en el noviciado.

    Decía mi madre que no se sabe si fue casualidad o un milagro de Dios, pero no más el padre dio, balbuceante y moribundo, el consentimiento para que Elvira cumpliera su vocación religiosa, dejó escapar un gas intestinal más fétido que el tufo de un cadáver en descomposición, y se le quitaron las fiebres.

    La madre acompañó a Elvira hasta La Habana, pagó la dote estipulada y dejó a la muchacha en la antesala de un hermoso convento recién construido en El Vedado. Miró a la hija atravesar la puerta interior al claustro pensando que era la última vez en la vida que la vería.

    Sor Elvira del Santo Esposo José sólo pudo resistir los ayunos, penitencias y vigilias de la vida religiosa por tres años. Su salud se vio debilitada al extremo de que la Superiora de la congregación, ante el peligro de que la joven falleciera sin profesar sus votos, mandó a buscar a la madre para que se llevara a la hija; y sin bien esta retuvo las lágrimas cuando la vio entrar al claustro, no las pudo evitar cuando se abrió la puerta interior a la antesala del convento y vio salir lo que quedaba de su hija. Era un ser escuálido, con la piel, por la anemia y falta de sol, prácticamente transparente, pelada a rape y con los ojos hundidos entre los huesos de la cara.

   ─San José se equivocó al escogerme como esposa –fue el saludo de Elvira a la madre antes de echarse en sus brazos.

 

     Hacía ya tres años que Elvira había colgado los hábitos de monja cuando se anunció el noviazgo con Adriano, lo cual, decía mi madre que no dejó de ser una sorpresa para toda la familia. Hubo quienes opinaron que Elvira había aceptado presionada por un padre autoritario y rico, pero negado a mantener de por vida a una hija solterona. Otros consideraban que había sido por los consejos del confesor y guía espiritual de la joven de acatar la orden de Dios de creced y multiplicaos. Mientras que los menos, y más desatinados, daban por sentado el amor de la pareja.

   La boda no se hizo esperar y se realizó en la iglesia de Iguará, a los pies del mismo San José de yeso que unos años atrás le había solicitado a la niña que se metiera a monja. Después del ágape, los novios tomaron el tren de las cinco y quince para irse de Luna de Miel a la hacienda de Adriano en Jarahueca, para dar lugar a uno de los hechos más vergonzosos ocurridos en la familia; vergüenza por la que precisamente el suceso se omitiría de las conversaciones y anécdotas familiares. Mas mi madre, en uno de esos días de nostalgia que produce la soledad de la vejez, quizás intentando sustraerme unos minutos más de mis atareadas actividades, me contó.

    Decía mi madre que a los once días de la boda, los recién casados volvieron a Iguará, a la casa paterna de Elvira. Era la primera de las supuestas visitas rutinarias que los padres de la esposa le habían pedido a Adriano. Llegaron en el tren de las diez y treinta y cinco de la mañana. Elvira iba, por indicación de su marido, con un juvenil vestido de muselina rosado descotado y a media pierna, y no con el clásico traje de saya y chaqueta gris que se avenía más acorde con su nuevo estatus social. Cubría la cabeza con una pamela de paja de la que colgaba una discordante cinta de seda verde cotorra que Adriano le había cambiado por la seleccionada por ella de un tierno color malva que le hacía juego con el discreto ramo de violetas colocado sobre el pecho para disimular lo pronunciado del escote.

      Después de los saludos, el suegro invitó a Adriano a caminar hasta el corral junto a la línea del ferrocarril para inspeccionar el envío en tren de unas reses hacia el matadero de La Habana. Regresaron cerca de la una y fue entonces que se les sirvió el almuerzo a los hombres. Cerca de las cinco, Adriano le ordenó a una de las sirvientas que le avisara a Elvira que estuviera lista para partir, pues en quince minutos debían volver a tomar el tren para regresar a Jarahueca, pero la que se presentó en el portal fue la madre de Elvira. Cerró la puerta de la casa tras ella y dirigiéndose al yerno, le dijo:

    --Dice mi hija que regreses sólo, pues ella no se vuelve a ir contigo.

    Decía mi madre que nadie supo qué ocurrió en aquella Luna de Miel, cómo fue que transcurrieron los acontecimientos propios de la ocasión ni cuándo la esposa tomó aquella trascendental decisión. Se hicieron miles de conjeturas, suposiciones y teorías; y si no hubo, de primer momento, comidillas de pueblo y décimas burlonas al respecto, fue por el silencio con que se manejó el asunto. Elvira quedó enclaustrada en uno de los cuartos del hogar paterno sin que ni siquiera las criadas supieron que permanecía allí. La madre se fingió enferma, y se cerraron las puertas de la casona a parientes y amigos. Tres meses después, madre e hija salieron de noche en un auto con destino a Caibarién; un tren las llevó hasta Sagua la Grande, y allí, tomaron un barco con rumbo a Tampa.

    Adriano, por su parte, sí tomó el tren de las cinco y quince, pero no se bajó en Jarahueca, sino que siguió hasta Santa Clara y de allí, como las reses del matadero, fue para La Habana. A Elvira nunca más, y ni siquiera muerta, la volvió a ver, pues treinta años después, cuando él intentó entrar a la funeraria donde la velaban, el tío suegro y los primos cuñados se lo prohibieron.

    Viejo, solo y enfermo, muy cerca del convento de las monjas de El Vedado, donde vivía desde que la Reforma Agraria lo despojó de su finca y de las tablas de su ataúd, se colgó de una viga del garaje de la casona de su madre.

 

 

sábado, 4 de julio de 2020

El último negro esclavo

Al igual que Cristóbal Colón fue el primer europeo que plantó un pie en la mayor de las Antillas, hubo también un primer negro que pisara la isla. De ese, del que tuvo el triste honor de iniciar la inmigración esclava en la isla, se desconoce su identidad; pero el que cerró la fila para bajar del último barco negrero, el que finalizó la entrada de esclavos a Cuba, fue Faustino Capirote.

    El bergantín Fraternicé que lo trajo desde las costas de África, llegó a la entrada de La Habana el mismo día que el Gobernador General de la Isla decretó la abolición total de la esclavitud. La noticia se la dio el práctico del puerto al capitán del navío, por lo que este desistió de entrar en la bahía, así que dejó el barco al mando de Pierre, su hijo, con las indicaciones precisas para dirigirse al litoral de Caibarién y que fondeara entre los islotes frente a la costa. Él iría por tierra a aquel sitio, donde estaba seguro podría bajar el cargamento y encontrar compradores para los negros que traía.

    Junto a Cayo Francés, sin otra cosa qué hacer Pierre, y para contrarrestar los enjambres de jejenes, se encerró en su camarote a beber aguardiente; no llegó a emborracharse, pero el alcohol que ingirió fue suficiente para encenderle ocultos deseos que traía en la sangre.

    Era costumbre de su padre, al montar los prisioneros en África, seleccionar algunas negras jóvenes para que los marineros, y él mismo, saciaran la necesidad de hembra durante la travesía. Pierre disfrutaba también de aquel pasatiempo, y si bien era conocida su preferencia por las negritas púberes, nunca se había atrevido a expresar su verdadero deseo. En ocasiones, a pesar del mal olor y lo enrarecido del ambiente, entraba en los depósitos donde iba la carga, para contemplar a los negros desnudos tirados encimas de las tarimas, y después se masturbaba con el recuerdo de espaldas, nalgas macizas y robustos muslos de los más jóvenes.

    Embotado por la bebida y sin la presencia autoritaria del padre, decidió aprovechar, posiblemente la última oportunidad, de satisfacer su apetencia contra natura. Bajó a las bodegas y seleccionó a quien después en tierra se llamaría Faustino Capirote, cuando aún era un mozalbete tallado en la imagen perfecta de las ensoñaciones eróticas de Pierre; y, con un par de grilletes en los pies, se lo llevó a su camarote.

    Intentó limpiarlo un poco con un trapo mojado, pero el muchacho estaba tan asustado que no se dejaba tocar. Como sabía que por la fuerza le sería imposible poseerlo, pensó emborracharlo y le ofreció una jarra de ron. Sediento, el mozo se llevó a los labios el recipiente, pero no acostumbrado a aquel líquido que quemaba, lo escupió. Tendría que amarrarlo y, amenazándolo con una fusta, le indicó por señas que se acostara en el catre. Lo puso de espalda y le ató las manos a ambos lados del camastro. Con la misma cadena de los grilletes le sujetó los pies en las barras laterales. Para ello tuvo que separarle las piernas y fue entonces cuando pudo disfrutar de la vista que aquella grupa le mostraba: la hondonada que desde la espalda se insinuaba ligeramente, se hacía profunda y tentadora entre las dos tajadas de carne recia y abundante de las nalgas, y los testículos asomados entre los muslos.

    Pierre se le acercó y, precisamente por allí, comenzó a acariciarlo. El muchacho, si bien hasta ese momento había obedecido sin protestar, comenzó a rebelarse intentando deshacerse de las amarras y emitiendo voces que el negrero no entendía, pero que lo excitaban.

    ─Ahora te podrás quejar a tu gusto –le dijo cuando dispuesto a penetrarlo se puso a horcajadas sobre el catre, pero en ese momento tocaron en la puerta del camarote.

    ─Pierre, tu padre se acerca en un bote –le avisó uno de los marineros.

    El capitán había logrado, con la anuencia comprada del teniente de la Villa de San Juan de los Remedios, desembarcar la carga que traía por la playa de Carbó para vender la negrada a los colonos de la zona de San Isidro de Mayajigua y Yaguajay.

    En un momento llegarían dos patanas y había que apresurase en cubrir la desnudez de los futuros esclavos para poderlos llevar a tierra. En grupos de cinco en cinco los fueron sacando de las bodegas y les daban alguna prenda de vestir. A las mujeres era fácil cubrirlas, pues les ponían un sayo por la cabeza; pero los hombres perdían el equilibrio cuando intentaban meter los pies por las patas de los pantalones, y no lograban anudarse la tira de la cintura.

    Ya cuando el último grupo iba a descender hasta la barcaza que los llevaría a tierra, Pierre volvió a su camarote, soltó las amarras que sujetaban a Faustino, y con una de las toscas ropas de mujer, vistió al muchacho.

    Las dos patanas con la carga de negros recién traídos de África arribaron a la costa, y como Faustino Capirote ocupó el extremo de la cadena que arrastraba la fila de cautivos, fue el último en saltar al agua, para que las olas, llenas de sargazos, le acariciaran las piernas y los pies antes de marcar su huella en la arena, y dejar sellado así la entrada de esclavos a Cuba.

   Allí los esperaba Julián Zulueta, le pagó al capitán la mercancía, y este, junto a su hijo y a otros marineros, abordó el bote que los llevaría de nuevo al barco.

    ─¡Allez, ramez! –ordenó Pierre antes de lanzar una nostálgica mirada a la masa de negros desembarcados en tierra, tratando inútilmente de descubrir al muchacho con el que estuvo a punto de satisfacer el deseo, por tanto tiempo, oculto y reprimido.

   Los esclavos fueron conducidos a unos improvisados albergues de paredes de yagua y techos de guano ocultos en un monte cerca del trapiche Dolores y les dieron de comer del primer rancho que tendrían en la isla.

    Al día siguiente, cuando Don Julián volvió para chequear la mercancía, percibió el mal olor mucho antes de llegar al lugar donde se encontraban, y es que, el sazonado caldo con grasa de cerdo, a la que aquellos infelices no estaban acostumbrados, los enfermó del estómago, y habían tenido deposiciones pestilentes  por donde quiera.

    ─¿Cómo voy a vender estos negros cagados? –exclamó Julián Zulueta y ordenó que los llevaran al riachuelo cercano para que se bañaran y lavaran la ropa.

    Sucias y apestosas como estaban, las hembras no dejaban de ser, al menos, una visión apetitosa para sus guardianes, guajiros toscos y primitivos; y ellas fueron las primeras en ser conducidas hasta la poceta.

   ─¡Miren para acá! –le dijo uno de aquellos hombres a sus compañeros. Sostenía a alguien de espalda y por los hombros, y cuando los demás miraron, lo hizo girar para que lo vieran de frente.

    ─¡Una hembra con huevos y rabo! –exclamó uno de los peones.

     ─¡No seas comemierda! –dijo el capataz del grupo─ ¿No ves que este es macho?

   Y como si hubiera tenido la culpa del supuesto engaño, al infeliz le dieron el primer bofetón de los muchos que recibiría en su condición de esclavo.

   ─Y yo que la iba a tirar al suelo para subírmele arriba –lanzó con burla quien lo había descubierto.

    Tuvieron que esperar tres días para comenzar la venta clandestina de aquellos seres. En ese tiempo, murieron dos viejos y los dos únicos niños que había en la partida.

    ─No voy a sacar ni los gastos –se quejó Julián Zulueta, pero con buenos argumentos aprendidos en su larga experiencia de vendedor de seres humanos, unas veces regateando y otras cediendo en el precio pedido, fue saliendo de la carga.

    Faustino fue comprado, junto con otros dos jóvenes, por don Miguel Capirote, un gallego empobrecido, a quien solo le quedaba una pequeña colonia de caña, cerca del poblado de Meneses. Con aquella inversión, para la que usó todo el capital en efectivo que le quedaba, pensaba mejorar sus negocios. Fue él quien le dio nombre cristiano a Faustino y, como era la ordenanza de la época, su apellido.

    Don Miguel, en compañía de un mayoral, se llevó a los tres negros por los trillos del monte para no ser visto. Llegaron de noche. Una esclava les dio de comer a los encadenados antes de que los encerraran en la parte que quedaba en pie del antiguo barracón, y allí se tiraron en el suelo a dormir.

   Al día siguiente, en las primeras horas del alba, cuando el sol sólo se anunciaba en un enrojecido horizonte, los despertaron y los sacaron fuera para que tomaran un tazón de agua caliente con azúcar y comieran unos galletones antes de repartir las guatacas para desyerbar la caña que nacía. A los nuevos esclavos les mantuvieron los grilletes en los pies para que no pudieran escapar y así se los llevaron para el cañaveral.

    Los otros dos negros que habían venido con Faustino, procedían de una etnia africana diferente, y por tanto hablaban otra lengua; el resto de la dotación había nacido en Cuba, así que el joven no tenía con quién comunicarse. Se sentía infeliz y desdichado, pero no por ello, dejaba de mirar con asombro aquel mundo totalmente nuevo y desconocido para él.

   La primera mujer blanca que Faustino vio en su vida fue a la esposa de don Miguel Capirote. Ocurrió al mediodía, cuando los regresaron al batey de la finca. Ella estaba en la cocina de la casa y salió un momento al patio. Faustino se maravilló al verla y, a un descuido del mayoral, se salió de la fila y se le acercó dando traspiés por culpa de los grilletes.

   La mujer no se había percatado, pero el revuelo de las gallinas la hizo levantar la vista y ver al joven. El susto la dejó inmóvil, pero cuando este trató de olerla de cerca, reaccionó y gritó. El mayoral ya venía corriendo y lo apartó con brusquedad.

    ─No se asuste, doña –y a manera de justificación por su negligencia, aclaró─: Es que es de los que llegaron anoche.

   La esposa de Capirote entró a la carrera para la casa y cerró la puerta de la cocina.

    ─Vamos, negro. Apártate –le gritó el mayoral─. Ni esa ni ninguna blanca es para ti –le dijo mientras lo empujaba, pero Faustino sin entender el significado de aquellas palabras, comenzó a danzar, dándose en el pecho con los puños y, más que cantar, emitía unos sonidos guturales con los que los hombres de su tribu excitaban sexualmente a las mujeres en los rituales de cópula colectiva. Y por el resto de su vida la mujer blanca fue la única imagen que tuvo para la satisfacción de sus ímpetus masculinos.

    De nada valieron el látigo y el cepo. La señora no se podía dejar ver de Faustino, pues este se excitaba y quería acercársele.

    ─Lo voy a capar –amenazaba don Miguel─. ¡Por mi madre que lo voy a capar!

    La pobre mujer vivía asustada y de noche no podía dormir. Como si tuviera un sentido fuera de lo normal, quizás el olfato, siempre que la esposa se preparaba para atender a los reclamos sexuales del marido, Faustino lo percibía y comenzaba a aullar y a gritar palabras que nadie entendía, pero que todos imaginaban lo que significaban. Entonces el mayoral tenía que venir a amarrarlo, pues se tornaba agresivo y se tiraba una y otra vez contra la puerta del barracón.

    Don Miguel, agobiado por los problemas económicos de los que no lograba salir, no sabía cómo enfrentar aquella insólita situación. Ya los esclavos habían dejado de serlo, y por lo tanto no los podía vender. Lo había inscrito en el registro de patrocinado, como si hubiera sido un antiguo esclavo suyo, pero sin hablar castellano y aún medio salvaje, cualquiera descubriría el engaño.

    El mayoral, temeroso de matarlo si cumplía los castigos que el amo le ordenaba, se limitaba a tratar de mantener controlado al joven. Puesto de acuerdo con una de las mujeres del barracón, propició que el muchacho se acostara con esta, para ver si se tranquilizaba, pero Faustino, que ya había aprendido algunas palabras en castellano, dijo:

    ─Negra no. Blanca.

   La solución, sin saber, se la trajo Tomás Delgado a Capirote. Necesitado de hombres para cortar una abundante cosecha de arroz que ya se desgranaba, vino en nombre de su tío Pepe para que le alquilara algunos patrocinados. Don Miguel aceptó gustoso.

    ─Este ―dijo cuando le entregó a Florentino―, no deja vivir a mi esposa.

    ─Yo sé lo que es estar obsesionado por una mujer. Me lo traigo.

    Faustino permaneció durante varios años al amparo de Tomás, pues don Miguel Capirote no quiso que volviera a su finca. La madre de Tomás fue quien le enseñó a hablar castellano y le cambió hábitos y costumbres, como decía ella, «de mono de la selva» por otros «de cristiano». Tomás, por su parte, lo adiestró en el trabajo del campo y le transmitió los conocimientos que tenía acerca de la cría de animales y del cultivo de la tierra.

    ─Los mameyes hay que cogerlos en menguante.

     También en aquella casa, decía mi madre que Faustino oyó quejas por otros abusos e injusticias, diferentes a los cometidos con él, pero no menos infames. Supo que también Cuba era esclava y que había que liberarla de España, y aunque estas ideas iban más allá de lo que podía entender, él procedía de una tribu de guerreros y no dudó en acompañar a Tomás a la guerra cuando llegó el momento.

   Faustino Capirote prefería combatir desde el suelo. Usaba sólo el caballo para las marchas y los asaltos, pero enseguida que estaba dentro de las filas enemigas, desmontaba y usaba a la bestia en hábiles estratagemas, pues lo mismo salía o se ocultaba por debajo del animal, que lo usaba de escudo o lo saltaba y caía al otro lado. Desde niño lo habían adiestrado a usar las dos manos, así que con la derecha manejaba la lanza de caña brava, mientras que en la izquierda blandía el machete. Forma tan original de combatir desorientaba a los soldados españoles y lo convertía en un hombre muy temible. Siempre trataba de situarse cerca de Tomás, y en más de una ocasión lo ayudó a salir de algún lance peligroso Cuando tocaban retirada, Faustino caía a horcajadas sobre su caballo y con sus descubiertos talones, golpeaba los ijares al animal y galopaba al lado de su capitán.

     A pesar de su valor en el combate, nunca alcanzó grado militar alguno, pues no tenía dotes para dirigir y conservaba muchas actitudes tribales, por ejemplo, venerar y obedecer ciegamente a Tomás, a quien consideraba un jefe patriarcal, más que a un oficial. Por eso, Faustino no se perdonaba el no haber llegado a tiempo para impedir que remataran a su oricha Olodofi después de que una bala lo derribara.

    Sin la presencia de este, decía mi madre que Faustino no peleó con el mismo ímpetu, pues el concepto de libertad del país estaba muy por encima de su entendimiento.  Cuando lo licenciaron, volvió a la finca de donde había salido; allí levantó una rústica choza de paredes de yagua y techo de guano y comenzó a trabajar para la viuda de Tomás como guardián de las tierras y los animales, pues su interés era haber seguido en la pelea y no volver a los trabajos agrícolas que consideraba de mujeres.

   Por eso, cuando el 20 de mayo de 1912 estalló la Guerra de los Independientes de Color, Faustino accedió a unirse al grupo de negros que Pepín Delgado, uno de los primos mulatos de Tomás, organizó y mandó a alzarse por la serranía del noreste de la provincia.

  El levantamiento fue rápidamente sofocado en todo el país, y si bien la represión a la población campesina negra y mestiza fue feroz en la zona oriental del país, los negros de Yaguajay, Mayajigua y Meneses también sufrieron de abusos y represalias. A pesar de que Pepín Delgado, con beneficio para su prestigio político, supo pactar a tiempo la rendición de los beligerantes, Faustino Capirote se negó a presentarse a las autoridades y por varios años se dedicó al bandolerismo. Las acusaciones de revuelta armada, robo, saqueo y asesinato, además de las numerosas violaciones de campesinas, fueron los motivos esgrimidos por la Guardia Rural que lo apresó, para, sin juicio alguno, lincharlo en pleno monte.

―¡Blancas! ―dicen que gritó con satisfacción antes de que halaran la soga que, cruzada por sobre un gajo de guácima, tenía anudada al cuello ꟷ. ¡Nunca con negras!