domingo, 12 de septiembre de 2021

visión premonitoria

―¡Pero mira lo que están haciendo!

    Cogidos en plena consumación del delito, los nueve nietos de Manita García, escondidos debajo del techo de los lavaderos, no supieron qué hacer con el cigarro que cada uno de ellos se fumaba, y ya sabiendo lo qué les esperaba, comenzaron a llorar. El primer castigo no fue del todo malo, teniendo en cuenta que estaban en trusa y que ya no irían a bañarse al río, pues les tiraron toda el agua que sus padres y tío llevaban para sofocar el presunto fuego; a continuación, sin darles tiempo de reponerse del ahogo del agua, Ángel se zafó el cinto y fue el encargado de darles dos señores cintazos a cada uno, a medida que los cogía por un abrazo y los lanzaba hacia el medio del patio donde de acuerdo al grado de histerismo de sus respectivas madres, recibirían una determinada dosis de nalgadas, cocotazos, pellizcos y halones de pelo y oreja.

    ―¡Manita! ―gritó Salvito esperanzado cuando cayó en manos de tía Caridad, pero el reclamo salvador no tuvo, no digo yo después, ni siguiera oídos, pues conforme con la medida disciplinaria, Manita García, para poder continuar afirmando antes sus amistades que era contraria al castigo físico, dio la espalda al sitio en que sus nietos eran castigados. Mientras se alejaba, dirigiéndose al también medio lelo de su yerno y padre de la criatura, le dijo:

    ―Eulogio, vaya a traer el puerco asado que pronto se pondrá la mesa.

    Acostumbrada a las caricias sadomasoquistas con las que se amaban ella y tío Segundo, los punitivos golpes de Coca a su hijo dejaban de tener un fondo de placer, tanto para quien los infligía como para quien los recibía; y si Segundo el nene lloraba, era solo por puro formalismo.

    Tía Hildelisa, poeta frustrada, pero poeta al fin y al cabo, tenía una forma muy peculiar de pegar: poco, pero intenso; sutil, pero con una precisión de francotirador; tierna pero demoledora, por lo que Guillermo el bizco y Raúl lloraron más exageradamente de los que quienes observaban la escena, pensaban debían hacerlo.

    Pero de todas, sin duda alguna Aida era quien había logrado especializar la técnica del castigo y los pescozones, pellizcos, manotazos y nalgadas se sucedían unos a otros con precisión de artífice: Ángel el nuevo, sumiso hasta la vergüenza, se valía del socorrido lamento de "¡ay, mamita!" repetido una y otra vez desde minutos antes de que comenzara su ración de escarmiento, y vueltos a repetir entre sollozos, junto con las más fervorosas promesas de la enmienda, para lograr el perdón; mientras que Luis, terco como mulo, zoquete y altanero, se dejaba matar sin lanzar el más leve quejido, actitud retadora que exasperaba a Aida a tal punto que ciega e irracional, llegaba el momento que debían quitarle al hijo.

 

    ―Come bola que eras y no me dejabas gritar.

    ―¿De qué te hubiera servido?

    ―Cuando una madre oye llorar a su hijo, da por lograda la función del castigo y ahí mismo cesa.

    ―No llorando, impedía la satisfacción de quien me castigaba, pues con mi silencio…

    ―Y con el mío.

    ―Era el mismo, ¿no?

    ―Desafortunadamente.

    ―De contra que a uno le pegan, ¿va a tener que complacer a quien lo hace?

    ―El que pega, siempre tiene el poder, así que si no le celebras la gracia, te pega el doble.

 

    ―Ya, Aida. Basta.

    Y todos pensaron que Aida obedecía a su marido cuando dejó a medio levantar el brazo del último bofetón, pero como a San Juan cuando lo del Apocalipsis, fue la premoción que desde otra dimensión, espacio o tiempo, le llegaba en ese momento, quien la detuvo y transpuso al trance. Luis lo supo, e intrigado, quedó en el mismo sitio y posición en que estaba, pues se sabía aún en su inocencia infantil, cual intruso en logia masónica cuando inician a un gran Maestro, testigo de un hecho para el cual no estaba preparado.

    ―Los muchachos que se vistan ya ―ordenó Manita García desde la casa, y los presentes, dando por terminado lo ocurrido, volvieron a las tareas que debían cumplimentar para que el almuerzo se sirviera enseguida que Eulogio llegara de la panadería con el puerco asado. En el patio, olvidados por los demás, permanecieron madre e hijo hasta que terminó el lance parapsicológico.

    ―Tengo que traer a Eligio Brito ―dijo entonces Aida.

    En otra época del año o en cualquier otro momento, el ir a casa de Eligio Brito, no tendría ninguna connotación especial, peo dado los carteles que habían aparecido en algunos sitios de Jarahueca solo una mujer como Aida, desprovista del mismo nivel de prejuicio que sus contemporáneas, gracias a sus contactos con el mundo de las sombras, se atrevería a hacerlo. La primera vez que en el pueblo se anunció una película solo para hombres, se pensó que Manita García se opondría, y hubo quien, puritana hasta la soltería, viniera a manifestarle su adhesión y apoyo. Fue la hermana del último dentista que se había radicado en Jarahueca, la que por cierto vínculo establecido con la familia de Aida, se creyó con suficiente familiaridad para hablarle del asunto.

    ―A los hombres, pan y sexo ―le refutó Manita García, y negada a solidarizarse con un pensamiento que iba en contra de lo que era su credo para con los hombres, dio por terminada la conversación con tan encopetada señorita.

     Hacía ya tres años que Eligio Brito había inaugurado el cine del pueblo, y aunque para aquella oportunidad había ido personalmente a casa de Manita García a llevarle, como copropietaria que era, una localidad de preferencia para ver El rincón criollo, película en la que trabajaba Blanquito Amaro, y con la que se estrenaría el edificio, Manita García nunca había querido ver una película.

    ―Con lo que un cristiano tiene que ver en la vida, le debe ser suficiente.

    Pero como mantenía el criterio de que al hombre, en asunto de sexo, nunca le era suficiente, estuvo conforme que en el pueblo, del cual era prácticamente medio dueña y señora, se exhibieran películas pornográficas.

    ―Que Aida cierre temprano la casa y esa noche ni se asome a la puerta ―le había ordenado Manita García a su hijo Ángel en aquella oportunidad―, las mujeres de mi casa ―agregó―, haremos otro tanto.

    Al día siguiente, contrario a lo que Manita García hubiera deseado, Eulogio fue uno de los implicados en el extraño hecho ocurrido.

    Cuando regreso a la casa, motivado por las escenas que acababa de ver en la película, se encontró a tía Caridad con la menstruación.

    ―Así, ni lo pienses ―le dijo firme y categóricamente su mujer sin saber que más le hubiera valido haberse abierto las piernas como siempre le hacía para que, aún con sangre, flema y residuos del útero, su esposo saciara el apetito de la carne.

    ―Entonces por atrás ―le exigió Eulogio con una fuerza que asustó a tía Caridad.

    ―¿Tú estás loco?

    Pero como la insistencia, el asedio y la intención de hacerlo fue in crescendo sin que ninguna razón ni oposición surtiera efecto para frenar el ímpetu de Eulogio, tía Caridad se vio obligada a refugiarse en el cuarto de la madre.

     Exacerbada su lívido en la lucha, y a sabiendas de que todo intento en aquella casa sería inútil, Eulogio salió por la puerta del patio en busca de un cuerpo que le sirviera para el desahogo, y como no lejos de allí, en un solar de esquina pernoctaba la yegua de Plinio el carretonero, buscón dónde poderse encaramar, ubicó convenientemente al animal y se subió. Cuando pene en mano, iba a iniciar la zoofilia, llegaron dos o tres muchachones, quienes habiendo logrado que los dejaran entrar al cine esa noche, venían en busca de la bestia con iguales propósitos.

    Lo acontecido hasta ese momento solo hubiera servido de motivo para la burla por parte de los habitantes del pueblo y hubiera dado lugar a alguna que otra décima jocosa, pero como coincidentemente y sin ninguna explicación aparente entre los hechos, al otro día amaneció sin saberse del paradero de la hija y la yegua del carretonero, hubo por ello miles de conjeturas, amén de discusiones, amenazas y acusaciones.

    ―Ese animal era diablo.

    ―Pero el diablo es macho y Eulogio se lo cogió.

     Sin pruebas que avalaran las suposiciones, el tiempo las fue desmoronando, No hubo rastros de la bestia ni la muchacha se fue con ningún hombre; nadie vendió compró ni vio el animal en treinta kilómetros a la redonda ni hubo constancia de que la joven se metiera a puta.

    ―La niña era santa y no podía vivir al lado de tanto pecado.

    ―Ahora sale todas las noches en el solar de la esquina.

    Y durante mes y medio estuvieron llegando peregrinos al pueblo con enfermos para sanar y promesas a cumplir, Tres veces la casa del desolado Plinio cogió candela por las velas que encendían a su alrededor, y la ropa de la muchacha, así como el carretón del pobre hombre, fueron picados en pedazos para llevarlos como resguardos.

    Aunque la pareja de la guardia rural que vino inicialmente a investigar el caso prestó poca atención al asunto, Eulogio tuvo que dar pormenores de su participación en los acontecimientos de aquella noche, y el escarnio del populacho hizo zafra en la casa de Manita García. Por eso, y con la excusa de retratarse, esta mandó a buscar a Eligio Brito y, mientras posaba sentada en su comadrita, le exigió que antes de volver a exhibir ciertas películas, debía consultarle a ella la fecha.

    ―Para que no coincida con el período de ninguna de las mujeres de mi familia ―dijo al momento de encenderse el flash.

 

    Salvito, cuando tía Caridad trataba de secarle el cuerpo, logró escapársele y llorando, desnudo a la pelota, corrió a donde Manita García se abanicaba.

    ―¡Manita, dile que nos lleven al río, coño!

    ―¿Qué dices, malcriado? ― y detuvo el abanico.

    El de Manita García no era un abanico cualquier, Era de sándalo y seda, había pertenecido a la esposa del último gobernador español que hubo en Cuba: el general Ramón Blanco, el primer maestro de Amelia Peláez pinto sobre la escena griega que mostraba el abanico, motivos patrióticos cubanos encargados especialmente por el mismísimo alcalde de Yaguajay para regalárselo a Manita García.

   En el almuerzo del Día de las Madres del año anterior, cuando se mencionaban a las madres ilustres cubanas, fue que Pura María o Coca, las dos mujeres más instruidas en la familia, comentó acerca de la proximidad de la celebración del centenario del natalicio del Apóstol de Cuba.

    ―¿Y eso cuando es? ―preguntó interesada Manita García.

    ―El próximo 28 de enero ―le contestaron

    "Tengo tiempo" ―pensó.

   La idea se le presentó, como cuando era joven, cual un relámpago imprevisto y breve, pero con la suficiente luz para imaginar con toda nitidez el homenaje que esperaba se le rindiera en esa oportunidad.

    Ella también estaba próxima a cumplir cien años y aunque tenía la certeza de que estaría viva aún para esa fecha, creyó oportuno ir preparando ya las condiciones necesarias, y el que, para su centenario, se le desvelase un busto en el parque que construía el alcalde, podría ser muy bien en centro de las actividades.

   Las elecciones no estaban lejos, y don Leovigildo Antias, necesitado de algún dinero para compensar la mala cosecha de sus colonias cañeras en los últimos años, y con el objetivo de asegurarse los votos de Jarahueca para su reelección como alcalde del municipio, mandó a construir, sin gastar - claro está- todo el presupuesto aprobado, un paseo que saliendo de la estación de ferrocarril y pasando por frente a la mansión de Manita García, atravesara el pueblo.

   ―Y en esta punta de cuadra ― le dijo a Manita García apuntando un sitio en el mapa que el alcalde le mostraba― irá un busto a Martí.

    ―Que yo me comprometo a sufragar.

    El político se lo agradeció y, volviendo al plano, le aseguró:

    ―Y enfrente al del Apóstol, irá uno suyo.

    Manita García sonrió entre complacida y apenada, pues su plan le estaba saliendo a pedir de boca. Guardó en la cartera la penca de guano tejido con la que acostumbraba a echarse fresco, y para dar por terminada su visita a la alcaldía, agregó:

     ―Deje eso para cuando yo cumpla cien años.

    Como el escultor a quien tío Baltasar le encargó el busto era un borracho habitual y rutinario, el día de la entrega del trabajo se acercó, fue y pasó sin que el dichoso hombre acabara de perfilar ciertos detalles en el bigote del prócer para poder hacer su traslado definitivo a Jarahueca, Ya en el pueblo, cercana la fecha de la celebración, se había culminado la base y se había colocado la tarja del monumento sin que tío Baltasar apareciera con el dichoso busto.

    ―Tráelo como esté ―le había mandado a decir yo voy a sufragar a su hijo en el último de los numerosos telegramas que en esos días le envió.

    El alcalde, hospedado en casa de la donante, la banda municipal preparada para estrenar el uniforme nuevo, todas las columnas de los portales del pueblo adornadas con pencas de guano, numerosas cadenetas de diferentes colores atravesando las calles de lado a lado, las banderas cubanas, las sábanas limpias en las camas del bayú de Cachita, las piedras de hielo, las cervezas enfriándose, los puercos asados, y el busto sin llegar.

    Al fin, en el tren de las ocho y cuarenta y cinco de la mañana llegó tío Baltasar, quien maletín en mano, corrió hasta el sitio del monumento. Allí lo esperaban los albañiles, quienes, sin pérdida de tiempo, fijaron con cemento blanco la escultura para que a las nueve en punto, tal y como estaba previsto en el programa, la comitiva ubicada frente a casa de yo voy a sufragar, a la par de dos clarinetes, una trompeta, una tuba, un redoblante y un bombo, salieron rumbo al altar patrio.

    Detenida la marcha frente al monumento, la banda tocó el Himno Nacional; el alcalde, situándose de frente al pueblo, arregló la posición del único de los cinco micrófonos en el podio que servía, y dijo:

    ―Queridos correligionarios, electores todos, El sol pletórico de la Patria nos reúne bajo su álgida sombra para honrar a quien honor merece, a quien ha sido insigne faro. Lúcida guía y preclara luz de este humilde, pero sacrificado, esforzado y nervudo alcalde del Partido Liberal: el Apóstol, quien naciendo un día como hoy, pero de hace cien años, mantuvo una vida de inmolación y penuria para fundar esta Patria, que hoy, el Partido Liberal, el único partido que sigue las enseñanzas del maestro, la conducimos por el camino de la democracia verdadera, la paz eterna y el progreso agrario. ¿Mas qué sería de las flores que pidió Martí para su tumba, si no fuera por la mano generosa y fecunda de la mujer cubana? Y no solo Jarahueca, sino también el Partido Liberal, se honra y distingue de tener como amiga, afiliada y electora a esta mujer, matrona de estirpe, hermana de mambises y mambisa ella misma, elocuente de acción y afecto, de cuyo humilde bolsillo ha salido el peculio necesario y suficiente para sufragar los gastos de este obelisco de amor y recordación, que arriando la bandera de la Patria que cubre el frío mármol, inauguramos hoy: Manita García (APLAUSOS), a quien solicitamos tenga la bondad y gentileza de develar la estatua.

    Finalizado así el discurso, el alcalde se acercó a Manita García y ofreciéndola la mano, la ayudó a acercarse al pie del monumento, Ella, por su parte, esperó que Eligio Brito tuviera lista la cámara fotográfica para de un fuerte halón a la bandera que lo cubría, descubrir el busto.

    Entonces, con los aplausos del pueblo y los voladores del municipio de fondo, la escultura con el bigote a medio terminar y ligeramente corrido sobre el cemento fresco por el fuerte tirón de Manita García, comenzó el desfile de los niños de la escuela pública número ocho Ramón Roa, seguidos de las mujeres de la Asociación Católica de Hijas de la Caridad, los Maestros de la Logia Masónica, los negros del Cabildo de Meneses y, por último, los campesinos de toda la zona integrando la caballería mambisa.

 

    Manita García cerró el abanico con brusquedad, y para poder castigar la insolencia del nieto de decir una mala palabra en su presencia, y más dirigiéndose a ella, extendió el brazo para depositarlo en el mármol de la mesita junto a su sillón, pero como esta había sido corrida unos centímetros de su lugar, Manita García depositó el reglo del alcalde en el aire, y el pericón fue a dar al suelo.

    El ligero ruido que produjo su caída fue suficiente para que tía Caridad, aprovechando el segundo de duda de Manita García, lograra asir a su hijo por un brazo y llevárselo del comedor, y también para que Ángel comprobara la veracidad de lo que hacía tiempo sospechaba.

    ―Manita está ciega.

 

    Terminado el acto frente al busto de Martí, la comitiva oficial, así como una representación de cada uno de los grupos sociales presentes en la concentración, con la exclusión, claro está, y solo por cumplir con el reglamente de la institución, de los negros del Cabildo, se trasladaron al Liceo Social de Jarahueca para un brindis oficial cortesía del Ayuntamiento, momento en que el alcalde del Partido Liberal, don Leovigildo Antigas, le entregara a Manita García el diploma que la acreditaba como Dama Augusta del Municipio, y el regalo que de forma muy persona, le hacía: el ya mencionado abanico.

    Era la homenajeada quien entonces debía decir unas palabras de agradecimiento, pero no más iba a empezar, el toque de los tambores batá y el bullicio del populacho que se acercaba, desvió la atención de todos los presentes en el salón de baile del Liceo hacia el portal para enterarse de lo que ocurría.

    ―La traen como a Lady Godiva.

    ―¿A  quién?

    ―A la hija de Plinio que apareció con la yegua.

    La familia del carretonero, y el carretonero mismo, ya conformes en el dolor por la desaparición de la hija y del animal del negocio, habían acudido a la fiesta patria de develación del busto de Martí, y sin categoría social suficiente ni raza adecuada para ser invitados al Liceo, habían regresado al humilde hogar, Pero cuál no sería su sorpresa al encontrarse, primero a la yegua pastando en el jardincito, y dentro de la casa, totalmente desnuda, a la muchacha desaparecida buscando qué ponerse.

    Sin tiempo para que un vestido la cubriera, la sorprendida joven, desconociendo que había faltado tantos meses de su casa, se vio montada en el animal y conducida por todo el pueblo que la vitoreaba hasta llegar ante la presencia del alcalde y de la Augusta.

    ―Vístanla ―fue lo único que dijo don Leovigildo cuando lo instruyeron del extraño acontecimiento, y, a solicitud de los electores negros, autorizó que esa noche hicieran un toque de agradecimiento a sus santos.                  

 

   Ángel, con los ojos anegados por las lágrimas que le brotaron al comprobar que su madre esta ciega, iba a tirársele a llorar a sus pies, pero comprendió que si ella les había ocultado la verdad, era porque la compasión que entonces le tendrían, la dañaría, por lo que decidió hacer lo mismo que ese día ya habían decidido tío Ramiro, tío Baltasar y tío Segundo: no darse por enterado. Entonces, rápidamente el gesto de desesperación de Ángel de tirarse al suelo, se transformó en una ridícula e innecesaria posición en cuatro patas que recogerle el abanico a la madre.

    ―Gracias, hijo.

    Y a continuación, por el desarrollo compensatorio de otras percepciones, o quizás solo por intuición, Manita García pudo agregar una pregunta.

    ―¿Por qué tienes los ojos llorosos?

    ―Es que me va a caer coriza ―le contestó Ángel.

    ―Te voy a preparar un emplasto para que te lo pongas en los pies.

    Y con la destreza de cualquier vidente, fue hasta el sitio en que debían permanecer, y permanecían, sus tijeras de podar, y tomando una se dirigió al cobertizo de sus plantas medicinales para corta determinadas hojas y flores.

 

    ―Te estaba quedando tan lindo que no te quise interrumpir.

    ―¿Y por qué lo haces ahora?

    ―Ja, ja, ja. Lee esto.

    ―"Nadie supo a ciencia cierta cuándo empezó a perder la vista. Todavía en sus últimos años, cuando ya no podía levantarse de la cama, parecía simplemente que estaba vencida por la decrepitud, pero nadie descubrió que estuviera ciega. Ella lo había notado desde antes del nacimiento de José Arcadio". ¡Bah!

    ―¿Plagio o influencia?

    Manita García nunca estuvo ciega, Fue el día que se le rompió la taza en la que durante años se había tomado la tizana antes de acostarse, cuando decidió hacerse la ciega. Dos razones tuvo para hacérselo creer a la familia, Ya no tenía la misa precisión de movimientos que antes y un ligero temblor en las manos provocaba que con frecuencia se le cayeran los objetos que cogía, Los hijos, sobre todo los varones, inconscientemente convencidos de que la decrepitud se apoderaba de ella, debían ser atajados antes de que comenzaran a dar muestras de rebeldía o inconformidad con la suerte que les había tocado de obedecerla siempre; por eso Manita García se le ocurrió hacerse la ciega, pues los errores en la coordinación de sus movimientos, lejos de provocar resquebrajamiento en la observancia de su voluntad, aumentaría la sumisión de la familia hacia ella,

   El ocultar su presunta falta de visión, amén de enaltecer la fortaleza de su carácter, justificaría ciertas imprecisiones motoras y le permitiría, siempre que le conviniera, actuar como vidente.

    Con las mujeres había sido fácil y hacía tiempo que lo había conseguido. Faltaban los hijos varones y esa mañana, después de hacérselo ver a los demás, al fin y con la caída involuntaria del abanico, había logrado que Ángel, en un proceso de autoconvencimiento, creyera que Manita García, su progenitora, guía y jefa, estaba ciega.

 

    ―Si usara sombrero, me lo quietaba. Eres todo un talentazo.

 

    Ángel nunca se masturbó. Cuando a los nueve años fue a vivir para casa del doctor soler, le armaron una cama e el trasfondo de la botica, y aunque los numerosos olores medicinales que allí se respiraban, parecieron que le habían curado su mal, la coriza reapareció con la llegada del primer frente frío. Separado solo por una pared de madera, el fondo de la farmacia colindaba con el cuarto de la criada, quien más de una vez tuvo que levantarse a medianoche para tratar de hacerle al muchacho algún remedio que lo calmara y la dejara dormir, hasta que cansada de tener que salir al patio con el frío, trajo a Ángel para su cuarto y lo metió en su cama.

    Eliminada la coriza nocturna y con el calor que se deban mutuamente, el niño y la negra pudieron dormir plácidamente sin nada que los molestara. A la hora de apagar los mecheros de carburo que alumbraban la casa, cada cual iba para su cuarto a acostarse, pero tan solo transcurría el tiempo prudencial, Mercedes daba dos ligeros toques en la madera de la pared, y Ángel salí de la botica y venía para el cuarto de la mujer.

    Mercedes era una mulata oscura, fuerte, trabajadora y honesta, pero desafortunada con los hombre, pues con cuarenta años era madre de cuatro hijos de padres diferentes a los que se veía obligada a mantener ella sola, Sin una sexualidad fuerte, y aburrida de hombres que la preñaran, se juró una y otra vez no volver a estar con ningún otro, y si por evitar un escándalo que le hiciera perder la colocación, alguna vez le abría la puerta a Pedro el jardinero, el tener a Ángel durmiendo con ella, le evitó tener que volver a hacerlo.

    Pero la carne estaba aún en sazón y lo que primero comenzó propiciándoles calor, siguió en juego y terminó en actos de verdadera satisfacción sexual. El niño le acariciaba con las manos y la boca donde ella le indicaba, y la frotación del clítoris con un erecto pene infantil, le provocaba el orgasmo. Uno a uno fueron contando los vellos que aparecían en el pubis del muchacho, y un buen día, sin que ninguno de los dos se hubiera percatado, Mercedes se sintió traspasadas por un verdadero miembro viril que la bañó por dentro con el primer semen de un hombre que se había hecho entre sus piernas. Proclive a la fecundación, no demoró en verse preñada, y sin confesar nunca quién era el padre. Mercedes parió su quinto hijo cuando Ángel tenía sólo doce años y medio.

 

    ―Entonces fueron dieciséis nietos.

 

    Enviciado por las carnes pardas, y con una experiencia no frecuente a su edad, fueron muchas las muchachitas negras de Meneses que creyendo que solo serían besos y caricias aceptaron los lugares oscuros, los solares yernos y las casitas de desahogo de los patios para perder la virginidad en la portañuela del aún adolescente hijo de Manita García.

 

    ―Tienes la portañuela abierta.

    Luis iba a salir ya vestido de limpio del cuarto cuando Naná entró con la orden de Manita García de despertar a tía Elena, pues la hora del almuerzo se acercaba.

    ―¿Y Aida? ―le preguntó mientras se agachaba y le colocaba todos los botones en su sitio.

    ―Fue a buscar a Eligio Brito ―se apresuró en contestar Ángel el nuevo, que también terminaba de vestirse en aquella habitación.

    ―¿A Eligio Britos?

    ―Para que tome una foto a la hora del almuerzo.

    ―¿Manita se lo encargó?

    ―No.

    Naná se puso de pie, movió ligeramente la cabeza como hace todo el mundo cuando piensa que alguien no se encomienda, y despidió a los sobrinos encargándoles que no se ensuciaran.

    ―Miren que está al servirse la mesa.

    ―¿Y trajeron el puerco asado?

    ―Vayan a ver.

    Luis y Ángel el nuevo salieron rumbo al patio, mientras que Naná fue hasta la cama de tía Elena y la comenzó a llamar, pero en vista de que esta no daba señales de despertar, la zarandeó ligeramente primero, y después con mayor fuerza e intensidad, hasta que ya asustada la tomó por los hombros, la incorporó y la volvió a mover.

    ―Elena, Elena, por favor.

    Una vez más iba a repetir el nombre de la mujer, pero la voz se le perdió en la garganta y temiendo lo peor, le tocó la mejilla con el dorso de la mano, y un frío de terror y muerte le quemó la piel.

    ―¡Ay, Dios mío!

 

   Juan de Dios no quiso ir a vivir para el pueblo y con el dinero que tenía ahorrado logró comprarle a su suegra un cuarto de caballería de las tierras que hasta entonces había trabajado. Allí levantó un bohío para vivir en él tan solo ocho años, pues gustoso de enseñarles a sus hijos las costumbres de Canarias, un domingo por la tarde, después de haberse tomado media botella de aguardiente de caña, riéndose, cogió por los tarros a Bandolero, uno de los bueyes de la yunta y, por la fuerza que hizo para tratar de llevarlo al suelo, se partió el corazón en dos.

    Ya para entonces Jarahueca había crecido mucho más de lo que el general Tarafa pensara cuando lo fundó, y como la compra-venta del sitio de Juan de Dios se había hecho sin papeles, y la tierra seguía perteneciéndole, por lo menos ante la ley, Manita García pensó que lo mejor para todos era liquidar los bienes de tía Elena y traerla con sus dos hijos a vivir con ella para urbanizar también aquellos terrenos. Agregó un cuarto y un baño a continuación de la cocina y, creída de haber convencido de la justeza y conveniencia de su acción a todos los miembros de la familia, fue satisfecha a sentarse en su sillón, cuando dos voces vinieron a alterar la ejecución de su voluntad.

    ―Queremos trabajar de nuevo el sitio, Manita.

    Juan el cubano y Segundo Dios, como también le había ocurrido a tío Ramiro en su tiempo, solo aspiraban a vivir de la tierra; y el mes de aprendizaje, con mayor con Carlos Espinosa, y el otro con Ángel, los convenció de que sus vidas no eran ni la bodega ni la botica. Catorce y quien años tenían cuando se enfrentaron a Manita García, pero el trabajo al lado de su padre los había hecho tercos y decididos. Una y otra vez hablaron con la abuela y trataron de convencer a los tíos. Tía Elena incapaz de tomar partido en contra de sus hijos, pero incapaz también de contradecir a su madre, se limitaba a llorar, y cuando los muchachos se fueron, enmudeció.

    Ese día, Manita García negada a volver a oír el pedido de los nietos, llamándoles haraganes y malagradecidos, les ordenó volver a sus ocupaciones, Fue entonces que Segundo Dios le dijo que ella pretendía apropiarse de unas tierras que no le pertenecían y que para las personas que se cogían lo que no era suyo, también había un calificativo. Manita García levantó el brazo para abofetear al muchacho, pero Juan el cubano le detuvo el gesto.

    ―A mi hermano, usted no le pega.

    Tres años estuvo tía Elena sin decir palabra alguna. Durante ese tiempo, sus hijos trabajaron en las vegas de tabaco de unos parientes isleños por la zona de Cabaiguán, y cuando tuvieron edad para que les arrendaran tierras y suficiente dinero para poner casa, levantaron un bohío de tablas de palma y vinieron a la puerta de Manita García por última vez en sus vidas para buscar a la madre.

    Cansada Manita García de tener a tía Elena como una sonámbula por la casa y de comer arroz condimentado con la sal de las lágrimas de la hija, le ordenó que recogiera su ropa y se fuera.

    Con una maleta de cartón y una jaba de guano con los zapatos en la otra, tía Elena fue a despedirse de Manita García, y fue entonces que volvió a hablar.

    ―Gracias por dejarme ir.

     ―Pero recuerde estar aquí todos los años para el almuerzo del Día de las Madres.

 

    ―¡Elena está muerta!

   Y el grupo de mujeres que trajinaban en la cocina en los preparativos finales para el almuerzo, tuvieron que dejar lo que hacían para atender a tía Hildelisa, quien al oír la aseveración de Naná, comenzó a gemiquear con la disnea característica del preámbulo de los ataques histéricos típicos de la familia.

 

    Varias eran las empleadas en casa de Manita García. Sin contar las dos lavanderas que en el fogón del patio los lunes plantaba cuatro latas de aceite carbón preparadas para la hervidura de la ropa blanca, los martes almidonar, rociaban los miércoles y los jueves planchaban, había también dos muchachitas que además de hacer las camas y botar los orinales, diariamente sacudían, barrían y trapeaban la casa; una repasadora de ropa, un jardinero, dos ayudantes de cocina y una cocinera.

 

    ―María Tabaquito.

   ―Su nombre no importa. Déjame seguir.

    ―Bien que también podrías contar su historia,

    ―No creo que aporte nada al desarrollo de los acontecimientos,

    ―Pero completaría el perfil psicológico de Manita.

    ―Ahora estoy contando lo que ocurrió con la presunta muerte de tía Elena. Después, si quieres, hablamos de Tabaquito.

     ―Está bien. Estaba relacionando las criadas que había en la casa.

 

    Nueve en total, pero como el Día de las Madres tenía un matiz especial y simbólico para Manita García, desde la noche del sábado precedente al segundo domingo de mayo, todos los empleados tenían asueto hasta el lunes por la mañana, siendo la propia familia de la homenajeada quien debía, desde varios días antes, ocuparse de los preparativos del almuerzo de esa ocasión.

    Y sin que a ninguna se le ocurriera comprobar la veracidad de la muerte de tía Elena, todas las mujeres, hijas y nueras, presentes esa mañana en la cocina de Manita García corrieron a socorrer a tía Hildelisa.

    ―Hay que frotarla con alcohol.

    Tía Hildelisa fue la última de los trillizos en nacer y la única hembra. La comadrona que atendió a Manita García en ese parto, juró y perjuró hasta el mismo día de su muerte que tía Hildelisa había nacido rubia, pero como se demoró en llorar, se puso tan cianótica que hasta el pelo le cambión de color, y negro se le quedó.

    Manita García, acostumbrada a parir, esa noche tuvo al primero de los trillizos como si orinara, mas recién viuda y con varios hijos que criar y mantener prácticamente ella sola, se preocupó cuando la recibidora le dijo que venía saliendo otra criatura.

    Ya habían recogidos las sábanas ensangrentadas y le daban a tomar una tisana caliente, cuando Manita García sintió de nuevo los pujos.

     ―Son trillizos ―exclamó entonces la comadrona.

    Y a pesar de que era la que menos posibilidades tenía de vida, sobrevivió a sus gemelos, quienes murieron a las pocas horas de nacidos, no sin antes recibir las aguas bautismales de mano de la propia Manita García.

    ―En nombre de Dios, Guillermo y Raúl, yo los bautizo para que puedan entrar al reino de los cielos.

 

    Cuando tía Hildelisa, a su vez, parió también un par de gemelos rubios, hubiera preferido ponerles otros nombres, pero Manita García fue intransigente en su orden:

    ―¡Guillermo y Raúl, como tus hermanitos muertos!

    Y la ansiedad vivida durante años por el temor de que sus hijos, como sus hermanitos, pudieran morir; las miles de noche de noche de insomnio velándoles el sueño y los sobresaltos diarios ante una tos, un quejido, una diarrea o una fiebre, llevó a tía Hildelisa a padecer de ataque como el que se le presentó cuando oyó decir que su hermana elena estaba muerta.

    ―¡Que no se muerda la lengua!

    ¡Échale fresco!

    Mas, en medio de la barahúnda que había por la crisis de tía Hildelisa, y para que se complicara bien la situación, aparecieron Ángel y Eulogio en la cocina cargando la tártara con el puerco asado, seguidos, como era de esperarse, por la retahíla de muchachos pidiendo que, como todos los años, rifaran el tostado y dorado rabo del animal.

 

    Dos hijos tuvo tía Lucrecia, y uno de ellos, el ahijado de Ángel, también padeció de ataques. Cuando nació se negó a mamar de pecho de mujer. Como no quiso el de la madre, probaron con el de otras mujeres, pero el niño, amén de no cogerlo, tenía la rara virtud de enfermar a toda la que intentó meterle el pezón en la boca, pues a las veinticuatro horas exactas de las que las criaderas, amigas de la familia o pagadas, pusieran su seno en contacto con los cerrados labios del recién nacido, la inflamación, el enrojecimiento y por último los gusanos, se apoderaban de la teta en cuestión.

    Condenado a morir de abre, probaron a alimentarlo con agua de anís y azúcar prieta, pero las diarreas no demoraron en presentársele, la junta de médicos, los tres de Iguará, Meneses y Jarahueca, no dieron esperanzas de vida.

    ―Virgencita de la Caridad, te doy cien pesos si me lo salvas ―prometió Manita García arrodillada ante la imagen de la Patrona de Cuba―, él mismo te echará el dinero en tu santuario del Cobre.

    Inicialmente Fabián pensó llevarse al muchacho a Santa Clara, pero para el estado crítico que tenía, el viaje resultaba imposible, decidió salir él solo con el fin de consultar a un buen especialista.

    Regresó en el tren de la tarde y ya para entonces sabía el significado de lo que Aida le había dicho esa mañana en la estación de Jarahueca.

    ―Baya lo salvará.

   Y por si alguna duda le quedaba, al llegar a su casa, la curandera que Manita García, por su cuenta y riesgo había ido a ver, dijo lo mismo que el especialista de Santa Clara.

    ―Leche de yegua.

    Con ella, el muchacho sanó y creció fuerte y saludable, Antes de cumplir los dos años, él mismo se subía en un pequeño taburetico que tenía y, entre las piernas de la bestia, mamaba de la ubre. Alegre, divertido y halagador fue siempre, no solo el nieto preferido de Manita García, sino también el hijo predilecto de Fabián y el sobrino más querido de todos los tíos; pero además fue arrogante, egoísta, dominante y voluntarioso. Adolescente, cuando ya su yegua blanca no le servía de madre de crianza, sino de mujer, se le murió de vieja. Ángel de la Caridad…

 

    ―Conocido entre sus primos como Ángel Relincho.

 

    …ante la imposibilidad de que se la revivieran, tuvo el primer ataque con los que a partir de entonces manejó a su familia.

    ―Hay una promesa incumplida ―dijo la curandera.

    Y seis veces, e seis años seguidos, Manita García le dio el dinero para que lo llevara y depositara en el Cobre; hacía tan solo dos meses, antes del almuerzo del Día de las Madres en que se tiró la foto, Manita García, temerosa de que como en las ocasiones anteriores, se los gastara en los gallos, se negó a darle otros cien pesos. Ángel de la Caridad empezó a convulsionar en el piso de la cocina cuando llegó su padrino y con dos buenos bofetones le quitó los ataques para el resto de su vida.

   Y otros dos buenos bofetones le dio a tía Hildelisa después que depositó sobre la mesa la tártara con el puerco asado.

 

 

sábado, 4 de septiembre de 2021

Amores, muertes, adulterios e incendio.

    El hijo de Fayad nació, si no rico, por lo menos con una desahogada posición económica, muy diferente a la que tuvo que enfrentar su padre para abrirse camino en la vida. Su entrada en la adultez coincidió con la prosperidad de los negocios de tío Baltasar llevó a Fayad y Hermanos. Sin inclinación alguna para el comercio, disfrutó la vida a su gusto. Socio de un buen club habanero, amigo de los juegos y de las carreras de caballos, poseía una inclinación especial para catar los placeres más sensuales, Por todo ello, quizás, desde que lo conoció, fue el paradigma social de Emilia.

    Cuando Fayad Jr. Supo que en la boda del socio de su padre, según el modelo pequeño burgués, se iba a brindar con sidra, se apareció en la fiesta con una caja de champaña, y él mismo sirvió las copas de los novios.

    ―¡Por la felicidad!

    Y por la felicidad, ya no de los novios, sino de los esposos, se propuso sumar a estos a su forma de vida; y muchas veces, más que las que tío Baltasar hubiera querido, los arrastró a espectáculos de teatros, a correrías por los portales del Prado y a excursiones a las playas de Marianao.

    De haber tenido hijos, Emilia quizás no se hubiera visto impelida a la frivolidad, pero como existía la orden de Manita García, dada la situación creada por el falso embarazo de Pura María, de que por el momento se evitara descendencia, tío Baltasar se creyó en la obligación de complacer a su esposa, primero acompañándola y, posteriormente, cuando los negocios lo reclamaron, permitiéndole que saliera con su partenaire.

    Aida lo sabía, pero temiendo verse envuelta en una habladuría, optó por callar. También supo cómo terminaría todo, pero con la experiencia de que el conocimiento de los acontecimientos no alteraba su desarrollo, también calló y se limitó a tenerle lista la maleta a Ángel.

    ―¿Y tú que haces guardando esa ropa?

    ―Es que tienes que ir a La Habana a operarte de apendicitis.

    Tres días más tarde le dio el primer dolor y el médico del pueblo le sugirió no demorar la intervención quirúrgica. Ángel partió para La Habana y de allí regresó al mes, sin apéndices, pero con tío Baltasar a la zaga, cabizbajo y alicaído. Alertada Manita García de la situación, había convocado a sus otros dos hijos varones, y reunidos los cinco, se encerraron en la habitación de la madre, Allí también presente sobre el mármol de una mesita, y alumbrada como siempre por la llama de una pequeña lámpara de aceite, la única foto que Segundo el difunto se hizo.

    La reunión duró poco y lo que allí se habló, solo Aida lo supo, pues por alguna causa física no explicable aún la Ciencia, ese día se manifestó en ella, por primera y única vez en su vida, la propiedad de oír a distancia.

    Tío Baltasar volvió a tomar el tren ese mismo día; hizo noche en Santa Clara y a la mañana siguiente siguió hacia la capital de la República. Cuando llegó, aunque su mujer estaba acompañando a la madre enferma, encontró la casa vacía y esta fue razón más que suficiente para pedirle el divorcio por abandono del Hogar. A Fayad Jr. Lo sacó a tiros del cabaret Parisién del Hotel Nacional y lo hizo correr por todo el malecón habanero sin que, por suerte para ambos, lograra herirlo.

    La muerte por disgusto de la madre de Emilia y del viejo Fayad contribuyeron por partida doble a la buenaventura, pues como tío Baltasar necesitó de un abogado para lo sacara de la cárcel, lo divorciara y disolviera la sociedad de confecciones textiles, conoció a Coca, la hija y secretaria del letrado.

    Coca, hacendosa y recatada, estricta y ahorrativa, además de contribuir con fondos de su propio capital, estimuló y ayudó a su esposo en el trabajo de los nuevos talleres de costura, y como tenía especial aptitud para el diseño, las camisas de vestir Baltasar y la ropa de niños Camellos que comenzaron a fabricar, tuvieron rápida aceptación en el gusto de la población.

    Temiendo que a su nueva esposa también le pudieran gustar los paseos en máquina por La Habana, y previendo que algún otro camaján pusiera su auto a disposición de la dama, tío Baltasar aprendió a manejar y se compró un carro, el que además, año tras año, fue cambiando por un último modelo.

 

    Los muchachos corrieron a los cuartos soltando por el camino sus prendas de vestir. Luis entró a la habitación donde, en camas separadas, dormían tía Elena y Labrada.

 

    ―¿Hasta cuando vas a estar haciendo la misma aclaración?

 

    Buscó su short en la jaba. Se quitó, dobló y guardó su ropa.

 

    ―Eras un niño modelo: obsesivo, educado y con buenas costumbres, o sea: ¡insoportable!

 

    Y con la prenda de baño puesta, corrió a reunirse con el resto de los primos que ya se apretujaban dentro del Pontiac de tío Baltasar, uno de los cuales, y solo por bromear, se puso a tocarle las posaderas a Salvito.

 

    ―¿Por bromear?

    ―Si me sigues interrumpiendo, dejo de escribir. 

    ―Tú sabes que ese primo, del cual muy discretamente no has dicho el nombre, conservó en su adultez el gusto por la "broma" de estarle tocando las nalgas a sus semejantes.

    ―Te he dicho que no pienso contar de los primos,

    ―Déjame aclarar que uso el vocablo de "semejantes" no refiriéndome solo al concepto de especie, sino también al sexo.

 

    Salvito, a pesar de su edad, de la ñoñería con que lo criaba tía Caridad y del retraso mental que ya dejaba entrever, sabía qué atenerse en tales casos, y comenzó a repartir piñazos y patadas a diestra y siniestra.

   ―¡Que yo no fui!

    ―¡Come mierda, me diste a mí!

    Por suerte, y antes de que aquello terminara en una gran pelea, tío Baltasar salió de la casa con la llave del auto en la mano. Todo parecía indicar que al fin se daría el tan deseado viaje al río, pero como si la mala palabra que acababa de oír le hubiera recordado algo, el tío se detuvo un momento, hizo una ligera mueca y girando sus talones, volvió a dirigirse al interior de la casa.

   ―¡Coca, voy para el baño!

    ―¡Ay, gracias a Dios! ¡Mira que se lo he pedido al cielo!

 

     Coca había sido una niña de bien, Quizás su abuela, no; pero ella sí. Su abuela fue una cupletista madrileña que estuvo de gira por La Habana, y quien ates de irse para México a reunirse con su compañía, le dejó al padre el recién nacido que es extramatrimonialmente habían tenido. La esposa de este infeliz hombre, importante letrado del gobierno colonial, con una flema no característica en las cubanas, aceptó, crio y educó como suyo a este niño. El muchacho siguió los caminos del padre en cuanto a profesión se trata, Abogado de la clase media, se casó en la iglesia de Reina y tuvo tres hijas, una de las cuales: Coca, después de haber estudiado en un colegio de monjas, le servía de secretaria. Católica dogmática, aceptó casarse con un hombre divorciado por dos razones: primer, porque tío Baltasar le gustó desde que lo vio delante de ella, y segundo, porque el matrimonio anterior de este había sido solo por lo civil.

    Coca, confiaba tal vez en la ayuda que la Virgen y los santos le darían siempre que se lo pidiera, era optimista y emprendedora, amén de laboriosa, alegre y afable. Necesariamente, la convivencia con un hombre más ateo que creyente, supersticioso y pragmático, fue modificando con el tiempo su práctica religiosa, y si bien llegó a comer carne los viernes, fue inflexible en cuanto a mantener relaciones sexuales en períodos de penitencia litúrgica.

    Tío Baltasar y Coca formaron una buena pareja, pues se complementaban, se respetaban y se concedían ciertas libertades a la hora de sus gustos. Ella iba a misa todos los domingos, les enseñaba catecismo a las criadas y mantenía cierta continencia sexual; él tenía que asistir con su familia al almuerzo en Jarahueca los Días de las Madres, cambiaba el auto año tras año y, sin llegar a mantener querida, se acostaba con otras mujeres.

     Esa mañana, en efecto, Coca se lo había pedido a la Virgen de la Caridad del Cobre. El médico les había advertido del peligro que corría, pero Tío Baltasar hacía una semana que no evacuaba los intestinos. No era su voluntad dejar de hacerlo, pero un psicotrauma que lo acompaña desde que estuvo en la cárcel, se lo impedía.

    Un día, cuando se disponía a dar del cuerpo, y ya con los calzoncillos por las rodillas, un par de reos lo inmovilizaron para que el cabecilla los convictos del penal, carente de otro oficio más apropiada, satisficiera su lujuria. Por suerte puedo gritar, y el policía de guardia, esperando una recompensa de quien sabía con cierta posición económica, lo rescató a tiempo. Aquel incidente sirvió para que los dos meses y medio más que tía Baltasar tuvo que estar cumpliendo condena, los pasara en la enfermería del presidio, pues no hubo manera de que volviera a corregir de forma natural. Desde entonces necesito de laxantes y lavativas, y sólo en la seguridad de la taza del baño de su casa lograba defecar con regularidad.

    Tío Baltasar percibió la vaga sensación de pesantez en el recto que anuncia el deseo de corregir y, ansioso por eliminar la molestia que la dureza del vientre le ocasionaba, corrió al baño. Se detuvo de espaldas al inodoro. Con la mano derecha se subió la camisa, mientras que con a la izquierda se recogía testículos y pene para sentarse en la taza. Ya antes se había zafado el cinto, el pantalón y el calzoncillo y se había llevado estas prendas hasta los tobillos, pero precisamente el roce de ellas resbalando por sobre sus glúteos y muslos, le abortó el reflejo de la expulsión. Tuvo que comenzar a pujar. El pujo se creaba una y otra vez en el cerebro, se reflejaba en la contracción de la cara, pero no lograba llegar a los músculos del bajo vientre. Parecía que todo esfuerzo era inútil, pues a pesar de que el grosor y la dureza de las heces acumuladas en las últimas porciones del intestino grueso le molestan, el ano ni siquiera comenzaba a dilatarse.

    Tío Baltasar se quitó la camisa y la tiró encima del cesto de ropa sucia, se descalzó los mocasines y se sacó los pantalones y el calzoncillo. Comenzó a frotarse el vientre con movimientos regulares descendentes y opresivos tratando de estimularse la respuesta de la evacuación, a la para que intentaba recordar, como le había orientado el médico, las sensaciones que se sentían en el momento que el excremento comenzaba a acariciar lentamente y hacia afuera las paredes internas del año.

    Cuando lo creyó oportuno, volvió a intentar la expulsión, y fue entonces que sintió que iba a corregir. Esperanzado repitió una y otra vez el pulo y lo mantuvo no solo con el encogimiento de la cara, sino también con el esfuerzo en los músculos del abdomen. Con la base de la mano, lugar donde se podía concentrar toda la fuerza del brazo, se oprimió la barriga. Sentía ya el extremo de la deposición queriendo salir y para ayudarlo, hizo una pinza con los dedos pulgar e índice de la mano izquierda y con ellos se separó al máximo las nalgas para distender los pliegues anales y amplia la capacidad del orificio allí existente. Pujo de nuevo, y la excreta, dura y granulosa, rasgando la mucosa terminal, se asonó.

    ― ¡Coca!

    La esposa corrió al baño, se inclinó sobre el sangrante culo de tío Baltasar y, como experta comadrona, le metió el dedo una y otra vez para irle sacando en cada paletada una fracción de mierda, hasta que ya afuera la porción más seca, el resto pudo salir sola.

 

   Ajenos los muchachos al acontecimiento fisiológico que ocurría cerca de ellos y que les frustraba el viaje en auto al río, esperaron a tío Baltasar pacientemente solo al principio, pero cuando se percataron de que se demoraba, comenzaron a removerse en los asientos, a subir y bajar los cristales de las ventanillas, a poner y quitar el seguro de las puertas, abrir y cerrar los cenicero, a mover de su posición los espejos retrovisores y a tocar cuanto botón y palanca había dentro de aquel Pontiac. En toda aquella manipulación, no dudaron en abrir la guantera.

    ―¡Miren lo que hay aquí!

    Y los primos se apoderaron de la cajetilla de cigarros americanos dispuestos a comenzar a fumarlos, pero no tuvieron tiempo de hacerlo, porque Pura María vino a darles la mala noticia de que tío Baltasar no los podía llevar al río.

 

    Para eso de dar noticias desagradables, Pura María se pintaba sola. Aunque la tristeza o desazón que su cara podía reflejar era sincera, en lo hondo de su psiquis sentía un placer inexplicable cuando era portadora del aviso del fallecimiento de una persona o de cualquier otra desgracia por estilo.

    Pura María no era de malos sentimientos y siempre estaba dispuesta a servir a los demás, siendo esta quizás la excusa que le servía de justificación a su conciencia a la hora de proponerse o aceptar encomiendas de noticias desagradable, cuando en realidad lo que la impulsaba era el disfrute de ese extraño goce de ver el primer sufrimiento de un semejante; y ni aún con su padre fue clemente.

    ―Tienes que ser fuerte ―le dijo.

    El padre de Pura María solo tenía que ser fuerte para enfrentar la muerte de dos personas, si era su hija quien le hacía tal advertencia, era por que Pura había muerto.

    ―Y lo hizo, mencionando tu nombre.

    Cuando jóvenes, el padre de Pura María y Pura habían sido novios, pero rico él y pobre ella, como en las novelas que se transmitían en aquella época por CMQ, hubo oposición familiar y amenaza de desheredar. Débil él, terminó por olvidarse de quien en verdad amaba y se casó con una ricachona más fea que Cafunga. Ella, por su parte, no conoció hombre alguno y a pesar de que siempre amo al padre de Pura María, cuando veinte años más tarde este enviudó, Pura prefirió seguir siendo la humilde costurera de Perea, a aceptar un matrimonio que más que honrarla, la vejaba; y se negó siquiera volver a ver al hombre con el que noche tras noche llenaba sus sueños.

    Como la conducta humana es bastante complicada, Pura María, conocedora de esta historia e identificada plenamente con su padre, también se sentía atraída por amante tan fiel, por lo que quiso, al menos, verle el rostro a quien pudo haber sido su madre, antes de que la descomposición de la carne y los gusanos dieran cuenta de él. El padre, proyectándose en la hija, le permitió que fuera al mortuorio de Pura, mas como no era costumbre que una señorita saliera sola, habló con tío Ramiro.

    ―Necesito que tu hermana Hildelisa acompañe a mi hija a Perea.

    ―Me da mucha pena decirle que no, pero es que Hildelisa se marea en los trenes y se pone de muerte.

    ―Llévalas en el jeep.

     Ya para entonces, el patrón había convencido a tío Ramiro que un caballo y una montura no lo eran todo en la vida, y lo había enseñado a manejar, por lo que, en la madrugada del día siguiente, el capataz y las dos mujeres salieron de la hacienda.

    Por caminos polvorientos y atravesando arroyos y cañadas, a las siete de la mañana entraron al pueblecito, En un café cercano a la estación de ferrocarril se bajaron, La dueña les permitió a las mujeres entrar en su casa, al fondo del establecimiento, para que se lavaran un poco, se peinaran y se untaran polvo, Remisa a presarles el orinal, y ellas a usarlo, tía Hildelisa y Pura María orinaron, por turno, en el excusado del patio. Cuando volvieron al establecimiento, tío Ramiro las estaba esperando para desayunar con un buen pedazo de pan con mantequilla, chocolate y, al final, menos para Pura María, una taza de café fuerte, La muchacha, siguiendo la costumbre del padre, sustituía el café mañanero por una copa de vino español, pero allí no había vino español ni copa, se conformó con un vaso de vino de papaya criolla.

    Para evitar el aspaviento de llegar en el jeep, y dado que el hogar de la muerta se encontraba cerca, dejaron el vehículo parqueado frente al café y fueron caminando.

    Como a quien Dios no le da hijos, el diablo le da sobrinos, hacía años Pura había tenido que hacerse cargo del hijo de una hermana muerta en el parto, y este, conocedor del vínculo que unía a la finada con aquella comitiva, salí a la calle dispuesto a impedirles la entrada a la casa sin saber de la sorpresa que le esperaba no más tío Ramiro, Pura María y tía Hildelisa doblaran la esquina.

    ―¡Es ella!

    Labrada volvió corriendo hasta junto al ataúd que contenía el cadáver de su tía y madre de crianza, y en silencio le agradeció que le hubiera traído a la desconocida que tanto amaba desde que la vio en el tren el día de su circuncisión.

    Tía Hildelisa, por su parte, cuando después del entierro regresó a la hacienda donde estaba recluida lejos de líneas férreas, locomotoras y conductores, se encontró una cartica que Aida le había manado esa mañana.

Jarahueca, 13 de marzo de 1939

Querida Hildelisa:

                    Quiera Dios que al recibo de esta te encuentres bien en compañía de Ramiro. Solo unas breves líneas que escribo apurada, pues quiero que el chofer del camión de la leche te lleve esta nota para que la recibas ahora por la mañana. Hoy vas a encontrarte con el hombre con quien te vas a casar. Ya una vez lo viste y hasta le dirigiste la palabra, pero prácticamente no se conocen. No te resistas al destino, olvida ya a tu primer novio, pues este es ahora el hombre de tu vida.

                   Perdona la letra, pues estoy escribiendo apurada, Aquí todos estamos bien. Saluda a Ramiro, y tú recive un abrazo de tu cuñada que te quiere y te recuerda.

Aida María Delgado

Posdata: no te preocupes: pronto podrás volber para tu casa.[1]

     Cuando tía Hildelisa la leyó, sonrió con satisfacción, pue ya hacía tiempo que no se acordaba del novio conductor, y Labrada le había gustado. Enseguida que lo vio junto a la caja de la muerta, lo recordó, pues, aunque esta vez la pena era espiritual, la expresión que tenía su nuevo pretendiente era la misma que por dolor físico puso antes de desmayarse el día de su primer encuentro en el gascar.

    Durante el resto del mortuorio y el entierro, Labrada se mostró muy correcto y a la altura del momento, pero no por ello dejó de evidenciar la atracción que tía Hildelisa le provocaba. Fue en el brazo de ella en el que se apoyó cuando le ponían la tapa al sarcófago, en su hombro se reclinó al bajar la caja al fondo del hueco, y en el abultado pecho de ella, Labrada ocultó el leve llanto que a su condición de varón le era permitido.

    La primera visita, como casual, fue quince días después a la hacienda. Pero cuando se hicieron novios y se impuso la petición de mano, Manita García mandó a buscar a tía Hildelisa de regreso a Jarahueca. En su casa, bajo su techo y con su supervisión como chaperona se desarrolló el noviazgo. Al año siguiente se habló de bodas y fue entonces cuando la recia matrona puso sus condiciones.

   ―Hildelisa tiene que venir a almorzar conmigo todos los Días de las Madres.

    ―Así será.

    ―Y usted no pondrá obstáculos.

    ―No, señora.

    ―Prométalo.

    ―Por los santos y sagrados restos de mamá Pura.

    ―Pero hay una dificultad, Usted no debe permitir que Hildelisa monte en tren.

    La boda se efectuó cuando ya Labrada había cambiado su oficio, y en su máquina de alquiler fueron los novios de Luna de Miel a los Baños de Mayajigua. Vivieron en Perea y, aunque tía Hildelisa dejó de escribir poemas, no perdió la inclinación por el erotismo.

 

    ―¡Candela! ¡Candela!

    El grito de tía Caridad paralizó a todos. Coca no terminó de acomodarle la compresa de manzanilla tibia que le ponía a tío Baltasar, boca abajo en la cama, entre las nalgas. Aida se quedó sin iniciar la tercera razón de las que le daba a
Ángel para que comprendiera por qué había desobedecido cuando fue a buscar a Cristo el guardia. Eulogio no salió como le habían ordenado, rumbo a la panadería para esperar a que le puerco estuviese asado. Tío Segundo se quedó sin abrir la cerveza que tío Ramiro se tomaría. Naná no puso la brasa de carbón sobre la tapa del caldero con el arroz congrí. Tía Hildelisa tampoco miró el termómetro que le había acabado de quitar a Labrada. Tía Elena dejó inconcluso uno de los tantos pedos que acostumbraba tirarse cuando estaba dormida. Pura María cortó el chorro de orine que espumaba en la taza del inodoro. Tía Lucrecia dejó de contar los tenedores que se pondrían en la mesa, y Fabián no conectó el tomacorriente del refrigerador. Solo Manita García se puso de pie dispuesta a ordenar.

    ―¡Se quema la casa! ―agregó tía Caridad a su grito inicial, y ya entonces todos corrieron al patio.

    Aunque no se veía llama alguna, decenas de hilillos de humo salían por entre las tejas del fondo justificando el temor de la familia por el posible fuego, mucho más cuando este se producía cerca del cuarto de desahogo donde se guardaban el alcohol y la luz brillante.

    ―Es por tu cuarto, Caridad.

    ―No, Es por los lavaderos.

     Y ante la confusión inicial, la voz de Manita García retumbó enérgica indicando qué hacer:

    ―¡Los cubos! ¡Todos a los cubos de agua!

    Sin la organización necesaria, se buscaron cuantos recipientes había a mano, se abrieron las llaves, se destaparon los tanques de reserva y, tropezando unos con otros, derramando agua, haciéndose indicaciones y clamando piedad al cielo, fueron hasta donde se suponía estaba el fuego.

 

    La clarividencia también le servía a Aida para sufrir. Su marido, producto de los negocios de distribución del petróleo, más la agencia en la provincia de los laboratorios O.K. Gómez Plata, salía con frecuencia a Santa Clara, y hombre al fin y al cabo, siempre aprovechaba estos viajes para estar con otras mujeres; estas eran generalmente prostitutas de bares, pero alguna que otra vez: una viuda oficinista, una divorciada moza de hotel, y hasta supuestas señoritas, acetaban compartir con él una cama. Aída lo sabía, pero como las pruebas eran solo sus informaciones mentales y no había en ellas fuerza suficiente para la reclamación, tuvo que recurrir a artificios que conservaran la pureza de su matrimonio.

    ―Se va a morir alguien de la familia ―anunciaba predisponiéndole el espíritu cuando recibía el mensaje de un posible adulterio.

    ―Esta noche se va a enfermar uno de los muchachos   ―decía y a última hora lograba retener a Ángel en Jarahueca.

     Como estos falsos anuncios no se cumplían, el prestigio de adivina de Aida se vio mermada ante los ojos de su cónyuge, y por ello Ángel no le hizo caso cuando le anunció que esa noche iba a ocurrir un gran incendio.

    ―¡Candela! ¡Candela!

    La llamarada lamiendo la negrura de la medianoche se levantaba cerca de los tanques de petróleo y, temiendo que estos pudieran explotar para desaparecer al pueblo, como no hacía mucho había ocurrido en una pequeña ciudad petrolera de los Estados Unidos, a todo el mundo le dio por huir. Aida despertó a sus pequeños hijos y los vistió apresuradamente.

    ―Vamos a ir a pasear.

    En el momento de salir, recordó el dinero que había dentro de la caja fuerte de la farmacia, y dejando un momento solo a los hijos, abrió la puerta interior que comunicaba la casa con el establecimiento y se fue en busca del único bien material salvable de la hecatombe.

   ―Aida se volvió loca ―dijo Manita García cuando, también en plan de evacuación, pasó por casa de la nuera. Recogió a los nietos y los unió a la comitiva que en busca de salvación se dirigía hacia los campos a las afueras del pueblo.

    Cuando Aida por poco si se vuelve loca, fue al regresar y no ver a sus hijos, pues pensó que estos atraídos por el fuego, habían ido a verlo de cerca. Luchando en contra de los grupos que en sentido contrario huían, pudo acercarse a la tienda de Pedro Oñate y comprobar que era esta la que aún sin peligro para los depósitos de petróleo, se consumía sin remedios ni socorros. Regresó y convenció a los últimos hombres que abandonaban el pueblo de lo que en verdad ocurría; estos lograron que el fuego no se expandiera a otras casas y evitaron así que los temidos tanques pudieran explotar.

    Ni la fiesta en su honor ni el diploma que le concedió la Sociedad de Recreo declarándola Salvadora de Jarahueca, compensó el llanto derramado cuando al fin, la noche del fuego, abrazó a sus hijos encima de la loma de Rosete, sin que nadie supiera nunca cuál fue la verdadera razón de su llanto.

    Mujeres y niños desde arriba miraban el resplandor de fuego que iba quedando, pero los ojos de Aida, a pesar de estar dirigidos hacia el mismo sitio que los de los demás, vía las cochinadas que en ese momento Ángel le estaba haciendo a una mulata china dependiente de la farmacia Ordóñez en una habitación del Hotel Santa Clara.

 

 



[1] Nota del escritor. Se ha respetado la redacción y ortografía del original.

lunes, 23 de agosto de 2021

conducta sexual de algunos tíos

    Luis entró de nuevo a la casa para quitarse la ropa y ponerse el short que aún permanecía en el cuarto donde, en camas separadas, dormían tía Elena y Labrada.

 

―Eso ya lo aclaraste.

 

    Como su entrada coincidió con el aviso de que en ese momento, Manita García iba a recibir los regalos, tía Caridad…

 

    ―¿Tía Caridad es esta?

    ―No. Esa es Coca, y este, tío Baltasar. Tía Caridad está a este lado, después de Aida.

    ―Y este es Eulogio, su marido.   

    ―Sí.

    ―Parece que en esta parte, a la izquierda de Manita García están los menos queridos: Ángel, tío Ramiro, Pura María, Aida, tía Caridad y Eulogio.

 

   Caridad nació después de tres varones seguidos y con su aparición en la cadena de hijos, Manita García supo que la racha de los machos había terminado. Ello, unido a la desvergonzada posición que se vio obligada a tomar en la cópula en la que la fecundó, hizo que esta hija fuera, además de la encarnación de su incapacidad para parir siempre varones, el recuerdo de su pecado.

    Caridad fue la más bonita de las hermanas: cariñosa y atenta, parecía tener un don especial para adivinar, aún antes de que la madre misma lo supiera, cuál era en cada momento la voluntad o el deseo de Manita García, y se le adelantaba al pedido. Cuando esta iba a ordenar que barrieran el patio, ya tía Caridad estaba con la escoba de palma en la mano; que fueran a dormir, y ya la niña daba cabezazos. Mas todo ello, lejos de resultarle agradable, irritaba a Manita García, y manilarga como era, convencida de que le golpe enseña, con tía Caridad no le era fácil encontrar el momento para el castigo. Y si mientras Segundo el difunto estuvo vivo, la niña tuvo quien correspondiera a su cariño, la muerte de este la separó definitivamente de las dos personas que más le querían: su padre y su hermano Ángel.

    El muchacho, cinco años mayor que ella, fue quien le repitió el nombre de las cosas, la guio de la mano en sus primeros pasos y la ayudó a sostener la cuchara. Fue Ángel quien le traía coralinas y le crio un pollito a tití, quien una tarde se interpuso entre Manita García y ella cuando la madre le iba a pegar.

    Si la ida del padre dentro de una caja le fue extraña, la partida de Ángel un mes después, a la zanca del caballo de Manita García, le hizo llorar su ausencia más de una noche. Desde entonces fue torca y huraña y, ni siquiera cuando el coronel Tarafa conveniara con la madre la fundación de un pueblo en el sitio de la familia, tía Caridad sonrió a plenitud.

    El convertirse en hija de una mujer pudiente tampoco le trajo la felicidad, Desarrollada con precocidad y linda como era, debió ocultarse constantemente de los peones que cruzaron poniendo las líneas férreas, de los carpinteros que levantaron la estación y la casa nueva, y de los soñadores y buscavidas que comenzaron a aparecer en el pueblo.

    ―Mis hijas no son para muertos de hambre.

    Y Pepín, aunque no era precisamente un muerto de hambre, por mucho que tía Caridad lo amara, no era el ideal de yerno al que ya entonces aspiraba Manita García. Por eso cuando supo del sentimiento que había entre los jóvenes, actuó.

    El patrón de Pepín y propietario de la primera tienda de ropa que hubo en Jarahueca quería comprar unos solares para fabricar algunas casas, y Manita García sencillamente condicionó esta operación con el despido del muchacho. Unos días más tarde, cuando el ex dependiente se fue del pueblo, ella creyó que había solucionado el problema, y no fue hasta años después que supo la verdad.

    La partida de Pepín creó condiciones para que tía Caridad no se casara nunca. Cuando Fabián comenzó a visitar la casa y suponiéndose que era a ella a quien pretendía, optó por el suicidio, pero por suerte, cuando lo tenía ya todo previsto, se supo que a quien se quería de novia era a tía Lucrecia.

    Durante dos años, Manita García fue totalmente indiferente a la soltería de la hija, pero cuando esta. Motivada por el cura que una vez por semana atendía la capilla levantada en un solar que su madre tuvo a bien cederle al obispo, le dijo que quería entrar en un convento, Manita García decidió que tía Caridad debía casarse lo antes posible.

    Al cura le prohibió que volviera a poner un pie en Jarahueca. Como este no le hizo caso, y al domingo siguiente vino a dar la misa, Manita García se terció una canaca al pecho y con una escopeta en la mano y el machete de Segundo el difunto en la otra, fue hasta el templo donde, lanzando tiros al aire, hizo que el sacerdote abandonara el pueblo a todo correr, dejando inconclusa la consagración del pan.

    De nada valieron los ruegos de la hija para que la dejara cumplir con su vocación religiosa.

    ―A monja solo se meten las señoritas que han perdido la virginidad.

    Y antes de cumplirse tres meses del comentado incidente con el diocesano, Manita García celebró la boda de tía Caridad con el hijo de un próspero bodeguero de Yaguajay: Eulogio. La novia sabía que toda protesta era inútil, y convencida de que precisamente con aquella boda se vengaría de la madre, se vistió de blanco y firmó el acta matrimonial.

    Los recién casados se fueron rumbo a Santa Clara en el tren de las seis de la tarde y, tres horas después, cuando ya los novios estarían en el hotel, Manita García, según su costumbre, se fue a acostar. Quitó la sobrecama, la dobló y la puso sobre una silla, Sacudió la sábana, Levantó la almohada, y allí se encontró la nota que le había dejado tía Caridad.

    "Mi virginidad no se perdió. Yo se la entregué a Pepín hace años".

    Tía Caridad esperaba que Eulogio terminara de cepillarse los dientes. Acostada en su lecho nupcial había mirado varias veces su reloj en la mesita de noche al lado de la cama para saber el momento exacto en que Manita García leía la nota que le dejó.

    Cansada de ser amable, sumisa y atenta sin que a cambio recibiera el cariño y la comprensión que siempre deseó de la madre, se supo mal, no solo por la venganza que había preparado, sino porque sin remordimiento alguno disfrutaba imaginando la ansiedad que impediría a la madre acostarse en toda la noche, y la vergüenza que le acompañaría durante el resto de la vida desde que Eulogio se apareciera al día siguiente con ella en el primer tren de la mañana para devolverla a su casa.

    ―Caridad no es señorita.

 

    Luis entró de nuevo a la casa para quitarse la ropa y ponerse el short que aún permanecía en el cuarto donde, en camas separadas, dormían tía Elena y Labrada.

 

    ―Ya eso lo escribiste.

 

    Como su entrada coincidió con el aviso de que Manita García iba a recibir los regalos en ese momento, oyó cuando tía Caridad le pidió a Eulogio que fuera hasta el cuarto y le trajera una caja envuelta con papel amarillo que estaba en la segunda tabla del escaparate.

 

   ―Menos mal que me hiciste caso.

 

    Eulogio, hijo de un comerciante asturiano que vivía en Yaguajay, bambollero e iluso, pueril y cuentista, no reunía las condiciones necesarias para hacer cargo del negocio del padre, por lo que fue al otro hizo a quien este adiestró para la administración. Al primogénito lo mantuvo siempre como simple dependiente y se limitó a desarrollarle el sentido del trabajo, de la disciplina y la obediencia.

    Cuando Manita García necesitó un esposo para tía Caridad, seleccionó a Eulogio entre varios candidatos que se propuso a sí misma. Con el objetivo de materializar sus planes, fue a Yaguajay y le ofreció al asturiano un beneficioso empleo para el hijo. Teniendo a Eulogio en Jarahueca no le fue difícil que a los pocos días, el hombre estuviese enamorado de tía Caridad y que le declarara su amor en una carta que ella contestó obligada por su madre, De esa manera aceptaba el noviazgo, Entonces los escrúpulos del bodeguero español por el comentado escándalo con el cura del pueblo, surgieron como escollos en los proyectos de Manita García. Sin embargo, otro negocio: una gran tienda mixta, en la que Eulogio sería copartícipe atendiendo la parte de los víveres, decidió a este señor a hacer petición formal de la mano de tía Caridad para su hijo.

    La boda se efectuó solo por lo civil y, aunque muy íntima y familiar, hubo brindis y felicitaciones. Tía Caridad se mostró impasible ante todo lo que ocurría a su alrededor, y solo cuando el tren estrenó en la estación, se le vio sonreír con amargura. Ángel subió al coche para ayudarlos con la maleta y al bajar, en el descansillo de la escalera, fue el último en despedirse de la hermana.

    ―A Manita le va a pesar ―le dijo tía Caridad en ese momento.

 

    Eulogio salió del baño tal y como le habían orientado: en pijama: Para descalzarse se sentó en el borde del lecho y cuando se viró para tenderse, vio con sorpresa que tía Caridad se había quitado la sábana de encima y estaba completamente desnuda. Creyendo en ello pasión, se ilusionó, y él también se desprendió de la ropa, pero por muchas caricias, besos y juegos libidinosos que ensayó como preámbulo, no logró la respuesta que esperaba de su esposa, y tuvo que decidirse a efectuar la penetración.

    La casualidad a veces favorece a quien no lo mereces, dice un viejo proverbio chino; y fue casual que después de cientos, quizás hasta mil contactos sexuales que Eulogio había tenido con prostitutas de Yaguajay, fuera precisamente en este en el que se le rasgara el frenillo del prepucio. Ante tal circunstancia, y carente de una experiencia previa en tal sentido, supuso que la sensación dolorosa que sintió en el momento de penetrar el pene en la vagina, era producto de la presión que debió hacer para romper el himen; tanto la sangre que por esa razón manchara la sábana, como la rasgadura misma que después se vio en el miembro, fueron pruebas más que fehacientes de la honra, el pundonor, la vergüenza y decoro den la familia de Manita García.

    Este incidente le impidió a Eulogio volver a tener relaciones sexuales durante el resto de la luna de miel, pero ello no lo mortificó, pues el orgullo sentido a partir de aquel momento por su pequeño falo, le compensó en esos días el placer de la carne.

    ―Herido, pero triunfante.

    Contrario a la suposición de tía Caridad, esa noche Manita García durmió plácidamente, pues en aquella nota solo vio una pueril agresión, un simple deseo de asustarla, y no la verdad que echaría por tierra los principios de su vida, y probaría la debilidad de lo que siempre creyó controlado. No obstante, a pesar de tanta certeza y seguridad, como siempre hizo en la manigua, valoró otras posibilidades de acción, y a la mañana siguiente, cuando oyó pitar el primer tren que venía de Santa Clara, se levantó de la mesa en la que desayunaba y puso botellas de alcohol por todas las esquinas de la casa, se convenció de que las trancas para asegurar las puertas estaban en su sitio, y puso a mano el machete con el que Segundo el difunto había peleado en la Guerra de Independencia y con el que ella, antes de prenderle fuego a su casa con tía Caridad dentro, le cortaría la cabeza a Eulogio si esa mañana se le paraba delante.

 

    En la primera tabla del medio, Eulogio vio una caja azul, creyendo recordar que debía forrarla con un papel amarillo, desenvolvió un estuche que había también dentro del escaparate y empaquetó el encargo. Con él en la mano volvió junto a su mujer.

    Generalmente la entrega de regalos se hacía ates de pasar al comedor para el almuerzo. Manita García se sentaba en uno de los robustos sillones de cedro y pajilla que había en la saleta, y allí, rodeada de todos sus hijos y todos sus nietos…

 

    ―Tú ves, eso es lo que yo no soporto.

    ―¡Qué majadero eres! ¿Qué no soportas ahora?

    ―El matiz idílico que quieres dar, Tú hubieras sido un buen decorador o maquillista: tapas las cosas que resultan fea y desagradables con una facilidad espantosa.

    ―¿Y a qué viene esa descarga?

    ―Tú sabes bien que "todos" los nietos no venían al dichoso almuerzo.

    ―Bueno, es un decir, ¿no? Venían los más chiquitos…

    ―Los que traína los padres.

    ―Para esa época, Manita tenía nietos casados, hombre con otros compromisos.

    ―¿Quieres una música de fondo para que te quede bien linda la explicación?

A los almuerzos de Manita asistían los hijos, por el fanatismo que ella les fabricó y que diariamente alimentaba…

    ―Pero…

    ―¡Déjame hablar, coño! ¿Déjame hacerlo aunque solo sea una vez en la vida! ¿eh? Venían las nueras y los yernos, porque no les quedaba otro remedio, y venían los nietos mientras eran niños y no tenía poder de decisión, porque a medida que se hacían jóvenes…

    ―Los jóvenes siempre han tenido otros intereses.

    ―Y nunca han soportado a los viejos. Y mucho menos a los viejos como Manita.

 

    Pero como a Manita García últimamente le estaba faltando el aire, ese año prefirió la comadrita junto a la ventana de celosías del comedor. Allí se había celebrado el brindis con la primicia del año, y allí se estaba cerca del aroma de sus yerbas medicinales.

 

    ―Y de las flores que algún día te pondrían encima.

 

    Tío Baltasar fue el primero en acercársele con su regalo.

 

    ―¡Ay, déjame contar esta parte a mí! Después si no te gusta, la quitas o las arreglas… Anda.

    ―Está bien.

 

     Bueno, queridos lectores, la cosa fue así. Manita García de una manera u otra ya sabía lo que cada uno de sus hijos le regalaría. Sin que la vieran, o a lo descarado, había abierto unos paquetes, les había cogido el peso a otros, los había olido o movido para ver a qué sonaban, y como el mejor regalo de este año era el de tío Baltasar y Coca, sentada en su comadrita, Manita García los miró para que fueran ellos los primeros en darle el obsequio.

 

    ―Paréntesis. Fíjate que no repetí la palabra regalo. La iba a poner, pero como me percaté que ya aparecía tres renglones más arriba, cogí, como haces tú, el diccionario de sinónimos y busqué: donación, ofrenda, concesión, adehala, merced, dádiva, presente, regalamiento, propina, garamas, obsequio…

    ―Está bien, sigue.

 

        Tío Baltasar salió el ruedo, se acercó a Manita García y dijo más o menos el mismo discursito de todos los años.

    ―Para una madrecita tan linda y tan bueno como la que Dios me ha dado, viene hasta aquí su hijo agradecido desearle la mayor felicidad del mundo.

    Entonces se inclinaba para darle un beso en la arrugada mejilla, momento en que Manita García aprovechaba para decir:

    ―Mi felicidad son mis hijos.

    Tío Baltasar daba un paso al lado, Coca se acercaba a la suegra con el regalo en las manos (ese año lo cargó) y le depositaba otro ósculo en la faz.

 

    ―Por favor, cierra ya el diccionario de sinónimos.

 

    ―¡Un ventilador! ―exclamaron los presentes.

    De esa manera, Manita García aseguraba que quienes trajeron baratos o insignificantes regalos, se sintieran abochornados y al año siguiente mejoraran la calidad de los presentes.

    A continuación, cada uno de los hijos repetía el ritual: el discurso, el beso y el regalo, Quienes resultaran humillados por los mejores presentes del año o trajeron bagatelas, se veían en la necesidad de hacerse le harakiri delante de la familia.

    ―Mi madre sabe que la situación económica de este hijo (o hija, casi siempre) que la idolatra no le permite traerle el regalo que ella merece, pero quiero que sepa que en este modesto obsequio está…

   Y como generalmente a llegar a este punto se comenzaba a llorar, hasta que no se abría el paquete, no se sabía lo que contenía.

    A tía Caridad nunca nada de esto le importó. Si alguna vez Eulogio, para no ser menos que los demás, le propuso aumentar el presupuesto del regalo del Día de las Madres, ella le quitó la idea. Siempre se quedaba para último y se limitaba a decir:

    ―Felicidades.

    Eulogio era quien la besaba, y ese año, como le correspondía, le entregó a la suegra una caja forrada en un muy aparente y ya mencionado papel amarillo, agregado de su cosecha.

    ―Para que lo use.

    Manita García tomó el paquetico y con mucho cuidado, como siempre hacía, quitó la precinta y desdobló el envoltorio, cogió la caja que contenía, y sin verla, ella misma, la enseñó.

    ―¡Kotex! ―se exclamó con asombro en aquel recinto.

    A Manita García le debe haber subido la presión, pues se puso roja de ira, La primera reacción que tuvo fue tirarle la caja al yerno por la cabeza, pero logró contenerse y para no echar a perder la festividad, se limitó a decir con marcada intención.

     ―Caridad, parece que una vez más tu marido se equivocó y cogió la caja que no era.

   Pareció que hasta allí llegaría el desagradable incidente, pero tío Ramiro, creyéndose, como hijo mayor que era, en la obligación de lavar aquella burla, sacó una pistola de debajo de la camia y apuntando al techo, gritó:  

    ―¡Yo te mato, cabrón!

    Congénita o adquirida, tío Ramiro siempre tuvo vocación de campesino. Cuando aún no caminaba, gustaba de gatear hasta donde Segundo el difunto había dejado las polainas y cabalgarlas como bestia de monta o que este lo sentara en las piernas para en las piernas para con sus manitas apretar, como si ordeñara, la ubre de la vaca. Después siempre anduvo con el padre entre los cangres de yuca o capando puercos, aventando arroz o enyugando bueyes, pues para el muchacho no hubo otro juego ni otro placer que imitar al padre en la forma de ponerse el machete o de sopesar en la mano al gallo fino.

    Manita García, por su parte, había decidido que sus hijos no fueran hombres de campo, y aunque fue la viudez la circunstancia que le permitió poner en práctica sus planes, precisamente fue la ausencia del padre quien hizo que el muchacho la desobedeciera.

 

    Al hospital de sangre donde laboraba el grupo de mujeres trajeron un día, como otras tantas veces, un maní herido en una escaramuza. El orificio de entrada de la bala parecía otra tetilla sobre el pectoral derecho, mas en la espalda las carnes desgarradas dejaban ver la agonía del pulmón, la ansiedad por retener un aire que se escapaba en cada distención, la laxitud de bronquios deshechos. Impotentes e impasibles ya ante tanta muerte, las madres, esposas y hermanas de los soldados cubanos, se limitaron a esperar para cerrarle los ojos y amortajarlo.

   ―Denme aguja e hilo ―pidió Manita García cuando llegó junto al moribundo, y puntada a puntada, como quien zurce la espalda raída de una camisa, le fue uniendo las carnes.

    ―Me salvaste la vida ―fue lo único que le dijo cuando meses después se incorporó de nuevo a las tropas de Carrillo, pero aquel hombre siempre le estuvo agradecido y, ya de civil y con la independencia, nunca le cobró los remiendos los zapatos que le llevara.

    ―Esta vez te traigo al muchacho para que me lo enseñes ―le dijo Manita García al mes de haberse quedado viuda.

     A la mañana siguiente de aquel encuentro, cuando el buen hombre fue a despertar a su aprendiz para que se levantara a barrer la zapatería, se encontró vacío el catre que le había armado. Quince días lo estuvieron buscando, Temiendo que lo hubieran raptado para brujerías, no hubo casa de negro que dejaran de registrar, Anduvieron y preguntaron por todos los caminos y finca; miraron en los ríos, indagaron a varios espiritistas, y don Ignacio Delgado prestó sus perros de caza para que lo rastrearan, más todo fue inútil. Al bohío de Manita García se dirigieron mujeres amigas con la intención de consolarla, pero esta se limitó a decir:

   ―Yo sé lo que ocurre.

    A los quince días, Juan de Dios lo encontró en el lindero del sitio y no le fue difícil convencerlo para llevarlo a la casa. Hambriento, sucio y demacrado, Manita García volvió a montar a tío Ramiro en la grupa del caballo y salió inmediatamente con él para Meneses. Para acortar la distancia dejó el camino real y atravesó La Montaña, En la última puerta de esta finca, cuando bajó al hijo para que la abriera, el muchacho se desprendió a correr y volvió a la casa.

Manita García también regreso, no sin antes de pasar por el batey de la haciendo. Allí habló con el capataz y este le facilitó lo que ella necesitaba, De nuevo en su sitio, metió a tío Ramio en el antiguo cepo para esclavos y al día siguiente, antes de partir a Meneses, le ajustó los grilletes en los tobillos.

    ―¿Pero usted está loca, Manita? Yo así no le acepto al muchacho ―le dijo el zapatero.

    ―Y yo me arrepiento de haberle salvado a usted la vida.

   Fue Juan de Dios quien intercedió por el cuñado con el pretexto de que necesitaba ayuda. Manita García puso la condición de que el hijo se fabricara un vara en tierra en el lindero que no viviera bajo su mismo techo.

    ―Usted es más bruta que mi abuela―le dijo el yerno, y sin encomendarse a Dios, le arrebató al muchacho de la mano y se lo llevó para el bohío de su hermano.

    Casi un año entero estuvo Manita García sin ver a tía Ramiro ni permitir que en su presencia se le mencionara. Durante todo ese tiempo los ruidos en la casa se hicieron insoportables: los taburetes se movían solos, las tazas y los vasos se salín de la alacena e iban a hacerse añicos en el piso de tierra y, por las noches, las tablas de palma de las paredes crujían como lamentándose.

    ―El espíritu de Segundo el difunto no puede descansar en paz ―vino un babalao a decirle desde Yaguajay.

    ―Tu marido pide el perdón ―le dijo la curandera de Ajinjibral en una consulta de salud.

    Pero a los muchos mensajes del más allá que Manita García pudo haber recibido por diferentes vías, se mantuvo en sus trece: sorda e intransigente. Fue necesario que el mismo día en que Segundo el difunto cumplía año de muerte, tía Hildelisa se pusiera grave, para que al fin accediera a que el hijo volviera a su hogar.

 

    Las mujeres comenzaron a gritar asustadas, los hombres inmovilizaron a tío Ramiro, y Eulogio, más pálido que un muerto, fue a refugiarse detrás de Manita García.

   ―¡Lo mato! ¡Lo mato! ―gritaba el agresor intentando apretar el gatillo del revólver.

    ―Ramiro, yo aún menstrúo.

 

    ―Eso se cría ella.

    ―No interfiera en el dramatismo de la situación.

    ―Dramatismo el cáncer que durante años la venía minando, Por eso era el sangramiento.

 

    Ante aquella aseveración de Manita García, todos los presentes quedaron paralizados por la sorpresa, sin saber qué hacer o decir. Fue la anciana quien envolvió de nuevo el paquete de Kotex y se lo entregó a tía Caridad.

    ―Tú sabes bien que el regalo es otro,

   ―Ya te dije que tu marido se había equivocado.

    Con aquella afirmación y para dar por terminado el incidente, Manita García se dirigió a tío Ramiro.

   ―Guarda esa pistola y dile a tu mujer que no se vaya a poner a llorar.

   

    Pura María había tenido una menopausia precoz. Recién casada supuso que estaba embarazada, y así se lo hizo saber a toda la familia. Comenzaron los preparativos de la canastilla y se habló con tío Baltasar y Coca para que fueran los padrinos de la criatura que iba a nacer. Meses más tarde, y ante la ausencia de otros signos, fundamentalmente el crecimiento del abdomen, un médico la reconoció y explicó lo que ocurría.

    Manita García, para no herir la sensibilidad de la rica heredera, ordenó a hijos e hijas, casados ya todos en ese momento, que evitaran tener descendencia hasta tanto ella no lo creyera oportuno.

   Años antes, en la época en que Manita García vendió la franja de tierra por donde pasaría la línea del ferrocarril, y puesta de acuerdo con el mismo general Tarafa para urbanizar su finca, tío Ramiro fue a contratarse con un hacendado al sur del río Caonao, y con él trabajó durante años. Este hombre, dueño de veinte caballerías de tierra dedicadas al pasto y de un importante número de cabezas de ganado cebú, era el padre de una única hija dulce y bondadosa, pero fea como un duelo a machete: Pura María

    Conocedor de las condiciones económicas de Manita García y de las personales de tío Ramiro, así como temeroso por la soltería de la hija a la que él había contribuido inconforme con todos y cada uno de los petimetres pelagatos y señoritos blandengues que con intenciones de galanteo se habían acercado a su casa, al cabo del tiempo, el hico hacendado, y ante la ausencia de otra mejor opción, hizo todo lo posible porque entre su heredera y el competente capataz naciera el amor, pero en vista de que el sentimiento no brotaba espontáneamente, se habló de negocio con la madre, y la boda no demoró en efectuarse.

 

    ―En el año cuarenta.

    ― Ese año se casaron casi todos los hijos de Manita.

    ―Parece que los hombres cogieron miedo de que se los fueran a llevar para la guerra.

    ―Tío Segundo y Naná, tío Ramiro con Pura María, tío Baltasar con Coca, Labrada con tía Hildelisa, Eulogio con tía Caridad.

 

    Cumplida la función obsesiva que acompañó a tío Ramiro durante la mayor parte de su vida de demostrar su incondicionalidad para con la madre, la pistola de cabo nacarado, regalo del suegro, volvió a su cartuchera. Tía Caridad fue hasta su cuarto y trajo el verdadero regalo: un estuche Crusellas con perfume, jabón y talco, y así se dio por terminada la primera parte de la ceremonia.

   ―¿Dónde están mis nietos? ―preguntó entonces Manita García.

   Y a la preguntad de su anciana madre, tío Baltasar fue apresuradamente hasta el Pontiac para buscar la caterva de sobrinos que allí esperaban por él para que los llevara hasta el río. Los muchachos al ver acercarse al tío, pensaron que había llegado la hora de partir, pero para su desconsuelo tuvieron que bajarse del auto e ir a vestirse nuevamente.

    Cada año, después que Manita García recibía los regalos, obsequiaba copias ampliadas de la foto que para la ocasión siempre se hacía, y eran precisamente los nietos quienes debían recogerlas.

    ―Muchas gracias, Manita ―debían decirle y darle un beso―, la pondremos en la sala de la casa.

    Desde que se instauró, en este ritual estuvieron presente los hijos de tía Elena y Juan de Dios, después los de tía Lucrecia y Fabián, pero a medida que se hicieron hombres, se negaron a continuar asistiendo a los sacrosantos almuerzos, y por ende no se presentaron nunca más a recoger la nombrada foto.

    ―Son unos malagradecidos ―decía Manita García de los hijos de tía Elena.

    ―Hijos de sorda, zorros ―sentenciaba de los de tía Lucrecia.

 

   Por la situación económica que debieron enfrentar Ángel y Aida cuando se casaron y compraron la farmacia en Jarahueca, evitaron la preñez durante cinco años, pues aunque Manita García pudo haberles ayudado con el dinero, Aida siempre alegó la intuición de que no debían aceptarlo.

    Cuando pagaron sus deudas y la situación se les hizo holgada, eliminaron los impedimentos puestos para evitar el encuentro de uno de los millones de espermatozoides de cada disparo eyaculatorio con el óvulo del ciclo menstrual de la ocasión. A pesar de la rapidez y el vigor de los primeros, así como de la buena implantación del segundo, pasaba el tiempo y el deseado embarazo no se presentaba.

 

   ―Parece que la Naturaleza no quería que nacieras. Jajaja.

 

   ―¿No tendremos hijos, Aida?

   Y sin que la premonición la alumbrara en este asunto, la clarividente solo podía acongojarse y encogerse de hombros como señal de ignorancia.

    Después vino la orden de Manita García de que por un tiempo se evitara descendencia en la familia, pero Aida negada en su fuera interno a obedecer, convenció a Ángel de lo innecesario de preservativo.

    Temerosa de que también fuera como en Pura María, un climaterio prematuro, durante tres meses se calló la ausencia del período, pero al fin fue la adivinación quien la sacó de dudas.

    El circo se armó en un terreno propiedad de Manita García y por ello le correspondieron dos de los palcos del centro. Tal acontecimiento en Jarahueca no era de desaprovechar, y la noche de la función fueron al espectáculo: la anciana dueña del solar yermo, tía Elena, tío Segundo y Naná, Eulogio y tía Caridad, Ángel y Aida.

    El mago, para terminar su número, ofreció responder la pregunta que cada quien escribiera en los papeles que su ayudante repartía. A pesar de que Manita García comentó que era un truco previamente acordado con algunas personas del pueblo, Aida se pudo de pie y pidió un papel. Escribió su pregunta y equivocando el año en que estaban, firmó con un pseudónimo.

    ―Cuarenta y tres ―resonó la voz del mago dentro de la carpa del circo mientras su ayudante sostenía entre los dedos un papel doblado que se quemaba en la llama de una vela―. Sí estás en estado. Será varón y todo saldrá bien.

    Cuando Aida anunció que estaba embarazada todas las mujeres fértiles de la familia quedaron preñadas, por ello, antes de que llegaran los vientos de cuaresma del cuarenta y cinco, y otra vez el circo, Manita García se vio abuela de una nueva camada, esta vez de cinco varones; dos años después tuvo cuatro más, los que junto a los dos hijos malagradecidos de tía Elena y los dos zorros de tía Lucrecia, le completaban el fatídico número de trece nietos.

 

    ―¿Cuántos es trece más dos?

    ―No compliques las cosas, por favor.

    ―Quince.

    ―En mala hora comencé a escribir esta historia.

    ―El quince no es número fatídico, ¿eh?

    ―Oficialmente fueron trece nietos.

    ―Extraoficialmente, ofensiva e impúdicamente fueron quince nietos, Pero eso no es lo importante. Cuenta.

    ―¿Tú estás loco?

    ―¡Cuenta!

 

        Dieciocho años tenía tío Ramiro cuando se fue a trabajar con quien sería su suegro. Acostumbrado a las labores agrícolas, inicialmente se sintió desorientado en la atención de una finca ganadera, pero especialmente de Lázaro, uno de los peones, fue aprendiendo poco a poco los secretos del ganado, Negro educado a la antigua usanza siempre trató a Tío Ramiro de señorito.

    ―Pero si soy tan pobre como tú.

    ―Eso era antes ―le decía enseñándole la amarillez de las mascadas de los dientes― ahora doña Manita será rica.

    Los domingos tío Ramiro visitaba a su madre, pero ya a la hora de recoger los terneros estaba de nuevo en la finca; después de velar que se cumpliera era tarea, tuvo por costumbre ir a conversar con Lázaro y allí, en aquel bohío y con aquella familia, permanecía hasta el oscurecer. A veces jugaban al dominó, y entonces el hombre llamaba a Regla para completar las parejas, Callada, leve y sumisa, la muchacha ocultaba la mirada, no por pena o decoro, sino porque en sus ojos se asomaba el diablo, como también se le asomaba, para quien quisiera verlo, en las carnes firmes y saltarinas debajo del túnico; y en cueros, como cuando la parieron, la vio un día tío Ramiro. Iba a atravesar el río, y como andaba sin cabalgadura, buscó el paso por donde las mujeres frecuentaban lavar; allí Regla después de terminar su trabajo, se había dado una zambullida en la poza para refrescarse y entre las santajuanas de la orilla permanecía dispuesta a ponerse el vestido, La sorpresa les hizo a los dos correr a esconderse, pero al siguiente domingo la muchacha buscó la oportunidad para hablarle.

    ―Todos los martes por la mañana, yo lavo.

    Veinte años son muchos deseos para poderlos refrenar, y sobre la yerba, como deben haberse tendido sus tatarabuelas africanas, Regla se echó y abrió las piernas para recibir a quien desde ese momento sería su hombre.

    Los mayitos y tomeguines del pinar se alarmaron con el grito de dolor de la muchacha y atropelladamente, entre las hojas, levantaron vuelo, cuando como un lanzazo Tío Ramiro le penetró en las entrañas. Las mariposas y zunzunes les revolotearon cerca pensando que entre tantos suspiros y muestras de placer, habría néctar, pero la unión que por el susto de la primera vez comenzó tierna y torpe, se fue volviendo sofocada y brusca, agresiva y brutal. Unas veces, él encima queriéndola destrozar a golpes de pelvis, otras, ella tirada sobre él intentando entonces aplastarlo para exprimirle la savia de sus carnes. Y al final, muertos los dos sobre una alfombra de hojas secas, sudor, sangre y semen.

   Y ese fue el chantaje que el hacendado utilizó a la hora de proponerle a Manita García el negocio para el matrimonio de sus respectivos hijos.

    ―Ramiro está viviendo con una negra de la finca.

    La necesidad que tuvo tío Ramiro de compensar su desobediencia infantil, se tradujo en una afiliación incondicional para con la madre, postura que le hizo aceptar el matrimonio con Pura María, pero que no fue lo suficientemente absoluta como para sacarlo, aunque fuera de manera sucinta, de la cama de Regla, quien por demás le había dado ya dos hijos.

    Pura María nunca fue proclive al matrimonio, ni después de casada al acto sexual, y si aceptó la unión carnal, fue por puro formalismo y obligación. Creyéndose encinta, considero oportuna la abstinencia y rechazó las caricias del marido. Cuando supo de las relaciones de tío Ramiro con la negra, lejos de oponerse a ellas, las propició trayendo a la querida de cocinera para la casa. Aburrid de mantener una falsa ignorancia, primero se comprometió a ser tolerante y guardar silencio, pero terminó por proponer el compartir los tres la cama, despertándosele desde entonces un interés desconocido por el goce sexual.

    Quizás si tío Ramiro hubiese valorado lo que hacía, se hubiera repudiado, pero le gustó la experiencia y se limitó a disfrutarla, Con el tiempo se fueron definiendo roles y preferencias. Pura María se satisfacía con Regla, tío Ramiro se excitaba de forma muy particular observando el jugueteo sexual de las mujeres, y Regla se servía de los dos esposos.

 

    Terminada la entrega de las fotos, Manita García con un gesto de brazos llamó a su seno a los nueve nietos presentes: quiso así, estrecharlos a todos juntos.

    ―En ustedes tengo la esperanza de que esta familia que he fundado, se mantenga siempre fiel a los principios de mi vida.

    Los mayores, adiestrados ya por la experiencia y las órdenes de sus respectivos padres, permanecieron tranquilos y en silencio en la ceremonia en la que todos los años ellos eran el foco central del discurso de la abuela. Fue Salvito quien, apremiado por el deseado chapuzón en el río, la interrumpió.

    ―Manita, queremos ir a bañarnos al río.

    Y sin percatarse de la alteración que por el sobresalto se produjo en el ritmo respiratorio de todos los presentes, agregó:

    ―Dile a tío Baltasar que nos lleve.

    ―Sí, mi amor, Van a ir, pues yo lo que quiero es ustedes se sientan felices.

    Y lo que pudo ser solo una breve pausa, o más bien un punto de giro o apoyo en lo que Manita García siempre decía, se convirtió en el colofón del acto, pues Salvito, creyéndose que ya era la hora de la partida, se desprendió de los dedos anula y meñique de la mano izquierda que le habían tocado sostener en el abrazo colectivo, y salió corriendo hacia su cuarto, quitándose ya la ropa al momento que gritaba:

    ―¡Viva!

    Y detrás de él, los otros ocho nietos que también gritaron:

    ―¡Viva!

    Entusiasmado o precavido, tío Segundo tuvo la feliz iniciativa de unirse también a los vítores, y aunque en los muchachos la intención era otra, él le dio el matiz que convenía al momento.

    ―¡Viva, Manita!

    ―¡Viva!

    Y en un gesto de gran ternura, sencillo, pero emotivo, Manita García se llevó las manos al pecho y dijo en un susurro:

    ―Llévalos, Baltasar.