sábado, 3 de abril de 2021

Capítulo seis

CAPÍTULO SEIS. 

Camilo Alberto se dirigió al sitio del parqueo donde había dejado su jeep. Observado por decenas de ojos disimulados o invisibles, se esforzó en no dejar que sus pasos por sobre la gravilla ni sus manos cambiándose el portafolios para que la derecha buscara las llaves en el bolsillo del pantalón dejaran traslucir su confusión. El sol se encontraba aún sobre el horizonte, y el cielo, como si se desangrara, anunciaba ya la próxima muerte del día.

   Pérez, su chofer, estaba de vacaciones, y si Camilo había estado protestando por las molestias que ello le ocasionaba, en ese momento se alegró de que no estuviera para manejarle hasta Santa Clara, pues como militante también hubiera estado presente en la reunión del Núcleo.

    "¡Pérez!" ─pensó Camilo Alberto desgranando las sílabas, y aquella sola palabra, sin ningún otros pensamiento que le acompañara, fue suficiente para tener la certeza de que el origen de aquel engendro y toda la información que se necesitó, habían surgido del resentimiento y la mala voluntad de este sujeto.

   Como a esa hora ya no quedaban otros trabajadores en el Puesto de Mando, era costumbre, y se permitía que, habiéndose terminado la reunión del Núcleo, se formaran pequeños grupos que por breves minutos comentaran detalles de lo tratado o se pidieran orientaciones acerca de la forma de realizar alguna tarea encomendada, pero no ese día. A Camilo Alberto, sobretodo los trabajadores más simples, lo querían y respetaban, y por consideración a su vergüenza, quienes  vivían en el caserío de los alrededores se dirigieron con prontitud a la salida, los de Sitiecito abordaron la guagua que esperaba por ellos, y los dirigentes, mayoritariamente residentes en Santa Clara, caminaron hacia sus respectivos autos en el parqueo.

   Camilo Alberto puso el portafolios junto a otros papeles en el asiento trasero del vehículo, abrió la portezuela junto al timón, se sentó ante él y encendió el motor; iba a ponerla marcha atrás para salir de allí, cuando una voz lo detuvo. Esperó que Federico se le acercara y, con la impresión de que las palabras que pronunciaba estaban desfasadas con respecto a los movimientos articulatorios, le oyó decir:

    ─Me voy contigo.

   Por su parte, él, como si la decisión tuviera vida propia y no le perteneciera, respondió de manera tajante:

    ─Prefiero irme solo.

   No supo si fue antes o después de dar la vuelta por detrás del vehículo para acomodarse en el otro asiento delantero cuando, sin hacer caso del deseo expresado, Federico le dijo:

    ─Es voluntad del Núcleo.

   Y el ruido característico de la puerta al cerrarse fue como el cuño monárquico que acredita y da fuerza legal a una decisión del Parlamento Inglés para que se lleve a efecto.

   Hay acciones o situaciones que parecen ya vividas, y Camilo Alberto tuvo esa sensación cuando giraba el auto para quedar de frente a la puerta de salida, pero contrario a lo que generalmente ocurre, después de la idea inicial y vaga, esta vez en él apareció el recuerdo claro y preciso de la ocasión anterior. Fue cuando le avisaron que Rita había ido para Maternidad a parir su primer hijo.

   A la hora de la comida del día anterior, su mujer le  había comentado que en la cola de la tienda de la Canastilla, una señora mayor le había preguntado con asombro que cómo podía estar allí encontrándose ya de parto.

   ─¿Y usted por qué lo sabe? ─le había preguntó Rita─.  Yo no me siento nada.

─Por el olor, niña ─dijo Rita que le respondió la anciana.  

  Tampoco a Camilo Alberto le pareció bien que su mujer hubiese ido con semejante barriga a hacer compras, y una vez más, en aquellos últimos meses, le reprimió por disparatera.

    ─Hoy se me vencían varias casillas de la libreta de productos industriales─se defendió Rita─,  y dio la  casualidad que entró mercancía a la tienda. Además  ─agregó mientras le ofrecía con su tenedor una lasca de platanito maduro frito─ yo no me siento nada.

   Hacía ya seis meses que los padres de la muchacha se encontraban en Francia, él como comprador de medicamentos y útiles médicos, y ella atendiendo algunas funciones menores en la sede diplomática de Cuba en ese país, por lo que Camilo Alberto se sentía doblemente responsable de su mujer, la que por demás, caprichosa y voluntariosa como era, había ocultado su embarazo hasta la salida de sus padres para impedir que estos fueran a arrepentirse de viajar.

    ─Pero no debes estar haciendo disparates.

    ─Te lo prometo ─le dijo esa noche su mujer mientras tomaban el café de la comida y lo repitió al día siguiente cuando, en la puerta de la calle, despidió a su marido que salía para el trabajo.

   ─Es varón ─le había anunciado Federico enseguida que lo supo en el Departamento de Información del Hospital Materno─, y te permiten que subas a verlo ─agregó mientras le palmoteaba la espalda.

    Cuando llegó, como si se hubieran citado media hora antes, ya estaban presentes todos sus compañeros del Núcleo, mas el hecho no le llamó la atención de manera especial.

    ─Tú eres muy ingenuo ─le repetía Rita con frecuencia.

   Creyendo que se le había hecho tarde, fue a excusarse cuando coincidentemente, Tomasito miró el reloj en su muñeca y manifestó que aunque aún faltaban cinco minutos para la hora prevista, comenzarían la reunión, pues ya no faltaba nadie de los que debían estar. Alberto saludó con la mano a algunos compañeros y sonrió a otros, pero para evitar que lo requirieran, apresuró el paso hacia su asiento. El gustaba de sentarse junto a la ventana del fondo, mas esta vez habían modificado la distribución habitual de las sillas y sólo quedaba una disponible junto a la mesa de la Dirección. Allí se sentó Camilo Alberto y quedó frente a la masa de compañeros del Partido. Semejante detalle también le pudo haber resultado significativo, pero habituado a aquellas reuniones, no hubo en él alarma ni extrañeza.

    ─Es demasiado cándido ─siempre comentaron los suegros a sus espaldas.

   Se hizo el acostumbrado pase de lista y cada uno de los militantes del Partido Comunista de Cuba del Núcleo del Puesto de Mando de la Ganadería de la Regional Sagua, como en la escuela, fueron contestando presente al mencionarse su nombre. A Camilo siempre le pareció ridículo aquella forma de conocer quienes estaban, pero José Manuel, el director, lo prefería así, y como su voluntad era ley, aún en asuntos tan triviales y ajenas a sus funciones como era el control de asistencia en las reuniones del Núcleo, se hacía de esa manera.

   Quien único no estaba presente, era Pérez. Este siempre disfrutaba sus vacaciones en la segunda quincena de los meses de diciembre y julio, y ese año las tenía planificadas para ese tiempo, pero dos días antes de aquella fatídica reunión del Núcleo, una inesperada necesidad familiar lo obligó a adelantar sus vacaciones para salir de la provincia, razón esta que justificaba, y sólo por ello, a no estar presente en la reunión partidista mensual.

   Pérez era un sujeto, según Rita, lleno de frustraciones y amarguras, pero que él negaba y sabía disimular con perfección de orfebre. Risueño, sociable y aparentemente servicial, ocultaba con la actitud exhibida, el rencor de su mediocridad.

    ─No se le parece ─fue el comentario que Pérez hizo cuando al otro día fue con Camilo a recoger a Rita al Hospital de Maternidad y le enseñaron el niño.

    ─¿A quién? ─le preguntó Rita.

    ─A Camilo, el padre ─dijo.

     Y Rita, herida quizás, porque el chofer no hubiera hecho un cumplido alabatorio de su hijo, le espetó irónica y risueña una pregunta que nadie esperaba.

    ─¿Y quién le dijo a usted que Camilo es el padre?

   Camilo esperó que saliera el jeep del director del Puesto de Mando, y después de este, alcanzó la puerta de salida. Puso la segunda velocidad y ya en la carretera, pasó a tercera y aceleró. Al llegar al pueblecito, se desvió por una de las primeras calles laterales y detuvo el jeep frente a la humilde vivienda de un señor que, ante la carestía de la época, les suministraba cigarros fabricados artesanalmente.

   Federico, conociendo la intención de su amigo, extrajo una cajetilla de uno de los bolsillos de su camisa y se la ofreció, pero Camilo no se percató del gesto y se bajó del jeep.

   ─No tiene, coño ─dijo cuando regresó.

   ─Te estoy ofreciendo de los míos.

   Camilo tomó un cigarro de los que Federico le brindaba, lo encendió y aspiró una fuerte bocanada que expulsó de igual forma. Rita siempre lo estaba estimulando para que dejara de fumar, pues trabajadora del Ministerio de Salud, se había tomado muy a pecho su misión como Responsable Provincial de Educación Sanitaria y pretendía que también su marido llevara en este aspecto una vida sana.

   ─Rigoberto no fuma.

   Y tantas veces se lo repitió que un día, después de encender un cigarro con el fuego que le ofreció el suegro, se viró molesto y le dijo soberbio:

    ─Rigoberto es Rigoberto, y yo soy yo.

   La carcajada del suegro no se hizo esperar ni tampoco, a modo de justificación, la explicación de su hilaridad.

    ─Perdona, Camilo, fue que pusiste una cara que pensé que lo menos que ibas a hacer, era mandarla para el carajo.

   Camilo abrió la portezuela y, dando tiempo a que los demás autos que iban para Santa Clara, se le adelantaran, descendió nuevamente del jeep y se quedó parado junto a él. Allí, con miles de ideas peleando en su cabeza, terminó de fumarse el cigarro en absorciones rápidas y repetidas, tiró la colilla al suelo y la aplastó con saña.

   ─¿Quieres que yo maneje? ─le preguntó Federico.

    ─No.

  Después del pase de lista, se hacía el chequeo de acuerdos, y ese día no hubo, en este aspecto nada especial.

   A Rita  nunca se  le había  hecho  el proceso  para militante,  ni siguiera nunca había salido Trabajadora Ejemplar, paso previo e imprescindible para poder engrosar las filas del Partido; en la Universidad se le señaló su falta de combatividad como limitante para recibir el carné de comunista, y aunque hubo quienes la defendieron planteando características de su personalidad, tanto  sus padres como  Camilo Alberto  sabían que a  Rita no le interesaba en lo más mínimo pertenecer a la máxima organización política del país, y sin que se llegue a interpretar por esto que tenía problemas ideológicos, su conducta como revolucionaria se limitaba a admirar a sus dirigentes y a disfrutar del aspecto social y festivo de concentraciones, movilizaciones agrícolas, desfiles, recogidas de materias primas, limpieza y vigilancia de la cuadra y de otras muchas tareas de masas a las que la población debía integrarse para no significarse como persona desafecta con el proceso revolucionario.

   Cuando su padre de ella supo de la posibilidad que se le designara como representante para la Misión Comercial del Ministerio de Salud Pública en Francia, comprendió que la no militancia de su hija podía ser un punto débil en su candidatura y se propuso una estrategia intensiva y de aplicación inmediata para mejorar la imagen política de Rita.

   Como a la graduación de Rita, la había llevado a trabajar junto a él a la Dirección Provincial del Organismo de Salud, no le fue difícil que el Núcleo del Partido de allí le designara tareas.

   ─Yo propongo a la nueva compañera psicóloga como Secretaria del Consejo de Trabajo.

   Camilo Alberto encendió el motor del jeep y salió en marcha atrás hasta una de las polvorientas boca calles de aquel lugar, y por ella entró para colocar el vehículo en la posición deseada. Giró entonces el timón en sentido contrario, puso de nuevo la primera velocidad con un gesto puramente estereotipado y salió patinando las gomas traseras rumbo a la carretera, a la que ascendió con un giro brusco y rápido sin siguiera cerciorarse si venía otro carro.

    ─¡Oye, yo quiero llegar vivo a Santa Clara!

    ─¿Y yo no?

    ─Pues maneja bien o dame el timón.

    ─No fastidies, Federico.

  Federico y él fueron compañeros de aula en la Universidad y, aunque sin una amistad especial, siempre se tuvieron simpatía.

    ─¿Tú lo crees, Federico?

    ─No.

    ─Pero existe el comentario.

    ─¿Y eso es suficiente?

    ─Para la moral de un comunista, sí. Tú lo sabes.

    ─¿Y qué vas a hacer?

   Federico fue uno de los estudiantes que se le ofreció a Fidel en el encuentro en la melonera de Pinares de Mayarí, y el Comandante lo designó para un complejo de vaquerías que se proponía crear en la llanura del Cauto, y por ello, a su graduación, fue ubicado en esa zona. Allí le esperaba un jeep soviético nuevo enviado para él por el máximo leader de la Revolución, pero después de dos años sin saberse cuándo comenzaría la construcción de las modernas edificaciones que se requerían, ni mucho menos de la llegada de los sementales canadienses que darían lugar a una nueva raza de ganado vacuno apropiada para nuestro clima, Federico, quizás por la imagen de dirigente estudiantil que aún conservaba del amigo, en una de las visitas a su casa en Santa Clara, fue a ver a Camilo Alberto para contarle su situación, y este, como ya nadie se acordaba de que la ubicación de Federico la había hecho el mismo Fidel, lo trajo a trabajar con él. 

    ─Yo voy a ser el padrino ─le dijo Federico cuando Camilo se le reunió de nuevo en la puerta de Maternidad.

   ─Yo soy comunista. Mi hijo no se va a bautizar.

    ─Padrino en el acto de inscripción en el Libro del CDR como ciudadano de este país, compadre ─le aclaró sonriendo y le tiró el brazo por sobre los hombros─.  Vamos a celebrarlo  ─le dijo mientras caminaban hasta donde el jeep.

   El siguiente punto del orden del día era el informe administrativo del cumplimiento del plan de producción del año, pero como este, Camilo se lo sabía de memoria, pues fue él quien había ofrecido los datos y había ayudado a José Manuel, el director, a redactarlo, llevó la atención de su lectura a un segundo plano y se interesó por ver la impresión que causaba en los rostros de los presentes. Cloraida, la cocinera, no comprendía nada de lo que se decía y lo miraba a él. Camilo se sorprendió de ello, y aunque sus miradas se encontraron sólo un breve instante, trató inútilmente de descifrar el matiz de aquellos ojos castaños y cansados que lo miraban: ¿compasión? Decidió llevar la vista hasta el extremo contrario del salón y buscó otro rostro. Ricardo, el contador, ajeno a la voz del director, lo miraba también. Camilo hizo un rápido paneo con la vista sobre los presentes y todos tenían la vista sobre él. El auditorio se sintió descubierto y cada uno de los que lo formaban, trató de disimular su turbación de algún modo: unos tosieron, otros cambiaron de posición sobre la silla, se descruzaron piernas, se encendieron cigarros, se arreglaron ropas, y una oleada de aire frío, como un espíritu que cruzara, atravesó el lugar e hizo que todos se estremecieran.

    ─¿Qué ocurre? ─preguntó José Manuel, pero no esperó respuesta, pues al levantar la vista, primero sobre el grupo para después dirigirla hacia el sitio donde se encontraba Camilo Alberto, le sirvió para percatarse de que todos conocían en alguna medida y estaban pendientes del problema principal que se plantearía en Asuntos Generales. Resumió lo que aún faltaba por leer, dijo algunas otras cifras más importantes y dio por terminado su informe.

    ─Preguntas, comentarios... ─dijo Tomasito, el Secretario General del Núcleo arrastrando la sílaba final de cada una de las palabras para motivar la intervención de los presentes.

    ─¿Cuántos hijos tú quieres tener?

   Camilo detuvo el movimiento de rotación que hacía con un estropajo sobre uno de los platos que habían usado en la comida y sin sacar las manos del fregadero giró la cabeza hacia donde permanecía Rita a su espalda dándole el pecho al niño, y exclamó interrogante.

    ─¿Eh?

  ─¿Qué cuántos hijos tú quieres tener? Nunca me lo has dicho. 

  ─Más de dos ─le respondió Camilo, con los labios le hizo un gesto que no llegó a ser beso y siguió fregando.

    ─¿Tres? ─insistió Rita.

    ─Cuatro... ─dijo sin mucha certeza para después de una breve pausa, agregar─:  o cinco.

    ─¿Todos conmigo?

   A Camilo le dio gracia aquella nueva pregunta y sonriéndole contestó:

    ─Naturalmente. ¿Con quién otra?

    ─Ven entonces y dame un beso por cada uno de los hijos que vamos a tener.

    ─¿Ahora, Rita? ─preguntó suplicante─. Le estás dando el pecho al niño y yo estoy fregando.

    ─¡Ahora!

    ─Mira que va a haber un apagón.

    ─Mejor ─dijo con un tono francamente sensual.

   Camilo se secó las manos y fue hasta el sillón donde permanecía su mujer y, a la par que los enumeraba, comenzó a besarla por las mejillas y la frente con profusión intencionada del sonido de sus besos.

   ─Uno...dos...tres... ─y así hasta contar ocho. Entonces comenzó a quitarse la camisa y fue a pararse detrás del sillón.

    ─¿Qué haces?

    ─Posar en un afiche para tus campañas de salud  ─y manteniendo una sonrisa artificial para la broma, anunció─: Matrimonio feliz.

   Rita llevó la mano que tenía libre hasta el hombro en que Camilo dejaba descansar una de las de él, y tomándosela, se la acarició con los labios.

   Ya comenzaba a oscurecer, y Camilo prendió los focos del jeep. La carretera, amén del poco tránsito que por ella circulaba producto de la escasez de combustible que había en el país, a esa hora permanecía prácticamente vacía. La semipenumbra del anochecer sólo permitió que el haz de luz se insinuara, pero la oscuridad de la noche no demoró en permitirle resaltar sobre el pavimento por el que el vehículo cruzaría. Fuera de él, sólo sombras cambiantes y fugaces de la maleza.

    ─Hace falta que chapeen los bordes de la carretera ─comentó Federico sólo por romper el silencio ya de varios kilómetros.

    ─Esto es de pinga, Federico.

  Y por aquella palabrota, tan frecuente en el lenguaje habitual entre los compañeros, pero tan poco usada por Camilo, Federico supo de la intensidad de la emoción que vivía su amigo.

   Enseguida que se le terminó la licencia de maternidad, Rita ubicó al niño en un círculo infantil y comenzó a trabajar. Era ella quien lo llevaba y por la tarde lo recogía en la institución, mas cuando debía viajar a algún otro municipio, era entonces Camilo quien pasaba por el círculo en busca del hijo.

   Una tarde, a su llegada a la casa, Camilo se encontró una nota de Rita explicándole que se le había presentado un viaje imprevisto a Placetas y que como llegaría tarde, Rigoberto le haría el favor de recogerle el niño y lo llevaría a su casa, a donde Camilo debía irlo a buscar cuando llegara.

  Pérez se había detenido a bajar unas malangas que traían, y gracias a esto, el jeep aún permanecía allí.

   La casa de Rigoberto era por el mismo barrio, así que el viaje fue corto. Fue el compañero de Rita quien les abrió la puerta y allí le entregó el niño que permanecía dormido en sus brazos.

    ─Gracias ─le dijo Camilo mientras tomaba al hijo.

  Rigoberto respondió sólo con un gesto de la mano y a continuación le indicó que no hablaba para no despertar a la criatura. Camilo asintió con la cabeza y en compañía de Pérez abordó nuevamente el jeep. Rumbo a la casa, el chofer miró a Camilo y se atrevió a comentarle:

    ─A mí este tipo no me acaba de gustar.

    ─¿Por qué? ─indagó curioso Camilo.

    ─No sé  ─dijo Pérez sólo para volver a insistir─,  pero no me gusta.

   Enseguida que Liz Baliño tuvo noticias del acontecimiento, imposibilitada de estar presente como hubiera deseado, llamó por teléfono a la hija.

     ─¿Cómo le van a poner? ─preguntó desde una de las oficinas de la embajada cubana en París.

    ─Camilo Ernesto.

  Y a partir de entonces, deseosa de conocer al nieto, contó los días que faltaban para las vacaciones en Cuba, viaje que a pesar de todas las gestiones realizadas por ella y su esposo para obtener el permiso, tuvo que esperar a los dos años de misión reglamentados en el extranjero.

   A La Habana fueron a esperarlos Camilo, Rita y el niño, y no pasaron dos horas de estar juntos, para que Camilo se percatara de los mucho que habían cambiado sus suegros.

    ─Todo lo que viene en esta maleta, es para el niño ─dijo Liz Baliño cuando comenzó a abrir el equipaje en la habitación del Hotel Habana Libre.

   Camilo fue a decir algo, pero en ese momento tocaron a la puerta, y el suegro desde el baño le pidió que abriera.

   ─Debe ser el camarero con las cervezas.

   A la hora de la cena, cuando ya las luces de la ciudad centellaban a los pies del piso veinticinco de aquel edificio,Liz Baliño tomó del brazo a Camilo y lo llevó hasta uno de los ventanales que servían de mirador.

   ─¡Ay, qué maravilla estar de nuevo en Cuba! ─dijo en voz alta ante los camareros, quienes por su atuendo demasiado elegante para la época que se vivía en el país, la miraban con evidente desconfianza. Inmediatamente bajó la voz y con disimulo le susurró al yerno al oído─:  Yo le avise a tu mamá cuando nació el niño.

   Camilo la miró asombrado sin saber qué decir. Liz Baliño sonrió, como siempre, con una mezcla de picardía y extendió un brazo como si señalara un punto en la vista nocturna para no levantar sospechas de lo que hablaban y le aclaró:

   ─No te preocupes. En París no hay la persecución que hay aquí. Allá esas cosas se pueden hacer sin que nadie se entere.

   ─Camilo Alberto, ahora debemos plantear algo en esta reunión que te atañe particularmente ─dijo Tomasito e hizo una pausa.

   A Camilo no le sorprendió aquella indicación. Sin haber tenido conciencia de ello, toda la información extraverbal recibida en la última hora, le había alertado de lo que ocurría y de cierta manera estaba preparado. El, Camilo Alberto Ramos Solís, médico veterinario y Subdirector Técnico del Puesto de Mando de la Ganadería en el Regional Sagua, sería el centro de aquella reunión del Núcleo del Partido.

   Punzado por tales palabras del Secretario General, Camilo cambió de posición en la silla y se irguió con naturalidad, pues, aunque sabía que iba a ser agredido de alguna manera, no podía demostrar tensión ni defensa, ya que semejantes actitudes ante sus compañeros, hubiera enotado desconfianza y recelo de su parte, y como principio del centralismo democrático que imperaba en la organización política a la que pertenecía, cualquier medida que de ellos enamara, aunque fuera una orden de detención, sería por su bien. Se ajustó los espejuelos como si en realidad esperara la asignación de una tarea partidista cualquiera: la actualización del mural el mes próximo, el apadrinamiento de algún compañero de los de la cantera para engrosar las filas del Partido o la entrega de una información determinada, y la pausa de Tomasito le pareció interminable.

     El no tenía problemas de disciplina laboral y había cumplido su plan de trabajo del año con calidad. En este aspecto no había duda alguna, pues aunque en el informe que se acababa de leer, no se hacía mención explícita de su nombre, ninguno de los parámetros medibles en su subdirección se había incumplido, y la valoración cualitativa de su gestión técnica y administrativa había sido calificada de excelente en la última visita de Control y Ayuda del Nivel Provincial.

  Como militante había cumplido todas las tareas que el Núcleo le había asignado, mantenía buenas relaciones humanas, se estaba superando y ya cursaba el segundo semestre de Ruso en la Escuela de Idiomas, participaba en las movilizaciones agrícolas y en las jornadas de limpieza y embellecimiento que se convocaron siempre que se esperaba una visita al centro. Cumplía con la guardia obrera y no había fallado a ninguna de las rondas que por la zona de los CDR le habían correspondido. Era combativo...No. El señalamiento no sería por ninguno de estos aspectos.

   Tomasito fue a hablar, pero se detuvo para tomar un poco de agua. Los demás permanecían estáticos y en silencio como si simularan un conjunto escultórico. Sólo los ojos de José Manuel se movían inquietos del Secretario General a Camilo Alberto, y de este al resto del auditorio para volver de nuevo a Tomasito.

   José Manuel había pertenecido al ala juvenil del Partido Socialista Popular en su nativo Caibarién y defendía su cargo como Director en aquel puesto de mando adulando a los jefes superiores, con un eficiente trabajo organizativo, sin permitir el más leve resquebrajamiento en la disciplina de acatar su voluntad y temiendo siempre de quien sospechara podría sustituirlo, y Camilo era el principal candidato.

   El jeep dejó atrás el poblado de Cifuentes y comenzó a recorrer el último tramo de carretera antes de llegar a Santa Clara. La cercanía a la ciudad capital de la provincia justificaba la aparición cada cierto tiempo de algunos otros autos, aunque no por ello se pudiera dejar de catalogar el viaje de solitario.

    ─Dame otro cigarro ─pidió Camilo Alberto con una voz que a Federico le pareció más serena. Se lo ofreció y le rayó el fósforo para que encendiera sin desatender el timón; esperó que absorbiera la primera bocanada de humo para hablarle.

    ─Camilo, no es bueno que te tragues lo que sientes. Yo soy tu amigo. Tú lo sabes ─le aclaró  y estoy dispuesto a oír lo que quieras decir.

   Camilo desvió un instante la vista de la carretera para mirarle con una inexpresividad que molestó a Federico.

   ─¡Oye, antes que carné, trabajo ni nada, yo soy hombre. Conmigo puedes hablar!

   Problemas ideológicos no era. Tanto él como Rita habían tenido mucho cuidado de que los niños vistieran como los demás a la hora de ir al Círculo Infantil, y la ropa y los zapatos que los suegros le enviaban a los nietos desde Francia, la usaban sólo en situaciones especiales. A veces, pantalones y pullovers de mejor calidad los utilizaban dentro de la casa para ahorrar la que habían comprado igual a la de los demás niños con la libreta reguladora de tales productos en la tienda que les correspondía.

   Con ninguno de sus familiares en el extranjero, ni aún siguiera con su madre, mantenía ningún tipo de comunicación. Sus suegros estaban en Francia cumpliendo tareas de la Revolución y eran gente probada en su adhesión a Fidel y a los principios del Socialismo, y así y todo, él no les escribía, y cuando ellos llamaban por teléfono, después de ver durante su visita a Cuba lo aburguesados que estaban, se limitaba a saludarlos única y exclusivamente. Que Liz Baliño le hubiera avisado a Nina Solís cuando nació Camilo Ernesto, y posiblemente también cuando nació Alberto Raúl, no lo sabía ni Rita.

   ─Es una situación ─dijo Tomasito cuando al fin comenzó a hablar de nuevo  difícil no sólo para ti, sino también para todos nosotros, y en particular para mí que como Secretario General de este núcleo, debo ser quien te lo plantee.

   Un mes después de la llegada de sus suegros en aquellas primeras y últimas vacaciones en Cuba, dejaron al niño al cuidado de Rigoberto, el compañero de Rita para que Camilo y ella volvieran al aeropuerto para despedir aLiz Baliño y a su esposo en la nueva partida para Francia.

    ─¿Este tipo no es casado? ─le preguntó Pérez cuando fueron a casa de Rigoberto a buscar al niño.

    ─Pérez, Pérez... ─dijo y repitió Camilo moviendo la cabeza en señal de desaprobación─.  Ya sé por donde vienes. ¡Pero mira que tú eres mal pensado!

    ─Yo sé lo que digo, doctor. Ese tipo no me gusta.

    ─Pues estás equivocado. Rigoberto no es casado, pero es hombre, varón, macho, masculino.

   ─Ahora bien ─dijo Tomasito sacando un libro del portafolio que tenía en el suelo cerca de sus pies  antes de plantearte el problema, quiero leerte algo  lo abrió por donde sobresalía un pequeño pedazo de papel haciendo la función de marcador y se dispuso a leer, pero volvió a cerrar el libro para mostrar su carátula y, como si estuviera anunciando la Biblia, dijo─:  Fundamentos de los conocimientos filosóficos  ─hizo una breve pausa y con la misma autoridad que si dijera entonces Dios, agregó─: Afanasiev ─volvió a abrir el libro y comenzó a leer─: "La moral comunista expresa los intereses de la mayoría absoluta de los miembros de la sociedad..."

   En ese momento, ya Camilo Alberto había dejado de escuchar lo que el Secretario General del Núcleo leía, pues anonadado por dos palabras dichas por Tomasito: "problema" y "moral", no podía pensar con claridad y sólo salió de aquel letargo cuando el dirigente partidista tuvo que rectificar una palabra que no había logrado leer bien de primer vista.

     "─...verbigracia"  ─y continuó─ "los mandatos elementales presentados a la conducta del hombre"  ─entonces aprovechó el punto y aparte del texto para hacer una pausa y dirigirse a Camilo─.  ¿Comprendes?

   Camilo pensó decirle que no, pero sin saber por qué, se sintió afirmando con la cabeza y recordó una situación semejante cuando Liz Baliño, al despedirse por última vez antes de atravesar la puerta de emigración en la estación aérea, le dijo:

    ──No tengan más hijos por ahora.

   Ya Rita y él habían hablado de ello y habían decidido qué iban a hacer.

    ─Es mejor tenerlos todos juntos y no esperar a que Camilito Ernesto esté grande.

   Y ya hacía tres meses que habían dejado de cuidarse.

   Camilo y Rita subieron hasta el balcón en el segundo piso del aeropuerto, y media hora más tarde le dijeron adiós a los padres de la muchacha cuando caminaban hacia la nave de Cubana de Aviación que imponente ronroneaba sus motores sobre el pavimento en que se posaba. Por la escalerilla, y hasta perderse por la portezuela abierta, Liz Baliño estuvo todo el tiempo agitando la mano en alto. El avión no demoró en desprenderse de cables y tubos que le tenían detenido en tierra y fue a situarse en uno de los extremos de la pista. El ruido del acelerón se hizo molesto. Rita se tapó los oídos con ambas manos y, en una reacción más infantil que amorosa, buscó refugio en el pecho de su marido; este la cubrió con uno de sus brazos y la mantuvo allí hasta que el avión, en la distancia, se elevó a las nubes. Entonces Rita miró a Camilo y le dijo:

   ─Estoy embarazada de nuevo.

   ─¿Qué será? ─le preguntó Camilo después de besarla en la frente.

    ─Varón como habíamos acordado.

    ─Se llamará Fidel.

    ─No. Fidel será el próximo ─aclaró Rita y salió caminando rumbo al auto─.  A este le vamos a poner Alberto Raúl.

   Si hasta entonces aquellas dos palabras habían girado en su mente independiente una de otra, después de la reacción inicial, Camilo logró en una primera respuesta, elemental, pero al menos coherente, voluntaria e inteligente, unir aquellos dos términos en una frase que por fuerza tuvo un matiz interrogativo: "¿problemas morales?"

   ─Entonces sigo ─dijo Tomasito y reanudó la lectura─.  "...De ahí el principio tan importante de la moral comunista como el colectivismo y la ayuda mutua de camaradas, que se expresa en la fórmula: Uno para todos y todos para uno..."

   ─¿Problemas morales? ─y como un inmenso bloque de granito que rebotara una y otra vez sobre el piso, aquella pregunta no dejaba de martillarle en la cabeza. Camilo recorrió la vista sobre los presentes tratando de buscar respuesta a aquella incógnita, pero todos miraban atentos a Tomasito, todos menos José Manuel, el director.

    ─Te felicito ─recuerda que le dijo poniéndole por primera vez el abrazo sobre los hombros cuando el Sindicato lo premió con la casa en la playa a los pocos meses de estar trabajando en el Puesto de Mando de la Ganadería de la Regional Sagua.

    ─Gracias ─le contestó Camilo Alberto mientras caminaban hacia la sala de ordeño de una de las tantas granjas que debían supervisar─, pero pienso que otros se lo merecían más que yo.

   José Manuel se rió y deteniéndose, le dijo:

   ─Por mí no te preocupes. Los dirigentes ─y Camilo percibió cierta entonación especial en el nominativo─ recibimos la asignación de casas en la playa directamente del Partido Provincial.

   ─Lo decía por los obreros.

   ─Vamos, hombre, no seas modesto que tú te lo mereces ─y para dar por terminado aquel tópico, más que propuesta, le ordenó que se llevara el jeep─.  Con dos niños pequeños, serán muchas las cosas que tengas que cargar.

    ─Voy a usar el carro de mi suegro.

    ─¿El cacharro viejo ese? ─volvió a tirarle el brazo por sobre los hombros para reanudar la marcha y, sin esperar respuesta, le dijo─: Tendrás que hacerle una buena reparación para que aguante el viaje de aquí a Varadero.

    ─Sí.

   ─Bueno, cualquier pieza que necesites, me ves y la sacamos del almacén.

   El jeep dejó atrás las primeras casas a la entrada de Santa Clara y no demoró en tomar por la avenida con que la ciudad recibía a la carretera, y después de avanzar varias cuadras, tuvo que detenerse ante un paso a nivel cerca de la estación de ferrocarril, pues un largo tren de carga obstruía la vía.

    ─Hay apagón en el centro.

    ─¿Qué vas a hacer? ─preguntó Federico, pero como en ese momento levantaban la barrera, Camilo sin contestar puso nuevamente el jeep en marcha.

   Era cerca de las ocho y treinta, y como otras tantas veces que él regresaba tarde del trabajo, Camilo supo a Rita sola en la casa con los dos niños.

    ─Nosotros no tenemos a nadie más en este mundo ─se lamentaba con frecuencia su mujer, pero alegre y optimista como era, aún aquella queja le servía para jaranear con picardía─.  Por eso vamos a tener muchos hijos, ¿verdad Cami?

    ─Al menos vamos a intentarlo.

    ─¿Muchas veces?

    ─Sí.

    ─Entonces hoy vamos a dormir temprano a los niños.

   Al concluir la lectura, Tomasito dejó el libro sobre la mesa y se dirigió a la compañera que hacía el acta de la reunión para indicarle que a partir de ese momento no tomara nota de lo que se hablara. Entonces cambió la vista hacia Camilo.

   "¿Problemas morales?" ─se preguntaba Camilo una vez más, pero dueño ya de su pensamiento, antes de que Tomasito hablara, se atrincheró─. "¿Qué coño se traerá esta gente?"

   A Rita sólo la recuerda verdaderamente brava cuando lo encontró con la muchacha del centro telefónico. Rita estaba embarazada de Alberto Raúl, y aunque su vínculo con Gladys fue puramente sexual, no se lo quería perdonar y le habló de  divorcio. Todo comenzó porque casualmente le vio un paquete de preservativos en el portafolio del trabajo y, aunque no hizo ningún comentario al respecto, se puso sobreaviso. Desde ese día, sin que Camilo lo sospechara, le registraba minuciosamente la ropa en busca de indicios acusatorios y confirmaba las razones de todas sus salidas o llegadas tardes la casa. La aseveración del adulterio la tuvo el día que Camilo le anunció que esa noche tendría una reunión. Rita le pidió a Rigoberto que de manera oculta viniera a cuidarle al niño, y cuando su marido salió, ella lo siguió en el auto del padre. Vio como recogía a la muchacha en una de las calles de La Vigía, y continuó detrás del jeep cuando tomaron por la Carretera Central. Al cruzar la Circunvalación, Rita supo hacia donde se dirigían. Los vio entrar en la posada y detuvo la máquina en el borde de la carretera para que tuvieran tiempo de tomar la habitación, entonces entró ella y no tuvo dificultad para localizar el jeep. Sin hacer caso del empleado que la llamaba, fue hasta la puerta del cuarto y tocó con discreción. Camilo Alberto, creyendo que le traían la bebida que había encargado, abrió ligeramente la puerta; Rita se aprovechó de ello y empujándola con fuerza, entró abruptamente.

   ─¡Chulo de mierda, si no quieres que arme un escándalo, ponte la camisa y vamos!

  Camilo descartó el incidente, pues independientemente que había ocurrido hacia dos años, como hombre que era, el hecho de que se acostara con una mujer que no fuera su esposa, no constituía problema alguno para la moral comunista.

   ─Si crees que no me necesitas, déjame en la próxima esquina ─le pidió Federico después de pasar el semáforo de la calle Maceo.

   Camilo no contestó, pero al llegar al lugar indicado, continuó la marcha sin detener el jeep, pues pensó que si el Núcleo lo había mandado, debía estar con él hasta el final.

   ─Lo que se te va a plantear, no es nada confirmado. Sólo comentarios que existen, opiniones ─aclaró Tomasito─, pero para la moral de un comunista, el prestigio puede ser mucho más importante que los hechos mismos. Tú lo sabes bien ─puntualizó con un tono de voz más firme y convincente─, porque has sido ideológico de nuestro núcleo.

   ─Tomasito ─interrumpió Camilo Alberto─,  no des más rodeos y acaba de decir de qué se trata.

   Esa mañana, Rita se iba a quedar en casa para preparar un informe que debía entregar a su jefe, y fue Camilo quien llevó a los niños al Círculo Infantil. Como Pérez estaba de vacaciones, él mismo estaba manejando el jeep.

   ─Regresa a desayunar ─le había pedido Rita cuando besaba a los hijos en la puerta antes de que marcharan.

   ─Esta bien ─le respondió este y por su parte le depositó un beso en los labios.

  A su regreso tuvo la sorpresa de encontrar servida, no la mesita de la cocina, sino la mesa de cristal del comedor. Uno de los manteles nuevos, la vajilla de aro dorado: teteras, tazas con sus platillos, vasos finos, cubiertos, la cesta del pan tapada con una servilleta...

   ─Hoy nos vamos a desayunar como personas de bien.

  ─Rita ─protestó Camilo─, que yo no puedo perder tiempo.

   Camilo detuvo el jeep frente a la casa y se bajó. Antes de dirigirse a su vivienda, se volvió a Federico y le dijo:

    ─Regreso enseguida.

    ─¿Qué vas a hacer?

  Aquella interrupción de Camilo había emplazado a Tomasito. El ambiente se tornó insostenible y el Secretario General del Núcleo del Partido Comunista de Cuba del Puesto de Mando de la Ganadería en la Regional Sagua supo que no podía dilatar más el asunto.

   ─¿Qué tú crees si la mato? ─le preguntó a su vez Camilo con toda la ironía de que fue capaz.

    ─Tu mujer te es infiel.

 

domingo, 28 de marzo de 2021

Capítulo cinco

No sé por qué a mí se me ocurrió escribir una novela precisamente con Camilo Alberto Ramos Solís como protagonista principal, cuando hasta en los periódicos de la época salieron hechos relacionados con su vida, como lo fue su graduación universitaria.

 

_______________________________________________________________

GRAN ENTUSIAMO EN EL ESTUDIANTADO PARA LA MARCHA DESDE LA SIERRA MAESTRA AL II FRENTE.

Participarán más de mil graduados de las tres universidades del país y 166 alumnos ejemplares del nivel secundario.

Periódico Granma, lunes 12 de septiembre de 1966[1].

_______________________________________________________________

 

   Los dos últimos años de Camilo en la Universidad fueron trascendentales en su vida, pues coincidieron toda una serie de hechos que a su vez determinaron modificaciones de hábitos, cambios  de  actitudes,   variaciones   en  los  afectos,   transformaciones  de  status  y  roles, metamorfosis de los principios filosóficos que sustentaban hasta ese momento su posición ante el mundo y un nuevo estado civil.

   Lo primero fue que comenzó a fumar.

   Esto se debió a la crisis emocional de Sara.

   Por las tardes, Camilo y ella se reunían a estudiar en el laboratorio donde la muchacha se desempeñaba como responsable de equipamiento, y como Sara esperaba con ansiedad la asignación de una beca para ir a terminar su carrera en un país de la Europa Socialista, fumaba en exceso.  Con semejante persona como compañera de estudios, era lógico que Camilo también comenzara a fumar.

   Nina Solís supo que su hijo se había enviciado a la nicotina la mañana siguiente en que Camilo llegó a Jarahueca acompañado de Sara.

   La situación de los trenes ya por esa época era caótica, y el de la tarde anterior se demoró dos horas en salir de Santa Clara por falta de aceite. A medio  camino la locomotora se rompió, y allí estuvieron durante cuatro horas, tiempo en el que los pasajeros calmaron hambre y sed gracias a las cañas del cañaveral en el que se encontraban detenidos. A las dos de la mañana, los muchachos entraron con sigilo a la casa para no despertar a los padres de Camilo, se bañaron, comieron de lo que había sobre el fogón y se acostaron a dormir.

    ─Esta inmoralidad era lo último que me faltaba ver en ti.

   ─Pero, mami, si Sara durmió en la cama de Gustavo.

   Camilo había invitado a Sara a pasarse ese fin de semana en su casa con el doble objetivo de sustraer a la amiga del stress por espera de la beca y para evitar que la madre, al menos por esa vez, le insistiera  abandonar el país con ellos para ir a reunirse con Gustavo en Miami,  quien, después de su expulsión de la Universidad, aprovechó la apertura del puerto de Camarioca y se había ido de Cuba en el yate de unos amigos.

    ─A mi casa no puedes traer mujerzuelas.

   Camilo fue a responderle que Sara no era ninguna mujerzuela y que entre ellos sólo existía una sana amistad, pero comprendió que aquella discusión con su madre sería totalmente improductiva y temió, además, que su compañera de estudios se despertara y pudiera oírlos. Sin saber qué hacer, fue a salir de la cocina cuando vio a su amiga que se acercaba.

    ─No se preocupe, señora. Ya me marcho.

    ─Hace muy bien.

   Camilo trató de convencer a Sara de que no se fuera. El padre, sin atreverse a tomar partido como le pedía el hijo, abandonó la casa y se fue a trajinar al patio, mientras que Nina Solís se mantenía sorda e inconmovible ante las explicaciones de Camilo.

   Sara terminó de arreglarse, recogió sus pertenencias y se dispuso a salir, pero antes fue hasta donde Nina Solís.

    ─Lamento mucho su disgusto, señora  ─le dijo─,  pero es totalmente injusto e injustificado ─y sin esperar respuesta, se viró hacia Camilo y le preguntó─: ¿A qué hora es el próximo tren para Santa Clara?

   Camilo no le respondió la pregunta y se limitó a decir:

   ─Me voy contigo.

_____________________­__________________________________________

A ORIENTE TREN CON JÓVENES DE LA MARCHA DEL II FRENTE

Periódico Granma, martes 20 de septiembre de 1966.

 _______________________________________________________________

  Con independencia de sus anacrónicos criterios morales, no acordes con la conducta de relación que se establecía entre los jóvenes cubanos de aquella época, inconscientemente Nina Solís exacerbó los detalles de la visita de Sara a su casa y fortalecer así el motivo que su instinto maternal necesitaba para poder fallar a favor del deseo.

   Al día siguiente del hecho, ella y su esposo se presentaron a las autoridades de emigración de Yaguajay para solicitar la salida del país, pues la negativa de Camilo de acompañarlos ya no les importaba. Pero una vez más su hijo apareció como inconveniente para el viaje. 

    ─Se les está dando preferencia a las familias que pueden entregarles sus casas al Estado.

    ─Ese es nuestro caso ─dijo Nina Solís.

    ─No, ciudadana  ─replicó el oficial sin la amabilidad mostrada hasta ese momento─,  ustedes tienen un hijo...

    ─Que no vive con nosotros.

    ─Está becado en la Universidad  ─alegó Gustavo Ramos.

    ─Pero que tiene su libreta de abastecimiento en esta dirección y ello le da derecho a la casa. Sin él ─dijo el militar con una expresión de cierta satisfacción─ no se pueden ir de Cuba.

   Nina Solís comprendió que el oficial iba a seguir hablando y que aquella pausa la había hecho sólo para tragar saliva, por lo que le oprimió ligeramente la mano a su esposo para que no fuera a interrumpir, y esperó.

    ─A menos que...

    ─ ¿A menos qué?

_______________________________________________________________

 MARCHA RAÚL CASTRO A LA CABEZA DE SEGUIDORES DEL II FRENTE.

 Joaquín Orama, enviado especial.

 Periódico Granma, jueves 22 de septiembre de 1966.

_______________________________________________________________

   Al curso siguiente, Sara se trasladó a la Universidad de La Habana para allá terminar la carrera, y su partida determinó que Rita se decidiera aceptar a Camilo.

   Camilo conoció a Rita en un trabajo voluntario un domingo cuando él ya cursaba su segundo año. La llegada de la primavera había hecho brotar la yerba en los contenes de la carretera que unía a la Universidad con la ciudad de Santa Clara, y el Comité Municipal del Partido le había asignado a la FEU  la tarea de chapearlos  para comenzar a evaluar la actitud política de los estudiantes, aspecto este decisivo a la hora de una futura posible graduación como profesionales de la Revolución. Ello se le hizo saber al alumnado, especialmente a los de las Facultades de Letras y Psicología, designándose a los de Tecnología como padrinos de los primeros, y a los de Ciencias Agropecuarias, de los segundos.

    ¡─Qué pinchen! ─dijo el funcionario del Partido que atendía a la Universidad en la reunión del Comité de Base de la U.J.C.

   Conocedores de causa, los alumnos fueron invitados para estar ese domingo a las seis de la mañana en la plazoleta frente al teatro universitario. Después del pase de lista y reparto de los instrumentos de trabajo, abordaron los camiones que los llevarían para la susodicha carretera sin saber que la tarea de despejar sus orillas también, y por equivocación, el Partido se la había asignado a los Comités de Defensa de la zona, por lo que cuando llegaron a ella, decenas de cederistas blandían sus machetes contra los verdes invasores que pretendían ocupar la vía pública propiedad del pueblo de Cuba.

   Hubo necesidad de volver a la ciudad para recibir nuevas orientaciones en las oficinas del Comité Municipal del Partido, pero el compañero que allí estaba de guardia no sabía nada del asunto y no se atrevió a dar una orientación que luego podía resultar inoportuna. Fueron los mismos estudiantes los que acordaron ir de nuevo hasta la Universidad, y ya que había que cortar yerba, hacerlo en las márgenes del río que atraviesa los terrenos de la institución.

    ─Tecnología y Letras por la margen izquierda. Ciencias Agropecuarias y Psicología por la derecha.

    ─Quienes primero lleguen al final, ganarán la emulación.

    Y como atletas que corren los cien metros en una olimpiada, descendieron el talud del terraplén de aproche del puente para comenzar sin pérdida de tiempo la actividad productiva. Quince minutos después, Camilo Alberto se acercó hasta una de las "psicólogas" para ver qué le ocurría y se la encontró llorando.

    ─No puedo con el machete.

   Camilo Alberto sintió lástima de la muchacha y tomándola por la barbilla le levantó el rostro para secarle las lágrimas. Fue entonces que le vio los ojazos azules y comprendió lo absurdo de aquel pantalón  y  aquella camisa  de  burda tela  para cubrir  la tersura  de piel  tan  fina,  lo grotesco de unas inmensas botas militares en muchacha de pies tan diminutos, y lo vandálico del tosco sombrero de yarey ocultando semejante cabello dorado.

    ─Yo te ayudo muñeca ─dijo más con el corazón que con los labios.

   Y comenzó a hacer su trabajo y el de la muchacha y el de toda la brigada con tanto ímpetu que cuando por la rivera opuesta los capataces de Tecnología llegaron con sus subalternos de Letras al límite de la finca universitaria, ya acá terminaban de merendar y cantaban al son de una inexplicable guitarra.

_______________________________________________________________

RECORRIÓ 15 KILÓMETROS EN SU PRIMERA JORNADA LA MARCHA DEL II FRENTE.

Periódico Granma, viernes 23 de septiembre de 1966.

_______________________________________________________________

   Cuando esa tarde, Rita le contó a la mamá que tenía un pretendiente, Liz Baliño le advirtió cómo debía manejarlo, y ello le costó todo un curso a Camilo esperando diariamente a Rita en la entrada de la Universidad antes de que la muchacha se decidiera a darle el sí.

   Si alguien en el mundo ha tenido un nombre acorde con su actitud ante la vida, esa era Liz, la mamá de Rita. En realidad ella se llamaba Isabel, pero cuando siendo una adolescente emigró con sus padres hacia los Estados Unidos, adoptó la traducción de Liz. Burguesa más de alma que de posición económica, se casó con un médico santaclareño que años más tarde se vinculó a la lucha clandestina contra la tiranía batistiana y finalmente estuvo en la guerrilla del Che en el Escambray durante los dos últimos meses de lucha insurreccional, por lo que al triunfo de la Revolución fue lógico que ocupara importantes cargos de dirección en el ámbito de la Salud Pública en la provincia.

   Liz disfrutó el regreso del marido en la cama nupcial en medio de la euforia por el triunfo de la Revolución, y si en algún momento después tuvo la intención de acatar los paradigmas pro imperialistas, racistas, antisoviéticos, clasistas y migratorios de sus ex amigas del Tenis Club, la entrega a su esposo de una de las mansiones de las familias que se iban hacia los Estados Unidos, le hizo ver las ventajas que gozaría la clase dirigente en el proceso de cambio que lideraba Fidel Castro Ruz. Acercó a primera fila el lejano parentesco que tenía con Carlos Baliño, creó toda una historia familiar de participación comunista en la lucha emancipadora del pueblo cubano, historia que la que encajaba como anillo al dedo la estancia de sus padres en la Florida buscando trabajo durante la tiranía machadista, y se convirtió en una ferviente y activa militante revolucionaria. Fundadora de la F.M.C., presidenta del C.D.R. de su cuadra, jefa de un pelotón femenino de la M.N.R., interventora y directora de la Escuela de los Hermanos Maristas y apasionada trabajadora en las movilizaciones dominicales a la agricultura, aunque sin dejar de rememorar con añoranza en lo más hondo de su  pensamiento, la época de las compras en El Encanto, los bailes en el Liceo y las criadas en la casa.

   La fragilidad de Rita enorgullecía la virilidad de Camilo, y el cariño meloso de su novia, lo hizo renacer. Él era el macho protector; ella, la hembra indefensa y sumisa. Virgen la quiso conservar para la boda y, aunque oportunidades tuvieron de consumar el hecho carnal, creía afrenta tan siguiera la provocación. Satisfacía él sus apetencias sexuales con una complaciente cocinera de la Universidad y no imaginaba semejante necesidad en su muñequita de Biscuit, por lo que se sorprendió alarmado el día que Rita le llevó la mano hasta su vulva, se introdujo en la vagina uno de los dedos de su novio, e inició ella misma el movimiento masturbatorio.

   ─Ya pronto nos vamos a casar ─dijo a manera de justificación cuando Camilo la miró interrogante.

 

 

_______________________________________________________________

ENTRARAN HOY LOS ESTUDIANTES EN TERRITORIO DEL II FRENTE.

Proeza de los estudiantes de Secundaria en la travesía de Cruces

de los Baños a El Sur.

Joaquín Orama, enviado especial.

Periódico Granma, sábado 24 de septiembre de 1966. _______________________________________________________________

 

 

   Para su evaluación política, a Camilo no le era conveniente ir al aeropuerto a despedir a los padres cuando estos se fueran a ir del país, y así se lo hicieron saber en oportunas y frecuentes sugerencias desde los dirigentes ideológicos de la Universidad hasta sus suegros, mas convencido de su obligación filial, con la habilidad de un orfebre planificó una estratagema digna de un campeón mundial de ajedrez, a sabiendas de que ponía en juego su título como Médico Veterinario.

    ─La "tía" del otro edificio tiene una carta para ti  ─le dijo un día uno de los compañeros de dormitorio.

   Y en sugerentes sobres rosados siguieron llegando cartas para Camilo, primero equivocadamente, pero con toda intención, al edificio Dos de beca, y con posterioridad y con la dirección correcta a la recepción de su albergue.  

   ─Son de una amiga  ─dijo Camilo tratando de pronunciar la palabra "amiga" con una sospechosa falsa ingenuidad a todo el que le preguntó cuando ya era del dominio público lo de su abundante correspondencia.

   Dos meses después reconoció entre el círculo de sus más allegados que tenía otra novia, y con la habilidad entonces propia de un escritor de telenovelas brasileñas, inventó personajes, anécdota, trama y desarrollo de un supuesto romance, por lo que, cuando avisado secretamente por sus padres de que les había llegado la salida, nadie dudó del supuesto encuentro que se inventó con su amada durante dos días en un perdido motel de la provincia, obteniendo además así la complicidad de sus compañeros de aula para si Rita preguntaba por él, le confirmaran que estaba en una granja avícola por Cascajal haciendo un trabajo de curso.

   ─Allí no hay forma de avisarle ─le dijeron a la novia.

   ─Es que sus padres se van mañana ─insistió la muchacha.

    ─Él siempre ha dicho que no los despediría.

   Para solventar la situación en el aeropuerto necesitó también de habilidades especiales, esa vez de espía en misión secreta, pues debió permanecer oculto hasta que el chofer de Jarahueca contratado por sus padres bajara las maletas y se marchara; sólo entonces se puso las gafas oscuras y salió de su escondite un instante antes de que Gustavo Ramos y Nina Solís entraran  en la "pecera".

    ─Tendrás que perdonarnos lo que hicimos ─le pidió el padre.

    ─No nos dejes de querer ─le suplicó la madre.

    ─Adiós.

   Esa noche, Camilo tuvo que volver a pagar una exagerada tarifa en un auto particular de alquiler para regresar a Santa Clara. Aparentemente todo había salido bien. Sus compañeros no tendrían por qué pensar que él había venido a La Habana despedirse de los padres, pues le creían entre las piernas de su amada. No obstante, la duda y la incertidumbre le roían la tranquilidad, y pensó la conveniencia de algún otro elemento que hiciera aún más creíble su historia |sin que de momento se le ocurriera cuál podría ser, mas un hecho casual vino a darle el toque de genialidad que necesitaba su ardid.

   En Matanzas se detuvieron somnolientos a tomar café en un establecimiento abierto por la madrugada, y cuál no sería la sorpresa de Camilo al encontrarse a Mercedes, la ex matrona del prostíbulo de Cárdenas, sentada detrás de la contadora del lugar.

    ─ ¡Mi niño!  ─exclamó esta con alegría y lo abrazó para darle un beso en la mejilla.

 ─ ¡Mercedes!

   Estuvieron conversando hasta el momento de reiniciar la marcha y fue entonces cuando la mujer le señaló:

    ─Te manché la camisa de creyón  ─sonrió con picardía y agregó─: ¿Qué va a pensar tu novia?

    Camilo trataba de verse la marca cuando oyó el último comentario y ello fue suficiente para que le brillara la idea. Se zafó el primer botón de la camisa, se dejó un hombro fuera y le pidió a Mercedes que le diera una mordida allí que le dejara marcados los dientes.

   Sorprendida la mujer ante tal petición, no sabía qué hacer y miró interrogante a Camilo.

   ─Por favor ─suplicó este como respuesta.

   Mercedes se encogió de hombros, acercó su boca hasta donde el muchacho le indicaba y clavó allí con tanta fuerza su dentadura que le dejó incrustado en la piel polvo de oro de uno de sus colmillos.

   Después del gesto de dolor, Camilo le sonrió mientras se abotonaba de nuevo la camisa.

    ─Gracias.

   Fue a correr hasta el auto en que viajaba, pero se detuvo de nuevo delante de la mujer, le dio otro beso de despedida y le dijo:

    ─Eres un ángel.

_______________________________________________________________

EL SUR, Sierra Maestra.- "Estamos viendo en los jóvenes a los seguidores más fieles, a los cuales podemos entregarles con toda confianza nuestra bandera de victoria", dijo ayer el Comandante Raúl Castro al vencer ayer otra etapa de la marcha hacia el Segundo Frente "Frank País".

               Joaquín Orama, enviado especial.           

               Periódico Granma, sábado 24 de septiembre de 1966.

_______________________________________________________________

   La boda se celebraría inmediatamente después de la graduación. Liz Baliño se ocupó del ajuar y de todos los preparativos de la fiesta. La Luna de Miel sería en Varadero y para los futuros esposos se acondicionó especialmente uno de los cuartos del chalet de la Doble Vía. A causa del racionamiento en el país, el bufete que le correspondía por la asignación para bodas no era suficiente para el número de invitados con los que los padres de Rita estaban comprometidos, y tanto uno como el otro se tuvieron que valer de sus relaciones de amistad o funciones públicas y políticas para agenciar otros dos pasteles de boda, panecillos para bocaditos, pasteles de carne y de dulce, cajas de cervezas, botellas de buen ron, un cerdo, dos carneros y dulces finos variados, así como platos de cartón, servilletas de papel y vasos plásticos en número igual al de los participantes previstos para el festejo.

   ─Debemos resolver una buena cartulina para las invitaciones.    

    ─El vestido de novia hay que ir a alquilarlo a La Habana.

   Siempre que Rita o Camilo quisieron intervenir en algún asunto relacionado con su boda, los padres de la muchacha les indicaban que ellos solamente tenían que ocuparse de estudiar para los últimos exámenes de sus respectivas carreras, y prometían seguir ocupándose de todo. Camilo añoraba que a su graduación como veterinario lo ubicaran en alguna de las cooperativas que se creaban por la zona, y que él y Rita vinieran a residir a la casa donde estuvo el hogar de su infancia, por lo que antes de terminar en la Universidad decidió realizar el postergado viaje a Jarahueca para entrar en la que fue la vivienda de sus padres, pero cuál no sería su sorpresa al encontrarse viviendo allí a dos familias extrañas.

   ─El Estado nos la entregó ─le dijo con cara de pocos amigos el jefe de uno de aquello núcleos.

   Después de indagar en las oficinas de la O.R.I., de la Reforma Urbana y hasta en la jefatura de la Milicia, fue en el despacho del oficial del MININT que atendía Emigración en el municipio donde supo la verdad.

   ─Tus padres presentaron un documento firmado por ti en el que renunciabas a tus derechos sobre la vivienda y los bienes que en ella hubiera[2].

   Camilo  decidió  no  regresar  por  Jarahueca.  Se sintió traicionado,  pero no quiso,  con su presencia allí, exponer a sus padres al juicio de tantos que en aquel pueblo les querían bien. Fue para la salida de Yaguajay y esperó por un transporte que lo llevara hasta Caibarién, puerto de mar donde pensaba tomar una guagua que le regresara a Santa Clara, pero como los pocos carros que pasaban no paraban o no llegaban hasta su destino, se le hizo tarde y perdió la última salida de ómnibus de ese día, por lo que debió hacer noche en aquel pueblo. Sin sueño ni deseos de  encontrarse con nadie, decidió no buscar hotel y se fue a deambular por la penumbra de las desiertas calles de media noche. Sin rumbo definido, el terral lo fue llevando hasta una de las callejuelas que desembocaban junto a la costa y ya en ella, caminó alejándose de las tímidas bombillas que se bamboleaban al viento en los portales de las rústicas casas de madera.

   La salobre humedad, el penetrante olor a pescado podrido y el ronroneo de las olas batiendo incansablemente cerca de sus pies, le fueron ablandando la aparente fuerza de su postura y dos lágrimas se asomaron impúdicas a sus mejillas. Extrajo un cigarro y se lo llevó a los labios para tratar de ahogar con humo el temblor que sentía en el pecho, pero lija de mala calidad le impidió encender los fósforos, y aquella nueva impotencia vino a completar su frustración. Sobre el tronco de un cocotero en el suelo, se derrumbó y, allí, en medio de la aparente soledad de la noche, sin bajar la cabeza ni dejar de mirar las estrellas a lontananza, comenzó a sollozar.

    ─¡Alto ahí!

   Era la Milicia, y preso se lo llevaron bajo la sospecha de tratar de salir ilegalmente del país. Negado a dar explicaciones, fue inmune a los interrogatorios y amenazas de simples pescadores convertidos por obra y gracia de una guardia nocturna en soldados de la dignidad patria. Lo encerraron en un calabozo y, para sorpresa de todos y de sí mismo, se durmió agotado por un día de tanta actividad y emociones.

 

 

_______________________________________________________________

HACEN ALTO SEGUIDORES DEL II FRENTE "FRANK PAÍS" EN LOS MANGOS DE BARAGUÁ.

El Comandante Abelardo Colomé (Fury), al hacer la clausura del acto, dio la bienvenida a las columnas en nombre de los oficiales, clases y soldados del Primer Ejército de Oriente.

                Joaquín Oramas, enviado especial.

                Periódico Granma, lunes 26 de septiembre de 1966.

_______________________________________________________________

   Al otro día, y ya delante de un investigador profesional, Camilo se percató de que era poco lo que tenía para explicar. Habló de la Universidad y mencionó al oficial de Emigración de Yaguajay, pero no fue hasta la mañana siguiente, que su suegro vino a buscarlo en compañía de un dirigente del MININT en la provincia, que lo pusieron en libertad.

    ─No estamos en época ni de cazar cangrejos ─le dijo riéndose el amigo de su suegro durante el viaje de regreso a Santa Clara.

   Un mes después, doscientos setenta y seis jóvenes, provistos cada uno de una mochila que contenía hamaca, nailon y otro uniforme de miliciano, así como alguna ropa interior y pertenencias para el aseo personal, partieron a las tres de la tarde de la explanada frente al rectorado de la Universidad Central de Las Villas, y hasta otra explanada, frente a otro rectorado de otra universidad, la de Oriente, fue el viaje. Habían vencido sus estudios e iban a graduarse en la primera promoción íntegra de la Revolución. Los gallos cantaban en la serranía en la que se asentaba la heroica ciudad, y por el este, como la madrugada en que Fidel partió para asaltar el Cuartel Moncada, el sol se hacía anunciar con un resplandor que comenzaba  a quebrar  la oscuridad,  pero no era la derrota y la muerte quienes esperaban esta vez: eran la vida, la esperanza y el futuro. Ya los habaneros habían partido y los orientales lo harían inmediatamente después que los villaclareños salieran. La parada fue sólo para cambiar el cansancio de doce horas hacia los camiones que ahora les transportarían.

   Bordeando el mar y con la Sierra Maestra por el otro costado, Camilo y Rita, y sus compañeros de estudios vieron amanecer, sintieron el calor de las primeras horas de la mañana, y cuando ya clamaban por agua, los vehículos se detuvieron y se dio la orden de descender de ellos. A partir de ese momento dependerían de sus piernas para la travesía que durante dos semanas iban a realizar.

   De Oro del Macío a San Lorenzo, el primer campamento, las primeras ampollas y el orgullo de haber vencido a La Anita, a Paraná y al empinado Tártaro. Para suerte de Rita, Camilo descubrió que la mochila de su novia sobre el pecho, le hacía contrapeso a la que cargaba en la espalda y se les facilitaba el andar. Después fueron Cruce de los Baños, El Sur y Gimbambay.

 ¡Gimbambay!

_______________________________________________________________

 

AZOTADOS POR FUERTE AGUACERO LOS INTEGRANTES DE LA MARCHA DEL II FRENTE EN LA ZONA DE GIMBAMBAY.

                Periódico Granma, lunes 26 de septiembre de 1966.

_______________________________________________________________

   Esa noche, secándose la ropa sobre el cuerpo junto a una de las tantas fogatas que hubo que encender en las partes altas del campamento, Rita recostó llorosa su cabeza sobre el pecho de Camilo, y este, acariciándola con una inevitable mano enfangada, la consoló y le dijo:

    ─Te quiero. Te quiero mucho, Rita.

   Y precisamente por la burla de sus compañeros ante tal escena de amor en aquellas inapropiadas circunstancias, fue que Raúl Castro, quien pasaba por entre los jóvenes impartiendo ánimo, supo de la proximidad de la boda de la pareja.

_______________________________________________________________

El amanecer siguiente hizo descender sobre caminantes y fango un sol esplendoroso. Belleza para las pupilas, sadismo para los pies. Porque cuando la civilización fracasa, triunfa la prehistoria: son los pies, uno por uno, enfangados y resbalosos, los que pasan por donde no pueden los neumáticos de los más modernos camiones.

MUÑOZ‑UNSAIN. Segundo Frente ocho años después. Revista Cuba #10. Octubre de 1966.

_______________________________________________________________

   Sin embargo, a media mañana hubo un alto imprevisto en la caminata, y en camiones se les desvió de la ruta.

_______________________________________________________________

ENCUENTRO DE FIDEL Y ESTUDIANTES DE LA MARCHA DEL II FRENTE.

PILOTO DEL MEDIO.‑ Los primeros en llegar junto a Fidel fueron los estudiantes de la Columna Abel Santamaría de la provincia de Las Villas..."Los de agronomía y veterinaria  dijo Fidel  que me acompañen para explicarles el plan de siembras en esta zona".

A las 12 del día, Fidel terminó su recorrido entre los miembros de las columnas. Estos fueron trasladados en camiones hasta el lugar donde habían sido desviados de la ruta del Segundo Frente. El propio comandante Raúl Castro hizo la distribución y organización de la salida de las columnas.

De allí siguieron caminando organizadamente hasta este campamento de Piloto del Medio, donde Raúl estableció su primer campamento en territorio del Segundo Frente.

             Joaquín Oramas, enviado especial.

             Periódico Granma, martes 27 de septiembre de 1966.

_______________________________________________________________

______________________________________________________________

"Estoy completamente seguro de que este recorrido será para ustedes muy útil y será un recorrido que les enseñará mucho, y será un recorrido inolvidable.

Yo, por mi parte, pienso que esa foto de la Columna comiendo melones alrededor de nuestra pequeña parcela experimental aquí será una fotografía histórica, la de esta Columna que a su paso por aquí probó los melones.

Espero que hayan visto como toda la población en todas partes, mujeres, niños, ancianos, milicianos, trabajadores de todo tipo, se han esmerado por atenderlos. Ellos tienen conciencia de lo que ustedes significan y de lo que ustedes valen para el país. Ahora sólo falta que ustedes también sepan tener conciencia de lo que ellos significan y ellos valen para el país.

¡Patria o Muerte! ¡Venceremos!".

(De las palabras pronunciadas por el Comandante Fidel Castro, Primer Ministro del Gobierno Revolucionario y Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba, al encontrarse con los integrantes de la marcha al Segundo Frente "Frank País" en los Pinares de Mayarí el 26 de septiembre de 1966.

Departamento de Versiones Taquigráficas del Gobierno Revolucionario).

_______________________________________________________________

   Pinares de Mayarí resultó un sitio paradisiaco. Contrario a la noche anterior, el cielo en desagravio les regaló un firmamento limpio y estrellado. Para amarrar las hamacas tuvieron, no los improvisados parales de campamentos anteriores, sino los troncos de cientos de pinos que perfumaban el ambiente con su resina. A sus pies, una vista panorámica de la amplia llanura oriental en la que, como espejo de las estrellas, titilaban diferentes poblados. Para que nada les faltara, Ana Leonor, una de las compañeras de Rita, se puso a cantar boleros cerca de ellos, pero a pesar de todas estas condiciones, no fue noche para el romanticismo.

   Marcos Antonio Abreu, el presidente de la FEU de la Universidad Central, se acercó dando voces. Cuando al fin los localizó entre tantas sinuosidades del terreno, tantos árboles y tantas mochilas en el suelo, se les paró delante y les dijo:

    ─Vamos conmigo. Raúl y Vilma quieren hablar con ustedes.

 

_______________________________________________________________

EL HURACÁN AVANZA SOBRE CUBA

Alojados en Mayarí Arriba los 1,200 estudiantes seguidores del II Frente.

             Periódico Granma, viernes 30 de septiembre de 1966.

_______________________________________________________________

  Esta vez, más que la lluvia misma, los vientos y la amenaza de algún posible desastre mayor hicieron modificar muchas de las actividades programadas para los festejos de graduación, pero ahora estaban a buen resguardo, y los juegos de mesa, las mismas anécdotas repetidas una y otra vez y las bromas de todos los días, les ayudaron a vencer el tedio del encierro.

    ─A tu mamá no le va a gustar.

    ─Ni a mí tampoco  ─dijo Rita─,  pero... ¿podemos decir que no?

    ꟷ¡Claro que no!

    ꟷ¿Entonces…?

    ꟷLa ceremonia será en el mismo acto de graduación

 

 

_______________________________________________________________

RESUMIÓ RAÚL CASTRO ACTO DE GRADUACIÓN DE ESTUDIANTES DE LA MARCHA II FRENTE.

La primera veterinaria graduada en la Universidad de Las Villas, Iris Sánchez, recibió el documento a nombre de los demás veterinarios.

"Ni ciclones ni piratas podrán detener la marcha de la Revolución", dijo Raúl en Mayarí. "Debíamos, con ciclón o sin ciclón, hacer la graduación y aquí estamos llevándola a cabo a pesar del ciclón".

                Joaquín Oramas, enviado especial.

                Periódico Granma, domingo 2 de octubre de 1966.

_______________________________________________________________

 

    ─Felicidades, Camilo.

    ─ ¡Qué sean muy felices!

_______________________________________________________________

Las sierras, efectivamente, provocaron lunas de miel: durante la marcha, dos parejas decidieron casarse y lo hicieron en La Mícara, ante mil quinientos testigos reunidos en el comedor del albergue. Los cuatro contrayentes eran graduados universitarios. Con excepción de ellos cuatro, el resto emprendió regreso al día siguiente en una larga caravana de ómnibus.

MUÑOZ‑UNSASIN. Segundo Frente ocho años después. Revista Cuba # 10. Octubre de 1966.

 

 

 



[1] "A principio de la segunda quincena del mes de septiembre próximo, los compañeros que se gradúan en el actual curso académico 1965‑1966, en unión de los Observadores Ejemplares al 4to. CLAE, tendrán el doble honor de poder realizar el histórico recorrido que durante la lucha armada contra la tiranía hicieron el Comandante Raúl Castro Ruz y un puñado de heroicos combatientes, para abrir el Segundo Frente Oriental Frank País, y de ser acompañados, más bien dirigidos, en la reedición de esta gloriosa página de nuestra historia, por el propio Comandante del Segundo Frente, compañero Raúl Castro".

(Tomado del Documento con las recomendaciones del SEDER a los  compañeros graduados).

 

 

[2] Unos años más tarde, este sujeto fue acusado y sancionado por haber utilizado su cargo en la obtención de beneficios personales, por lo que no es de dudar que los padres de Camilo lo sobornaran para que aceptara como  válido un documento falso.