sábado, 18 de septiembre de 2021

El rabito del puerco. Final

    ―¡A mi mamá no le pegues! ―dijeron Guillermo y Raúl, cuando vieron a su Ángel darle dos bofetones a su mamá para que se le quitara el ataque histérico; y con la misma le cayeron a patadas al tío, pero Ángel el nuevo y Luis salieron en defensa de su padre y se enredaron a los piñazos con los primos. Las mujeres daban gritos, se desparramaron las lechugas por el piso, los dos hombres allí presentes trataban de detener la pelea; las yucas se quemaban en el fogón, y el resto de los primos, estimulando a unos u otro contrincante, entorpecían la labor de quienes los separaban.

    ―¡Que Elena está muerta, coño! ―logró gritar Naná lo suficientemente alto como para que la oyeran.

    ―¡Mi hermana! ―gritó tía Hildelisa, pero esta vez sin un nuevo ataque, corrió al cuarto donde se suponían durmieran su hermana y su marido. Detrás de ella, con la angustia ante semejante noticia en día tan señalado, corrió el resto de la familia.

 

    ―No todos corrieron. Recuérdalo.

    ―Fue un acto de justicia. Bien lo sabes.

    ―Por eso mismo. Cuéntalo.

 

    El puerco para el almuerzo del Día de las Madres siempre se asó en el traspatio de la casa, y para ello, desde Meneses, cada año, y no porque necesitara cobrar el favor, venía expresamente uno de los compadres de Manita García, hombre de palabra, pundonoroso y conservador; diez hijas tuvo, y nueve ya habían salido de su casa bien casadas cuando la más pequeña, la ahijada de Manita García, que galanteada por el químico del central Victoria. A la antigua fue la petición de mano, y jueves y domingos de ocho a diez con chaperona presente y en un vis a vis se desarrollaron las visitas del novio.

    Sin el más leve signo físico y ni tan siquiera comentario de pueblo, una noche en casa de Romelio Pérez, el asador de los puercos, se oyó llanto de recién nacido; y este hombre, amén de clavar por dentro puertas y ventanas de su casa, no tuvo vergüenza para volver nunca más a pararse delante de Manita García.

     Desde entonces, hubo que llevar a asar el puerco al horno de la panadería, pero se mantuvo la costumbre de Romelio Pérez de rifar el rabito del animal entre la muchachada de la casa.

 

    ―Por eso, cuando todos corrieron al cuarto, me apoderé del trofeo que me pertenecía desde el año pasado.

    ―Hiciste bien, Después, cuando nos lo comimos, aunque ya le habían caído hormigas, lo encontramos deliciosos.

 

    Tía Elena oteaba el aire, y esta fue la señal de vida que dio cuando hermanos, cuñados y sobrinos entraron impetuosa y atropelladamente al cuarto, pero no solo se limitó a percibir el aroma que invadía la casa, sino que abrió los ojos y habló:

   ―¿Ya trajeron el puerco?

    Entonces tuvo conciencia de que casi toda la familia estaba parada alrededor de su cama.

    ―¿Por qué están todos aquí?

    ―Vinimos a despertarte y a que te levantes, porque dentro de poco se va a servir la mesa.

    ―¡Ah!

   Ángel y Eulogio fueron a reunirse con los demás varones junto al tanque de las cervezas, mientras que las mujeres seguidas de los muchachos, y con Naná en la retaguardia del grupo jurando y perjurando que un momentos antes tía Elena estaba tiesa, volvieron a la cocina, Fue entonces cuando descubrieron la desaparición del rabito del puerco, y como en la confusión por la presunta muerte de tía Elena, nadie se percató de quién se había quedado, mi mucho menos de quién había entrado en la cocina, fue un misterio para todos, totalmente insoluble hasta el día de hoy. Lo que había pasado con el pedazo de carne, es que en realidad permanecía escondido nada más y nada menos que debajo del cojín de la comadrita de la abuela en espera de un momento oportuno para ser comido.

    Y en ese sillón iba a sentarse Manita García para ordenar que se sirviera la mesa, cuando llegó de la calle y le pidió hablar con ella un momento.

    Manita García siempre se visitó de blanco, y cada año para el almuerzo del Día de las Madres se estrenaba un vestido, ocasión única en que se cambiaba sus pequeños areticos de diamantes por unos de coral regalados por Ángel la segunda vez que, sin que nunca nadie lo supiera, se sacó la Lotería.

 

    El mismo día en que a Ángel le nació su primogénito, recibió carta con la proposición de venderle un laboratorio farmacéutico en Santa Clara cuya función era envasar para su distribución en paquetes, sobres, botes o pomos, toda una serie de productos que las grandes droguerías vendían al por mayor y que la población adquiría al menudo.

    La idea le gustó, y no más Aida acabó de parir, le consultó la propuesta; y aunque la carta, por descuido, se embarró de sangre en las sábanas que quitaban de la cama en aquel momento, lo interpretó como un buen vaticinio.

   ―Es sangre de vida que nace ―dijo acunando en sus brazos de hombre realizado y satisfecho al vástago.

    ―No sé ―comentó Aida―. Haz lo que quieras, Sin tengo algún augurio, te aviso.

    Pero como no hubo señales del mundo oculto, tuvieron que limitarse a analizar aspectos tan reales como costos, demandas y ganancias para al final atreverse a arriesgar los ahorros de diez años, en un negocio que vendían, porque con la moda que imponían los medicamentos norteamericanos, la botica tradicional cubana estaba fracasada.

    En quiebra el laboratorio, y en menos de un año en bancarrota el dueño, sabiendo Ángel el concepto de su madre con respecto a los fracasados, no se atrevió a pedirle dinero. Negado a volver a ser empleado de nadie, optó por el suicidio, y una noche se levantó dispuesto a terminar con su vida, Atravesó la puerta que separaba la casa de vivienda de la farmacia y se dirigió al estante donde, bajo llave, se guardaban las drogas y los productos venenosos más agresivos. Tomó el frasco que contenía la sustancia seleccionada desde su descubrimiento, siendo aún niño, para el hipotético caso de tener que poner fin a su vida. Abrió el recipiente que lo contenía, y allí una nota de puño y letra de su mujer lo detuvo.

   "Juega la Lotería", tenía escrito.

    Ángel volvió corriendo al lecho nupcial y en un acto de amor, euforia y esperanza, despertó a Aida a las tres de la mañana y le engendró su segundo hijo, Solo después, y ya en laxitud del post coito, le preguntó.

    ―¿Cuán es el número esta vez?

    ―Aún no lo sé.

    Nomás amaneció, Aida se levantó temprano y aprovechó que Ángel iba a casa de su madre a tomarse el café y fue a la farmacia. Allí quitó las notas que había puesto en todos y cada uno de los recipientes que contenían veneno, pues no era cierto que esta vez hubiera tenido la premonición de la suerte, mas cuál no sería su sorpresa cuando un rato más tarde Ángel regresó excitado y feliz, agitando en la mano diez pedazos del mismo número de la vez anterior.

    ―Se lo acabo de comprar a un billetero de paso.

    Guardaron el secreto, y así todos admiraron, Manita García inclusive, las magníficas aptitudes para los negocios que creyeron tenía Ángel.

    ―El laboratorio te ha dado dinero, ¿eh?

    Y como la pregunta no había sido directa, Ángel pudo evadir la respuesta y se limitó a rodear a Aida por los hombres y besarla en la mejilla delante de la madre.

    ―Recuerde que yo tengo una mujer bruja.

 

    Como Aida pidió hablarle, Manita García detuvo la intención de sentarse en la comadrita a esperar que la mesa estuviese servida, e hicieron un aparte. Fueron pocas palabras y nunca nadie ha sabido que explicación le dio, pero la suegra primero sonrió incrédula y después asintió con la cabeza, y un rato más tarde, cuando estaban sentados todos en el convite, Eligio Brito se apareció a tomar la foto, Manita García dijo que era su voluntad.

   ―Elena, hija, péinate un poco.

 

   Aida se dirigió a la cocina para integrarse al grupo de mujeres que ultimaban los detalles del almuerzo, mientras Manita García instalada en su sillón, y totalmente ajena a la sensación que debía producirle el rabo del puerco sobre el cual estaba sentada, comenzó a dar órdenes a todo el que le pasara por delante.

    ―Coca, busca a tu marido,

    ―Niños, avísenles a los hombres que traigan cervezas para la mesa.

    ―¿Para nosotros también? ―preguntó Salvito.

    ―Si ya se creen hombre para fumar, bien que pueden tomarse media cerveza cada uno.

   Y el tropel de muchacho, ya vestidos de limpio, se dirigió de nuevo al patio, esta vez a cumplir con agrado la orden de la anciana matrona.

    ―¿Hildelisa, que se le va a dar a Labrada?

    ―Caldo de pollo y puré de malanga.

    Manita García nunca creyó en médicos, Para cada dolencia tenía un remedio de yerbas medicinales, para enfermedades largas, una buena curandera; y para cualquier convalecencia, caldo de pollo y puré de malanga, Y con miel de la tierra, romerillo, caldo de pollo y puré de malanga curó Manita García a Alberto, el gringo medio apache.

 

    Enseguida que se supo lo de la bomba atómica, en Las Minas de Jarahueca se dejó de extraer petróleo y, cuando al fin los japoneses firmaron la rendición dando así por terminada la Segunda guerra Mundial, los americanos sellaron los pozos, le liquidaron a los empleados, y de la noche a la mañana desaparecieron de la zona esa primera vez; pero a los tres días, y cuando ya nadie se acordaba de ellos, Gollita fue personalmente a buscar a Cristóbal Colón a su consultorio.

    El médico, aunque acostumbrado por su nombre a frecuentes y constantes confusiones, esta vez, y para evitar malos entendidos que afectaran su reputación, salió con el maletín de los instrumentos médicos en la mano.

    Los secretos son como el agua cuando se toma en porrón, pues por mucho cuidado que se ponga, siempre salpica fuera; y antes la gravedad de la noticia, a los pacíficos habitantes de Jarahueca no les quedó más remedio que tratar de linchar al indio norteamericano y, para evitar el contagio, darle candela al bayú. Manita García supo que algo anormal ocurría cuando oyó el tiro que Cristo el guardia disparó al aire tratando de contener la turba; y sin demorar alguna fue en busca del machete de Segundo el difunto para defender con él su vida.

    Al, uno de los trabajadores norteamericano en los pozos de petróleo, se había quedado en el establecimiento de Gollita festejando la paga, y al tercer día de su borrachera amaneció lleno de unas manchas blancas que el médico, confirmando las sospechas de la matrona de la casa, no demoró en diagnosticar: lepra.

    En el jeep de su hijo Ángel, custodiado el indio por el cabo de la Guardia Rural, el doctor Cristóbal Colón sentado sobre el capó agitando una bandera de la Cruz Roja, se cruzaron rumbo a la estación de ferrocarril con Manita García.

    ―¿Quién viene? ―gritó esta en medio de la calle, y blandiendo el machete hizo que detuvieran el vehículo. Puesta al corriente de los acontecimientos y viéndole las lesiones de la piel al apache, dijo que ella lo curaba en quince días y ordenó que lo bajaran.

    ―Manita ―le dijo Ángel―, la gente del pueblo tiene miedo y no quiere que se quede.

    ―Miedo pueden tener, no les quito el derecho, pero en este pueblo la única que puede hacer algo, soy yo.

    Un rato después, mientras le hacía la primera cura, Manita García le dijo al indio:

    ―Ahora te llamarás Alberto. Al es nombre de perro.

    Alberto, quien durante un año y medio en Cuba solo había aprendido a decir "ron" y una muy mala palabra para sus visitas al negocio de Gollita, además de sanarse en el tiempo establecido, llegó a dominar el idioma que, según criterio de Manita García, hablan los cristianos.

   Tres meses después de la partida del indio, llegó a Jarahueca un paquete proveniente de los Estados Unidos con una manta de pelos de búfalo y un tocado de plumas para Manita García que, aunque lo consideró como un adorno ridículo y salvaje, lo guardó con celo, pues era muestra de gratitud.

 

    Manita García agradeció el gesto, pero rechazó la copa que se le ofrecía. Los hombres colocaban las dos primeras cervezas delante de cada asiento, y los muchachos buscaban sillas por toda la casa para completar las necesarias a los comensales, cuando Fabián se acercó a la suegra y le hizo el ofrecimiento.

    ―¿Cuándo usted se va a tomar una cerveza conmigo?

    ―Cuando cumpla cien años. La cerveza me hace mal y ya entonces no tendrá importancia que me muera.

    ―¿Y falta mucho para eso?

    Manita García sabía que era una pregunta ingenua, pero precisamente por ello, esperó que Fabián terminara de sonreír su gracia capricorniana, y pidió la aclaración.

    ―¿Para qué?

    Sagaz e inteligente como tenía que ser todo hombre de negocio, Fabián, sin embargo se encontraba ligeramente embotado por lo que había estado bebiendo durante la mañana, no entendió el sentido de la pregunta y se vio precisado a interrogar a la suegra con la mirada.

   ―Sí. ¿Para que cumpla cien años o para que me muera?

    Cualquiera de los hijos antes aquella situación le hubiera besado las manos, y para halagarla mostrándole su cariño filial, le hubiera contestado que para que cumpliera, no cien, sino ciento cuarenta o ciento cincuenta años. Las hijas, con excepción de tía Caridad, se hubiera echado a llorar lamentándose de que la madre creyera que ellas pensaban en su muerte. Fabián no. Fabián sabía que Manita García corrigiéndole el desliz, le daba lección, Tácitamente y agradecido aceptó el regaño, y a pesar de su falta de escrúpulos morales, con mucha mayor sinceridad que cualquiera de los hijos de su suegra, brindó:

    ―Porque viva mil.

    Manita García lo vio tomarse toda la cerveza de la copa de una sola vez, Le gustó el gesto del hombre de sacar la lengua para, con un movimiento en abanico y de derecha a izquierda, limpiarse la espuma en el bigote, y cuando de nuevo la miró para mostrarle el vacío de la copa, Manita García aprovechó para decirle,

     ―Las jicoteas son las que viven tantos años, y lo logran, ¿sabe por qué?, porque no duermen. No se duerma nunca, Fabián.

 

     ―¿Tú crees que habría alguien en la familia que le deseara la muerte a Manita?

    ―¡Mira que tú eres ingenuo!

   ―¡¿Tú crees?!

    ―Menos Fabián, todos.

    ―¡Por la herencia?

   ―Pensándolo bien, y por la herencia, hasta Fabián.

   ―Pon todos los motivos por los cuales todos y cada uno de los adultos de la familia le deseaban la muerte a Manita García.

   ―¿Por quién empiezo?

   ―Espérate. Para que los lectores de nuestra novela no crean que pertenecemos a una familia de psicópatas matricidas, vamos a hacer la aclaración de que en los deseos de muerte de la vieja había una amplia gama de matices que iban desde los más agresivos y repulsivos, hasta nobles y místicos.

Tía Elena

   Venganza.

   Tanto ella como su difunto marido fueron quienes más tuvieron que trabajar para ayudar a Manita García a sacar adelante a la familia, y por la injusticia cometida con sus hijos, estaba condenada a ser la más la que más pobremente viviera.

Tía Lucrecia

   Miedo

    Necesitaba el dinero que le tocara de la herencia para darle los cien pesos que su hijo debía llevar a la Virgen de la Caridad del Cobre. Ella había oído…

   

―Recuerda que tía Lucrecia era sorda.

 

    Ella había leído que los pecadores que no cumplían lo prometido a los santos, recibían como castigo desgracias, enfermedades y hasta la muerte.

Fabián

    Avaricia.

    Por la herencia.

Tío Segundo

    Lujuria.   

   A tía segundo le gustaba decir cosas ordinarias en voz alta mientras hacía el amor por los lugares más insólitos de la casa y en posiciones bien extrañas, y por respeto a la madre, no lo podía hacer.

 

Naná

    Aburrimiento.

    Para cambiar los muebles de lugar, mandar a cocinar lo que le diera la gana, pintar la casa de otro color… ¡En fin!, para poder decidir algo en su propio hogar.

Tía Baltasar

    Ambición.

    Si la muerte de amigos y conocidos le había traído fortuna y suerte, con la de la madre pensaba que se haría millonario.

Coca

    Devoción.

   Totalmente convencida de que su suegra era una santa…

 

    ―La primera santa cubana. Ja, ja, ja.

   

    Soñaba que cuando muriera Manita García, iría hasta el mismo cardenal Arteaga a solicitarle que iniciara el proceso de beatificación.

 

Ángel

    Compasión.

    Siendo el único de los hijos que conocía el cáncer que la minaba, le deseaba una muerte pronta y repentina para evitarle sufrimientos físicos y morales.

Aida

   Orgullo y capricho.

   Inicialmente tenía una sola motivación, pero desde ese día tuvo dos.

    Procedente de una familia de abolengo y estirpe, deseaba el dinero de la herencia para estar verdaderamente a la altura social de algunas de sus primas y, digamos por ejemplo, que también sus hijos se pudieran educar en un colegio de los Hermanos Maristas.

    Para que Manita García, con su propia muerte, comprobara la veracidad de la visión profética de esa mañana y no dudara más de su distinción espiritual.

Tío Ramiro

    Remordimiento.

    Sintiéndose culpable de muchas malas acciones, creía que solo el llanto y el dolor ante la muerte de la madre, reivindicaría su inocencia.

Pura María

    Inseguridad.

    Muerto su padre, solo esperaba la desaparición de la suegra para atreverse a plantear el divorcio. Heredera y dueña ella, se quedaría en la casa, para entonces ayudar a Regla la cocinera a criar los hijos.

Tía Caridad

    Odio.

    Para calmar la sed de venganza que sentía en su seco corazón.

 

    ―¡Qué cursi te quedó!

    ―Para explicar la motivación de Eulogio, tendría que hacer la historia de la relación afectiva que tuvo con el abuelo…

    ―¡Ay, no! Ni una historia más. Ya aburres.

 

Eulogio

    Nostalgia.

    Para con el dinero de la herencia, pagarse un viaje a España.

 

     ―Ya estamos terminando, ¿no?

     ―¡Todavía!

    ―No sé qué más vas a escribir. Durante el almuerzo no ocurrió nada importante.

    ―Sí. Con lo del cojín daría pie para explicar tu historia.

    ―¿Vas a hacer mi historia?

    ―¿Por qué no?

    ―Dijiste que no contaría de los nietos…

    ―Tú no eres nieto. El nieto soy yo.

    ―¿Tú? No me hagas reír. ¿Con ese nombre? Ja, ja, ja.

    ―¡No te rías de mi nombre!

    ―¡Nietos! ¡Ay, Luis!, como siempre estás equivocado.

 

    Con la mesa servida: las fuentes humeantes de arroz congrí untado de manteca, las blancas y olorosas masas de puerco, el crujiente pellejo asado, la yuca con mojo, los buñuelos de malanga y el rojo sangre de las rebanadas de tomate bañadas con aceite de oliva y vinagre, había que acercarse a ella.

      ―Ven, Elena. Siéntate a mi derecha.

   Las cervezas sudando el frío de toda una noche metidas en hielo, las botellas de vino, casero y español, las cestas con pan…

 

―Tomad y comed de él, que este es mi cuerpo…

  ―No blasfemes.

 

    La mantequilla hecha de pura nata de leche, el pomo con el aliño picante para quien lo quisiera usar, el salero, las servilletas, los platos, los cubiertos y el agua fría.

   ―Este año que los muchachos se sienten solo en aquel extremo de la mesa. Ya están grandes, ¿no?

    Las sillas se corrieron para que en ellas, y según el orden que Manita García indicaba, sus hijos y nueras se sentaran.

    ―Vamos a hacer un brindis,

    ―Dejen los brindis para después, que la comida se enfría.

    ―Que cada quien se sirva lo que quiera.

    Solo Ángel, molesto aún con su mujer, trastocó el sitio indicado y no se sentó al lado de Aida.

    ―Después del almuerzo, vamos a poner música para bailar.

    ―¿Quién te dijo que tú sabes bailar?

    ―Es que ya está borracho.

    Sobre el mantel blanco que cubría la mesa ampliada para la ocasión, fueron apareciendo las suciedades propias de aquel festín. Primero la huella circular del fondo de las botellas mojadas. Después, los granos de arroz o frijoles negros que caídos, al ser transportados hacía los platos, eran aplastados sin cuidado alguno. El goteo de la grasa que aún quedaba en las carnes. La insolencia de algún resbaladizo tomate maduro.

    ―¡Ya! No me sirvas más.

    ―Llénense bien, porque esta tarde, al menos yo, no me vuelvo a meter en la cocina.

    ―¡Qué rico quedó el puerco!

    ―¡Cuidado!

    Con tantas manos entre botellas y vasos, era lógico que alguno se virara, y ese año no fue diferente a los demás.

    ―Dobla el mantel para que no te mojes.

    Manita García comía complacida. Ser capaz de reunir a su familia, al menos una vez al año, para alimentarlos en este almuerzo, satisfacía sus diferentes matices atávicos de la maternidad y la viudez. Centro y autoridad de un conjunto de seres, una familia, un pueblo, y ¿por qué no? De una nación que en mayor o menor medida existía solo gracias a su capacidad reproductora, a lo adecuado de su vientre, a la fuerza de sus pujos, a la calidad de la leche de sus pechos, a su voluntad, su corazón, sus músculos, su entereza y sus mañas, la hacía feliz.

    ―¿Baltasar, hijo, te ocurre algo?

    No todo era felicidad. Su pregunta, como la de Fabián, había sido innecesaria y tonta, y por ende no esperó respuesta. Enseguida supo la causa de la expresión de malestar que ocultas, vergonzosas, innombrables, pero reales y presentes, hacía tiempo que provocaban dolor. Quizás la silla en que estaba sentado no era lo suficientemente blanda como para amortiguar las molestias de las hemorroides recién dañadas. Se necesitaba de un cojín, y ella, solícita se lo ofrecería. El de su comadrita era el más cercano, mas por su jerarquía no le estada dado el hacer, sino solo el ordenar. Claro que no se pararía a buscarlo, Ella solo tenía que hablar, Mandaría a alguno de los presentes. Eliminada ella misma y el enfermo a quien le daría alivio, quedaban veintitrés posibilidades, veintitrés nombres a escoger uno, Entonces el señalado por su deseo, se separaría de la mesa, se pondría de pie, caminaría hasta el sillón, levantaría el cojín y…

    ―¡Miren lo que hay aquí!

    Quizás se descartaran los adultos, y entonces las posibilidades de escoger se disminuirían a nueve; los nueve muchachos presentes, a quienes era más lógico, por su edad, que fueran molestados con encargo semejante, y estaban, además, más cerca de la comadrita.

    Luis necesitaba ser el escogido; solo así, quizás, pudiera evitar que se supiera que allí estaba el premio de su mancillada suerte del año anterior: el rabo de un puerco que emanciparía a la justicia y restablecería el orden de la costumbre. ¿Pero por qué lo podría escoger a él? Más probable que por hábito le diera la orden a Salvito, o a uno de los hijos mismos de tío Baltasar, quizás a Guillermo el bizco, quien por ser el preferido, tendría así la oportunidad de congraciarse una vez más con el tío. O a Raúl, siempre tan servicial. ¿Pero a Luis? ¿Por qué?

 

   Desde que el mago del circo le aseguró que estaba embarazada, Aida decidió que el hijo que tendría se llamaría como su padre:  Luis, pero sin que ella lo supiera, hubo otros planes.

    Una mañana, y ya cerca la fecha del parto, mientras le servía la taza de café recién colado, Manita García le preguntó a Ángel si había pensado en el nombre que le pondría al hijo.

    ―No. ¿Usted tiene alguna sugerencia?

    ―El único nombre de los Martínez que no se ha vuelto a repetir, es el de tu tío Arcadio. Ahora sería una buena oportunidad para honrar su memoria.

    Probar Ángel el café y despertarse en él, como todas las mañanas, el deseo de encender un cigarro, fue casi una misma acción, pero como delante de la madre no podía fumar, se aguantó el gusto.

    ―Ángel, Aida, Arcadio… ― Manita García enumero cada uno de aquellos nombres haciendo hincapié en el sonido inicial para agregar―, si tienes otro hijo, le pones como tú, y así todos comenzarán con "a".

    ―Está bien. Así se hará.

    Aida se opuso rotundamente y por ello estuvo disgustada no solo con la suegra, sino con toda la familia. No dispuesta a ceder, pero tampoco a que Ángel apareciera carente de autoridad para con ella, recurrió, como algunas otras muchas veces había hecho, al engaño de la premonición.

    ―Para que pueda vivir y cumplir su misión en la tierra de ponernos a todos nosotros en un libro, tiene que llamarse Luis.

    ―Yo no creo en tus vaticinios ―le espetó sin contemplaciones Manita García―. Además, ¿para que yo quiero aparecer en un libro?

    A pesar de vivir en el mismo pueblo, nunca fue a conocer al nieto, y solo cuando tuvo cuatro meses de nacido, y para que la nuera no faltara al almuerzo del Día de las Madres, aceptó que Aida se lo llevara a la casa. No fue al bautizo y nunca le regaló el día del cumpleaños. Pero no por el rechazo al nombre y al recuerdo de su nacimiento, Manita García dejó de quererlo o lo hizo en menor medida que a los demás nietos. Fue el único a quien los Reyes Magos, todos los años, le dejaron un juguete en casa de la abuela, y al único a quien Manita García le contó cosas de la Guerra que nunca antes había recordado con nadie.

    ―Luis, coge el cojín de la comadrita y pónselo a tío Baltasar en su silla.

    Luis salió a cumplir el encargo tratando de que se le ocurriera cómo escamotear el rabito del puerco delante de tantos ojos, cuando el toque en la puerta de la calle vino en su ayuda y desvió la atención de los presentes.

    ―Debe ser Eligio Brito ―dijo Aida y fue a abrir.

    Luis, sin que nadie lo viera, logró tirar el rabo para el patio y le llevó el almohadoncito a la persona indicada, provocando con su travesura, que tío Baltasar, al sentarse sobre él, pusiera en contacto el pantalón de estreno de ese día con los residuos de grasa en el cojín.

    ―Que les aproveche.

   ―Venga ―se le contesto a coro el fotógrafo que en ese momento entraba en el comedor.

 

    ―Vas a terminar y no has contada nada de mi historia.

   ―Tu historia es bien breve y no tiene la menor importancia.

 

   Aida preocupada por la carencia en Jarahueca de una escuela adecuada donde sus hijos pudieran estudiar, estuvo conforme con que Ángel comprara el laboratorio en Santa clara para mudarse allá con sus hijos, y que Luis y Ángel el Nuevo, pudieran matricular en los Maristas de la calle Buenviaje, pero el descalabro de aquel negocio le cortó prematuramente sus planes. Tuvo que conformarse con que hicieran en el pueblo la primaria y se prepararan para el ingreso en el Bachillerato. Para entonces, y con el dinero de la herencia, pudo mandarlos, no para un caduco colegio de curas españoles, sino para un moderno plantel que religiosos canadienses bilingües habían abierto recientemente en la provincia de Matanzas.

    El secreto se descubrió cuando Ángel tuvo que sacar la inscripción de nacimiento para oficializar los estudios de los hijos. Luis Martínez Delgado no existía. Cristiano era, porque así se había bautizado, pero ante la Constitución de la República, el individuo que gozaba de todos los derechos y deberes como ciudadano cubano, era Agripino…

 

   ―No.

 

    ―Águedo Antoliano…

 

    ―Ja, ja, ja.

 

    ―…Apolonio Anastasio Abilio Áureo Ambrosio Anesio Acelio Aniceto Anselmo de San Antonia Abad y los Santos Apóstoles Martínez y Delgado.

 

    ―No, no, no. Solamente Arcadio, y si no te molesta: Arcadio Alberto.

 

    Después vinieron los postres y hubo dónde escoger: arroz con leche rociado con canela en polvo, cascos de naranja con lascas de queso amarillo, frutabomba con queso blanco, casquitos de guayaba con queso crema, turrón de maní y ajonjolí, semillas de marañón y coquitos quemados.

    ―Vamos a reventar.

    ―A ese niño no le den más dulce,

    Los hombres, saturados con el sabor de la cerveza, no probaron los dulces, y para terminar con la bebida que a cada cual le quedaba servida, a veces con verdaderos discursos, formularon el deseo de brindis.

    ―Por la madrecita más santa y buena que existe.

    ―Porque siempre derrame sobre los corazones sufridos de sus hijos, la miel que les endulza ante los sinsabores de la vida y les da fuerza para seguir adelante con el mismo amor y dedicación con que hasta ahora hemos luchado y trabajado en pro de la felicidad y el bienestar de la familia.

    ―Porque sus nietos, aquí presentes, la sigan adorando como la hemos adorados sus hijos.

    Fue solo después que trajeron las tazas para la mesa que Manita García agradeció con palabras bien sencillas tantas muestras de cariño. Mientras la aplaudían, saboreó su café y se puso de pie.

    ―El año que viene nos volveremos a reunir de nuevo todos aquí.

    Medio compasiva y medio retadora miró a Aida. Esta le sonrió, y muy ligeramente, para que ninguno de los presentes se percataran del gesto, insistió con el movimiento de la cabeza en que nunca más habría otro almuerzo.

 

    ―Y si la historia no le parece larga, la volveremos, la volveremos a empezar. Había una vez un barquito chiquitico…

    ―¡Por favor!

   ―¿Quién es este que está en el centro?

   ―Deja ese periódico.

   ―¿Un nuevo dictador?

   ―No puedo contigo.

   ―Si al fin escribes la segunda parte de esta novela, ponle como exergo: "la que está para el país, no hay vaca que se la coma".

 

ANEXO

    Finalmente he decidido no incluir las historias de los primos en El último almuerzo de la sagrada familia. Ellos quizás sean el tema de otra novela, el guión de una película o la Historia de la Revolución Cubana; pero para que mi poema de silencio de este momento, no constituya en ustedes motivo de inquietud, y solo a manera de avance, les diré que fue de todos…

 

    ―¿De todos?

 

JUAN CUBANO: Siendo trabajador tabacalero en la zona de Fomento, se incorporó a las bandas contrarrevolucionarias que operaban en el Escambray. Fue apresado y fusilado en Condado en 1963.

 

SEGUNDO DIOS: Acusado de colaborar con el hermano, fue trasladado para Sandino, en el extremo más occidental de la isla. Allí se casó, hizo su familia y continuó trabajando en el cultivo del tabaco.

 

LÁZARO: A la huida de Batista, se incorporó a la tropa del comandante Camilo Cienfuegos en su marcha hacia la capital del país. Meses más tarde, enfermo de blenorragia, se licenció del ejército y regresó a las labores agrícolas. Se integró a las Milicias Nacionales Revolucionarias y participó en la llamada Limpia del Escambray. Murió en una escaramuza contra un importante cabecilla contrarrevolucionario.

 

RAMIRITO: Al ser intervenida la finca donde vivía, fue nombrado administrador de la misma, Siempre se ha desempeñado como dirigente en el sector campesino. Viajó en dos ocasiones a países europeos del campo socialista. Tuvo tres hijos, uno de ellos encefalopático. A la muerte de su hermano rechazó el apellido que entonces quiso darle el padre y conservó solo el de la madre.

 

SEGUNDO EL SORDO: Dependiente de bodega, vive y trabaja en Iguará. Ha sido Vanguardia Nacional en la Emulación Socialista de su sindicato, Se casó y tuvo la primera descendiente hembra en la familia desde el nacimiento de tía Hildelisa.

 

ÁNGEL DE LA CARIDAD: Borracho, vago y mujeriego, Estuvo preso en varias oportunidades por juego ileal y escándalo público. En 1980, cuando el éxodo de Mariel, abandonó el país sin haber cumplido la promesa de ir al Santuario del Cobre.

 

BALTASAR EL GAGO: Cumplía misión internacionalista en Angola cuando murió por la explosión de una mina en Cuito Cuanavale.

 

SALVITO: Carpintero. Vive en la casa que fue de Manita García. Se casó y tuvo inicialmente tres hijas, La esposa le fue infiel y abandonó el hogar. Casado en segundas nupcias con una sobrina de Regla, quien ya tenía dos niñas, tuvo tres hijas más con ella.

 

GUILLERMO EL BIZCO: Abandono el país en compañía de sus padres en 1962. Es propietario de una flotilla de rastas de carga en Miami.

 

RAÚL: Abandonó el país en compañía de sus padres. Con la ayuda de una organización religiosa logró hacerse abogado. Homosexual reconocido, ejerce su profesión en Miami.

 

SEGUNDO EL NENE: Médico. Militante del Partido Comunista de Cuba. Vive en La Habana. Cumplió misiones internacionalistas en Irak y Nicaragua.

 

RAMIRITO EL HABANERO: Abandonó el país en 1965 y murió de leucemia en Nueva York cinco años después.

 

SEGUNDO EL GORDO: Inicialmente se negó a abandonar el país como era el deseo de sus padres. Acogido al sistema de beca, matriculó el primer año de Ingeniería Mecánica en la Universidad de Oriente. Sin una actitud religiosa previa, sorprendió a quienes le conocían al ingresar en el Seminario de San Basilio, pero al poco tiempo desistió de hacerse sacerdote. Estuvo internado en la UMAP y varios años más tarde

abandonó clandestinamente el país, Actualmente se desconoce su paradero, aunque por la postal con sellos de los Estados Unidos de Norteamérica que cada año le envía a tía Caridad a Jarahueca por el Día de las Madres, se sabe que está vivo.

 

ÁNGEL EL NUEVO: Ingeniero agrónomo. Incorporado de lleno al proceso revolucionario de Cuba, ocupó diferentes cargos como dirigente administrativo y técnico a nivel nacional hasta que en 1983 fue acusado de colaborar con la CIA. No pudiéndosele comprobar tal vínculo, quedó en libertad, pero privado de sus cargos, se vio en la necesidad de ganarse la vida durante un tiempo como albañil y posteriormente como ayudante de mecánico hasta que se le permitió trabajar de nuevo como ingeniero agrónomo.

 

LUIS O ARCADIO ALBERTO: Llegó a matricular la licenciatura en Psicología en la Universidad Central de Las Villas, pero en 1963 hizo un primer brote esquizofrénico, Posee un raro e interesante delirio de doble personalidad. Desde que su caso fue publicado en una revista especializada con el relato de sus experiencias, se cree un importante escritor.

 

FIN

 

 

domingo, 12 de septiembre de 2021

visión premonitoria

―¡Pero mira lo que están haciendo!

    Cogidos en plena consumación del delito, los nueve nietos de Manita García, escondidos debajo del techo de los lavaderos, no supieron qué hacer con el cigarro que cada uno de ellos se fumaba, y ya sabiendo lo qué les esperaba, comenzaron a llorar. El primer castigo no fue del todo malo, teniendo en cuenta que estaban en trusa y que ya no irían a bañarse al río, pues les tiraron toda el agua que sus padres y tío llevaban para sofocar el presunto fuego; a continuación, sin darles tiempo de reponerse del ahogo del agua, Ángel se zafó el cinto y fue el encargado de darles dos señores cintazos a cada uno, a medida que los cogía por un abrazo y los lanzaba hacia el medio del patio donde de acuerdo al grado de histerismo de sus respectivas madres, recibirían una determinada dosis de nalgadas, cocotazos, pellizcos y halones de pelo y oreja.

    ―¡Manita! ―gritó Salvito esperanzado cuando cayó en manos de tía Caridad, pero el reclamo salvador no tuvo, no digo yo después, ni siguiera oídos, pues conforme con la medida disciplinaria, Manita García, para poder continuar afirmando antes sus amistades que era contraria al castigo físico, dio la espalda al sitio en que sus nietos eran castigados. Mientras se alejaba, dirigiéndose al también medio lelo de su yerno y padre de la criatura, le dijo:

    ―Eulogio, vaya a traer el puerco asado que pronto se pondrá la mesa.

    Acostumbrada a las caricias sadomasoquistas con las que se amaban ella y tío Segundo, los punitivos golpes de Coca a su hijo dejaban de tener un fondo de placer, tanto para quien los infligía como para quien los recibía; y si Segundo el nene lloraba, era solo por puro formalismo.

    Tía Hildelisa, poeta frustrada, pero poeta al fin y al cabo, tenía una forma muy peculiar de pegar: poco, pero intenso; sutil, pero con una precisión de francotirador; tierna pero demoledora, por lo que Guillermo el bizco y Raúl lloraron más exageradamente de los que quienes observaban la escena, pensaban debían hacerlo.

    Pero de todas, sin duda alguna Aida era quien había logrado especializar la técnica del castigo y los pescozones, pellizcos, manotazos y nalgadas se sucedían unos a otros con precisión de artífice: Ángel el nuevo, sumiso hasta la vergüenza, se valía del socorrido lamento de "¡ay, mamita!" repetido una y otra vez desde minutos antes de que comenzara su ración de escarmiento, y vueltos a repetir entre sollozos, junto con las más fervorosas promesas de la enmienda, para lograr el perdón; mientras que Luis, terco como mulo, zoquete y altanero, se dejaba matar sin lanzar el más leve quejido, actitud retadora que exasperaba a Aida a tal punto que ciega e irracional, llegaba el momento que debían quitarle al hijo.

 

    ―Come bola que eras y no me dejabas gritar.

    ―¿De qué te hubiera servido?

    ―Cuando una madre oye llorar a su hijo, da por lograda la función del castigo y ahí mismo cesa.

    ―No llorando, impedía la satisfacción de quien me castigaba, pues con mi silencio…

    ―Y con el mío.

    ―Era el mismo, ¿no?

    ―Desafortunadamente.

    ―De contra que a uno le pegan, ¿va a tener que complacer a quien lo hace?

    ―El que pega, siempre tiene el poder, así que si no le celebras la gracia, te pega el doble.

 

    ―Ya, Aida. Basta.

    Y todos pensaron que Aida obedecía a su marido cuando dejó a medio levantar el brazo del último bofetón, pero como a San Juan cuando lo del Apocalipsis, fue la premoción que desde otra dimensión, espacio o tiempo, le llegaba en ese momento, quien la detuvo y transpuso al trance. Luis lo supo, e intrigado, quedó en el mismo sitio y posición en que estaba, pues se sabía aún en su inocencia infantil, cual intruso en logia masónica cuando inician a un gran Maestro, testigo de un hecho para el cual no estaba preparado.

    ―Los muchachos que se vistan ya ―ordenó Manita García desde la casa, y los presentes, dando por terminado lo ocurrido, volvieron a las tareas que debían cumplimentar para que el almuerzo se sirviera enseguida que Eulogio llegara de la panadería con el puerco asado. En el patio, olvidados por los demás, permanecieron madre e hijo hasta que terminó el lance parapsicológico.

    ―Tengo que traer a Eligio Brito ―dijo entonces Aida.

    En otra época del año o en cualquier otro momento, el ir a casa de Eligio Brito, no tendría ninguna connotación especial, peo dado los carteles que habían aparecido en algunos sitios de Jarahueca solo una mujer como Aida, desprovista del mismo nivel de prejuicio que sus contemporáneas, gracias a sus contactos con el mundo de las sombras, se atrevería a hacerlo. La primera vez que en el pueblo se anunció una película solo para hombres, se pensó que Manita García se opondría, y hubo quien, puritana hasta la soltería, viniera a manifestarle su adhesión y apoyo. Fue la hermana del último dentista que se había radicado en Jarahueca, la que por cierto vínculo establecido con la familia de Aida, se creyó con suficiente familiaridad para hablarle del asunto.

    ―A los hombres, pan y sexo ―le refutó Manita García, y negada a solidarizarse con un pensamiento que iba en contra de lo que era su credo para con los hombres, dio por terminada la conversación con tan encopetada señorita.

     Hacía ya tres años que Eligio Brito había inaugurado el cine del pueblo, y aunque para aquella oportunidad había ido personalmente a casa de Manita García a llevarle, como copropietaria que era, una localidad de preferencia para ver El rincón criollo, película en la que trabajaba Blanquito Amaro, y con la que se estrenaría el edificio, Manita García nunca había querido ver una película.

    ―Con lo que un cristiano tiene que ver en la vida, le debe ser suficiente.

    Pero como mantenía el criterio de que al hombre, en asunto de sexo, nunca le era suficiente, estuvo conforme que en el pueblo, del cual era prácticamente medio dueña y señora, se exhibieran películas pornográficas.

    ―Que Aida cierre temprano la casa y esa noche ni se asome a la puerta ―le había ordenado Manita García a su hijo Ángel en aquella oportunidad―, las mujeres de mi casa ―agregó―, haremos otro tanto.

    Al día siguiente, contrario a lo que Manita García hubiera deseado, Eulogio fue uno de los implicados en el extraño hecho ocurrido.

    Cuando regreso a la casa, motivado por las escenas que acababa de ver en la película, se encontró a tía Caridad con la menstruación.

    ―Así, ni lo pienses ―le dijo firme y categóricamente su mujer sin saber que más le hubiera valido haberse abierto las piernas como siempre le hacía para que, aún con sangre, flema y residuos del útero, su esposo saciara el apetito de la carne.

    ―Entonces por atrás ―le exigió Eulogio con una fuerza que asustó a tía Caridad.

    ―¿Tú estás loco?

    Pero como la insistencia, el asedio y la intención de hacerlo fue in crescendo sin que ninguna razón ni oposición surtiera efecto para frenar el ímpetu de Eulogio, tía Caridad se vio obligada a refugiarse en el cuarto de la madre.

     Exacerbada su lívido en la lucha, y a sabiendas de que todo intento en aquella casa sería inútil, Eulogio salió por la puerta del patio en busca de un cuerpo que le sirviera para el desahogo, y como no lejos de allí, en un solar de esquina pernoctaba la yegua de Plinio el carretonero, buscón dónde poderse encaramar, ubicó convenientemente al animal y se subió. Cuando pene en mano, iba a iniciar la zoofilia, llegaron dos o tres muchachones, quienes habiendo logrado que los dejaran entrar al cine esa noche, venían en busca de la bestia con iguales propósitos.

    Lo acontecido hasta ese momento solo hubiera servido de motivo para la burla por parte de los habitantes del pueblo y hubiera dado lugar a alguna que otra décima jocosa, pero como coincidentemente y sin ninguna explicación aparente entre los hechos, al otro día amaneció sin saberse del paradero de la hija y la yegua del carretonero, hubo por ello miles de conjeturas, amén de discusiones, amenazas y acusaciones.

    ―Ese animal era diablo.

    ―Pero el diablo es macho y Eulogio se lo cogió.

     Sin pruebas que avalaran las suposiciones, el tiempo las fue desmoronando, No hubo rastros de la bestia ni la muchacha se fue con ningún hombre; nadie vendió compró ni vio el animal en treinta kilómetros a la redonda ni hubo constancia de que la joven se metiera a puta.

    ―La niña era santa y no podía vivir al lado de tanto pecado.

    ―Ahora sale todas las noches en el solar de la esquina.

    Y durante mes y medio estuvieron llegando peregrinos al pueblo con enfermos para sanar y promesas a cumplir, Tres veces la casa del desolado Plinio cogió candela por las velas que encendían a su alrededor, y la ropa de la muchacha, así como el carretón del pobre hombre, fueron picados en pedazos para llevarlos como resguardos.

    Aunque la pareja de la guardia rural que vino inicialmente a investigar el caso prestó poca atención al asunto, Eulogio tuvo que dar pormenores de su participación en los acontecimientos de aquella noche, y el escarnio del populacho hizo zafra en la casa de Manita García. Por eso, y con la excusa de retratarse, esta mandó a buscar a Eligio Brito y, mientras posaba sentada en su comadrita, le exigió que antes de volver a exhibir ciertas películas, debía consultarle a ella la fecha.

    ―Para que no coincida con el período de ninguna de las mujeres de mi familia ―dijo al momento de encenderse el flash.

 

    Salvito, cuando tía Caridad trataba de secarle el cuerpo, logró escapársele y llorando, desnudo a la pelota, corrió a donde Manita García se abanicaba.

    ―¡Manita, dile que nos lleven al río, coño!

    ―¿Qué dices, malcriado? ― y detuvo el abanico.

    El de Manita García no era un abanico cualquier, Era de sándalo y seda, había pertenecido a la esposa del último gobernador español que hubo en Cuba: el general Ramón Blanco, el primer maestro de Amelia Peláez pinto sobre la escena griega que mostraba el abanico, motivos patrióticos cubanos encargados especialmente por el mismísimo alcalde de Yaguajay para regalárselo a Manita García.

   En el almuerzo del Día de las Madres del año anterior, cuando se mencionaban a las madres ilustres cubanas, fue que Pura María o Coca, las dos mujeres más instruidas en la familia, comentó acerca de la proximidad de la celebración del centenario del natalicio del Apóstol de Cuba.

    ―¿Y eso cuando es? ―preguntó interesada Manita García.

    ―El próximo 28 de enero ―le contestaron

    "Tengo tiempo" ―pensó.

   La idea se le presentó, como cuando era joven, cual un relámpago imprevisto y breve, pero con la suficiente luz para imaginar con toda nitidez el homenaje que esperaba se le rindiera en esa oportunidad.

    Ella también estaba próxima a cumplir cien años y aunque tenía la certeza de que estaría viva aún para esa fecha, creyó oportuno ir preparando ya las condiciones necesarias, y el que, para su centenario, se le desvelase un busto en el parque que construía el alcalde, podría ser muy bien en centro de las actividades.

   Las elecciones no estaban lejos, y don Leovigildo Antias, necesitado de algún dinero para compensar la mala cosecha de sus colonias cañeras en los últimos años, y con el objetivo de asegurarse los votos de Jarahueca para su reelección como alcalde del municipio, mandó a construir, sin gastar - claro está- todo el presupuesto aprobado, un paseo que saliendo de la estación de ferrocarril y pasando por frente a la mansión de Manita García, atravesara el pueblo.

   ―Y en esta punta de cuadra ― le dijo a Manita García apuntando un sitio en el mapa que el alcalde le mostraba― irá un busto a Martí.

    ―Que yo me comprometo a sufragar.

    El político se lo agradeció y, volviendo al plano, le aseguró:

    ―Y enfrente al del Apóstol, irá uno suyo.

    Manita García sonrió entre complacida y apenada, pues su plan le estaba saliendo a pedir de boca. Guardó en la cartera la penca de guano tejido con la que acostumbraba a echarse fresco, y para dar por terminada su visita a la alcaldía, agregó:

     ―Deje eso para cuando yo cumpla cien años.

    Como el escultor a quien tío Baltasar le encargó el busto era un borracho habitual y rutinario, el día de la entrega del trabajo se acercó, fue y pasó sin que el dichoso hombre acabara de perfilar ciertos detalles en el bigote del prócer para poder hacer su traslado definitivo a Jarahueca, Ya en el pueblo, cercana la fecha de la celebración, se había culminado la base y se había colocado la tarja del monumento sin que tío Baltasar apareciera con el dichoso busto.

    ―Tráelo como esté ―le había mandado a decir yo voy a sufragar a su hijo en el último de los numerosos telegramas que en esos días le envió.

    El alcalde, hospedado en casa de la donante, la banda municipal preparada para estrenar el uniforme nuevo, todas las columnas de los portales del pueblo adornadas con pencas de guano, numerosas cadenetas de diferentes colores atravesando las calles de lado a lado, las banderas cubanas, las sábanas limpias en las camas del bayú de Cachita, las piedras de hielo, las cervezas enfriándose, los puercos asados, y el busto sin llegar.

    Al fin, en el tren de las ocho y cuarenta y cinco de la mañana llegó tío Baltasar, quien maletín en mano, corrió hasta el sitio del monumento. Allí lo esperaban los albañiles, quienes, sin pérdida de tiempo, fijaron con cemento blanco la escultura para que a las nueve en punto, tal y como estaba previsto en el programa, la comitiva ubicada frente a casa de yo voy a sufragar, a la par de dos clarinetes, una trompeta, una tuba, un redoblante y un bombo, salieron rumbo al altar patrio.

    Detenida la marcha frente al monumento, la banda tocó el Himno Nacional; el alcalde, situándose de frente al pueblo, arregló la posición del único de los cinco micrófonos en el podio que servía, y dijo:

    ―Queridos correligionarios, electores todos, El sol pletórico de la Patria nos reúne bajo su álgida sombra para honrar a quien honor merece, a quien ha sido insigne faro. Lúcida guía y preclara luz de este humilde, pero sacrificado, esforzado y nervudo alcalde del Partido Liberal: el Apóstol, quien naciendo un día como hoy, pero de hace cien años, mantuvo una vida de inmolación y penuria para fundar esta Patria, que hoy, el Partido Liberal, el único partido que sigue las enseñanzas del maestro, la conducimos por el camino de la democracia verdadera, la paz eterna y el progreso agrario. ¿Mas qué sería de las flores que pidió Martí para su tumba, si no fuera por la mano generosa y fecunda de la mujer cubana? Y no solo Jarahueca, sino también el Partido Liberal, se honra y distingue de tener como amiga, afiliada y electora a esta mujer, matrona de estirpe, hermana de mambises y mambisa ella misma, elocuente de acción y afecto, de cuyo humilde bolsillo ha salido el peculio necesario y suficiente para sufragar los gastos de este obelisco de amor y recordación, que arriando la bandera de la Patria que cubre el frío mármol, inauguramos hoy: Manita García (APLAUSOS), a quien solicitamos tenga la bondad y gentileza de develar la estatua.

    Finalizado así el discurso, el alcalde se acercó a Manita García y ofreciéndola la mano, la ayudó a acercarse al pie del monumento, Ella, por su parte, esperó que Eligio Brito tuviera lista la cámara fotográfica para de un fuerte halón a la bandera que lo cubría, descubrir el busto.

    Entonces, con los aplausos del pueblo y los voladores del municipio de fondo, la escultura con el bigote a medio terminar y ligeramente corrido sobre el cemento fresco por el fuerte tirón de Manita García, comenzó el desfile de los niños de la escuela pública número ocho Ramón Roa, seguidos de las mujeres de la Asociación Católica de Hijas de la Caridad, los Maestros de la Logia Masónica, los negros del Cabildo de Meneses y, por último, los campesinos de toda la zona integrando la caballería mambisa.

 

    Manita García cerró el abanico con brusquedad, y para poder castigar la insolencia del nieto de decir una mala palabra en su presencia, y más dirigiéndose a ella, extendió el brazo para depositarlo en el mármol de la mesita junto a su sillón, pero como esta había sido corrida unos centímetros de su lugar, Manita García depositó el reglo del alcalde en el aire, y el pericón fue a dar al suelo.

    El ligero ruido que produjo su caída fue suficiente para que tía Caridad, aprovechando el segundo de duda de Manita García, lograra asir a su hijo por un brazo y llevárselo del comedor, y también para que Ángel comprobara la veracidad de lo que hacía tiempo sospechaba.

    ―Manita está ciega.

 

    Terminado el acto frente al busto de Martí, la comitiva oficial, así como una representación de cada uno de los grupos sociales presentes en la concentración, con la exclusión, claro está, y solo por cumplir con el reglamente de la institución, de los negros del Cabildo, se trasladaron al Liceo Social de Jarahueca para un brindis oficial cortesía del Ayuntamiento, momento en que el alcalde del Partido Liberal, don Leovigildo Antigas, le entregara a Manita García el diploma que la acreditaba como Dama Augusta del Municipio, y el regalo que de forma muy persona, le hacía: el ya mencionado abanico.

    Era la homenajeada quien entonces debía decir unas palabras de agradecimiento, pero no más iba a empezar, el toque de los tambores batá y el bullicio del populacho que se acercaba, desvió la atención de todos los presentes en el salón de baile del Liceo hacia el portal para enterarse de lo que ocurría.

    ―La traen como a Lady Godiva.

    ―¿A  quién?

    ―A la hija de Plinio que apareció con la yegua.

    La familia del carretonero, y el carretonero mismo, ya conformes en el dolor por la desaparición de la hija y del animal del negocio, habían acudido a la fiesta patria de develación del busto de Martí, y sin categoría social suficiente ni raza adecuada para ser invitados al Liceo, habían regresado al humilde hogar, Pero cuál no sería su sorpresa al encontrarse, primero a la yegua pastando en el jardincito, y dentro de la casa, totalmente desnuda, a la muchacha desaparecida buscando qué ponerse.

    Sin tiempo para que un vestido la cubriera, la sorprendida joven, desconociendo que había faltado tantos meses de su casa, se vio montada en el animal y conducida por todo el pueblo que la vitoreaba hasta llegar ante la presencia del alcalde y de la Augusta.

    ―Vístanla ―fue lo único que dijo don Leovigildo cuando lo instruyeron del extraño acontecimiento, y, a solicitud de los electores negros, autorizó que esa noche hicieran un toque de agradecimiento a sus santos.                  

 

   Ángel, con los ojos anegados por las lágrimas que le brotaron al comprobar que su madre esta ciega, iba a tirársele a llorar a sus pies, pero comprendió que si ella les había ocultado la verdad, era porque la compasión que entonces le tendrían, la dañaría, por lo que decidió hacer lo mismo que ese día ya habían decidido tío Ramiro, tío Baltasar y tío Segundo: no darse por enterado. Entonces, rápidamente el gesto de desesperación de Ángel de tirarse al suelo, se transformó en una ridícula e innecesaria posición en cuatro patas que recogerle el abanico a la madre.

    ―Gracias, hijo.

    Y a continuación, por el desarrollo compensatorio de otras percepciones, o quizás solo por intuición, Manita García pudo agregar una pregunta.

    ―¿Por qué tienes los ojos llorosos?

    ―Es que me va a caer coriza ―le contestó Ángel.

    ―Te voy a preparar un emplasto para que te lo pongas en los pies.

    Y con la destreza de cualquier vidente, fue hasta el sitio en que debían permanecer, y permanecían, sus tijeras de podar, y tomando una se dirigió al cobertizo de sus plantas medicinales para corta determinadas hojas y flores.

 

    ―Te estaba quedando tan lindo que no te quise interrumpir.

    ―¿Y por qué lo haces ahora?

    ―Ja, ja, ja. Lee esto.

    ―"Nadie supo a ciencia cierta cuándo empezó a perder la vista. Todavía en sus últimos años, cuando ya no podía levantarse de la cama, parecía simplemente que estaba vencida por la decrepitud, pero nadie descubrió que estuviera ciega. Ella lo había notado desde antes del nacimiento de José Arcadio". ¡Bah!

    ―¿Plagio o influencia?

    Manita García nunca estuvo ciega, Fue el día que se le rompió la taza en la que durante años se había tomado la tizana antes de acostarse, cuando decidió hacerse la ciega. Dos razones tuvo para hacérselo creer a la familia, Ya no tenía la misa precisión de movimientos que antes y un ligero temblor en las manos provocaba que con frecuencia se le cayeran los objetos que cogía, Los hijos, sobre todo los varones, inconscientemente convencidos de que la decrepitud se apoderaba de ella, debían ser atajados antes de que comenzaran a dar muestras de rebeldía o inconformidad con la suerte que les había tocado de obedecerla siempre; por eso Manita García se le ocurrió hacerse la ciega, pues los errores en la coordinación de sus movimientos, lejos de provocar resquebrajamiento en la observancia de su voluntad, aumentaría la sumisión de la familia hacia ella,

   El ocultar su presunta falta de visión, amén de enaltecer la fortaleza de su carácter, justificaría ciertas imprecisiones motoras y le permitiría, siempre que le conviniera, actuar como vidente.

    Con las mujeres había sido fácil y hacía tiempo que lo había conseguido. Faltaban los hijos varones y esa mañana, después de hacérselo ver a los demás, al fin y con la caída involuntaria del abanico, había logrado que Ángel, en un proceso de autoconvencimiento, creyera que Manita García, su progenitora, guía y jefa, estaba ciega.

 

    ―Si usara sombrero, me lo quietaba. Eres todo un talentazo.

 

    Ángel nunca se masturbó. Cuando a los nueve años fue a vivir para casa del doctor soler, le armaron una cama e el trasfondo de la botica, y aunque los numerosos olores medicinales que allí se respiraban, parecieron que le habían curado su mal, la coriza reapareció con la llegada del primer frente frío. Separado solo por una pared de madera, el fondo de la farmacia colindaba con el cuarto de la criada, quien más de una vez tuvo que levantarse a medianoche para tratar de hacerle al muchacho algún remedio que lo calmara y la dejara dormir, hasta que cansada de tener que salir al patio con el frío, trajo a Ángel para su cuarto y lo metió en su cama.

    Eliminada la coriza nocturna y con el calor que se deban mutuamente, el niño y la negra pudieron dormir plácidamente sin nada que los molestara. A la hora de apagar los mecheros de carburo que alumbraban la casa, cada cual iba para su cuarto a acostarse, pero tan solo transcurría el tiempo prudencial, Mercedes daba dos ligeros toques en la madera de la pared, y Ángel salí de la botica y venía para el cuarto de la mujer.

    Mercedes era una mulata oscura, fuerte, trabajadora y honesta, pero desafortunada con los hombre, pues con cuarenta años era madre de cuatro hijos de padres diferentes a los que se veía obligada a mantener ella sola, Sin una sexualidad fuerte, y aburrida de hombres que la preñaran, se juró una y otra vez no volver a estar con ningún otro, y si por evitar un escándalo que le hiciera perder la colocación, alguna vez le abría la puerta a Pedro el jardinero, el tener a Ángel durmiendo con ella, le evitó tener que volver a hacerlo.

    Pero la carne estaba aún en sazón y lo que primero comenzó propiciándoles calor, siguió en juego y terminó en actos de verdadera satisfacción sexual. El niño le acariciaba con las manos y la boca donde ella le indicaba, y la frotación del clítoris con un erecto pene infantil, le provocaba el orgasmo. Uno a uno fueron contando los vellos que aparecían en el pubis del muchacho, y un buen día, sin que ninguno de los dos se hubiera percatado, Mercedes se sintió traspasadas por un verdadero miembro viril que la bañó por dentro con el primer semen de un hombre que se había hecho entre sus piernas. Proclive a la fecundación, no demoró en verse preñada, y sin confesar nunca quién era el padre. Mercedes parió su quinto hijo cuando Ángel tenía sólo doce años y medio.

 

    ―Entonces fueron dieciséis nietos.

 

    Enviciado por las carnes pardas, y con una experiencia no frecuente a su edad, fueron muchas las muchachitas negras de Meneses que creyendo que solo serían besos y caricias aceptaron los lugares oscuros, los solares yernos y las casitas de desahogo de los patios para perder la virginidad en la portañuela del aún adolescente hijo de Manita García.

 

    ―Tienes la portañuela abierta.

    Luis iba a salir ya vestido de limpio del cuarto cuando Naná entró con la orden de Manita García de despertar a tía Elena, pues la hora del almuerzo se acercaba.

    ―¿Y Aida? ―le preguntó mientras se agachaba y le colocaba todos los botones en su sitio.

    ―Fue a buscar a Eligio Brito ―se apresuró en contestar Ángel el nuevo, que también terminaba de vestirse en aquella habitación.

    ―¿A Eligio Britos?

    ―Para que tome una foto a la hora del almuerzo.

    ―¿Manita se lo encargó?

    ―No.

    Naná se puso de pie, movió ligeramente la cabeza como hace todo el mundo cuando piensa que alguien no se encomienda, y despidió a los sobrinos encargándoles que no se ensuciaran.

    ―Miren que está al servirse la mesa.

    ―¿Y trajeron el puerco asado?

    ―Vayan a ver.

    Luis y Ángel el nuevo salieron rumbo al patio, mientras que Naná fue hasta la cama de tía Elena y la comenzó a llamar, pero en vista de que esta no daba señales de despertar, la zarandeó ligeramente primero, y después con mayor fuerza e intensidad, hasta que ya asustada la tomó por los hombros, la incorporó y la volvió a mover.

    ―Elena, Elena, por favor.

    Una vez más iba a repetir el nombre de la mujer, pero la voz se le perdió en la garganta y temiendo lo peor, le tocó la mejilla con el dorso de la mano, y un frío de terror y muerte le quemó la piel.

    ―¡Ay, Dios mío!

 

   Juan de Dios no quiso ir a vivir para el pueblo y con el dinero que tenía ahorrado logró comprarle a su suegra un cuarto de caballería de las tierras que hasta entonces había trabajado. Allí levantó un bohío para vivir en él tan solo ocho años, pues gustoso de enseñarles a sus hijos las costumbres de Canarias, un domingo por la tarde, después de haberse tomado media botella de aguardiente de caña, riéndose, cogió por los tarros a Bandolero, uno de los bueyes de la yunta y, por la fuerza que hizo para tratar de llevarlo al suelo, se partió el corazón en dos.

    Ya para entonces Jarahueca había crecido mucho más de lo que el general Tarafa pensara cuando lo fundó, y como la compra-venta del sitio de Juan de Dios se había hecho sin papeles, y la tierra seguía perteneciéndole, por lo menos ante la ley, Manita García pensó que lo mejor para todos era liquidar los bienes de tía Elena y traerla con sus dos hijos a vivir con ella para urbanizar también aquellos terrenos. Agregó un cuarto y un baño a continuación de la cocina y, creída de haber convencido de la justeza y conveniencia de su acción a todos los miembros de la familia, fue satisfecha a sentarse en su sillón, cuando dos voces vinieron a alterar la ejecución de su voluntad.

    ―Queremos trabajar de nuevo el sitio, Manita.

    Juan el cubano y Segundo Dios, como también le había ocurrido a tío Ramiro en su tiempo, solo aspiraban a vivir de la tierra; y el mes de aprendizaje, con mayor con Carlos Espinosa, y el otro con Ángel, los convenció de que sus vidas no eran ni la bodega ni la botica. Catorce y quien años tenían cuando se enfrentaron a Manita García, pero el trabajo al lado de su padre los había hecho tercos y decididos. Una y otra vez hablaron con la abuela y trataron de convencer a los tíos. Tía Elena incapaz de tomar partido en contra de sus hijos, pero incapaz también de contradecir a su madre, se limitaba a llorar, y cuando los muchachos se fueron, enmudeció.

    Ese día, Manita García negada a volver a oír el pedido de los nietos, llamándoles haraganes y malagradecidos, les ordenó volver a sus ocupaciones, Fue entonces que Segundo Dios le dijo que ella pretendía apropiarse de unas tierras que no le pertenecían y que para las personas que se cogían lo que no era suyo, también había un calificativo. Manita García levantó el brazo para abofetear al muchacho, pero Juan el cubano le detuvo el gesto.

    ―A mi hermano, usted no le pega.

    Tres años estuvo tía Elena sin decir palabra alguna. Durante ese tiempo, sus hijos trabajaron en las vegas de tabaco de unos parientes isleños por la zona de Cabaiguán, y cuando tuvieron edad para que les arrendaran tierras y suficiente dinero para poner casa, levantaron un bohío de tablas de palma y vinieron a la puerta de Manita García por última vez en sus vidas para buscar a la madre.

    Cansada Manita García de tener a tía Elena como una sonámbula por la casa y de comer arroz condimentado con la sal de las lágrimas de la hija, le ordenó que recogiera su ropa y se fuera.

    Con una maleta de cartón y una jaba de guano con los zapatos en la otra, tía Elena fue a despedirse de Manita García, y fue entonces que volvió a hablar.

    ―Gracias por dejarme ir.

     ―Pero recuerde estar aquí todos los años para el almuerzo del Día de las Madres.

 

    ―¡Elena está muerta!

   Y el grupo de mujeres que trajinaban en la cocina en los preparativos finales para el almuerzo, tuvieron que dejar lo que hacían para atender a tía Hildelisa, quien al oír la aseveración de Naná, comenzó a gemiquear con la disnea característica del preámbulo de los ataques histéricos típicos de la familia.

 

    Varias eran las empleadas en casa de Manita García. Sin contar las dos lavanderas que en el fogón del patio los lunes plantaba cuatro latas de aceite carbón preparadas para la hervidura de la ropa blanca, los martes almidonar, rociaban los miércoles y los jueves planchaban, había también dos muchachitas que además de hacer las camas y botar los orinales, diariamente sacudían, barrían y trapeaban la casa; una repasadora de ropa, un jardinero, dos ayudantes de cocina y una cocinera.

 

    ―María Tabaquito.

   ―Su nombre no importa. Déjame seguir.

    ―Bien que también podrías contar su historia,

    ―No creo que aporte nada al desarrollo de los acontecimientos,

    ―Pero completaría el perfil psicológico de Manita.

    ―Ahora estoy contando lo que ocurrió con la presunta muerte de tía Elena. Después, si quieres, hablamos de Tabaquito.

     ―Está bien. Estaba relacionando las criadas que había en la casa.

 

    Nueve en total, pero como el Día de las Madres tenía un matiz especial y simbólico para Manita García, desde la noche del sábado precedente al segundo domingo de mayo, todos los empleados tenían asueto hasta el lunes por la mañana, siendo la propia familia de la homenajeada quien debía, desde varios días antes, ocuparse de los preparativos del almuerzo de esa ocasión.

    Y sin que a ninguna se le ocurriera comprobar la veracidad de la muerte de tía Elena, todas las mujeres, hijas y nueras, presentes esa mañana en la cocina de Manita García corrieron a socorrer a tía Hildelisa.

    ―Hay que frotarla con alcohol.

    Tía Hildelisa fue la última de los trillizos en nacer y la única hembra. La comadrona que atendió a Manita García en ese parto, juró y perjuró hasta el mismo día de su muerte que tía Hildelisa había nacido rubia, pero como se demoró en llorar, se puso tan cianótica que hasta el pelo le cambión de color, y negro se le quedó.

    Manita García, acostumbrada a parir, esa noche tuvo al primero de los trillizos como si orinara, mas recién viuda y con varios hijos que criar y mantener prácticamente ella sola, se preocupó cuando la recibidora le dijo que venía saliendo otra criatura.

    Ya habían recogidos las sábanas ensangrentadas y le daban a tomar una tisana caliente, cuando Manita García sintió de nuevo los pujos.

     ―Son trillizos ―exclamó entonces la comadrona.

    Y a pesar de que era la que menos posibilidades tenía de vida, sobrevivió a sus gemelos, quienes murieron a las pocas horas de nacidos, no sin antes recibir las aguas bautismales de mano de la propia Manita García.

    ―En nombre de Dios, Guillermo y Raúl, yo los bautizo para que puedan entrar al reino de los cielos.

 

    Cuando tía Hildelisa, a su vez, parió también un par de gemelos rubios, hubiera preferido ponerles otros nombres, pero Manita García fue intransigente en su orden:

    ―¡Guillermo y Raúl, como tus hermanitos muertos!

    Y la ansiedad vivida durante años por el temor de que sus hijos, como sus hermanitos, pudieran morir; las miles de noche de noche de insomnio velándoles el sueño y los sobresaltos diarios ante una tos, un quejido, una diarrea o una fiebre, llevó a tía Hildelisa a padecer de ataque como el que se le presentó cuando oyó decir que su hermana elena estaba muerta.

    ―¡Que no se muerda la lengua!

    ¡Échale fresco!

    Mas, en medio de la barahúnda que había por la crisis de tía Hildelisa, y para que se complicara bien la situación, aparecieron Ángel y Eulogio en la cocina cargando la tártara con el puerco asado, seguidos, como era de esperarse, por la retahíla de muchachos pidiendo que, como todos los años, rifaran el tostado y dorado rabo del animal.

 

    Dos hijos tuvo tía Lucrecia, y uno de ellos, el ahijado de Ángel, también padeció de ataques. Cuando nació se negó a mamar de pecho de mujer. Como no quiso el de la madre, probaron con el de otras mujeres, pero el niño, amén de no cogerlo, tenía la rara virtud de enfermar a toda la que intentó meterle el pezón en la boca, pues a las veinticuatro horas exactas de las que las criaderas, amigas de la familia o pagadas, pusieran su seno en contacto con los cerrados labios del recién nacido, la inflamación, el enrojecimiento y por último los gusanos, se apoderaban de la teta en cuestión.

    Condenado a morir de abre, probaron a alimentarlo con agua de anís y azúcar prieta, pero las diarreas no demoraron en presentársele, la junta de médicos, los tres de Iguará, Meneses y Jarahueca, no dieron esperanzas de vida.

    ―Virgencita de la Caridad, te doy cien pesos si me lo salvas ―prometió Manita García arrodillada ante la imagen de la Patrona de Cuba―, él mismo te echará el dinero en tu santuario del Cobre.

    Inicialmente Fabián pensó llevarse al muchacho a Santa Clara, pero para el estado crítico que tenía, el viaje resultaba imposible, decidió salir él solo con el fin de consultar a un buen especialista.

    Regresó en el tren de la tarde y ya para entonces sabía el significado de lo que Aida le había dicho esa mañana en la estación de Jarahueca.

    ―Baya lo salvará.

   Y por si alguna duda le quedaba, al llegar a su casa, la curandera que Manita García, por su cuenta y riesgo había ido a ver, dijo lo mismo que el especialista de Santa Clara.

    ―Leche de yegua.

    Con ella, el muchacho sanó y creció fuerte y saludable, Antes de cumplir los dos años, él mismo se subía en un pequeño taburetico que tenía y, entre las piernas de la bestia, mamaba de la ubre. Alegre, divertido y halagador fue siempre, no solo el nieto preferido de Manita García, sino también el hijo predilecto de Fabián y el sobrino más querido de todos los tíos; pero además fue arrogante, egoísta, dominante y voluntarioso. Adolescente, cuando ya su yegua blanca no le servía de madre de crianza, sino de mujer, se le murió de vieja. Ángel de la Caridad…

 

    ―Conocido entre sus primos como Ángel Relincho.

 

    …ante la imposibilidad de que se la revivieran, tuvo el primer ataque con los que a partir de entonces manejó a su familia.

    ―Hay una promesa incumplida ―dijo la curandera.

    Y seis veces, e seis años seguidos, Manita García le dio el dinero para que lo llevara y depositara en el Cobre; hacía tan solo dos meses, antes del almuerzo del Día de las Madres en que se tiró la foto, Manita García, temerosa de que como en las ocasiones anteriores, se los gastara en los gallos, se negó a darle otros cien pesos. Ángel de la Caridad empezó a convulsionar en el piso de la cocina cuando llegó su padrino y con dos buenos bofetones le quitó los ataques para el resto de su vida.

   Y otros dos buenos bofetones le dio a tía Hildelisa después que depositó sobre la mesa la tártara con el puerco asado.

 

 

sábado, 4 de septiembre de 2021

Amores, muertes, adulterios e incendio.

    El hijo de Fayad nació, si no rico, por lo menos con una desahogada posición económica, muy diferente a la que tuvo que enfrentar su padre para abrirse camino en la vida. Su entrada en la adultez coincidió con la prosperidad de los negocios de tío Baltasar llevó a Fayad y Hermanos. Sin inclinación alguna para el comercio, disfrutó la vida a su gusto. Socio de un buen club habanero, amigo de los juegos y de las carreras de caballos, poseía una inclinación especial para catar los placeres más sensuales, Por todo ello, quizás, desde que lo conoció, fue el paradigma social de Emilia.

    Cuando Fayad Jr. Supo que en la boda del socio de su padre, según el modelo pequeño burgués, se iba a brindar con sidra, se apareció en la fiesta con una caja de champaña, y él mismo sirvió las copas de los novios.

    ―¡Por la felicidad!

    Y por la felicidad, ya no de los novios, sino de los esposos, se propuso sumar a estos a su forma de vida; y muchas veces, más que las que tío Baltasar hubiera querido, los arrastró a espectáculos de teatros, a correrías por los portales del Prado y a excursiones a las playas de Marianao.

    De haber tenido hijos, Emilia quizás no se hubiera visto impelida a la frivolidad, pero como existía la orden de Manita García, dada la situación creada por el falso embarazo de Pura María, de que por el momento se evitara descendencia, tío Baltasar se creyó en la obligación de complacer a su esposa, primero acompañándola y, posteriormente, cuando los negocios lo reclamaron, permitiéndole que saliera con su partenaire.

    Aida lo sabía, pero temiendo verse envuelta en una habladuría, optó por callar. También supo cómo terminaría todo, pero con la experiencia de que el conocimiento de los acontecimientos no alteraba su desarrollo, también calló y se limitó a tenerle lista la maleta a Ángel.

    ―¿Y tú que haces guardando esa ropa?

    ―Es que tienes que ir a La Habana a operarte de apendicitis.

    Tres días más tarde le dio el primer dolor y el médico del pueblo le sugirió no demorar la intervención quirúrgica. Ángel partió para La Habana y de allí regresó al mes, sin apéndices, pero con tío Baltasar a la zaga, cabizbajo y alicaído. Alertada Manita García de la situación, había convocado a sus otros dos hijos varones, y reunidos los cinco, se encerraron en la habitación de la madre, Allí también presente sobre el mármol de una mesita, y alumbrada como siempre por la llama de una pequeña lámpara de aceite, la única foto que Segundo el difunto se hizo.

    La reunión duró poco y lo que allí se habló, solo Aida lo supo, pues por alguna causa física no explicable aún la Ciencia, ese día se manifestó en ella, por primera y única vez en su vida, la propiedad de oír a distancia.

    Tío Baltasar volvió a tomar el tren ese mismo día; hizo noche en Santa Clara y a la mañana siguiente siguió hacia la capital de la República. Cuando llegó, aunque su mujer estaba acompañando a la madre enferma, encontró la casa vacía y esta fue razón más que suficiente para pedirle el divorcio por abandono del Hogar. A Fayad Jr. Lo sacó a tiros del cabaret Parisién del Hotel Nacional y lo hizo correr por todo el malecón habanero sin que, por suerte para ambos, lograra herirlo.

    La muerte por disgusto de la madre de Emilia y del viejo Fayad contribuyeron por partida doble a la buenaventura, pues como tío Baltasar necesitó de un abogado para lo sacara de la cárcel, lo divorciara y disolviera la sociedad de confecciones textiles, conoció a Coca, la hija y secretaria del letrado.

    Coca, hacendosa y recatada, estricta y ahorrativa, además de contribuir con fondos de su propio capital, estimuló y ayudó a su esposo en el trabajo de los nuevos talleres de costura, y como tenía especial aptitud para el diseño, las camisas de vestir Baltasar y la ropa de niños Camellos que comenzaron a fabricar, tuvieron rápida aceptación en el gusto de la población.

    Temiendo que a su nueva esposa también le pudieran gustar los paseos en máquina por La Habana, y previendo que algún otro camaján pusiera su auto a disposición de la dama, tío Baltasar aprendió a manejar y se compró un carro, el que además, año tras año, fue cambiando por un último modelo.

 

    Los muchachos corrieron a los cuartos soltando por el camino sus prendas de vestir. Luis entró a la habitación donde, en camas separadas, dormían tía Elena y Labrada.

 

    ―¿Hasta cuando vas a estar haciendo la misma aclaración?

 

    Buscó su short en la jaba. Se quitó, dobló y guardó su ropa.

 

    ―Eras un niño modelo: obsesivo, educado y con buenas costumbres, o sea: ¡insoportable!

 

    Y con la prenda de baño puesta, corrió a reunirse con el resto de los primos que ya se apretujaban dentro del Pontiac de tío Baltasar, uno de los cuales, y solo por bromear, se puso a tocarle las posaderas a Salvito.

 

    ―¿Por bromear?

    ―Si me sigues interrumpiendo, dejo de escribir. 

    ―Tú sabes que ese primo, del cual muy discretamente no has dicho el nombre, conservó en su adultez el gusto por la "broma" de estarle tocando las nalgas a sus semejantes.

    ―Te he dicho que no pienso contar de los primos,

    ―Déjame aclarar que uso el vocablo de "semejantes" no refiriéndome solo al concepto de especie, sino también al sexo.

 

    Salvito, a pesar de su edad, de la ñoñería con que lo criaba tía Caridad y del retraso mental que ya dejaba entrever, sabía qué atenerse en tales casos, y comenzó a repartir piñazos y patadas a diestra y siniestra.

   ―¡Que yo no fui!

    ―¡Come mierda, me diste a mí!

    Por suerte, y antes de que aquello terminara en una gran pelea, tío Baltasar salió de la casa con la llave del auto en la mano. Todo parecía indicar que al fin se daría el tan deseado viaje al río, pero como si la mala palabra que acababa de oír le hubiera recordado algo, el tío se detuvo un momento, hizo una ligera mueca y girando sus talones, volvió a dirigirse al interior de la casa.

   ―¡Coca, voy para el baño!

    ―¡Ay, gracias a Dios! ¡Mira que se lo he pedido al cielo!

 

     Coca había sido una niña de bien, Quizás su abuela, no; pero ella sí. Su abuela fue una cupletista madrileña que estuvo de gira por La Habana, y quien ates de irse para México a reunirse con su compañía, le dejó al padre el recién nacido que es extramatrimonialmente habían tenido. La esposa de este infeliz hombre, importante letrado del gobierno colonial, con una flema no característica en las cubanas, aceptó, crio y educó como suyo a este niño. El muchacho siguió los caminos del padre en cuanto a profesión se trata, Abogado de la clase media, se casó en la iglesia de Reina y tuvo tres hijas, una de las cuales: Coca, después de haber estudiado en un colegio de monjas, le servía de secretaria. Católica dogmática, aceptó casarse con un hombre divorciado por dos razones: primer, porque tío Baltasar le gustó desde que lo vio delante de ella, y segundo, porque el matrimonio anterior de este había sido solo por lo civil.

    Coca, confiaba tal vez en la ayuda que la Virgen y los santos le darían siempre que se lo pidiera, era optimista y emprendedora, amén de laboriosa, alegre y afable. Necesariamente, la convivencia con un hombre más ateo que creyente, supersticioso y pragmático, fue modificando con el tiempo su práctica religiosa, y si bien llegó a comer carne los viernes, fue inflexible en cuanto a mantener relaciones sexuales en períodos de penitencia litúrgica.

    Tío Baltasar y Coca formaron una buena pareja, pues se complementaban, se respetaban y se concedían ciertas libertades a la hora de sus gustos. Ella iba a misa todos los domingos, les enseñaba catecismo a las criadas y mantenía cierta continencia sexual; él tenía que asistir con su familia al almuerzo en Jarahueca los Días de las Madres, cambiaba el auto año tras año y, sin llegar a mantener querida, se acostaba con otras mujeres.

     Esa mañana, en efecto, Coca se lo había pedido a la Virgen de la Caridad del Cobre. El médico les había advertido del peligro que corría, pero Tío Baltasar hacía una semana que no evacuaba los intestinos. No era su voluntad dejar de hacerlo, pero un psicotrauma que lo acompaña desde que estuvo en la cárcel, se lo impedía.

    Un día, cuando se disponía a dar del cuerpo, y ya con los calzoncillos por las rodillas, un par de reos lo inmovilizaron para que el cabecilla los convictos del penal, carente de otro oficio más apropiada, satisficiera su lujuria. Por suerte puedo gritar, y el policía de guardia, esperando una recompensa de quien sabía con cierta posición económica, lo rescató a tiempo. Aquel incidente sirvió para que los dos meses y medio más que tía Baltasar tuvo que estar cumpliendo condena, los pasara en la enfermería del presidio, pues no hubo manera de que volviera a corregir de forma natural. Desde entonces necesito de laxantes y lavativas, y sólo en la seguridad de la taza del baño de su casa lograba defecar con regularidad.

    Tío Baltasar percibió la vaga sensación de pesantez en el recto que anuncia el deseo de corregir y, ansioso por eliminar la molestia que la dureza del vientre le ocasionaba, corrió al baño. Se detuvo de espaldas al inodoro. Con la mano derecha se subió la camisa, mientras que con a la izquierda se recogía testículos y pene para sentarse en la taza. Ya antes se había zafado el cinto, el pantalón y el calzoncillo y se había llevado estas prendas hasta los tobillos, pero precisamente el roce de ellas resbalando por sobre sus glúteos y muslos, le abortó el reflejo de la expulsión. Tuvo que comenzar a pujar. El pujo se creaba una y otra vez en el cerebro, se reflejaba en la contracción de la cara, pero no lograba llegar a los músculos del bajo vientre. Parecía que todo esfuerzo era inútil, pues a pesar de que el grosor y la dureza de las heces acumuladas en las últimas porciones del intestino grueso le molestan, el ano ni siquiera comenzaba a dilatarse.

    Tío Baltasar se quitó la camisa y la tiró encima del cesto de ropa sucia, se descalzó los mocasines y se sacó los pantalones y el calzoncillo. Comenzó a frotarse el vientre con movimientos regulares descendentes y opresivos tratando de estimularse la respuesta de la evacuación, a la para que intentaba recordar, como le había orientado el médico, las sensaciones que se sentían en el momento que el excremento comenzaba a acariciar lentamente y hacia afuera las paredes internas del año.

    Cuando lo creyó oportuno, volvió a intentar la expulsión, y fue entonces que sintió que iba a corregir. Esperanzado repitió una y otra vez el pulo y lo mantuvo no solo con el encogimiento de la cara, sino también con el esfuerzo en los músculos del abdomen. Con la base de la mano, lugar donde se podía concentrar toda la fuerza del brazo, se oprimió la barriga. Sentía ya el extremo de la deposición queriendo salir y para ayudarlo, hizo una pinza con los dedos pulgar e índice de la mano izquierda y con ellos se separó al máximo las nalgas para distender los pliegues anales y amplia la capacidad del orificio allí existente. Pujo de nuevo, y la excreta, dura y granulosa, rasgando la mucosa terminal, se asonó.

    ― ¡Coca!

    La esposa corrió al baño, se inclinó sobre el sangrante culo de tío Baltasar y, como experta comadrona, le metió el dedo una y otra vez para irle sacando en cada paletada una fracción de mierda, hasta que ya afuera la porción más seca, el resto pudo salir sola.

 

   Ajenos los muchachos al acontecimiento fisiológico que ocurría cerca de ellos y que les frustraba el viaje en auto al río, esperaron a tío Baltasar pacientemente solo al principio, pero cuando se percataron de que se demoraba, comenzaron a removerse en los asientos, a subir y bajar los cristales de las ventanillas, a poner y quitar el seguro de las puertas, abrir y cerrar los cenicero, a mover de su posición los espejos retrovisores y a tocar cuanto botón y palanca había dentro de aquel Pontiac. En toda aquella manipulación, no dudaron en abrir la guantera.

    ―¡Miren lo que hay aquí!

    Y los primos se apoderaron de la cajetilla de cigarros americanos dispuestos a comenzar a fumarlos, pero no tuvieron tiempo de hacerlo, porque Pura María vino a darles la mala noticia de que tío Baltasar no los podía llevar al río.

 

    Para eso de dar noticias desagradables, Pura María se pintaba sola. Aunque la tristeza o desazón que su cara podía reflejar era sincera, en lo hondo de su psiquis sentía un placer inexplicable cuando era portadora del aviso del fallecimiento de una persona o de cualquier otra desgracia por estilo.

    Pura María no era de malos sentimientos y siempre estaba dispuesta a servir a los demás, siendo esta quizás la excusa que le servía de justificación a su conciencia a la hora de proponerse o aceptar encomiendas de noticias desagradable, cuando en realidad lo que la impulsaba era el disfrute de ese extraño goce de ver el primer sufrimiento de un semejante; y ni aún con su padre fue clemente.

    ―Tienes que ser fuerte ―le dijo.

    El padre de Pura María solo tenía que ser fuerte para enfrentar la muerte de dos personas, si era su hija quien le hacía tal advertencia, era por que Pura había muerto.

    ―Y lo hizo, mencionando tu nombre.

    Cuando jóvenes, el padre de Pura María y Pura habían sido novios, pero rico él y pobre ella, como en las novelas que se transmitían en aquella época por CMQ, hubo oposición familiar y amenaza de desheredar. Débil él, terminó por olvidarse de quien en verdad amaba y se casó con una ricachona más fea que Cafunga. Ella, por su parte, no conoció hombre alguno y a pesar de que siempre amo al padre de Pura María, cuando veinte años más tarde este enviudó, Pura prefirió seguir siendo la humilde costurera de Perea, a aceptar un matrimonio que más que honrarla, la vejaba; y se negó siquiera volver a ver al hombre con el que noche tras noche llenaba sus sueños.

    Como la conducta humana es bastante complicada, Pura María, conocedora de esta historia e identificada plenamente con su padre, también se sentía atraída por amante tan fiel, por lo que quiso, al menos, verle el rostro a quien pudo haber sido su madre, antes de que la descomposición de la carne y los gusanos dieran cuenta de él. El padre, proyectándose en la hija, le permitió que fuera al mortuorio de Pura, mas como no era costumbre que una señorita saliera sola, habló con tío Ramiro.

    ―Necesito que tu hermana Hildelisa acompañe a mi hija a Perea.

    ―Me da mucha pena decirle que no, pero es que Hildelisa se marea en los trenes y se pone de muerte.

    ―Llévalas en el jeep.

     Ya para entonces, el patrón había convencido a tío Ramiro que un caballo y una montura no lo eran todo en la vida, y lo había enseñado a manejar, por lo que, en la madrugada del día siguiente, el capataz y las dos mujeres salieron de la hacienda.

    Por caminos polvorientos y atravesando arroyos y cañadas, a las siete de la mañana entraron al pueblecito, En un café cercano a la estación de ferrocarril se bajaron, La dueña les permitió a las mujeres entrar en su casa, al fondo del establecimiento, para que se lavaran un poco, se peinaran y se untaran polvo, Remisa a presarles el orinal, y ellas a usarlo, tía Hildelisa y Pura María orinaron, por turno, en el excusado del patio. Cuando volvieron al establecimiento, tío Ramiro las estaba esperando para desayunar con un buen pedazo de pan con mantequilla, chocolate y, al final, menos para Pura María, una taza de café fuerte, La muchacha, siguiendo la costumbre del padre, sustituía el café mañanero por una copa de vino español, pero allí no había vino español ni copa, se conformó con un vaso de vino de papaya criolla.

    Para evitar el aspaviento de llegar en el jeep, y dado que el hogar de la muerta se encontraba cerca, dejaron el vehículo parqueado frente al café y fueron caminando.

    Como a quien Dios no le da hijos, el diablo le da sobrinos, hacía años Pura había tenido que hacerse cargo del hijo de una hermana muerta en el parto, y este, conocedor del vínculo que unía a la finada con aquella comitiva, salí a la calle dispuesto a impedirles la entrada a la casa sin saber de la sorpresa que le esperaba no más tío Ramiro, Pura María y tía Hildelisa doblaran la esquina.

    ―¡Es ella!

    Labrada volvió corriendo hasta junto al ataúd que contenía el cadáver de su tía y madre de crianza, y en silencio le agradeció que le hubiera traído a la desconocida que tanto amaba desde que la vio en el tren el día de su circuncisión.

    Tía Hildelisa, por su parte, cuando después del entierro regresó a la hacienda donde estaba recluida lejos de líneas férreas, locomotoras y conductores, se encontró una cartica que Aida le había manado esa mañana.

Jarahueca, 13 de marzo de 1939

Querida Hildelisa:

                    Quiera Dios que al recibo de esta te encuentres bien en compañía de Ramiro. Solo unas breves líneas que escribo apurada, pues quiero que el chofer del camión de la leche te lleve esta nota para que la recibas ahora por la mañana. Hoy vas a encontrarte con el hombre con quien te vas a casar. Ya una vez lo viste y hasta le dirigiste la palabra, pero prácticamente no se conocen. No te resistas al destino, olvida ya a tu primer novio, pues este es ahora el hombre de tu vida.

                   Perdona la letra, pues estoy escribiendo apurada, Aquí todos estamos bien. Saluda a Ramiro, y tú recive un abrazo de tu cuñada que te quiere y te recuerda.

Aida María Delgado

Posdata: no te preocupes: pronto podrás volber para tu casa.[1]

     Cuando tía Hildelisa la leyó, sonrió con satisfacción, pue ya hacía tiempo que no se acordaba del novio conductor, y Labrada le había gustado. Enseguida que lo vio junto a la caja de la muerta, lo recordó, pues, aunque esta vez la pena era espiritual, la expresión que tenía su nuevo pretendiente era la misma que por dolor físico puso antes de desmayarse el día de su primer encuentro en el gascar.

    Durante el resto del mortuorio y el entierro, Labrada se mostró muy correcto y a la altura del momento, pero no por ello dejó de evidenciar la atracción que tía Hildelisa le provocaba. Fue en el brazo de ella en el que se apoyó cuando le ponían la tapa al sarcófago, en su hombro se reclinó al bajar la caja al fondo del hueco, y en el abultado pecho de ella, Labrada ocultó el leve llanto que a su condición de varón le era permitido.

    La primera visita, como casual, fue quince días después a la hacienda. Pero cuando se hicieron novios y se impuso la petición de mano, Manita García mandó a buscar a tía Hildelisa de regreso a Jarahueca. En su casa, bajo su techo y con su supervisión como chaperona se desarrolló el noviazgo. Al año siguiente se habló de bodas y fue entonces cuando la recia matrona puso sus condiciones.

   ―Hildelisa tiene que venir a almorzar conmigo todos los Días de las Madres.

    ―Así será.

    ―Y usted no pondrá obstáculos.

    ―No, señora.

    ―Prométalo.

    ―Por los santos y sagrados restos de mamá Pura.

    ―Pero hay una dificultad, Usted no debe permitir que Hildelisa monte en tren.

    La boda se efectuó cuando ya Labrada había cambiado su oficio, y en su máquina de alquiler fueron los novios de Luna de Miel a los Baños de Mayajigua. Vivieron en Perea y, aunque tía Hildelisa dejó de escribir poemas, no perdió la inclinación por el erotismo.

 

    ―¡Candela! ¡Candela!

    El grito de tía Caridad paralizó a todos. Coca no terminó de acomodarle la compresa de manzanilla tibia que le ponía a tío Baltasar, boca abajo en la cama, entre las nalgas. Aida se quedó sin iniciar la tercera razón de las que le daba a
Ángel para que comprendiera por qué había desobedecido cuando fue a buscar a Cristo el guardia. Eulogio no salió como le habían ordenado, rumbo a la panadería para esperar a que le puerco estuviese asado. Tío Segundo se quedó sin abrir la cerveza que tío Ramiro se tomaría. Naná no puso la brasa de carbón sobre la tapa del caldero con el arroz congrí. Tía Hildelisa tampoco miró el termómetro que le había acabado de quitar a Labrada. Tía Elena dejó inconcluso uno de los tantos pedos que acostumbraba tirarse cuando estaba dormida. Pura María cortó el chorro de orine que espumaba en la taza del inodoro. Tía Lucrecia dejó de contar los tenedores que se pondrían en la mesa, y Fabián no conectó el tomacorriente del refrigerador. Solo Manita García se puso de pie dispuesta a ordenar.

    ―¡Se quema la casa! ―agregó tía Caridad a su grito inicial, y ya entonces todos corrieron al patio.

    Aunque no se veía llama alguna, decenas de hilillos de humo salían por entre las tejas del fondo justificando el temor de la familia por el posible fuego, mucho más cuando este se producía cerca del cuarto de desahogo donde se guardaban el alcohol y la luz brillante.

    ―Es por tu cuarto, Caridad.

    ―No, Es por los lavaderos.

     Y ante la confusión inicial, la voz de Manita García retumbó enérgica indicando qué hacer:

    ―¡Los cubos! ¡Todos a los cubos de agua!

    Sin la organización necesaria, se buscaron cuantos recipientes había a mano, se abrieron las llaves, se destaparon los tanques de reserva y, tropezando unos con otros, derramando agua, haciéndose indicaciones y clamando piedad al cielo, fueron hasta donde se suponía estaba el fuego.

 

    La clarividencia también le servía a Aida para sufrir. Su marido, producto de los negocios de distribución del petróleo, más la agencia en la provincia de los laboratorios O.K. Gómez Plata, salía con frecuencia a Santa Clara, y hombre al fin y al cabo, siempre aprovechaba estos viajes para estar con otras mujeres; estas eran generalmente prostitutas de bares, pero alguna que otra vez: una viuda oficinista, una divorciada moza de hotel, y hasta supuestas señoritas, acetaban compartir con él una cama. Aída lo sabía, pero como las pruebas eran solo sus informaciones mentales y no había en ellas fuerza suficiente para la reclamación, tuvo que recurrir a artificios que conservaran la pureza de su matrimonio.

    ―Se va a morir alguien de la familia ―anunciaba predisponiéndole el espíritu cuando recibía el mensaje de un posible adulterio.

    ―Esta noche se va a enfermar uno de los muchachos   ―decía y a última hora lograba retener a Ángel en Jarahueca.

     Como estos falsos anuncios no se cumplían, el prestigio de adivina de Aida se vio mermada ante los ojos de su cónyuge, y por ello Ángel no le hizo caso cuando le anunció que esa noche iba a ocurrir un gran incendio.

    ―¡Candela! ¡Candela!

    La llamarada lamiendo la negrura de la medianoche se levantaba cerca de los tanques de petróleo y, temiendo que estos pudieran explotar para desaparecer al pueblo, como no hacía mucho había ocurrido en una pequeña ciudad petrolera de los Estados Unidos, a todo el mundo le dio por huir. Aida despertó a sus pequeños hijos y los vistió apresuradamente.

    ―Vamos a ir a pasear.

    En el momento de salir, recordó el dinero que había dentro de la caja fuerte de la farmacia, y dejando un momento solo a los hijos, abrió la puerta interior que comunicaba la casa con el establecimiento y se fue en busca del único bien material salvable de la hecatombe.

   ―Aida se volvió loca ―dijo Manita García cuando, también en plan de evacuación, pasó por casa de la nuera. Recogió a los nietos y los unió a la comitiva que en busca de salvación se dirigía hacia los campos a las afueras del pueblo.

    Cuando Aida por poco si se vuelve loca, fue al regresar y no ver a sus hijos, pues pensó que estos atraídos por el fuego, habían ido a verlo de cerca. Luchando en contra de los grupos que en sentido contrario huían, pudo acercarse a la tienda de Pedro Oñate y comprobar que era esta la que aún sin peligro para los depósitos de petróleo, se consumía sin remedios ni socorros. Regresó y convenció a los últimos hombres que abandonaban el pueblo de lo que en verdad ocurría; estos lograron que el fuego no se expandiera a otras casas y evitaron así que los temidos tanques pudieran explotar.

    Ni la fiesta en su honor ni el diploma que le concedió la Sociedad de Recreo declarándola Salvadora de Jarahueca, compensó el llanto derramado cuando al fin, la noche del fuego, abrazó a sus hijos encima de la loma de Rosete, sin que nadie supiera nunca cuál fue la verdadera razón de su llanto.

    Mujeres y niños desde arriba miraban el resplandor de fuego que iba quedando, pero los ojos de Aida, a pesar de estar dirigidos hacia el mismo sitio que los de los demás, vía las cochinadas que en ese momento Ángel le estaba haciendo a una mulata china dependiente de la farmacia Ordóñez en una habitación del Hotel Santa Clara.

 

 



[1] Nota del escritor. Se ha respetado la redacción y ortografía del original.