domingo, 10 de octubre de 2021

GANA LA PRISIÓN Y PIERDE EL AMOR

Cuando me botaron de Cienfuegos, vine de nuevo para Santa Clara. Estando aquí, me mandaron para un centro de trabajo ahí, en la tenería Gerardo Abreu Fontán.

En la tenería tuve problemas. Hurté unos rollos de pieles y me metieron para la prisión. Tenía diecisiete años. Esa fue la primera vez que fui a prisión.

Los vecinos vieron al jefe del sector que se acercaba y aunque todos permanecieron en su sitio, aparentando indiferencia, el aire se cargó de tensión. El policía se percató, pero ya estaba acostumbrado a aquellos recibimientos. Todos los hombres, agachados en la calle, y las mujeres en los portales o asomadas por las ventanas, les eran conocidos, pero él no los saludaba. Eso no era lo que explicaban en la academia, pero un delincuente que él controlaba, se lo había enseñado.

―No me salude en la calle ―le había pedido―. Uno se hace de mala reputación en el barrio si un policía lo saluda.

Se detuvo frente a la casa de Barceló. Ya Rosa, avisada de alguna manera, se paró en el hueco de la puerta para, insolentemente, mostrar su indisposición a que entrara.

―Buenos días.

La mujer respondió el saludo de mala gana.

―Mañana a las siete de la mañana, tiene que estar con Noel en la puerta de la unidad Cerrada ―como sabía que no iba a encontrar reacción alguna, continuó—. Ropa interior y objetos de uso personal. Ninguna arma, ni nada cortante. Usted sabe cómo es el reglamento, así que no tengo que darle muchas explicaciones ―extrajo un papel del bolsillo de la camisa y lo abrió―. Firme aquí.

―Yo no sé firmar ―dijo la mujer.

―Vamos, Rosa ―dijo el policía con un cierto dejo de ironía mientras le alcanza una pluma―. Algo habrá aprendido en los últimos tiempos.

Tenía que jalarle once años y unos meses, pero no los cumplí, porque cuando aquello comenzaron los líos de los derechos humanos, y como era menor de edad, me hicieron una revisión de causa, me pusieron un abogado y volvieron a apelar, y me bajaron la sanción. Fue entre el abogado, mi mamá y esas cosas... Por la historia clínica de siquiatría y esas cosas. Tuvieron... Decidieron que no me podían haber echado esa sanción.

El abuelo lo esperó vestido de limpio. Últimamente no salía mucho de la casa y se pasaba largas horas con su rústico asiento de madera y cuero, recostado a uno de los troncos que sostenían el pequeño cobertizo. La catarata que cubría sus ojos, le impedían mirar las palomas, pero él las sentía cuando bajaban al patio; solo entonces, volvía del interminable y silencioso viaje por su interior y se sacaba un pedazo de pan del bolsillo para echarles de comer.

Noel se le había acercado sin hacer ruido, pero de igual manera el viejo supo de la presencia de su nieto. La cárcel, como posibilidad siempre presente y nada extraña para su condición social, no le fue bochornosa, pero el muchacho se sintió apenado ante la figura del abuelo y olvidó la orgullosa actitud exhibida en la calle por lo que consideraba su prueba de hombría.

―¿Ya sabes lo que es estar preso, Noel?

―Sí, abuelo.

―Entonces procura no volver a la prisión. Yo quiero que estés aquí el día que me muera.

Cuando salí de la cárcel empecé a trabajar en la fábrica de pienso. Era mezclador. Hay una batea que es la que se recoge todo. Te ponían ahí los sacos de fosfato, azúcar, calcio... Te ponían cereal. Todo eso para hacer el pienso. Todos los condimentos. Entonces yo abría los sacos con un cuchillo y cuando me pitaba el timbre, tenía que vaciarlos... Una mezcladora lo echaba para abajo, todo. Era rápido, pero ese no era un trabajo fijo; eran como siete trabajos diferentes. Porque ahí tú llegabas y te daban un puñado de papelitos, y cada papelito decía un trabajo. Hoy me tocó la mezcladora, y tenía que trabajar ahí. Yo me acuerdo que había un papelito que decía: carretilla con fosfato, entonces tenía que coger una carretilla e ir a buscar. Otra con zeolita o con azúcar; a veces me tocaba la mezcladora. Y así. Era un trabajo divertido. Y yo doblaba ahí turno y todo. Me fui, porque fue cuando tuve problemas con la policía. Tuve desacato a la autoridad.

―Gipsy, prepárame el agua para bañarme.

―¡Ay, Noel, estoy estudiando! Mañana tengo prueba...

―Gipsy...

Mi hermano había tenido problemas con un tipo ahí, al doblar, abajo. Entonces ese día, vinieron los tíos míos y dijeron:

―Aquí estuvo un tipo buscando a tu hermano con un machete, que le iba a meter un machetazo.

Que sé yo, que sé cuándo.

―Que se le había perdido un pullover del patio y que el único que había pasado por ahí, había sido él.

Le dije:

―Está bien. ¿Quién es?

―Uno de los Iglesia de allá abajo.

Cogí un machete y me lo eché en la espalda y fui para allá abajo.

La ley de la familia no está escrita en ninguna parte.

Se ha conformado a través de los años y se ha ido transmitiendo de generación en generación. Sus orígenes son difusos y quizás nos llegaran con los colonizadores, delincuentes muchos de ellos, enriquecida con la tradición de los pueblos originarios de la península Ibérica en su callada y solapada defensa contra la dominación romana. África, por su parte, aportó la esencia del clan, inmune a la distribución dentro del barco negrero, al puerto de desembarque y al amo diferente. Y siempre, la cruda realidad del marginado para subsistir.

La ley de la familia no está hecha de artículos, capítulos ni por cuantos.

Cada miembro sabe cuáles son sus obligaciones. Las aprende bebiendo en el pecho materno. Los derechos y deberes de cada uno y en cada momento, de acuerdo con su sexo, rol y posición. Y la obligación moral de cumplirla, junto al repudio que marca para toda la vida de quien la viole.

La ley de la familia no tiene jueces ni tribunales.

Su alcance, a diferencia de las leyes de papel, no es rígido, depende del lugar donde se ubique el enemigo dentro de una serie de círculos concéntricos cuyo centro siempre es, quien en lenguaje metafórico se denomina «la pura». El padre, los hermanos, los amigos y los vecinos pueden estar en el mismo, o en bando contrario. La madre nunca en contra del hijo; el hijo, nunca en contra de la madre.

Oye, ¿en qué momento mi hermano te robó a ti?

―Sí, que tu hermano me robó.

Qué sé yo, qué sé cuándo. Y le dije:

―¿Pero tú lo viste robando?

―No, pero el único que pasó por aquí fue él.

―Tú fuiste a buscarlo allá con un cuchillo y tremenda guapería.

―Para que me devuelva lo que me robó.

Noel sacó el machete que hasta ese momento mantenía oculto en la espalda. El gesto fue rápido, en busca del efecto sorpresa. Iglesia se puso de pie y por un instante sus ojos reflejaron el miedo ante el arma. Noel se percató de ello y ocupó ventaja.

―Ven. Vamos a resolver este problema tú y yo ―abrió las piernas buscando apoyo firme en el suelo y blandió el machete en el aire.― ¿Para qué tú andas buscando a mi hermano, si tú sabes que mi hermano es un infeliz que no se faja ni nada?

Con la mano derecha, Iglesia cogió por el pico la botella en la que habían estado tomando y la rompió; con la izquierda apartó la mesa, y las sillas y las fichas de dominó, fueron a dar al suelo. Los compañeros de juego se apartaron. Era un problema entre hombres, y ellos no debían hacer nada.

―No, tu hermano y cualquiera ―bravuconeó Iglesia tratando de ganar terreno―. Tú también me sirves.

―Está bien, dale que yo vine preparado.

Ya no se habló más. Al menos, por el momento. Había que medirse e intimidar. Los dos hombres se miraban fijamente a los ojos, mientras giraban alrededor de un terreno de nadie. Entonces aparecieron las mujeres.

―¡Ay, Dios mío, qué desgracia!

―¡Quítate, hijo, quítate!

―¡No se metan, coño! ¡No se metan!

―¡Se van a matar!

Vecinos y curiosos se fueron acercando, pero nadie intervenía, simplemente comentaban, daban consejos en uno u otro sentido, y las mujeres gritaban. Iglesia y Barceló se observaban, se movían agresivamente con sus armas y cada cierto tiempo se lanzaban injurias y provocaciones, pero en el fondo, sin un verdadero deseo de pelear. El tiempo pasaba y el asunto perdía interés para los espectadores, pero no por ello cesaban el pavoneo y las amenazas.

Y vino la patrulla, y yo era el que estaba con el machete, así, en la mano. Y cuando viene la patrulla me mando a correr con el machete. Y la policía me cae detrás con el carro: fuuu... Y me pasó. La policía me pasó alante, y cuando me pasó alante, se me atravesó en la calle. Estaban hablando por el boqui toqui para que otra patrulla se me metiera por la otra esquina para que yo no me pudiera ir para atrás otra vez. Y entonces, cuando, efectivamente, voy a tratar de coger para atrás, parece que la otra andaba cerca y la habían boquiteado, y ya estaba allí. Me quedé así, entre las dos, y cuando me quedé entre las dos, les dije: el que se meta aquí, de esta raya para acá, me sirve como quiera. Entonces uno dice:

―¡Ah, este es guapo!

Sacó una macaró, y el de la otra perseguidora, abrió la puerta y sacó otra.

―¡Ah!, tú eres guapo, ¿no? Arriba, dale monta.

―¿Montar? Yo ahí no voy a montar.

Ya me iban a agarrar cuando viene un socio mío en bicicleta… y cuando pasa, me dijo:

―Súbete.

Y cuando me monté, tiré el machete así, para atrás, para poder reguindarme bien de la cintura de mi socio. Cuando pasamos por la esquina, él siguió, y yo me tiré, y me eché a correr por ahí para abajo, buscando la circunvalación para meterme en el monte de eucaliptos. Me mandé a correr por ahí, con toda la policía detrás de mí.

―¡Párate!

Y yo corriendo y corriendo.

―¡Párate!

―Que no voy a parar nada.

Y cogí, y doblé por otro lado, y me les perdí en un patio de una casa, pero me rodearon toda la casa. En el patio había un baño y yo me metí dentro. Era una caseta de saco así por fuera. Entonces me pongo a mirar por los huecos, y oigo a uno de los que me estaba rodeando:

―Está ahí.

Ya estoy cogido. Bueno, por esta brecha cojo para dentro de la casa, y ahí no pueden tirar tiros. Si salgo para arriba, por la otra calle, voy a dar a San Miguel, y si me van a coger, que me maten.

Efectivamente, cogí así, y cuando abrí así la punta del saco, me desprendí, y cuando me desprendí:

¡Cógelo, que ahí va!

―¿No te dije que estaba ahí metido?

―¡Cógelo!

Palabras y tiros. Cuando voy por el medio de la carretera hay un tipo ahí con una mujer barrigona, y el tipo coge a la mujer y la pasa para la orilla, y me dice a mí:

―Dale, corre.

Yo me dije, bueno, este es un socio. Y cuando voy a pasar por el lado de él, hizo así y metió el pié: fuiii... Completo me fui de cabeza, y él detrás de mí. Me cogió la mano y me la dobló aquí atrás, sacó la pistola y me la puso aquí en la cabeza. Era un policía vestido de civil.

―¡No te muevas! ―le dijo, le saltó y cayó sobre la espalda de Barceló.

―¡Suéltame, coño, suéltame!

―Si te mueves, te meto un tiro en la cabeza.

―Que yo no puedo estar aguantado.

―Lo hubieras pensado antes ―le dijo y le haló más el brazo.

―¡Ay!

Vino el otro policía, me amarraron, me aguantaron así, atrás. Abrieron la perseguidora y me empujaron de cabeza para dentro. ¡Coño! Me empujaron de cabeza dentro de la perseguidora y me llevaron para allá, para la unidad. Desacato hice yo. Le escupí la cara a un policía, y le di una galleta a otro y le tumbé las gafas. Me dieron una tremenda mano de golpes, porque yo me les viré, y me metieron para la celda.

"A Noel Barceló sí lo conocía, pero... ¿Para qué usted quiere esto? ¿Usted tiene autorización para escribir ese libro?"

Testimonio de un policía.

En este tiempo, si yo no me le viro a la policía, la policía no me da; pero en ese tiempo, ellos te buscan para que tú te le viraras para darte los palos.

"La policía nunca agrede a un detenido y mucho menos lo provoca. La policía acude a la fuerza física solo cuando el ciudadano agrede al combatiente que lo va a detener o que lo custodia. La policía tiene una serie de medios para neutralizar al sujeto, sin necesidad de golpearlo; además de la fuerza moral, existen instrumentos físicos y hasta químicos: gases lacrimógenos, por ejemplo, que ayudan en la labor policial. También artes marciales, pero siempre para neutralizar, nunca para dañar o agredir".

(Testimonio de un oficial de la policía).

Me trancaron, me levantaron un acta de eso: tan, tan, tan... Y me echaron seis meses por desacato, y por escándalo público, una multa. Fue cuando tuve que ir a jalar los seis meses y dejar el trabajo, que a lo mejor yo no hubiera dejado ese trabajo, porque yo hasta doblaba turnos y todo ahí.

"Yo trabajé con Barceló en la fábrica de pienso, y claro que me acuerdo de él. Bueno, yo sé todo lo que se ha hecho y lo que le pasa. En aquella época no tenía problemas. Era un poco payaso, no porque se hiciera el gracioso, sino por sus cosas. Era como si tuviera delirio de grandeza, pero no era mala gente. Siempre iba limpio, bien vestido... Nosotros éramos obreros y no andábamos con esos melindres. Bueno, es que tampoco uno tiene dinero para andar siempre de pinchín. Cuando terminaba, iba y se bañaba y salía de allí que parecía que iba para una fiesta. En su taquilla, él tenía de todo: perfume, desodorante. Era enamorado, pero no se fresqueaba con las mujeres... A ver, ¿qué más le puedo decir?

Era buen trabajador. Cumplidor. Aquí nunca se le vio en nada ni con malas compañías. Él no era amigo de ajuntaderas; sociable y eso, conversaba y se llevaba bien con todo el mundo, pero no estaba enyuntado con nadie en particular.

Yo siento todo lo que le ha pasado y pienso que se tiene que haber vuelto loco".

(Testimonio de un compañero de trabajo).

Me sentía bien en ese trabajo, porque, todos los días era un trabajo distinto y resolvía mucho. Ahí todos los viernes me llevaba dos gallinas para mi casa, porque nosotros, en la fábrica, teníamos contrato con la Empresa Avícola. Alimentos ahí no faltaban. Eso ahí era... Todos los días había carne.

La madre estaba atenta y enseguida que sintió la llave en el llavín de la puerta, se puso de pie.

―Viejo, no le pelees.

―¿Ya llegó?

―Sí.

―¿Vino a quedarse?

―Sí.

―Que lo piense bien, porque si ese desgraciado se aparece aquí, lo voy a matar. ¡Te juro que lo voy a matar!

―No te alteres, viejo. No te alteres que te sube la presión.

―¡Que me suba, coño! Yo no voy a dejar que ese delincuente de mierda se siga riendo de mi hija.

"Estando en la prisión, él mandó a buscar a Gipsy para un pabellón. Ella le dijo que iba a ir y no fue, y entonces por el micrófono dicen: Noel Barceló García, que salga que tiene pabellón. Entonces, cuando sale, la que está ahí es la mamá de él y le dice: «Mira, ella no quiere más nada contigo, dice que la dejes en paz y que no le mandes más cartas, que ella no quiere saber nada de ti». Y entonces, normal, él siguió normal".

(Testimonio de Lauri, la esposa).

Barceló esperó que los últimos reos que tenían pabellón se alejaran con sus parejas hacia el edificio en el que pasarían unas horas en solitario; se despidió de la madre y caminó hasta la entrada del túnel. Ya habían cerrado la reja y en ese momento el guardia no se encontraba, por lo que tuvo que llamar para que le vinieran a abrir.

―¿Qué pasó, Barceló? ―le preguntó burlón el carcelero mientras quitaba la cadena con el candado― ¿No vino la paloma?

No. Gipsy, no había venido. Él debía haberlo sabido, pero se quiso engañar, y estuvo ilusionado con que la muchacha vendría dispuesta a comenzar de nuevo. Durante varias noches, en la única intimidad que se le permite al reo en prisión, Barceló había soñado con este encuentro y con las promesas de cambio que le haría a su mujer. Él la amaba y comprendía que si su relación no había marchado mejor, era por su culpa. Sus impulsos y su agresividad habían dañado a Gipsy, no tanto físicamente, pensaba, ya que para él, un ojo amoratado o un labio partido, carecían de mucha importancia, pero sí emocionalmente. Ya ella no era, ni sería más, la muchacha dulce de la que se había enamorado.

―No. No vino. Ella se lo perdió ―contestó queriendo parecer indiferente.

El guardia lo dejó pasar y se rio. Barceló permaneció de espalda mientras este volvía a cerrar la reja.

―El que se perdió una buena posta fuiste tú.

―Ya habrá otra.

―Por ahora tienes que seguir con Los Cinco Latinos.

Caminaron. En la soledad de la prisión existían cosas más importantes que el sexo. El guardia no dejaba de molestarlo, pero él estaba atento a otro asunto de mayor importancia, y era que no podía llorar. No podía siquiera mostrarse triste, porque eso lo degradaría de manera absoluta ante los ojos de los demás. Cada paso, por aquel pasillo, era una paletada de tierra sobre sus sentimientos. Cuando llegó a su unidad, había logrado ocultar totalmente las huellas de su dolor.

―La jeva no vino ―gritó a sus compañeros y para tomar la iniciativa de burla, les alertó en son de broma―, así que les aconsejo que esta noche duerman con los calzoncillos puestos.

"A esa, a la primera mujer de él si la quiso. Ella lo dejó y eso lo defraudó mucho".

(Testimonio de Mariano, uno de los hermanos).

En esos seis meses fue cuando tuve un problema con un guardia en la misma prisión, y me aplicaron otro desacato. Él empezó que no me dejaba salir para fuera, para el patio, y le falté el respeto y fui para allá. Era un guardia muy empachado y muy querido ahí por los otros guardias, por los jefes, y me espantaron tres meses más. Fueron nueve meses los que halé. Cuando uno salía de estar preso, la policía le buscaba trabajo en Áreas Verdes, de cortar hierba por ahí. Pero antes de que la policía me buscara trabajo a mí, yo salí a buscar, porque si no, tenía que trabajar obligado todo el tiempo. Cuando salí, traté de incorporarme al mismo de antes, pero ya no podía. No me dejaron, porque decían que después que uno salía, no podía volver a entrar en la fábrica. Que habían hecho una resolución nueva que todo el que había estado preso, ahí no podía trabajar. Fui varias veces ahí a buscar trabajo, pero no me dejaron. Me dijeron que no, que no, que no... Hablé con el jefe de personal, y nada. Si hubiera visto al jefe de brigada a lo mejor, porque yo era buen trabajador y hacía los tres turnos.

―Cuco, ¿te acuerdas de Noel Barceló García?

―Sí. Estaba preso, pero supe que lo habían soltado.

―Hoy por la mañana estuvo aquí buscando trabajo.

―¿Va a empezar de nuevo? Si quiere me lo pones en mi brigada.

―No. Se le dijo que no.

―Pero el muchacho no era mal trabajador.

―Yo no dudo que él venga a hablar contigo y quería alertarte.

―El problema que tuvo no fue aquí en la fábrica.

―Pero estuvo preso. Tú mismo lo dijiste.

―¿De quién es la decisión? ¿Tuya?

―De arriba. Ya te alerté, ahora vete a ver qué le dices si viene a hablar contigo.

Si hubieran revisado las nóminas viejas, para que vieran si es que yo tenía buen salario ahí o no. Porque eso era vinculado. Y yo cogía doscientos ochenta pesos, doscientos noventa pesos, trescientos al mes: vinculado. Y trabajaba los tres turnos, y era ahí, ahí, y trabajaba. Hacía una mezcla, y si el jefe decía:

―Oigan, caballeros, si terminamos esto hoy, sobre cumplimos la tarea. Si quieren, seguimos.

―Vamos, arriba, completo todo el mundo.

Y todo el mundo iba para allá a trabajar. Y seguíamos trabajando.

No me dieron trabajo, porque la mujer del departamento de personal dijo que no se podía, porque no... A parte de que los contratos estaban cerrados completos, no podía haber gente trabajando ahí con antecedentes penales. Ya yo había trabajado con antecedentes penales. Y la policía lo que me ofrecía era en Áreas Verdes.

El moderno y sólido edificio de dos plantas contrarrestaba con las casas que se alineaban a ambos lados de la calle Amparo, algunas de madera, y todas descoloridas. Noel conocía perfectamente bien el sitio y en sus afueras había varios conocidos. A uno de ellos le pidió que le cuidara la bicicleta, y entró al interior de la unidad. Preguntó por la teniente Sosa y no demoró en ser llevado a una de las últimas oficinas del largo pasillo.

―Buenos días ―dijo la oficial y lo invitó a tomar asiento—Noel, te cité porque según el informe del jefe de tu sector, aún no has encontrado trabajo.

―Yo le expliqué que en la fábrica no me aceptaron.

―Pero de eso hace casi un mes, y tú sabes que tu libertad está condicionada a que no estés de vago.

Noel bajó la cabeza y no precisamente por humildad, sino por vergüenza consigo mismo. Si le costaba esfuerzo acatar la autoridad de un hombre, la prefería a tener que enfrentarse con una mujer, por lo demás no mucho mayor que él, y bonita, la que podía decidir sobre su vida.

―Yo voy a ir de nuevo...

―No, Barceló. No podemos seguir esperando a que tú busques trabajo. Ya yo hablé en el departamento de ornato y embellecimiento...

Noel se puso de pie, sobresaltado, para interrumpirla.

―¿Me va a poner a limpiar calles?

La teniente no le respondió y, con una energía no acorde con su físico, le ordenó que se sentara.

―Haz el favor de no interrumpirme y mucho menos de ponerte de pie. No vas a limpiar calles. Vas a trabajar en la brigada de Áreas Verdes.

Fui a trabajar dos veces por el Sandino, a cortar hierba, y se me llenaron las manos de ampollas y no fui más. Entonces me puse a inventar con líos de caballos y cosas de esas. Negocios de robar y matar caballos.

Barceló fue el primero en llegar. Dejó la bicicleta oculta entre la maleza y se dirigió al sitio acordado. Allí habían dejado esa tarde los cuchillos, el nylon, y los sacos de yute. Miedo no sentía, pero la oscuridad de la noche y el silencio, solo roto por el canto de los grillos, lo sobrecogieron. El Tite llegó de segundo, y Fredy no se hizo esperar. Ya, juntos los tres, emprendieron la marcha. La casa del campesino no estaba lejos, y la luna casi llena, les alumbraba. Barceló, por ser el más ágil, se movió sigilosamente hasta donde estaba amarrado el animal. Zafó la soga y, lentamente, fue conduciendo a la bestia al lugar, lejos de allí, donde sería sacrificada.

Con un pedazo de madera, Fredy le pegó fuertemente en la cabeza y el caballo cayó al suelo dejando escapar un hilillo de sangre por entre los belfos; entonces, presumiendo de su fortaleza física, el joven mostró la musculatura de sus brazos.

―No perdamos tiempo ―dijo Barceló y fueron las únicas palabras que se pronunciaron. Cada quien sabía cuál era su función, y cuchillo en mano comenzaron a descuartizar al aún vivo animal.

Llenos los sacos con la carne, retornaron al escondrijo de las bicicletas, y antes de que amaneciera, cada uno por un rumbo distinto, salió para entregar la mercancía en los puntos clandestinos de venta.

Por lo de los caballos nunca cumplí cárcel, porque nunca nos cogieron. La otra vez que estuve preso, fue por desacato. Me puse majadero con un policía en la calle y me echaron nueve meses.

"Él siempre fue malo, maldito, desde chiquito. Él me decía Guaro. Él tenía muchos nombres para mí. Me quería, pero cuando él se empingaba conmigo, no creía en nada. Él me dio golpe a mí muchas veces, hasta una vez que yo estaba barrigona... Una vez él me dio una mano de golpe a mí terrible, terrible. Eso fue un 28 de septiembre, en la fiesta por el aniversario de los Comité de Defensa de la Revolución. Él, todo lo quería. Él quería que le dieran bebida del CDR, que le dieran más bebida de la que le estaban dando, entonces mi mamá le dijo que no podía tomar, porque ya se había acabado la bebida, y él, que le dieran, y cogió y se arrebató. Como yo soy una persona que iba donde estaba él, porque yo no le tenía miedo, fui donde estaba él, y nos fajamos en la calle San Miguel. El delegado iba a acusarlo, y yo le dije que no, que era mi hermano, que no lo podía acusar. De todas formas nos peleamos y entonces más nunca, más nunca nos hablamos, hasta el día que yo ingresé en el hospital, que estuve grave. Cuando ingresé grave, fue a verme".

(Testimonio de Magalys, una de las hermanas).

Después caí preso por una bicicleta. Una bicicleta que se la roba uno, y después que se la robó, fue y la guardó, y donde la guardó, fui y se la robé a él. Mira qué problema ese. El tipo se la roba a otro y la guarda en un lado y se va; entonces yo voy y la saco de ahí y se la doy a otro muchacho para que la venda, pero el tipo al que le roban la bicicleta, está en la esquina, arrebatado, porque le habían robado la bicicleta. Mira que rápida fue la evolución esa: uno se la robó, la escondió, yo la cogí, se la di al muchacho, y el muchacho sale a venderla rápido, va a la misma esquina y se la propone al dueño de la bicicleta. Eso fue lo más grande la vida.

―Compadre, ¿te interesaría comprar una bicicleta?

―No jodas, que hace dos horas me robaron la mía.

―Bueno, si te robaron la tuya, te va a hacer falta comprarte otra. La estoy dando barata.

El hombre comprendió que el muchacho tenía razón. La que le habían robado, no la iba a encontrar nunca más, porque él sabía cómo era el negocio: la desarmaban y la volvían a armar con las piezas de otra bicicleta robada, la pintaban de nuevo y a rodarla; y él necesitaba de esa locomoción para cada día ir a su trabajo.

―¿Dónde está la que vendes?

―Mira, es aquella. Vamos a verla.

Entonces el dueño le reclama al muchacho. Él le dice:

―No, esta bicicleta no te la doy, porque a mí me la dio Barceló para que se la vendiera.

Yo no le hablé claro al muchacho, no le dije que me la había robado, y él se creía que era mía.

―Vamos a donde está Barceló, para que tú se la quites a él.

Y cuando el dueño vino donde estaba yo:

―No, yo no sé, la bicicleta esa la vi en tal lado, ahí, y la recogí y se la di a este muchacho para que me la vendiera.

―¿Tú la viste en tal lado? Entonces alguien la llevó para ahí.

Cuando estoy en mi casa, hablando con el dueño, viene el que se la había robado de verdad a reclamarme la bicicleta:

―Oye, la bicicleta me la buscas.

Qué sé yo, qué sé cuándo; alto en la parte de afuera. Entonces salió el dueño.

―¿Cuál es el lío de la bicicleta? Esta es mía y me la llevo.

Y se fue con su bicicleta, entonces ahí nos fajamos, el que se la había robado y yo, a los piñazos.

―No, ahora tú tienes que pagarme la bicicleta a mí.

―¿Que bicicleta te voy a pagar yo a ti?

No le hice caso y seguí, y entonces vino con Ramoncito Pesteacabo y toda esa gente para caerme encima a mí.

Magalys lo supo en la calle y corrió a avisarle. Como era la época en que no se hablaba con el hermano, tuvo que buscar a la madre en casa de unos vecinos y alertarla.

―Quédate afuera y dile que Noel no está aquí ―ordenó la madre y fue para el patio del hogar. Allí estaba su hijo desgranando unas mazorcas de maíz y sin pérdida de tiempo, lo puso en antecedentes de lo que ocurría.

―Dame acá el maíz y vete por el traspatio.

―Yo no voy a huirle a esos maricones.

―¡Ay, hijo! ¡Un día te vas a desgraciar!

Entonces cogí el machete y salí para la calle a esperarlos:

―Uno a uno, si me caen dos o tres, voy a meterle machete al que me caiga arriba; y por si no lo saben, este viene a reclamarme una bicicleta que él se robó.

El asunto del robo de esta bicicleta fue importante para el desarrollo de otros acontecimientos posteriores, pero la verdad con respecto al hecho, queda opaca y difusa en las varias versiones que hay del mismo. La posición de héroe timador que se adjudicó Barceló, también se presta a la duda.

"Él estaba tomando con Alexis en casa de Nicolás. Alexis dejó la ventana abierta y se fueron. Entonces vienen por la madrugada y se roban la bicicleta. Alexis se la lleva y la guarda allá atrás, en el patio. Al otro día cuando la mamá de Nicolás va allá a buscar a Alexis, ve la bicicleta atrás de la casa. Él decía que había sido Noel, que había sido Noel el que se había robado la bicicleta, y Noel le dijo que no, que él no se la había robado, que el que se la había robado había sido Alexis. Por eso estuvieron presos en instrucción".

(Testimonio de Magalys, una de las hermanas).

El dueño de la bicicleta nos acusó. Lo acusó a él y él me acusó a mí. A él le salieron dos años por robo y a mí un año por hurto continuado. Al dueño le pusieron multa al descuido. Fui para la prisión y cumplí el año ese. Dentro de la prisión, trancado. En esa época tenía veintiuno o veintidós años.

 

 

sábado, 2 de octubre de 2021

El primer ingreso en el Psiquiátrico, el primer trabajo y el primer amor

(El fragmento anterior terminó cuando la madre comienza a golpear a Noel por haber roto los huevos de la comida, y él decide irse para el monte que rodea la ciudad)

―Avísale a Mariano. Hay que salir a buscarlo.

Ante la gravedad del momento, la madre se irguió como autoridad hasta que llegara el hijo mayor, y dio las primeras órdenes. Algunos vecinos se le unieron y pronto estuvieron listos para salir.

―Voy a dar parte a la policía.

―¡A la policía no, coño! ―y junto con la prohibición, el manotazo de la madre sobre Felo― ¿Tú eres comemierda?

―Aquí está el perro.

―Vamos.

Santa Clara se asienta sobre un terreno sabanozo: árido y seco, amarillo y feo. La vegetación natural es escasa y se trata fundamentalmente de arbustos espinosos de pocas y pequeñas hojas. Dentro de los planes de repoblación forestal, que se desarrolló en todo el país a principio de la década del setenta, el gobierno sembró cientos de miles de eucaliptos, en lo que aspiraba a ser el anillo verde de la ciudad. Con el transcurso de los años, este inhóspito bosque artificial levantó sus ramas al cielo y se convirtió en sitio de referencia obligada para amores ocasionales de parejas sin dinero, animales muertos, violaciones, desperdicios y asesinatos. Y allí, como única opción y con su carga de golpes, incomprensiones y maltratos, buscó refugio el adolescente para, carente de sueños verdaderos, tratar de disfrutar de las ilusiones fabricadas por una pastilla.

Al otro día fue cuando me encontraron. Me llevaron para el psiquiátrico. Me metieron en urgencia, abajo. Después me pasaron para la sala de arriba, pero no me dejaron ingresado. Me llevaron para la casa, pero yo seguía arrebatao, viendo cosas. Entonces me llevaron para el psiquiátrico otra vez. Entonces la sicóloga me dijo:

¿Qué es lo que te pasa?

Yo me acuerdo de todo aquello.

―A mí no me pasa nada, yo lo que estoy viendo gente, por donde quiera veo gente; mira, ahí mismo, detrás de usted hay una gente ahí.

Ella miró así, para atrás, y dijo:

―Verdad que sí.

Fíjate lo que me dijo ella:

―Verdad, ahí está.

 Y entonces mi mamá la miraba a ella como diciendo:

―¿Cómo que verdad...?

 Si ella dijo que verdad, por algo dijo eso.

―Es verdad, pero mira, vamos a ponerte un tratamiento para que te sientas mejor, una inyeccioncita para que relajes un poco, y te acuestas aquí mismo, un rato, para que relajes un poco. Mañana yo hablo contigo y te saco de aquí.

Le dije:

―Está bien.

Me puso la inyeccioncita. Cuando ya estaba oscureciendo, me levanté de la cama aquella y empecé a ver muertos dentro del psiquiátrico aquel. Me puse a caminar de aquí para allá, y los loqueros detrás de mí:

―Agárrenlo y agárrenlo.

Me cogieron por el pescuezo, me fijaron, me amarraron. Me volvieron a inyectar y comencé a evolucionar más fuerte ahí, en el mismo psiquiátrico. Esa amarradera fue lo que me cuquió más, y me empecé a arrebatar más ahí adentro.

"A él no se le podía encerrar. Fue malcriado, desobediente conmigo, me levantaba la mano, me decía, por ejemplo: Vete para la pinga, resingada. Se iba para la manigua a dormir tres o cuatro días fuera de mi casa, viraba, yo lo mimaba y me levantaba la mano. Tanto a mí como a la hermana, nos daba golpes. Si quería, por ejemplo, una camisa, había que comprarle aquella camisa; si quería, por ejemplo, una pelota, una pelota; y yo, como él no tenía papá, yo le daba todos esos gustos. Fue por eso que Noel se crió en ese ambiente, con aquella guapería, aquella cosa... ¿Tú entiendes? Que a él había que respetarlo y lo que él quería había que dárselo. Lo que él quería, tenía que obtenerlo".

(Testimonio de la madre).

Felo entró y lo vio parado frente al pedazo de espejo que aún conservaba una de las puertas del viejo escaparate.

―¿Y esas gafas?

Noel se quitó los espejuelos, los miró con satisfacción y se los guardó en el bolsillo de la camisa.

―Mima me los compró.

―¿Qué mima te los compró? ―preguntó incrédulo el hermano y aunque Noel movió afirmativamente la cabeza, Felo no esperó por la respuesta para seguir hablando—. En esta casa no hay dinero ni para comer... ―sin terminar de hablar, tomó a Noel por un brazo buscando su atención, pero este se le zafó con un brusco movimiento.

―No me aguantes ―le gritó agresivamente―, coño. ¡No me aguantes!

Me tenían casi todo el tiempo fijado. El efecto de las pastillas me duró dos días, pues los medicamentos y las inyecciones lo reactivaban.

Un día de pase, del primer pase del psiquiátrico, fue cuando rompí todas las matas. Yo estaba en mi casa... Las matas de plátano de mi casa estaban así, echando aire. Me puse a mirarlas, y todas las hojas meneándose, y yo empezaba a transformarlas, a transformarlas... «Ese hombre es un gigante y con las manos va a romper la casa. No me concentré y cogí un machete y le fui para arriba a las matas de plátanos y las machetié todas. Mi mamá vino y me preguntó:

―¿Por qué tú rompiste todas esas matas?

Pero no sabía de qué matas me estaba hablando.

Yo estuve ingresado en el psiquiátrico cuatro veces, y el tiempo que menos estuve fueron seis meses. Alterado, seis meses, así. Bueno, me dieron seis, siete, ocho y nueve electroshock, en el mismo psiquiátrico ese. Nadie supo que yo había tomado pastillas, porque a nadie se lo dije. Mi hermano era quien único lo sabía, porque el que las vendía era amigo de él, y eso cuando aquello era candela, una candela gorda. Ya después empezaron a darme pases, empezaron a estimularme mejor, me llevaron a la playa, me llevaron a la Minerva.

Después que salí de toda esa jodedera, como a los tres o cuatro meses más, volví a tomar pastillas. No me dio miedo volver a tomar, porque... pasé todos los sofocos esos, pero después que supe por lo que había sido, no me preocupé. Si aquella me hizo eso, y eran visiones, yo voy a tomar, y si veo algo, me dije, le voy a partir para arriba y decir: No, yo sé que no es eso, en vez de decir que era eso, y así mismo hacía.

Las pastillas, además de las visiones esas, me dan ánimo. Me siento contento, me dan muchos deseos de trabajar. Cuando estoy así, yo trabajo. Me da por lavar. Me da por planchar… lo que haya que hacer doméstico en la casa. Por la noche, no duermo. Me meto la noche entera trabajando, lavando, limpiando. Lo que haya que hacer, lo hago. Me siento bien y me entretengo con eso; me gusta organizar las cosas, poner las cosas bonitas así, que amanezca la casa linda... Ahora, cuando me empastillo, si veo cosas, me hago el disimulado, el que no las vi. A veces son gente agresiva, otras veces, no. Otras veces son amigos míos, que yo los veo y hablo con ellos normal. Las mujeres desnudas nunca las vi. Tomé pastillas buscando mujeres desnudas… y nunca las vi. Tuve que buscarlas yo a capela, de verdad. Con las pastillas, no salían. ¿Mujeres desnudas? Hombres desnudos eran los que salían. No es fácil... Con las pastillas no es fácil.

Intento encontrar solución a mis cuestionamientos filosóficos acerca de la vida en la expresión anómala de la existencia de Barceló, pero las dudas saltan en contra de mis propósitos, pues: ¿quién fue en realidad este sujeto?

Recurro a mis clases en la universidad, repaso libros y revistas que alguna vez leí, analizo teorías, desecho escuelas, planteo hipótesis y recorro intrincados caminos del pensamiento, pero lejos de arribar a una conclusión convincente, siempre vuelvo al punto de partida.

¿Quién fue Noel Barceló?

¿Un sujeto estigmatizado por una carga genética defectuosa? ¿Un individuo retorcido por las condiciones sociales en que se desarrolló? ¿Ambos factores interactuando en una macabra unión?

Pero, independientemente de las causas: ¿Quién fue verdaderamente este individuo?

Habrá quienes piensen que era un psicópata, o quizás, un esquizofrénico. Otros asegurarán que un simple y vulgar delincuente; un pobre diablo a quien le tocó perder; un encarnado con un karma que cumplir.

Soy un psicópata auto agresor. Tengo el problema que me auto agredo. En una ocasión intenté ahorcarme, otra vez, me di una puñalada, me envenené, pero no me llegué... Me hice unas cuantas barbaridades.

Independiente de su autodefinición, fabricada con elementos oídos y experiencias vividas, y no por razones de autoridad, insisto en penetrar en la vida de Noel Barceló. Seguir, paso a paso, la senda de sus recuerdos y llegar a la esencia de su condición. Para ello, debo prepararme, estar alerta y no dejar que nada me asombre.

Cuando salí de noveno fue que me puse a trabajar... Porque no me gustaba estudiar. Me hubiera gustado coger una carrera, pero no... Pensé que nunca iba a llegar a coger la carrera. Ya había desaprobado un grado, y el escalafón que tenía, no era bueno. Iba a coger una bobería y dije: «Na, yo quisiera coger una cosa de altura». La situación económica mía en esa época era bastante pésima, porque éramos siete hermanos y estábamos todos ahí, y mi mamá sola luchando para nosotros, y la chequera que les mandaban... A mí, no. Yo no cogía chequera de mi papá. Nunca. Mis hermanos eran los que cogían... Cinco pesos por cada uno, y la otra hermana mía, veinte pesos que cogía. En mi casa vivíamos mi mamá y todos los hermanos y más nadie. Casi todos los días mi abuelo me llevaba para su casa. Como la cosa estaba mala, comía y almorzaba allá con mi abuelo. Vi la necesidad grande aquella y quise empezar a luchar.

Empecé a trabajar autorizado por el estado. Yo tenía dieciséis años, me puse a trabajar en Cienfuegos, en la Cen[1]. Entonces tuve problemas allá, y me mandaron para acá.

El jefe de brigada nunca supo que iba a hacer con él. Desde que el secretario de la organización política juvenil de la fábrica se lo trajo, protestó:

―Yo cumplo órdenes ―dijo el emisario―. A mí me dijeron que te lo trajera y aquí lo tienes ―y dando por terminada la conversación comenzó a alejarse, pero se detuvo un último momento y le lanzó la sentencia final de aquella discusión―. Si no te cuadra, se lo llevas al director.

El jefe de brigada conocía bien el manejo de la ubicación del personal y lo que significaba que fuera un político quien hubiera traído al joven. Se quitó la gorra y se pasó la mano por la frente en busca de una tarea propia para aquel muchacho imberbe y debilucho.

Noel había observado la escena y, aunque sin ninguna manifestación visible, estaba molesto. Cuando gestionó trabajo a través de la asistente social que atendía a su familia, nunca pensó en que lo mandarían para un lugar así. Alejado de la ciudad y con el sol de la costa cercana castigando fuerte, el sitio no era nada alentador. Cientos de hombres y equipos de la más diversa índole abrían huecos, cambiaban de lugar pilas de tierra y levantaban un polvo fino y blanco, que se adhería al sudor de los cuerpos, dándoles, desde lejos, la impresión de fantasmas castigados a sufrir.

―¿Cómo te llamas?

Pero Noel no contestó la pregunta que le hacía el jefe de brigada, sino que, con arrogancia y agresividad, le espetó:

―Si no le conviene, yo mismo me voy.

―Mira, muchacho, no me jodas.

El grupo de obreros, que estaba cerca, había dejado de mover los picos y las palas y, propiciándose un ligero descanso, estaba atento a la conversación. El jefe de la brigada se percató de ello y antes de continuar hablando con Noel, atravesó con su voz las emanaciones de calor de la tierra calcinada:

―Vamos, a trabajar, que esto a ustedes no les interesa ―volvió entonces a enfrentarse a Barceló y continuó―. Yo aquí necesito hombres, no muchachos pajeros que no saben ni lo que es una mujer.

―Y yo, saber dónde están los albergues.

 

               "La primera mujer de él fue Gipsy".

(Testimonio de Magdalena, una de las hermanas).

Noel la vio venir de lejos. Sabía quién era y hacia dónde se dirigía, así que corrió a su casa, se puso una camisa y se alisó el pelo.

Si toda aquella zona hubiera estado poblada de casas, como unos años atrás, no la hubiese visto, pero por la construcción de la Plaza Ernesto Che Guevara, las familias que allí residían fueron trasladadas a otros puntos de la ciudad, y ahora, el césped y diferentes estructuras de hormigón, adornaban los alrededores del inmenso monumento de bronce y mármol verde. Una elevación del terreno en el que crecían árboles y diferentes arbustos, marcaba el límite sur de la explanada del mausoleo, no obstante detrás de la vegetación, una hilera de casuchas, a ambos lados de una polvorienta calle, permanecían recordando lo que fuera un miserable barrio suburbano, presto a desaparecer.

Los muchachos del lugar acostumbraban a reunirse en tan estratégico lugar. Se metían en cualquier tema que los hiciera más hombres; admiraban a sus héroes relatándose los últimos atracos de estos, y planificaban alguna nueva bellaquería.

Esta vez, la muchacha vestía con el uniforme de estudiante de medicina. Recién había comenzado su carrera y venía para que la tía la viera. Hacia la casa de esta se dirigió Noel para estar presente cuando la muchacha llegara.

―¿Mercedes, el enano está aquí? ―preguntó como excusa innecesaria para justificar su presencia.

―No, pero está al llegar.

―Lo voy a esperar.

"Ellos se ajuntaron cuando ella era señorita y estaba estudiando medicina. Su familia no quería, porque decía que Noel era un delincuente, pero ella se enamoró de él. Él cogió y la partió... La perjudicó, la hizo señora. Bueno, se fueron a vivir para su casa, pero entonces ella le caía mucho arriba cuando él venía borracho y eso. Él le daba tremendas manos de golpes, peleaban, y ella se iba para su casa, después él iba y le chiflaba, y ella salía y se iba para la casa de él. Volvía a suceder lo mismo. Una vez le metió una mano de golpe que le partió un tocadiscos en la cabeza; otra, la metió de cabeza dentro del refrigerador... Bueno, le hizo lesiones graves. Se pelearon. Después vuelven, y así fue siempre".

(Testimonio de Lauri, la esposa).

Cuando me botaron de Cienfuegos, vine de nuevo para Santa Clara. Estando aquí, me mandaron para un centro de trabajo ahí, en la tenería Gerardo Abreu Fontán.

"Un día, entré de pronto, lo vi dándole golpes a la mujer, y le salí al paso:

―¿Noel, por qué le estás dando?

Entonces él me dijo:

―Tú no te metas. Nos echó un galón de alcohol a las dos para darnos candela, y los fósforos no le rayaron en el momento. Entonces lo cogí y lo tranquilicé, y al otro día se sentó allá atrás y me pidió disculpas, empezó a llorar, que eso no estaba en él. Y no era empastillado. Cuando él se empastillaba era el niño más lindo que había, el hombre más noble que había. Yo lo conocía, porque yo tomaba pastillas junto con él".

(Testimonio de Mariano, uno de los hermanos).

 

 

 



[1] Central electro nuclear.

sábado, 25 de septiembre de 2021

Encuentro. su infancia

Mi vida, más que vida, ha sido una mierda, periodista; y así y todo, usted quiere que se la cuente. Bueno, encienda ahí la grabadora.

Las condiciones de psicólogo y escritor (de ahí la confusión de mi entrevistado al identificarme como periodista) pudieran justificar el interés por explorar en determinados estratos sociales que, aunque presentes al doblar la esquina, generalmente ignoramos. Ahí están algunos de mis libros, con personajes protagonistas discapacitados físicos, retrasados mentales, individuos marginales y discriminados, y con desajustes en la conducta esperada por su sexo biológico;  pero el testimoniante de este libro superaría con creces todo lo que yo podía imaginar de un ser aberrante. Llegó a mí de manera casual, y con él me adentré en un mundo escabroso, con normas de convivencias no convencionales, donde los límites entre la legalidad y la ilegalidad son endebles, fluctuantes, y con normas éticas, personales y sociales, no siempre decorosas ni cívicas, matizadas en él, con un franco desajuste mental.

Nos pasamos la vida luchando por alcanzar la felicidad, y quién sabe lo que es. ¿Lo sabe usted, periodista? La felicidad es como esas sombras que se ven en la oscuridad. Uno cree que es algo, y cuando enciende la luz, no era eso.

Noel Barceló era un hombrecillo de mediana estatura, poco fornido. Poseía un rostro duro, con evidentes rasgos de un cansancio mucho más allá del momento; dureza que se denotaba tanto por los surcos de su cara como por los numerosos tatuajes que le cubrían casi todo el cuerpo, que hacían su apariencia, francamente, repulsiva.

Yo a veces muevo el cigarro para que el humo haga formas diferentes. A veces son figuras bonitas, pero trate de agarrarlas para que usted vea. Así es la felicidad. Yo me pasé la vida tratando de vivir bien, a como fuera… de andar en la calle, libre, para ser feliz, y ya me ve, periodista, soy un guiñapo de hombre.

La primera vez que lo vi, sin que siquiera él se percatara, me dio temor y sentí alivio cuando paso de largo y se alejó. Después, cuando lo conocí y trabajamos juntos en las sesiones de entrevistas, pensé en decirle del miedo que me inspiró en aquella ocasión, pero nunca tuve la oportunidad. Ese día, mientras yo entrevistaba a otro sujeto, en aras de mi investigación, se supo que él pasaría por allí, y ello motivó que me contaran de sus macabras acciones. Todos esperaban su llegada, y ello era motivo para comentar, una vez y otra más, sobre su vida lúgubre. Quienes lo conocían, se sentían importantes por ello ante los neófitos que escuchábamos. Ese encuentro con él fue casual y breve. Barceló no debe haber advertido mi presencia, no obstante, cuando me alejé del lugar, me sentí aliviado. Indiferente a quienes lo mirábamos con curiosidad, admiración o temor, cruzó de largo y, agotado por una vida que ya le pesaba demasiado para sus escasas fuerzas, fue a lo suyo. Mi aprehensión, más que por su aspecto físico, estuvo motivada por el aura de leyenda que le rodeaba.

Nací en Santa Clara, en el hospital. Mi papá, a mí no me inscribió. Mi mamá fue la que me inscribió. Tengo los apellidos de mi mamá: Barceló García. Es un apellido que no es mucho. Tengo unos cuantos familiares: abuelo, abuela, sobrinos, siete hermanos. Yo soy el único que tiene el apellido Barceló de primero. Yo soy el tercero de mis hermanos. Dos hembras, una está casada en Roble y la otra está en mi casa, pero está divorciada; y cinco varones, dos casados, uno en Encrucijada y otro en Virginia, y dos están presos. Yo tengo un hijo y estoy aquí, con mi mujer, en el sanatorio.

Yo indagaba acerca de un niño huérfano, cuya madre había muerto a consecuencias del sida. Él lo supo y, aunque no era este el caso, se interesó en hablarme de su hijo y de su experiencia de padre. Al conocer algunos detalles de su vida, los derroteros literarios me llevaron por otros senderos, y Barceló aceptó de buena gana cooperar con mis nuevos propósitos.

Pregunte todo lo que usted quiera, periodista, que le voy a contar lo que ha sido mi vida: una mierda, pero es la mía y no tengo otra. Le juro que le voy a decir la pura verdad, porque a esta altura de mi vida, no tengo por qué decirle mentiras. Y a lo mejor mi experiencia le pueda servir a otros muchachos como fui yo, y que si no aprenden, se pueden descarriar y joderse. Pregunte, pregunte, que yo voy a ser un ejemplo de lo que no se debe hacer.

Sin proponérmelo, con mi interés en recoger su testimonio, le di a Noel Barceló la última de las pocas oportunidades que tuvo en su vida de sentirse importante.

Mi mamá tiene problemas de nervios. De ahí es de donde vienen los problemas míos de nervios. Cuando ella estaba embarazada de mí, cogió una cuchilla de afeitar y se picó todo el cuerpo. Quería estar con un hombre, que es el padre de mi hermana más chiquita, mi familia no quería, y entonces, no sé si fue con el objetivo de estar con el padre de mi hermana, que cogió y se picó todas las venas. Estuvo ingresada porque se desangró mucho, y eso fue estando embarazada de mí. Cuando tenía como seis meses de embarazo, intentó pegarse candela también. Será por eso que cogí ese trauma, y nací con ese problema. Yo he estado ingresado en el psiquiátrico cuatro veces.

"Le voy a ser franca con el historial de mi vida, porque mi vida no la tengo por qué negar. Yo era una mujer que paseaba mucho, me divertía mucho e inclusive, fui una mujer que estuve de reclusa, teniendo dos niños, a Mariano y a Felo, mis primeros dos hijos".

(Testimonio de la madre).

Ahora usted toma todo esto que yo le digo y le da forma, ¿verdad? Usted lo va a escribir como si fuera una novela o algo así, pero trate que le quede bonito para que muchas personas lo lean y no comentan las locuras que se me ocurrieron a mí.

El sonido de las sirenas de los autos patrulleros se hizo sentir con intensidad creciente hasta tapar la voz de Vicentico Valdés que, desde la victrola centellante de luces, rasgaba la cargada atmósfera de humo de cigarros en la rojiza penumbra del salón. Las parejas en medio de la pequeña pista cesaron el erótico bamboleo con el que se frotaban los cuerpos al ritmo de la melodía, mientras quienes se besaban en la complicidad de las mesas, se pusieron de pie.

―Tranquilos ―dijo el dueño del establecimiento aparentando una calma que no sentía.

La puerta que daba a la calle se abrió bruscamente y por ella aparecieron los primeros policías.

―¡Todos contra la pared! ―gritó el que parecía el jefe.

Las mujeres comenzaron a gritar y algunos parroquianos buscaron inútilmente la forma de huir. Vasos y botellas de cerveza cayeron de las mesas, mientras que los uniformados se hacían obedecer a empellones y culetazos de sus pistolas, y llevaron a todos hacía las paredes.

"Mi mamá, cuando joven, bailaba en bares".

(Testimonio de Magdalena, una de las hermanas).

Por mucho que intenté imaginarme los encantos pasados de aquella mujer, no logré verla joven y apetecible. De pequeña estatura, flaca y con el rostro cruzado de arrugas, aunque activa y enérgica, aceptó inicialmente ofrecerme los datos que le pedía. Así fue la primera vez que visité su humilde casa. El maltrato de una vida dura y azarosa, no la diferenciaba de otras mujeres del barrio, que salían a curiosear mi presencia por aquellas calles de tierra y perros flacos y mugrientos, pero la leyenda de su hijo, la hacía, de alguna manera, especial, y la presencia de un supuesto periodista interesado en escribir un libro con la historia sobre Barceló incrementaba, al menos de momento, la valoración social de aquella familia, aunque la duda y la desconfianza con que siempre debió enfrentar a los extraños, y el temor de que yo pudiera ser de la policía, la hizo cambiar en su actitud de cooperación. La segunda vez que la visité, me invitó a entrar y a tomar asiento en el único sillón en aquella reducida sala donde me dejó solo. Lo delgado de las viejas y carcomidas maderas del tabique que separaban el dormitorio de la sala, me permitieron oír el murmullo de lo que iba a suceder, y cuando diez minutos después vino la hija menor a decirme que la madre había salido por los patios del fondo a hacer una gestión, ya yo sabía que era inútil insistir.

"Después vine para donde estaba mi papá, me dio donde vivir, me dio un cuarto; comencé a fiestar de nuevo y un buen día salgo, y salgo en estado. Entonces me lo sentía en el vientre y no quise sacármelo, y lo que sea. Entonces me enfrento a mi papá y hablo con mi papá, y mi papá me dijo: hija, yo le doy el apellido mío, no te lo saques".

(Testimonio de la madre).

Mis dos hermanos mayores son hijos del mismo padre, después nací yo de uno solo, pero nunca me reconoció. Mi mamá era merolica. Cuando yo nací la ayudaba Bienestar Social.

"El hermano mayor, cuando se emborracha, le da por decirle a la madre que ella no quería a más ningún hijo, que nada más que quería a Noel, que ella es una descarada y por ahí para allá una pila de cosas. En sí, la vida de ella era Noel; ella halaba más para él que para los otros. Siempre: desde la prisión, desde estar sano. Será por una lástima. Un día me dijo que ella le tenía lástima a Noel por sus cosas, por sus locuras y eso y porque tampoco tenía papá, porque el padre nunca lo inscribió. A los otros hermanos, los padres si los han reconocido".

(Testimonio de Lauri, la esposa).

A unos quinientos metros del mausoleo donde están los restos de Ernesto Che Guevara, se encuentra el hogar de su familia, una pequeña y humilde casa construida con recortes de madera y techo de lata. Ella sirvió para nuestros encuentros de trabajo. Cooperador y sencillo, me contó de su vida con ingenuidad y picardía. El recordar algunas de sus andanzas, le producía gracia y en esos momentos se le iluminaba el rostro con una media sonrisa breve y fugaz, pero rápidamente la expresión de cansancio con que lo conocí, volvía a adueñarse de él.

Después que yo obtuve la enfermedad, fue que mi padre vino a hablar conmigo. Antes nunca había hablado con él, aunque su familia me llevaba. Por parte de padre tengo quince hermanos. Mi padre tiene dos casas, un motor, y trabaja en el depósito de cerveza. Con estos hermanos no tengo relaciones.

"El abuelo era quien lo mimaba. El abuelo cuando lo veía venir corriendo era porque la madre le iba a dar y el abuelo se lo metía entre las piernas y entonces la madre le decía:

―No lo defiendas, no lo defiendas, que él es un mala cabeza.

Y le tiraba chancletazos y el abuelo se metía".

(Testimonio de Lauri, la esposa).

La veneración por el abuelo está presente en una borrosa foto, quizás la única que este señor se tomara en vida, enmarcada sobre una de las apolilladas paredes de la sala, y adornada con unas sucias flores de papel.        

"Mira si él era así desde chiquito, que él cogía las lagartijas y las abría así por la mitad y le sacaba todo y después las cosía y decía: mira, esta camina, está viva. Tenía cosas malas en la cabeza, y sin embargo era buenísimo, bueno como un pan, y cuando tenía un amigo eso era hasta el final".

(Testimonio de Mariano, uno de los hermanos).

De niño, yo era muy inquieto y siempre estaba inventando. Dice mi mamá que tenía que estar todo el tiempo encima de mí. En la escuela era igual. Tercero me costó trabajo; cuarto, me costó... Repetí un año. Creo que fue quinto. No me gustaba estudiar. Fui a la secundaria Rubén Martínez Villena… a esa que le dicen Pedro Navajas, pero que se llama... No me acuerdo el nombre ahora. Después estuve en Provisional 62. Esta era en el campo, y tenía que trabajar en la agricultura. Una sola clase me gustaba estudiar, la Biología, los animales y eso, me gustaba. Esa y Artes Industriales... Esa que es con serrucho.

El director sintió la algarabía y se puso de pie. Ya la puerta de su oficina se abría. El profesor de Educación Física y el portero lo traían sujeto.

―¿Qué ocurrió ahora?

Barceló, rojo de ira y con el uniforme ajado, se le adelantó a sus acompañantes.

―La comemierda esa que se cree que yo me voy a dejar sopetear de ella.

―¡Cállate, Noel!

Entonces vino la explicación de los dos hombres que habían tenido que mediar para detener al muchacho.

Afuera, la secretaria y otras trabajadoras de la escuela consolaban a la profesora de Historia. Noel Barceló, se había molestado por el llamado de atención a sus constantes indisciplinas en el aula y agredió físicamente a la profesora, mientras que le profería insultos y amenazas.

El director del plantel estudiantil tuvo que intervenir en más de una ocasión ante las quejas por la conducta de este muchacho, pero ya aquello cruzaba los límites.

―Manden a buscar a su mamá para que se lo lleve de aquí ―ordenó el director y dirigiéndose entonces al muchacho, le dijo—. No puedes seguir en esta escuela.

Después que me botaron de la secundaria, fue que me ingresaron la primera vez en el psiquiátrico. Yo estaba en la casa y me tomé unas pastillas de parkinsonil. Dice la gente que andas por el aire y que uno ve mujeres desnudas. Entonces dije: "¡Ave, María!, me voy a tomar dos para ver mujeres desnudas". Fue la primera vez que yo tomé pastillas.

―Noel ―llamó el Tite desde el portal.

Las pestilencias que emanaban de la vieja y destartalada tenería, inundaban a su antojo el ambiente de la noche, por ello, las puertas de las casuchas que conformaban el barrio, solo se cerraban a esas horas; el resto del tiempo permanecían abiertas por el calor. El muchacho entró a la sala y continuó hasta el dormitorio. Tendido sobre uno de los camastros, Barceló oía la música del momento en el antiguo radio RCA Victor, que había sido de su abuelo.

―El tipo que vende está en el plan de pelota. Barceló se incorporó con rapidez y sin traslucir emoción alguna, pero ansioso y esperanzado, preguntó:

―¿A cómo valen esas pastillas?

Cuando eso estaban a peso. Ahora están a siete pesos. Compré dos, me tomé una y guardé la otra. Eso se reactiva con café. En casa de mi abuela no había café, pero había un colador ahí y cogí y le eché un poco de agua caliente y lo exprimí y dije: Lo voy a reactivar con esto, y me tomé la otra pastilla, y reactivé completo, y aquello empezó a darme visiones, pero que yo no sabía que eran visiones. Yo creía que estaba normal, porque la pastilla me lo hacía creer. Yo tenía trece años. Entonces fui para el terreno de jugar pelota y me senté ahí, a terminar de ver un partido.

―¡Out!

―¡Ganamos!

Cuando se acabó, se fue todo el mundo, y yo no podía pararme de la tierra. Yo estaba sentado y no me podía parar de la entumición en que me tenía la pastilla. Y ahí, ¡coño!, traté de pararme y me metí como media hora para hacerlo. Cuando me paré, había unas matas ahí cerquitica… se me transformaban en personas. Veía gente, amigos míos, ahí, ahí, y entonces, se desaparecían. Eran las pastillas que me tenían así, arrebatado. Fui a la casa y le dije a mi hermano:

―Oye, allá arriba, en la pelota, aquello estaba malo.

―¿Qué es lo que hay?

―Muchacho, ahí la gente son troncos de palo, se desaparecen y vuelven a ser troncos de palos.

―¡Oye, que tú estás loco, estás arrebatado!

―Vamos allá para que veas.

Y fue conmigo.

 ¡Pram!

―Mira, ese tronco de palo era ahorita un tipo. Vamos a sentarnos para ver como él vuelve.

 Dice mi hermano:

―Mira, vamos echando para allá ―y me jaló por la mano. Le dije:

―Aguanta, aguanta.

 Estaba corriendo aire y había un nylon blanco en el piso, encajado en la tierra y se meneaba.

―No te muevas, no te muevas.

Y se quedó así, como esperando, y me arrodillé y empecé a caminar.

Prácata, prácata, prácata, pensando que era una paloma. Y entonces cuando llegué, le fui arriba, ¡ah!, y lo que agarré fue el nylon.

―¡Ño!, se me fue, compadre.

―¿Que se fue qué? Mira, vamos para la casa ―dice mi hermano.

Entonces me llevó para la casa. Le dijo a mi mamá:

―Mira, este está medio loco, arrebatado, porque está diciendo que vio una paloma y era un nylon.

―¡Oye que sí vi una paloma!

Mi hermano que era un nylon y yo a que no, que era una paloma. Parece que mi mamá me vio medio de eso, y me dijo:

―Ven que te voy a bañar.

Mi mamá nunca me había bañado desde que... Yo nunca dejaba que me bañara. Y me bañó… y que sé yo, que sé cuándo... me vistió, y me dijo:

―Ve para la tienda ahora y tráeme un paquete de huevos.

Fui a la tienda, pero por el camino rompí el cartucho de huevos. Pram, me dio una zurra, pram y pram. Entonces me dio el dinero otra vez y me dijo:

―Ve de nuevo a la tienda.

Fui y otra vez y se me rompieron los huevos, entretenido ahí, parece que la pastilla me tenía loco, así. Yo no sabía cómo darle la cara a mi mamá. Si me dio una mano de palo ahorita por romper los huevos y me encargó que no los rompiera más, y ahora rompí estos... Estaba medio entretenido. La pastilla me tenían entretenido. Llegué a la casa y entonces mi mamá dice:

―Oye, con la situación, y rompiste los huevos otra vez.

Cuando empezó a darme golpes, me fui corriendo de la casa para el monte. Me fui a vivir para el monte.